martes, 23 de diciembre de 2014

He pecado

por Javier Debarnot
Paco se sacudió las rodillas antes de doblarlas al costado del confesionario, y no bien lo hizo maldijo para adentro por el dolor que sentía en sus articulaciones. Antes de arrancar, se preguntó si ese “su putísima madre” escupido por su mente también debería incluirlo en el listado de pecados. Del otro lado de la ventana, el Padre Julio ya tenía sus dos oídos dispuestos.
-Ave María Purísima –dijo Paco sin ocultar una leve sonrisa irónica, por lo parecida y distinta que era esa frase comparada con la que había pensado dos segundos antes.
-Dime qué has hecho, Paco.
-Uf, antes que nada, mentí bastante.
-¿Y eso?
-Muy simple, pido a los demás que hagan buena letra y me pongo como ejemplo, pero la mayoría de las veces no puedo ser ejemplo de nada. Soy bastante hipócrita. Y me siento horrible diciendo una sarta de mentiras cada semana, hablándole a todo el mundo desde arriba y viendo que además están muy pendientes de mí.
-Pero eso no ocurre siempre, ¿no?
-Casi. Tú lo sabes, Julio, me conoces. Soy una pu… disculpa, soy una mentira andante.
-No te martirices. ¿Qué más has hecho?
-Me he emborrachado. No una ni dos, sino tres veces en un mes.
-¿Se te está dando por empinar el codo?
-Lo raro es que no lo tenga empinado. Me tiento. Después de darles a probar el vino a todos los invitados a la fiesta, veo que la botella está ahí, se han ido todos y al lado tengo esa copa vacía. Una tarde me serví tres o cuatro seguidas de un tirón. Pero fue peor el domingo pasado…
-¿Estabas borracho el domingo pasado? ¡Ya lo decía yo!
-¿Ha sido muy evidente? –preguntó Paco levantando la vista hacia la rendija del confesionario.
-Ahora entiendo las mentiras de tu discurso que me comentaste hace un rato, ahora me cuadran. No hay que creer eso de que los niños y los borrachos dicen siempre la verdad.
-Claro que sí… -por primera vez desde que empezaron la confesión, Paco hizo un largo silencio que cortó lo que venía siendo una charla fluida- ¿Cuánto llevo por ahora?
-¿Cuánto llevas de qué?
-De penitencia, hombre.
-Ah, vale… Por las mentiras y los excesos te tocan siete padrenuestros.
-Espérate que esto recién empieza.
-¿Te emborrachaste por algún motivo en concreto?
-A eso iba casualmente… todo vino por una mujer.
-Hostias. Todo vino no, todo el vino… te has tomado todo el vino por una mujer.
Paco se permitió soltar una carcajada liberadora. Pero la intensidad de esa risa no le sirvió para aflojarle ni un poco la angustia que llevaba hundida en el fondo de su conciencia como un trozo de metal pesado y oxidándose.
-Es peor que eso. Es ley de vida que no te tienes que meter con la hermana de…
-¡Ostras!
-Sí, Julio. No puedo evitar pensar en ella, imaginármela ligera de ropa. El hecho de que no enseñe nada me da más morbo todavía.
-¿De quién estás hablando?
-De Luisa.
-Hombre, es una chavala. Le llevas muchos años.
-Lo sé.
Otra vez, Paco se quedó suspendido en una pausa que, lejos de tranquilizarlo, lo hacía sentirse más culpable, todavía más sucio. Y volvía a pensar en esa mujer y sabía muy bien que, de la forma en que la imaginaba, estaba engrosando más y más el número de faltas. “Por esto me merecería un Rosario casi entero”.
-Luisa te hace perder la cabeza –el Padre Julio le interrumpió sus pensamientos, acaso evitándole que siga pecando con descaro en la mismísima casa de Dios.
-No es sólo ella, es terrible. Si cualquiera de las hermanas…
-¡Ya está bien! Déjalo ahí. Diez avemarías.
-Lo siento, mucho, no volverá a ocurrir.
-Por el bien de todos, Paco, debes centrar cabeza. ¿Hay más?
-¿Hace falta?
-Creo que no. Di lo tuyo…
Paco empezó con el “Pésame, Dios mío, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido…” mientras Julio le hacía el acto de absolución de sus pecados. Un minuto después, y dando por concluida la confesión, los dos hombres se incorporaron de sus sitios. El sacerdote abrió la puerta del cubículo de madera y palmeó amistosamente al otro.
-Venga, Paco, ahora te toca escucharme a mí.
Entonces, después de sacudirse las rodillas y volver a quejarse por la precariedad de sus tendones, Paco se acomodó la sotana y se metió en el confesionario dispuesto a oír los pecados de Julio.


martes, 9 de diciembre de 2014

Volantazos desesperados

por Javier Debarnot

Esos nubarrones no parecían presagiar nada bueno pero estaban ahí, y Pedro hubiera jurado que los muy traicioneros esperarían el momento justo, aquel que más lo molestara, para tirarle encima una lluvia de esas crueles, irritantes y filosas. Una lluvia bien hija de su madre.

Pedro no necesitaba mucho para ser el hombre más pesimista del mundo, y si encima le daban letra… Con ese panorama, faltando media hora para salir a la pista, creyó que no iba a aprobar el examen de conducción salvo que lo partiera un rayo. Al examinador, claro.

Su madre estacionó el coche y le deseó suerte sin mucha convicción, y Pedro la vio alejarse hacia la cafetería de la oficina de tránsito, para protegerse de ese frío de agosto y refugiarse de la probable lluvia. Y para dejarlo una vez más solo como desde que se había ido su padre. Nada había sido igual desde ese cáncer fulminante que se había llevado a Guillermo el invierno anterior.

-Ay, viejo, no sabés cómo te extraño.

Pedro rumiaba esas palabras mientras sus ojos miraban el cemento gris del suelo camino a las oficinas. Las rezaba. Cuánto hubiera querido tenerlo, aunque sea para que lo ayudara a pasar esa prueba de fuego que tan poco le había importado durante tantos años pero que se había transformado en cuestión vital en ese momento de su vida.

Si no sacaba el registro, debería decirle adiós a esa posibilidad de trabajo para la que había esperado una eternidad. Llevaba un lustro desempleado y no podía desperdiciar esa oportunidad, y menos por no ser capaz de estacionar, esquivar unos conitos y hacer una rotonda en reversa en diez minutos. El momento de la verdad, Pedro lo sabía, era cuando se abría una puerta y salía el examinador correspondiente, el que iba a decidir si pasaba o no pasaba. Apareció el suyo y…

-Tiene pinta de hijo de puta.

Pedro lo pensó y lo confirmó a los diez segundos, cuando le estiró la mano y el muy maleducado lo dejó con la diestra en el aire soltándole un seco “vamos para el coche que no quiero que nos agarre la lluvia”. El aspirante permitió que el examinador lo siguiera hasta el auto y ambos se subieron, Pedro al volante y el otro en el asiento del acompañante, planilla en mano.

Por primera vez desde que había sigo asignado para evaluarlo, el empleado de tránsito miró a Pedro a la cara, sólo un par de segundos, pero los suficientes.

