martes, 31 de diciembre de 2013

Un mundo mejor

por Javier Debarnot


     El meteorito, de un tamaño que cubriría la superficie total de Australia, avanzaba a miles de kilómetros por hora en dirección certera e inmodificable hacia la Tierra.

     Cuando los más equipados y preparados científicos lo vieron venir, ya era demasiado tarde. No habría más que un par de semanas para decidir y actuar, y la única salida que vislumbraron factible era el éxodo. Huir antes de que todo lo que existía en el planeta tal como lo conocían dejara de hacerlo en un puñado de segundos. Nada iba a quedar en pie de producirse el impacto del meteorito y, descartando cualquier posibilidad de destruirlo antes de que llegara, las mentes más iluminadas concluyeron que no había otra escapatoria que, precisamente, la escapatoria.

     Por las características de urgencia y elevado costo de la huída, no todos iban a formar parte de ese plan de evacuación, sino más bien algunos privilegiados. Sólo los que tuvieran varios ceros a la derecha en sus cuentas bancarias podrían subirse a las naves que ya estaban preparadas para ese tipo de emergencias. Hubo extremo cuidado de que no se filtrara la noticia para no desatar el evidente e inevitable caos. Parecía una misión imposible, pero se logró: el noventa y ocho por ciento de los habitantes de la tierra no se enteraron de que estaban a punto de morir.

     Penetrando en el espacio de la Vía Láctea, el meteorito bautizado como Hércules continuaba con su trayectoria apuntando hacia la atmósfera terrestre, a punto de meterse en ella y desprendiendo centenares de rocas incandescentes a su cósmico y grandilocuente paso.

     De la forma más reservada posible, los grandes directivos de las principales corporaciones y empresas del mundo fueron dejando uno a uno sus cargos. La Operación Éxodo fue cumplida a rajatabla con el máximo grado de confidencialidad, preparándose todos los que estaban involucrados para abordar en los vehículos a las 6 AM correspondiente al huso horario UTC–5:00 regido en muchas ciudades de Estados Unidos. Casi de la noche a la mañana, para asombro de la mayor parte de la población, todos los sitios empezaron a quedar descabezados. Los presidentes y reyes del mundo abdicaron en su gran mayoría, sólo quedando Pepe Mujica y otros pocos mandatarios honestos que, aún sabiendo que se avecinaba el fin del mundo, prefirieron permanecer en sus cargos para “vivirlo” como ciudadanos comunes, es decir, como siempre se habían considerado.

     Cada uno de los millonarios tenía su boleto en primera y única clase en los quinientos transbordadores espaciales que iban a partir a la hora señalada. No llevaban más equipaje que sus joyas y riquezas, y los científicos portaban planos y millones de “gigabytes” de información suficiente para construir una nueva civilización en tiempo récord en su próximo destino: el planeta Mercurio. Estando los afortunados a bordo –afortunados por su suerte y por sus fortunas- partieron dejando tras ellos una Tierra que debería ser devastada en cuestión de horas.

     Hércules ya se había llevado por delante todas las estaciones y satélites puestos por el hombre en la parte de la atmósfera más cercana a la Luna, y continuaba su viaje sin intenciones de detenerse hasta su destino final, el globo terráqueo.

     En nuestro planeta, los habitantes intuían algo extraño por el repentino abandono de los poderosos. Unos pocos, los que se habían enterado del asunto, decidieron comunicárselo sólo a sus círculos más íntimos, conscientes de que no se podría hacer otra cosa más que desear una muerte rápida y sin dolor. A las 12 AM -hora del Pacífico- las personas que en ese momento estaban a cielo abierto vieron una enorme bola surcando las alturas. Aterrorizados, no pudieron hacer más que paralizarse ante tamaña escena, la de un objeto envuelto en llamas que se hacía cada vez más grande a medida que se acercaba a la Tierra.

     Entonces, los humanos y animales y todo ser vivo que poblaba el planeta, no fueron testigos del fin del mundo, sino que presenciaron estupefactos cómo el meteorito -que sólo unos pocos sabían que se trataba de Hércules- siguió de largo y no le ocasionó un mínimo rasguño a la superficie terrestre. Apenas levantó algunas mareas y provocó terremotos nimios en sectores poco habitados sin ocasionar muerte alguna. Y pasadas unas horas del episodio, fue recién allí cuando se comprendió todo, cuando la verdad llegó hasta el último de los ciudadanos comunes y se supo que se habían salvado de una destrucción absoluta, un tremebundo apocalipsis del que esa minúscula porción de gente rica había huido creyéndolo inevitable.

     Hubo unos días de juerga y desenfreno. Hubo fiesta en todos los rincones del planeta por saberse salvados del acabose y la extinción. Y otro motivo añadido para las celebraciones –y nada menor- fue el de haberse librado de las cabezas más poderosas del mundo, que se habían escapado como ratas. No quedaron prácticamente presidentes, ni reyes, ni duques, ni príncipes, ni jeques, ni obispos, ni diputados, ni grandes empresarios, ni prestigiosos cirujanos, ni encumbrados abogados. Todos aquellos que profesaban su amor al vil metal se habían borrado del mapa. La Tierra, contrariamente a las desgracias y plagas y azotes que a principio del tercer milenio presagiaban los videntes y profetas más escépticos, se había librado de su peor lacra: los ricos.