-Te veo cara conocida.

Pedro puso entonces la cara que mejor le salía, la “de nada”. Poco le importó al otro que enseguida pasó por alto ese vago intento de socializar y le indicó que avanzara con el vehículo hasta el sector de caballetes que le daba inicio a la primera prueba de la mañana: estacionar como Dios manda.

Y entonces Pedró miraba por el retrovisor frontal y volvía a verlo a él, a Guillermo en el asiento de atrás, como tantas veces lo había tenido. Las últimas semanas estaba casi desplomado, cuando lo traía de vuelta del hospital después de otra sesión de mierda de quimioterapia. “Aguantá viejo, vomitá todo lo que quieras pero aguantá”. Los ojos de Pedro, sin que el examinador supiera por qué, se pusieron brillosos, más cerca ellos de largar agua que las nubes de arriba que también estaban a punto. No era justo que se lo hubieran arrancado, se auto-flagelaba Pedro por infinita vez, pero de golpe lo hacían volver al mundo actual.

-Tres maniobras, sólo tres maniobras para estacionar.

El desalmado examinador le dio esa premisa tarde, demasiado tarde, porque Pedro ya había agotado las tres y el coche no había quedado en un sitio muy adecuado que digamos, con la rueda delantera a más de medio metro del cordón. Cuando hizo un amago como para meter una marcha atrás, el juez instructor le dijo que no con un chasquido de esos que invitan a una trompada directa al mentón, y encima acompañó el odioso gesto haciendo que su dedo índice se hamacara de izquierda a derecha con una cadencia despreciable.

En la segunda prueba la clave era sortear unos doce conitos sin voltearlos. Pedro, con apenas tiempo de recuperarse después del casi seguro fracaso al estacionar, frenó su coche a escasos metros del primer obstáculo naranja. Su acompañante apuntaba cosas en su carpeta, cruces y garabatos tan inentendibles como la receta de un médico, y Pedro sólo quería finiquitar esa tortura lo antes posible.

Al arrancar otra vez, ya no veía a su padre pero sí lo escuchaba. “Cuando la trompa pasa el cono, todo el volante para el otro lado”. Esa frase se le había quedado grabada desde que Guillermo se la había dicho la última vez que entrenó con él para sacar el registro, prácticamente una década atrás. Pedro fue siguiendo esa instrucción básica que, antes de lo esperado, lo llevó a sortear la prueba con un óptimo resultado, comprobado a través del espejo al notar que todos los conos que iban alejándose seguían en pie.

-Una y media de dos, la cosa no va tan mal –se consoló yendo en dirección a la parada final.

Como Pedro ni había tenido tiempo para su café de la mañana, la modorra estaba a punto de metérsele en el cuerpo hasta que un trueno sonó y se la sacudió. Llegaba la hora de hacer como el escorpión y avanzar de adelante hacia atrás. Qué metáfora de mierda, reflexionó sin querer pensar en eso, rememorando el deterioro de su padre tan brutal e impiadoso desde que le iba avanzando esa puta enfermedad.

Debía mantener la vista hacia la parte posterior del coche y girar el volante siguiendo las curvas del camino, pero las manos le temblaban por culpa de la mezcla de todo: esa prueba crucial que no admitiría fallos y el recuerdo que no se iba, que volvía y lo atormentaba, del rostro moribundo de su viejo mirándolo con ojos huérfanos de esperanza, como pidiéndole perdón desde su lecho de muerte por tener que abandonarlo tan rápido antes de poder acompañarlo en más éxitos o fracasos. No había forma de que los dedos de Pedro quedaran firmes, y entonces esa endeblez se tradujo en falta de sincronización y precisión que los neumáticos acusaron mordiendo la banquina, no una vez sino varias, y le tiraron toda la ilusión de aprobar al diablo.

Volviendo a la oficina para finiquitar el trámite, Pedro tenía un nudo en la garganta, pero dos o tres más en el alma. Cómo iba a explicarle a su mamá que le había salido todo mal y que ella iba a tener que seguir manteniéndolo hasta que consiguiera un nuevo trabajo, porque el que en teoría ya era suyo dejaría de serlo por culpa de no tener licencia.

El examinador se iba frotando las manos y Pedro supuso que estaría relamiéndose por estar a punto de sentenciar su suerte. Miró al cielo que todavía no se decidía a activar la lluvia y, sin decir palabras, le preguntó a su padre por qué no había podido ayudarlo en esa, y justo en ese momento el otro hombre releyó la planilla y se le encendió la lámpara.

-¿Vos sos Pedro Iglesias, el hijo de Guillermo?

Pedro asintió en silencio, estupefacto y escéptico. Y entonces el examinador le dio el pésame porque sabía que su papá había fallecido, y en dos pinceladas le contó cómo lo había conocido y lo mucho que lo apreciaba.

-Andá a la cafetería que hace frío. En un rato te llevo el registro.

Levantando otra vez la cabeza, Pedro intuyó al sol muy por detrás de un rebaño de nubes. Y sintió que, si el astro rey hubiera tenido ojos, uno lo estaría guiñando y los dos serían iguales a los de su padre.


martes, 25 de noviembre de 2014

A Costa Rica en Business

por Javier Debarnot

Cuando cuatro amigos de toda la vida logran ponerse de acuerdo en algo, el mundo pasa a ser un lugar mejor. Pero en ese mundo ideal, el nuestro, cabían todos menos uno: el rasta que nos había estafado y que queríamos cagar bien a trompadas. Y todo ocurrió una noche de Playa Negra, hace una pila de años en la exótica Costa Rica.

Cómo llegamos Nico, Gon, Pety y yo a querer linchar a un simpático personaje de la fauna local se podría explicar en cuatro líneas, pero puede ser más divertido si aplicamos unas pocas pero pintorescas pinceladas de contexto. Todo empezó, como tantas otras cosas que al final acaban mal, cuando intentamos conseguir hierba, se supone que de la buena.

Al no ser asiduos consumidores, mucho menos éramos buenos compradores de la sagrada hoja. De alguna manera, siempre nos llegaba algo de carambola y aprovechábamos, pero cuando teníamos que ir a conseguirla en rodeo ajeno, quedábamos más expuestos que un pésimo alumno en plena lección oral. No sabíamos ni cómo arrancar.

En nuestro periplo por Ticolandia, unas tierras de auténtica pura vida que nos cautivaron desde nuestro arribo a San José, antes del “incidente” nos habíamos visto sólo una vez con las ganas de conseguir algo para fumar. Había sido durante la estancia en Montezuma, mientras parábamos en una cabaña ubicada en primerísima línea de mar.

En aquella ocasión, después de una buena comida en el bar con más marcha de la zona, andábamos con ganas de degustar la flor nacional de Bob Marley. No podía ser que la máxima emoción de la noche haya sido cuando, en plena partida de metegol, se apagaron las luces y empezó a sonar Suavemente de Elvis Crespo que pintaba para canción del verano.

Yo me ofrecí como conejillo de indias para intentar dar con alguien que nos suministrara la hierba, y después de un par de preguntas en la barra y una pequeña espera, ya teníamos lo nuestro en una bolsita por una módica suma de colones. En esa noche, la de nuestro bautismo cannábico, se destacaron dos hechos: primero cuando Nico y yo estuvimos media hora armando los cigarrillos sobre una papelera llena de mierda sin darnos cuenta, y segundo cuando casi arruinamos el cassette que teníamos con música de moda –sin incluir Suavemente- al darle al Rec en lugar del Play. Visto en la perspectiva del tiempo, si no nos hubiéramos dado cuenta a los quince segundos del error, hoy tendríamos treinta minutos de una charla de cuatro fumones que sería más entretenida que este relato.

Antes del incidente con el rastafari, unas pocas noches atrás, íbamos en una carretera cuando divisamos el cuerpo de una vaca tumbado a un costado del camino. Pensamos que ya estaba muerta, pero supimos que en realidad estaba agonizante cuando dos hombres se acercaron a nuestra 4x4 alquilada, en plena oscuridad, para hacernos un pedido inquietante.

-¿Tienen una pistola?

Querían sacrificar al animal para que dejara de sufrir, y aunque nosotros hubiéramos deseado contestar “No, dejamos la pistola en casa junto con las granadas porque salimos rápido”, tuvimos que decir no y abandonar a la vaca a la merced de esos costarricenses desarmados pero no desalmados.

Una semana después, estábamos en un sitio de Cahuita cuya particularidad era que la arena era tan negra como el carbón: Playa Negra. Al principio impresionaba, pero una vez que nos acostumbramos nos pareció increíble. Malgastábamos una noche en un bar de la zona y ahí conocimos a un hombre que, sin serlo, tenía todos los rasgos de un jamaiquino: negro, con rastas, simpático y, cómo no, fumaba hierba y se ofreció a darnos un poco por unos mil colones. Esta cifra me la estoy inventando ahora, pero sí recuerdo que nos pedía el doble que en la anterior ocasión. Sin otro dealer a la vista que este Bob “tico”, accedimos a pesar de sus condiciones.

-Denme primero el dinero.

Aún con nuestra escasa experiencia, estábamos seguros de que la transacción solía ser algo simultáneo: pagás y te dan la bolsita feliz al mismo tiempo. Pero este rastafari se fumaba sus propias leyes. Ya con unas cuantas cervezas encima, pecamos de inocentes y le dimos todos esos colones, desoyendo los consejos de nuestro contador Nico que nos advirtió, riñonera vacía en mano, que nos estábamos yendo de presupuesto. El rasta desapareció con nuestro botín y nos dejó unas instrucciones simples y claras.

-Sigan a esos.

Esos eran tres hombres y una mujer, hablaban lo justo y se empezaron a alejar del bar, adentrándonos todos en un barrio desconocido de Playa Negra. No es que caminamos mucho, pero a la luz de las estrellas parecía ponerse “un poquito más denso” el panorama. Para trazar un paralelismo, al aparecer ante nuestros ojos unos monoblocks, sentimos que le geografía era una especie de Dock Sud costarricense.

Los muchachos, aquellos que en teoría nos iban a buscar la bolsita mágica, nos dijeron casi por señas que “esperáramos ahí” mientras se perdieron entre unos edificios. Al menos, en un gesto de conmovedora caballerosidad, nos dejaron en compañía de la dama. La chica no decía una palabra y el tiempo pasaba, y entre una broma y otra se hizo un cuarto de hora. Minuto más, minuto menos, nos cayó la ficha de que nos habían cagado. Teníamos a una mujer en el medio a la que habían usado de distracción, como para darnos una garantía que no valía de nada.

-Hablemos en lunfardo que ésta no caza una –dijo Nico.

-Ya junamos cómo es el yeite. Estos sotretas nos acostaron y nos dejaron a esta minuza de seña. Tomémonos el buque que acá parecemos unos pelandrunes. Ya fue.

Esbozando nuestra mejor sonrisa, le hicimos entender a la mujer que se podía ir tranquila. Nos hubiera encantado decirle “ok, tus amiguitos nos la hicieron comer doblada. Te salvaste de que somos cuatro pelotudos, porque si no te llevamos con nosotros hasta que aparezca lo nuestro”, pero no lo hicimos. Nos fuimos resignados, sin humo y sin colones otra vez al bar, y en el camino cada uno imaginó qué tipo de golpe le daría al rasta embaucador.

Al llegar, el personaje no estaba, aunque no se hizo esperar demasiado. Lo vimos aparecer al rato y salimos a su encuentro. Para nuestra fortuna, estaba solo. Éramos cuatro argentinos furiosos contra un flacucho esperpéntico que apenas tenía energía para sostener un porro entre sus dedos. Antes de golpearlo, o ver si nos atreveríamos a hacerlo, quisimos darle una oportunidad de explicarnos todo. Podíamos esperar cualquier excusa y hasta podría valernos alguna, pero no estábamos preparados para las palabras que salieron humeantes de su boca.

-Ustedes me deben mil colones, porque vine a buscarlos y no estaban. Me deben mil colones más.

Juro por el espíritu de Bob que nos decía eso, a los gritos, llamando la atención de todo el bar. Nosotros no sabíamos si reír o llorar y creo que optamos por lo primero. Y al final, por supuesto que no le pegamos ni le exigimos que nos devolviera la plata. Creo que, ahora que lo pienso y viendo cómo se había encendido, el negocio más redondo hubiera sido fumárnoslo a él.



martes, 11 de noviembre de 2014

Esto no tiene nombre

por Javier Debarnot

Además de una gran amistad, a Juan y a mí nos une una singular pasión que no es el fútbol. Que sí, que también nos encanta, pero esto es otra cosa, algo que cosechamos por lo bajo como un sello distintivo de nuestra forma de ver a los demás. Juan y yo, desde siempre, compartimos el insólito pasatiempo de poner apodos. A él, a ella y, si se descuidan, a ustedes y a sus madres.

Es probable que una parte de este vicio nos haya venido en los genes, porque no nacimos en Kuala Lumpur sino en la porteñísima Buenos Aires, que debe ser la ciudad del mundo donde poner apodos es el auténtico deporte nacional. Sólo basta con elegir tres ídolos argentinos al azar para comprobar que todos ellos tienen, como mínimo, un apodo que no podría separarse del nombre de pila, casi como si éste y el mote fueran hermanos siameses.

Juan es el único que hizo toda la secundaria conmigo, primera parte en un colegio y segunda en otra. La diversión a pleno empezó en la última etapa, cuando aterrizamos juntos en un colegio donde todos se conocían pero nadie nos junaba a nosotros. Se nos abría un campo enorme de potenciales víctimas a las que rápidamente etiquetábamos, ante el menor indicio que nos encendiera la mecha de la maldad.

En un principio, los apodos eran para consumo interno, es decir que sólo Juan y yo los entendíamos o usábamos. Pero era cuestión de tiempo para que los motes se generalizaran y, como por arte de magia, en pocas semanas todo el colegio había digerido y aprobado nuestra invención. Ahí nos sentíamos los reyes del alias y a los personajes bautizados les resultábamos simpáticos “jodones”, o nos querían ver muertos según la naturaleza del apodo.