     El problema fue que, asumiendo que no quedaban individuos ejerciendo cargos jerárquicos, no pasaron más que un par de semanas para que sucediera lo inevitable. Que reinara el caos. La anarquía total en toda la regla. Hubo grandes movimientos de violencia, robos y saqueos a mansalva y hasta pequeñas guerras civiles desatadas en diferentes puntos. Podría haberse desencadenado algo peor de aquello de lo que se habían salvado raspando, pero por fortuna, y después de un tiempo oscuro y confuso, acabó reinstalándose la paz. Fue cuestión de que emergieran nuevos líderes, carismáticos, pero no adoradores del poder y los dólares, ya que la mayoría de ellos estaba en su nueva morada de Mercurio.

     A ese planeta habían ido a parar todos los políticos corruptos, mientras que los idealistas y honestos seguían en la Tierra, y vaya que hacían falta. Los médicos que se habían forrado poniendo pechos y labios de plástico, allá lejos. Los que curaban los dolores del corazón, de las vísceras y del alma, aquí se habían quedado. Abogados que mentían para hacer creer que una mega estafa de un funcionario era un ligero desliz o traspapeleo de documentos se habían subido todos juntos a una de las naves. Los que defendían a los que se veían obligados a robar un trozo de pan para calmar su hambre, permanecían en el mundo que estaba volviendo a nacer para beneplácito de la verdadera justicia.

     Pronto se demostró que la buena gente sumada a más buena gente eran capaces de mover montañas, sobre todo si se tenía la certeza de que no crecía mala hierba ni se escondían malas espinas de esas que al final acaban pudriéndolo todo. En un mes después del fallido impacto de Hércules, el mundo empezó a ser un lugar mejor.

     Las fronteras pasaron a ser simples caminos que invitaban a quienes llegaban a ellos a cruzarlos, por la simple razón de conocer esas nuevas y diferentes costumbres, oler y saborear esa comida típica, bailar esa danza tradicional o embriagarse con el néctar de esos frutos macerados pacientemente para que vuelvan a florecer en el alma de quienes los beben.

     La Tierra comenzó a ser una palabra grande en todos los sentidos, y el trabajo en sí cobró un nuevo significado, infinitamente alejado de aquel que los poderosos le habían vendido a la gente durante siglos, enmascarando su única ambición de que otros trabajaran más y más creyéndose dignos aunque no estuvieran haciendo otra cosa que engordar los bolsillos del amo guardándose apenas migajas en los suyos y enflaqueciendo día a día y jornada a jornada su moral, su ánimo y sus sueños. Los nuevos líderes, que ni siquiera querían que se los llamara así, ligaron al auténtico trabajo con la tierra en sí, y de esa forma “trabajar la tierra” pasó a ser la clave de todo.

     En el nuevo mundo, nadie moría de hambre porque se le había enseñado a la gente a conseguir sus propios alimentos, y las personas fueron conscientes de que, actuando como se debía y sin abusos ni alteraciones provocadas a la Madre Tierra, habría comida para los próximos miles y miles de años. La moda dejó de ser un negocio y pasó a ser algo simplemente pintoresco. A ninguno se le ocurría priorizar la vestimenta por sobre otras necesidades básicas como comer, beber o amar. El dinero sucumbió, pero hubo nuevos ricos: todos aquellos que se decidían y animaban a viajar por el mundo sin aviones, sin trenes de alta velocidad, sin móviles ni navegadores GPS. La auténtica riqueza residía en conocer otras culturas, empaparse de las anécdotas de quienes llevaban vidas diferentes pero no por su economía, sólo por sus geografías y sus climas. Todos eran iguales.

     Pero un día las noticias llegaron a Mercurio. Como Hércules había destrozado todas las estaciones espaciales antes de pasar junto a la Tierra, los nuevos “mercurianos” no supieron del guiño del destino del que se había beneficiado su planeta de origen. Vivieron los primeros meses en su nuevo hábitat convencidos de que eran los únicos terrestres con vida, convencidos de que su tierra de origen había sido destruida por el meteorito. Restablecidas las conexiones espaciales, una vez colocados nuevos satélites gracias a su tecnología de avanzada que habían traído en sus naves, un día descubrieron la verdad: que la Tierra estaba intacta y habitable. Y, como a pesar de las riquezas que habían exportado hasta Mercurio su nueva casa no gozaba ni gozaría nunca de las maravillosas cualidades, la flora, la fauna o la diversidad de condiciones climáticas de la Tierra, en menos de una semana deliberaron y se pusieron de acuerdo en que regresarían. Que volverían y se pondrían otra vez al mando, cómo no. De todo y todos. El regreso sería glorioso y no hubo ni uno que quiso quedarse afuera de la operación que llamaron Renacimiento. Iban a salir dos días después.

     Un día antes de que partiera el primer transbordador de Mercurio hacia la Tierra, algo que había permanecido fuera de alcance un tiempo indeterminado regresó a la órbita que circundaba la Vía Láctea. Después de recorrer galaxias lejanas a miles de años luz de la Tierra, el meteorito Hércules volvió a hacerse presente, amenazante y letal. Pero iba en dirección hacia Mercurio. A darle de lleno. Aquella vez, aparentemente sin margen de error posible. No iba a quedar un alma viva. Parece que al final acabarán ganando los buenos.





3 comentarios:

Anónimo dijo...

muy bueno, al final mas q hercules era el angel exterminador. Martin.

Anónimo dijo...

Parece que "Silveryum" se apiadó de los humanos!!!
Bonita segunda parte ;-) !!!

Mari Carmen

Anónimo dijo...

Precioso cuento, lleno de optimismo y esperanza... sin duda es lo que todos soñamos! Todos.... menos los habitantes de Mercurio, jaja!
Relato muy atrapante Javi, creo que supera todas las películas apocalípticas que vi hasta ahora, incluso Armagedon... porque termina bien y mueren solo los malos!!!
Mari

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