Hubo un compañero al que ametrallamos a sobrenombres. El primero surgió de una canción de cancha que él mismo repetía una y otra vez por los pasillos del colegio. La ecuación fue sencilla: tomamos el trozo más característico de la letra y ese fue el puntapié inicial. Después lo simplificamos hasta que nos quedó un simple diminutivo que a él no le gustaba nada de nada, casi que nos ladraba al oírlo, hasta que una mañana, por los pasillos de arriba, un chico de tercero le dijo:

-¿Hacemos un partido, “papi”?

Juan y yo, desde un segundo plano, nos miramos y explotamos por el éxito garantizado del nuevo apodo. La víctima, por supuesto, después de gruñir nos mandó a la concha de nuestra madre, pero el daño ya estaba hecho. En pocas horas, era probable que hasta su hermana lo llamara de esa forma y ya no había vuelta atrás, porque la gente es muy cruel con los apodos, se le fijan rápido en la mente y después le da pereza hacer memoria para intentar recordar el nombre original.

Los apodos que poníamos podían tener distintos orígenes, o bien de un parecido bastante fidedigno con algún famoso, ya sea futbolista, actor o personaje de ficción, o provenir de cualquier otro sitio como el caso del sobrenombre “papi”. Pero siempre, como regla suprema, debía existir una complicidad instantánea en el otro cuando uno lanzaba el apodo, porque si no había quorum de los dos al primer segundo, sería porque la calidad del mote no estaba a la altura.

Todo iba bien, hasta que un día se nos fue de las manos. En el acto de fin de curso del año 1992, por varias carambolas quedé como encargado de la organización de la entrega de diplomas y medallas, y una semana anterior al evento estaba dándole a las teclas del guión que leería el maestro de ceremonias. No es un detalle menor que este último iba a ser una persona ajena al colegio.

Juan merodeaba por el aula de computación y yo, al notar su presencia, giré en la silla porque me imaginé que se le había ocurrido algo.

-¿Estás poniendo los nombres de los de tercer año? –me preguntó con un brillo en los ojos.

-Sí, nombres y apellidos.

-¿Ya llegaste a David?

David había sido David hasta que nosotros lo bautizamos Zuckerman, que era un personaje televisivo creado por el genial cómico Jorge Guinzburg, que en su caracterización representaba a un hilarante súper héroe judío. No discutimos ni un segundo los pasos a seguir, y una semana más tarde Zuckerman estaba mezclado entre los apellidos de los chicos de tercero B.

El estallido de carcajadas resonó como nunca en el micro-estadio cuando el locutor del acto leyó nuestro apodo, y todas las miradas apuntaron a David. Hubo incluso compañeras que se mearon de la risa, y nosotros aguantamos estoicos como pudimos. Alguien debió patentar en ese instante una escala diferente de rojo, que fue el color que tiñó la cara de la pobre víctima. Restablecida la calma, David nos encaró porque sabía que éramos los ideólogos del sobrenombre.

-Es una broma, David –le quitábamos hierro al asunto.

-Están mis viejos y mis abuelos, esta vez se pasaron.

-Ya está, lo dijeron y nadie se va a acordar dentro de un rato.

En esa época, sólo un puñado de padres llevaba una cámara VHS y registraba esos momentos, todavía lejísimos de móviles con capacidad para filmar y subir a YouTube al mismo tiempo. Lo convencimos de que no era para tanto e intentábamos que nos aceptara una disculpa, cuando sucedió lo que no esperábamos.

Una bandera gigante se desplegó por detrás del escenario desde la gradería alta, acaparando la visión de todos los presentes. En ella se habían grabado los apellidos de los alumnos de tercero, siguiendo el listado que se había utilizado en el guión de la celebración, donde la palabra Zuckerman se destacaba por sobre el resto con sus letras chillonas naranja fluorescentes. Hubo una segunda explosión de risas seguidas de aplausos cerrados que Juan y yo no llegamos a disfrutar del todo, más que nada porque Zuckerman nos empezó a correr enfurecido.

Salimos disparados y nuestras propias carcajadas entorpecían la huida, pero el pobre David jamás nos alcanzó. Creemos que lo hubiera hecho sólo si hubiese tenido la capacidad de volar como el súper héroe de los judíos. Tiempo después supimos que su bisabuela había acabado en urgencias por la humillación sufrida por su bisnieto. Qué manera de pasarnos: lo que habíamos hecho no tenía nombre ni apodo.

Más de veinte años pasaron y seguimos viéndonos con Juan, porque cada uno por su lado acabó emigrando al mismo país aunque a distintas ciudades. Nos juntamos de tanto en tanto y recordamos aquella época dorada con esa inolvidable danza de nombres. Una tarde que estábamos de tapas por Madrid, un par de chicos que habían compartido el secundario con nosotros nos saludaron desde la vereda de enfrente. Al alejarse, me pareció oír que uno le decía al otro: “mirá dónde venimos a cruzarnos al Gordo y al Flaco”. Qué pedazo de turro, me quedé pensando mientras se iban. A veces a cierta gente se le va la mano y puede ser muy dañina.


martes, 28 de octubre de 2014

De regreso a octubre

por Javier Debarnot


Hace 14 años me tatué a octubre en el hombro. No estaba relacionado al mes, de hecho me lo hice el 1 de noviembre, y era para homenajear al mejor disco de mi banda de rock favorita. Pero hoy, que ha pasado tanto tiempo, lo veo como una premonición: un octubre de 2006 fue el mes que cambió mi vida para siempre.

Cada octubre tengo una sensación extraña en el estómago, de esas que ni se explican ni se entienden, y algún día del mes caigo, cuento y aterrizo. Ya conté hasta ocho, porque pasaron ocho años desde mi entrada a España. Al advertir el acontecimiento, comprendo la presencia de esos aleteos internos que me invaden en esta época y que son los que intentan comunicarle a mi razón que mi alma quiere gritar y llamar la atención en cada aniversario.

Cada octubre, una parte de mis sentimientos se ve afectada por una ausencia que se extiende en el tiempo y que nació desde que me fui, porque ya llevo casi una década huérfano de patria. Las consecuencias de haberme alejado de mis raíces van enredándose lenta pero firmemente en mis vísceras, y se les da por manifestarse haciéndome un nudo en la garganta cuando advierto que ha pasado un año más, que ya giré un octubre más en el almanaque.

Cómo extraño mi tierra, mis caminos y mis códigos. Extraño la familiaridad que te ayuda a identificarte con lugares o momentos, porque ya los experimentaste tantas veces que podés sentir que llevás haciéndolo toda tu vida. El golpe se siente cuando, de un día para el otro o casualmente un día de octubre, todos esos lugares o momentos comienzan a desvanecerse y quedan sólo huellas, como pliegos en las sábanas de una cama deshecha, hasta que una mañana le das un sacudón y pareciera que esos recuerdos nunca estuvieron. En realidad, cuando ciertos rastros son invisibles a la vista es cuando más fuertes se hacen, y es el instante preciso en el que los recuerdos del pasado se te tatúan en el alma.

Extraño los olores de las cocinas que invadí, que desprendían el aroma de las delicias que mi madre fue poniendo primero en mi boca y después en mi plato, esos sabores que quizás no son los mejores pero a uno le resultan únicos aunque más no sea por el arte de la repetición. O más bien, por intuir el amor con que son preparados esos manjares que motiva que su gusto se quede instalado en nuestro estómago-corazón.

Puedo sentir, cuando cada octubre esa magia me abofetea los sentimientos, la fatídica ausencia en lo cotidiano de esos placeres culinarios que nacieron y morirán en mi tierra. El empalagoso dulce de leche atacándote desde una cuchara sopera mientras sostenemos la heladera abierta, los bizcochitos salados haciéndose compinches del mate, la milanesa napolitana que a todos encanta y decenas de platos que, si uno se pone aplicado, encuentra cómo reproducirlos o conseguirlos estando lejos, pero no es lo mismo. Nunca será lo mismo aunque nos los vendan como tal, jamás será igual mientras no podamos exportar ese olorcito inconfundible de una panadería de barrio que nos alerta sobre unas crujientes docenas de medialunas que están a punto de salir del horno, mientras pedimos un cuartito de figazas de manteca quejándonos porque parece que vuelven a aumentar el pan.

Cada octubre, las suelas de mis zapatos hacen que mis pies se enreden porque quieren llevarlos a ellos y a mí hacia otras direcciones, para que vayan a buscar esas huellas familiares que parecen haber quedado tan atrás. Extraño caminar por algunas veredas rotas y cruzar calles con empedrado, ver venir al 130, al 151, dejar que me cieguen los rayos de sol de Libertador o Crámer, o bajar al submundo de la estación Congreso de Tucumán con varios caramelos masticables Billiken en mi bolsillo.

Cada octubre recuerdo que alguna vez fui Javi para todo el mundo y hoy soy Javier, porque no hay lugar en el mundo tan apegado a los diminutivos como nuestra tierra. Cada octubre soy consciente de que durante treinta años yo sabía todo sobre políticos, actores, famosos y otras anécdotas patrias, y hoy, cuando se habla del pasado de la flora y fauna española, a mí no me queda otra que mirar hacia el techo o fingir que pasé tres décadas en coma.

Extraño a veces ese desorden y esa improvisación tan nuestra, el atar con alambre las cosas y que den resultado, y también echo en falta esas charlas eternas que no llevan a ningún lado, pero que nunca te interrumpe alguno al grito de “cómo te enrollas, se nota que eres argentino”. Además, cada octubre me doy cuenta que faltan dos meses para perderme las Fiestas como Dios manda, o sea, en verano.

Como conclusión de todo esto que me ocurre en octubre, cualquiera podría pensar que soy alguien que perdió su identidad y que va en una cuerda floja sorteando el abismo de la nostalgia, pero nada más lejos de la realidad. Gracias a Dios, aunque añorando aquel pasado que siempre será tan mío, vivo cada día las experiencias únicas que me regala el sitio que hoy elegí para darle cuerda a mis pasos por este mundo.

Agradezco que en esta nueva aventura pude sumar nuevos amigos, pocos en cantidad pero enormes en calidad -ellos saben muy bien quiénes son si menciono exquisitos gazpachos caseros, aventuras en kayak y sillas que se rompen de a dos- y descuento que ahora mismo me estarán leyendo y entendiendo. Y los demás, todos los que quedaron del otro lado del charco, espero que comprendan con estas líneas lo mucho que los quiero y los extraño, en octubre y también en los otros meses del año.





martes, 14 de octubre de 2014

Tragos y estragos

por Javier Debarnot


Cuando se disfraza de pantera rosa, Gustavo se evade de su infierno personal, al menos durante el itinerario del Tren de la Alegría por las calles de Villa Gesell. Allí arriba se alimenta de las risas de los niños, aunque él lleve cinco años sin dibujarse una sonrisa, los mismos que han pasado desde que su pequeño hijo falleció en un trágico accidente.

Ya van dos temporadas haciendo ese trabajo tan peculiar, junto a Mickey, Bob Esponja, Buggs Bunny y la ardilla de la Era del Hielo. Cuando lo aceptaron para el puesto, Gustavo no tenía dónde caerse muerto. Desalineado y hambriento, su aspecto no podía engañar a nadie y menos a Omar, el dueño de la atracción, pero la desesperación dibujada en la mirada del aspirante logró convencer al jefe que sólo necesitaba poder confiar en sus empleados.

-Una noche que faltes, y estás fuera.

Gus se lo había tomado al pie de la letra. El problema venía de mucho antes, cuando se venía tomando hasta el agua de las baldosas flojas en un día de lluvia. Entregado a la bebida, había perdido a lo que quedaba de su familia, a sus amigos, a su casa y a su norte. El día que lo aceptaron en el Tren de la Alegría, sacó la cuenta de que hacía seis semanas dormía en la calle. Esa misma tarde pudo convencer al dueño de una piojosa pensión de que en pocas semanas podría pagarle su estancia allí. Así fue que volvió a tener una suerte de hogar.

Se juramentó cuidar ese trabajo como no lo había hecho con los cuatro anteriores. Decidió hacerlo por Martín, su hijito muerto, que le daba a Gustavo sus alitas de ángel. Entendió por fin que la única manera de conservar ese empleo y el resto de lo que aún tenía era dejando de beber. Metió las botellas y petacas que le quedaban en una bolsa de residuos y la dejó abandonada en un baldío cercano a la pensión. Desde ese jueves de noviembre, ya han pasado un año y tres meses sin tocar una gota de alcohol.

El trabajo no es nada complicado. El Tren sale de una esquina de la Tres de Villa Gesell y hace un recorrido de una media hora por la misma avenida, salvo cuando ésta se convierte en peatonal que es cuando el vehículo se desvía para seguir por la Cuatro. Gustavo y sus compañeros, con sus disfraces puestos, animan a los chicos a subirse y, una vez que están arriba, cantan y bailan junto a ellos un variado repertorio con las canciones infantiles de moda.

Al empezar, Gus era Bob Esponja y hacía de las suyas junto a un cordobés que se ponía en la piel de Patricio Estrella. Una noche de enero, este personaje vio que, al bajar del Tren, un padre le propinó un cocazo a su hijo por pedirle una golosina con insistencia. Sin pensárselo mucho, Patricio le dio una patada en el culo al agresor. Omar lo echó en el acto y Gustavo, la noche siguiente, decidió dejar su disfraz de Bob Esponja como homenaje a su amigo despedido, y desde esa época se convirtió en la elegante y risueña Pantera Rosa.

Mientras hoy camina hasta el lugar desde donde parte el Tren de la Alegría, Gustavo cae en la cuenta de que justo sería el cumpleaños número diez de su hijo. Y que ya van cinco y medio que no lo tiene. Mira el reloj y las agujas le juegan una pasada horrible, en una auténtica maniobra a traición: como es demasiado temprano, cree que no va a pasar nada por tomar una insignificante cerveza. Después de quince meses limpio, está a punto de tropezar con la peor piedra para los ex alcohólicos, la del nuevo primer trago.

Sentado en la mesa interior de un bar, liquida una botella de litro en menos de diez minutos. Cuando el parroquiano le acerca la segunda, a él ya se le aflojó la lengua y empieza a soltarle la trágica historia de su vida. El dueño no tiene otros clientes que atender, así que le presta su oído porque ve en Gustavo a un hombre que necesita desahogarse antes de zambullirse otra vez en el mar de su perdición.

-Yo antes del accidente de mi hijo no tomaba ni sidra en Navidad. Después sí, para la sociedad me convertí en un borracho asqueroso, lo admito. Y así fue que me dejó mi mujer y desaparecieron los que decían ser mis amigos. Ahí me vine a vivir a Gesell, para alejarme de todo.

-¿Cómo fue lo de tu hijo? Sacalo para afuera.

-Lo atropelló con su coche un hijo de puta que iba en pedo, mirá lo que son las paradojas de la vida.

-¿Fue preso?

-Ojalá, sólo estuvo detenido unas horas. Tenía guita y después se supo que coimeó a todo dios. Le habían hecho un control de alcoholemia veinte minutos antes del accidente, que había hecho reventar el aparato de todo lo que había chupado, pero había adornado a esos polis con un dineral. Después unos buenos abogados dibujaron una historia increíble, pusieron más dinero y sanseacabó, liberado por falta de pruebas.

Durante interminables meses, aquellos que lo encontraron abstemio, Gus había intentado dejar todo eso atrás. Pero a medida que le entran las birras va encendiéndose, porque el alcohol que empieza a correrle por dentro está poniendo en marcha otra vez su maquinaria de odio y sed de justicia que parecía adormilada.

-Eso que dicen que los familiares de las víctimas quieren que atrapen a los asesinos para que no vuelvan a cometer otro crimen... eso es una puta mentira. Yo quiero que este mal nacido se pudra en la cárcel, por lo que le hizo a mi hijo, y no me importa nada más. Ya me daría igual si sigue matando gente, lo mío es algo personal. Si alguna vez volviera a verlo…

El dueño del bar le advierte a Gustavo que ya son casi las ocho, su hora de entrada. Entonces el cliente paga sus tres botellas y se reincorpora, y tambaleando pero con hidalguía se carga la mochila al hombro y pide permiso para ir al baño. Sale a los tres minutos con el traje de la pantera puesta excepto la cabeza, que lleva en su brazo izquierdo. Le recomiendan no presentarse en esas condiciones al trabajo, pero Gus tiene la frase de Omar grabada a fuego, “una noche que faltes, y estás fuera”.

Por suerte, el jefe no vino y en su lugar apenas se deja ver su hermano, que por ser algo tímido prefiere mantener un perfil bajo sin molestar ni controlar al personal. Se sienta junto al chofer y charla de algo intrascendente. Sólo desea que sea una jornada apacible y que acabe rápido, ajeno a lo que pasa detrás suyo en el único vagón del Tren. No ve que Gustavo debe sostenerse fuerte de un caño para mantenerse en pie mientras suena una canción de Piñón Fijo.

Al hombre alcoholizado, un rubiecito menudo le recuerda mucho a Martín. Entonces, con un paso nada digno de su personaje, Gus se acerca al chico haciendo un esfuerzo sobrehumano porque quiere verlo más de cerca, aunque no está con la vista muy afinada que digamos. Advierte que tiene casi la misma edad que acusaba su hijo al ser atropellado, un corte de pelo parecido y una sonrisa casi idéntica. Sólo lo observa, y nadie puede notar que debajo de su máscara las lágrimas le recorren las mejillas sin parar.

Entonces, un hombre que hasta el momento había estado distraído con su celular, es consciente de que la pantera rosa está muy cerca de su hijo, y al calibrar un poco el olfato siente un hedor a cerveza que apesta.

-Alejate de mi nene, borracho de mierda.

Recién allí, después de que el individuo se percatara de su aliento, Gustavo logra enfocar un poco las imágenes que le devuelven sus ojos detrás de la máscara. Le cuesta al principio, pero al final lo ve claro. Lo que son las vueltas de la vida. Lo que son las vueltas del Tren de la Alegría. Ahí lo tiene, frente a él, al asesino de su hijo.

Parece ser que el hermano de Omar va a tener una noche movida.




martes, 30 de septiembre de 2014

Vida de perros

por Javier Debarnot

El suelo de por sí estaba helado, pero era lo de menos para Evelyn entre la incertidumbre y el miedo que le provocaban dormir cada noche en la cocina. A pesar de todo aquello, la chica no se sobresaltó al sentir unos lengüetazos aún más fríos estampándose en sus pies descalzos. Se trataba de Ralph, el labrador de la familia, acercándole un hueso de pollo que apenas había tocado. En plena oscuridad, a Evelyn le brillaron los ojos de emoción por el generoso obsequio de la mascota. Ocurría que, en esa casa, al perro lo alimentaban mucho mejor que a ella.

Evelyn era empleada doméstica en el hogar de los Li, un matrimonio chino sin hijos afincado en un barrio céntrico de Hong-Kong. Oriunda de Filipinas, la joven era una de las tantas que huían de su tierra en búsqueda de unas migajas para sobrevivir, aunque más no sea estando lejos de sus seres queridos.

Había dejado a su marido enfermo y a dos hijos pequeños con la esperanza de encontrar en China un empleo que al menos les alcanzara para pagar la comida y los medicamentos. Enviando el dinero mes a mes, Evelyn podría sostener a los suyos. Eso era lo que hacían miles de filipinas que habían emigrado para hacer quehaceres domésticos a Hong Kong, y en teoría a la mayoría les funcionaba bien. En la práctica, era peor que un vía crucis.

Esa noche, mientras le extirpaba hasta el último trozo de grasa al hueso, Evelyn clavaba sus ojos negros medio rasgados en el amplio ventanal de la cocina que dejaba entrever el cielo estrellado de la ciudad, una mole gigante a la que había llegado ocho meses atrás. Con la mirada ausente, pensó que en esa misma cocina y apenas medio año antes había recibido la primera golpiza del honorable señor de la casa, y todo por poner un tenedor en sentido opuesto.

Mucho antes de escuchar a través del teléfono las primeras palabras de su hija menor, ya sus oídos se habían acostumbrado a los gritos furiosos de su ama en chino mandarín. Las instrucciones se las daban en inglés, pero las reprimendas y broncas le caían en el idioma local, porque de esa forma Evelyn ni se enteraba de lo que había hecho mal. Le pegaban casi por deporte, y pronto supo que gran parte de las filipinas en Hong Kong sufrían el mismo martirio por parte de sus empleadores.

La ley las había dejado desamparadas, en una especie de vacío legal que les permitía a sus patrones, que eran en realidad captores, tenerlas en un régimen que lindaba al de la esclavitud. No podían siquiera salir a la calle porque le echaban llave a la cerradura en las ocasiones en que las dejaban solas. Del sueldo miserable que le correspondía por estar las veinticuatro horas de los siete días de la semana, le quitaban tres cuartas partes que se quedaba la agencia de empleo que le había gestionado el puesto. Pero la desesperación era tal que seguían. Ellas bajaban la cabeza, apretaban los dientes y aguantaban la tormenta. Evelyn, como todas, soñaba con que algún día por fin pasara de largo el vendaval.

El hueso de pollo era historia y yacía en la basura donde muchas veces la chica rascaba en busca de restos. Sin poder conciliar el sueño, Evelyn empezó a ver pasar las horas hasta que todo empezó a aclararse, en el cielo y en su cabeza. Por fin tuvo la valentía para rescatar las preguntas que tanto tiempo habían estado ocultándose en el subsuelo de sus miedos y su autoestima: ¿qué demonios estaba haciendo allí? ¿Y qué tan poco se valoraba para estar teniendo una vida más desgraciada que la de un indefenso animal en cautiverio?

-Hazlo por tus hijos.

Cuando su voz interior le hizo sacar fuerzas para decidirse a recuperar a su familia, un acto reflejo llevó su mano hasta el cuello para tantear la cadenita de la que colgaban dos siluetas de niño representando a sus pequeños, y fue horrible la sensación de vacío que la embargó al notar que su única joya no estaba. Se la debían haber arrancado mientras dormía, algunas noches atrás.

Su decisión de escapar como sea se ahondó al percatarse del cobarde hurto. Pero antes de planear la huida, Evelyn quería recuperar el único recuerdo físico que tenía de sus hijos. Sin hacer el más mínimo ruido, se desplazó hasta la cómoda donde sabía que la mujer de la casa guardaba los collares, pulseras y otros accesorios. Abrió el cuarto cajón y la luz del amanecer se alió con ella y le permitió descubrir su cadenita de un primer vistazo. La apretó entre sus dedos y los ojos empezaban a humedecerse de sólo pensar en abrazarlos después de tanta desolación y tormentos. Una alarma la volvió a la tierra y a su infierno personal, otra vez lejos de ellos. El señor Li se levantaría en segundos.

Del sobresalto, Evelyn se tropezó con la pata de un sillón con tanta desgracia que chocaron la filosa madera del mueble con la separación del dedo pequeño de su pie con el de al lado. No pudo contener un sonido estridente de dolor y en pocos instantes se oyeron los quejidos de un hombre que iba hacia allí. El instinto de supervivencia condujo a la chica de vuelta a la cocina, su hábitat natural en ese frío hogar. Intentó cerrar para salvaguardarse pero el pie de su amo fue más rápido al interponerse entre el marco y la puerta. El chino la arrinconó mientras su mujer no estaba en la casa.

En su camino desde la habitación, el patrón había tenido tiempo de ver el cajón de las joyas abierto y agarrar un cinturón de cuero que colgaba de una silla. Mientras insultaba a su empleada en chino convencido de que había intentado robarles, descargaba el cinto contra su espalda como si su brazo fuera un martillo neumático. Bajo el enorme ventanal abierto, Evelyn estaba hecha un ovillo y sólo atinaba a cubrirse la cabeza porque el metal de la hebilla podía hacerle severo daño.

El señor Li no paraba, porque los gritos de su víctima no la amilanaban sino todo lo contrario. Y fue entonces cuando Evelyn, que apenas cinco minutos antes había decidido rehacer su vida, tuvo la certeza de que su fin estaba cerca porque el cobarde inhumano de su jefe parecía decidido a matarla a golpes. Entre latigazo y latigazo, pensó en sus hijos, acaso por última vez.

El salto fue perfecto, lo suficientemente alto como para impactar al golpeador en su cintura y desestabilizarlo. Ralph logró que su amo cayera por la ventana hacia una muerte casi segura al tratarse de un piso ocho, salvando a Evelyn de la peor golpiza que estaba recibiendo en sus veintisiete años. Dolorida y con algunos trozos de su espalda en carne viva, la filipina supo que no le quedaba mucho tiempo para huir antes de que gobernara el caos. El sonido de unas llaves atornillando una cerradura llegó desde lejos y volvió a ponerla en guardia, y allí fue cuando tomó un cuchillo, el más grande que vio sobre la mesada, y fue hacia la puerta de entrada acompañada por Ralph.



martes, 9 de septiembre de 2014

Un carancho en la frontera

por Javier Debarnot



Cuando Juan Alberto volvía a su chalet en San Justo, todavía le daba vueltas a la pregunta de su superior que le había hecho levantar la mano más rápido que sus compañeros de Gendarmería y ofrecerse. “¿Quién tiene las pelotas para tirarse encima de un coche?”. Y Juan las tenía, o al menos eso le hizo creer a los demás.

¿Pero en verdad las tenía? Se suponía que el vehículo iba a ir a paso de hombre, porque esa era la modalidad de la protesta que venían haciendo unos manifestantes para reclamar contra el despido de unos compañeros: ir por la autopista a una velocidad insoportablemente lenta con la intención de entorpecer la circulación, atascarla, y hacer ruido.

-¿Y si el coche acelera de golpe? –su mujer intentaba hacerlo entrar en razones.

-¿Qué podría pasarme?

-No sé, ¿quedar paralítico de por vida?

De los nervios, el gendarme sorbió tan rápido el mate que se acabó quemando la garganta. Aunque tuvo la entereza de no insultar al aire ni a la vida, la preocupación le quedó bien adentro, absorbida e hirviendo. Y no habían pasado ni dos minutos cuando entró su pequeño hijo a recordarle que el sábado tenían el partido de chicos contra grandes. ¿Y si no podía ir porque estaba con un par de muletas?

Era definitivo: el susto se le empezó a meter en sus cien kilos a Juan y, siempre para adentro, no pudo evitar maldecir por haberse candidateado a ese acto de literal arrojo. Soy un comandante, carajo, ¿quién me manda a querer sumar porotos de esta forma? El problema era que, evidentemente, las órdenes las recibía de muy arriba, desde donde querían demostrar poder a toda costa, que advirtieran los “rebeldes” que el que quisiera manifestarse podría hacerlo, pero con terribles y violentas consecuencias.

El elegido se echó a lo que esperó que fuera una reparadora siesta, pero a la media hora le fue interrumpida por una llamada desde el destacamento. Mientras conducía a su trabajo pasadas las ocho de la noche, Juan pensó que quizás darían marcha atrás con la arriesgada jugada, o que habrían elegido a otro conejillo de indias. Lo que sea. Pero todas las esperanzas se le vinieron abajo cuando un superior lo condujo hasta el gimnasio donde habían acabado de entrenar los cadetes aspirantes a gendarmes, y le señaló unas colchonetas que estaban una sobre la otra contra un rincón.

Querían que el comandante practicara la forma en que se arrojaría contra el coche y, sobre todo, cómo caería luego de impactar contra el mismo. Juan no estaba para esos trotes y ensayó unas aparatosas vueltas carnero que no convencieron al improvisado instructor.

-Tenés que exagerarlo más, Juan, hacé como Robben.

-¿Robben?

-Sí, boludo, el pelado de Holanda, ¿no viste como simula el hijo de puta?

Cerca de las diez, el gendarme ya estaba de vuelta en su casa. Las prácticas lo habían hecho sudar como un soldado principiante, no tanto por el despliegue físico sino por la vergüenza de haber estado revolcándose ante la mirada de unos cabos rezagados que no disimularon algunas risas lejanas. Juan Alberto se duchó y después de una rápida cena encaró a su mujer en la habitación y le hizo el amor para quitarse las tensiones. Su compañera gritó extasiada al llegar al clímax y él se sintió aquella noche como el macho alfa de la manada, desconociendo que ella en realidad había hecho lo mismo que Juan debería hacer la tarde siguiente: fingir.

El día de la farsa intentó que transcurriera con normalidad, pero no podía dejar de vivir una y otra vez los probables escenarios, ni espantar los fantasmas de un futuro como gendarme retirado y con una pensión por invalidez. Faltando muy poco para la hora señalada, volvieron a convocarlo para hablar del tema, y él se ilusionó de nuevo con la posibilidad de que lo libraran de aquel tormento.

-Juan, ¿alguna vez viajaste en un crucero por Europa?

Nada de vuelta atrás, sólo querían pactar la recompensa, la cual se finiquitó con las dos semanas extras de vacaciones por el Mediterráneo y, por supuesto, un generoso aumento de sueldo para toda la cosecha. Juan agradeció el gesto y salió a almorzar, consciente de que después tendría que partir con sus compañeros para sumarse al operativo y plasmar el simulacro de accidente. Pudo desahogar sus nervios y temores con su mejor amigo en la Gendarmería, que ante sus pesares le ofreció una pastilla.

-Esto te va a tranquilizar. Y no te olvides de apuntarle con el codo al parabrisas, para matar dos pájaros de un tiro. Amortiguás y rompés.

Desde que Juan se metió el comprimido en la garganta, el tiempo se le desdibujó y se le fue escurriendo de forma extraña, como si él mismo no fuera quien dirigiera sus propias acciones. Vino el coche que un compañero le señaló como “el blanco elegido” y hacia allí fue, con el convencimiento de que hacía lo correcto y con los temores y escrúpulos dejados a un lado de la autopista.

Aún bajo los efectos del tranquilizante, el gendarme se sintió satisfecho al ser felicitado por su superior, que le recordó cómplice que no dejara de recorrer una callecitas cercanas al Coliseo cuando desembarcara en Roma. Volvió a su casa algo aturdido pero victorioso, porque el conductor del coche elegido había sido apresado por el teórico atropello.

Los días de Juan transcurrieron monótonos durante las siguientes semanas, sin grandes novedades, hasta la mañana en la que todo explotó. Veinte años atrás, él se había hecho gendarme para, entre otras cosas, cumplir con ese compromiso tan vital y tan patriota de cuidar las fronteras de su país. Nunca se hubiera imaginado que, por obra y gracia del dios YouTube, él se encontraría en otra frontera, rodando hacia adelante y hacia atrás, atravesándola, para finalmente quedarse allí, del otro lado. Y no volver jamás de ella: la frontera del ridículo.

Y ya podía Juan Alberto seguir fantaseando con el aroma de los diferentes puertos europeos y los refrescantes gin-tonics en cubierta, pero nunca podría esquivar la sentencia irrefutable que lo acompañaría hasta el fin de sus días, aquella que confirmaba que su carrera como gendarme honorable e incorruptible de la nación había quedado más hundida que el mismísimo Titanic.



martes, 26 de agosto de 2014

Enroque

por Javier Debarnot

Ir remando con un kayak por las olas tranquilas del Mediterráneo debe ser, si me apuran un poco, uno de los grandes placeres que se pueden experimentar en esta vida. Pero tampoco es para que me envidien, porque aunque estaba disfrutando mi paseo como nunca, hubo un momento en que perdí el control y caí al agua, y cuando volví a emerger ya no había ni kayak ni Mediterráneo. Y estaba en la piel de mi propio jefe.

El shock inicial fue mayúsculo. No todos los días uno se sumerge en un mar salado, aunque sea accidentalmente, y sale al segundo a la superficie de una bañera de hidromasaje. Me ocurrió esa locura y juro que no estaba ni borracho ni drogado. Sin acabar de dilucidar si sería mejor o peor, al menos estaba solo, en mi nueva escenografía, entre burbujas que me masajeaban la espalda y las nalgas y dentro de un cuarto de baño tan grande como el salón de mi casa.

Cuando me vi las manos, no sólo percibí los dedos arrugados por la extensa permanencia en el agua. Los dedos eran los de alguien como mínimo quince años más grande que yo, dedos y manos de un hombre maduro golpeando las puertas de la jubilación. Me incorporé del agua buscando un espejo y, antes de anudarme una toalla a la cintura, me miré entre las piernas y lo confirmé: no era yo, me estaban estafando. Entonces, frente a un cristal anti-vapor comprobé que el viejo que la tenía pequeña era mi jefe y que yo había tomado su aspecto.

El primer pensamiento que me invadió provino de esa codicia que todos llevamos dentro: ¿dónde tendría este sinvergüenza los números de cuentas de su pequeña fortuna amasada a costa de explotarme a mí y a otros empleados? Fue sólo un acto reflejo que se evaporó cuando apagué la función de hidromasaje, y enseguida me topé con problemas más terrenales, como qué iba a hacer al salir del baño si me cruzaba con alguien.

Pero me frené en seco antes de animarme a abrir la puerta rumbo a una habitación de un casi seguro hotel de cinco estrellas. Me paralicé al enfrentarme al auténtico inconveniente, que de tan lógico se me había pasado por alto en esos primeros segundos de invasión al mismísimo interior de mi jefe. Si yo estaba asaltando su maltrecha humanidad, entonces él estaría metido en mis huesos de adonis, continuando la plácida travesía en kayak por las playas de Comarruga, regresando a la orilla con mi familia y mis amigos y, en caso de aceptar provisoriamente el cambio de cuerpos, podría seguir el juego hasta meterse en la cama con mi mujer.

Tenía que hacer algo. Tomando el lugar de mi jefe sólo ganaría en cantidad de ceros a la derecha, pero a la izquierda me iba a quedar con una cincuentona operada, desabrida y movida por el más puro interés monetario. Y el espíritu de la rata despreciable que estaba reemplazando podría intentar, empleando mi propia carne, ponerle las manos encima a mi bella mujer en cuestión de horas. En mi caso, primaba el honor y el orgullo antes que la ambición que nunca me llevaba a ningún lado.

-¿Tenés para rato ahí dentro?

Caramba, reconocí esa voz, de llamadas telefónicas y aburridas cenas de empresa. Me estaba hablando la cincuentona operada, es decir, la mujer de mi jefe. ¿Tendría tiempo para pensar mejor mis pasos? Claro que sí, sólo era cuestión de meterle un buen grito a mi provisoria esposa, gritos con los que el hombre en cuya piel me había metido solía amedrentar a medio mundo. Seguro que también maltrataba a su mujer, así que le dejé escapar un “no me rompas las pelotas”.

-Cuidadito, cerdo de mierda, no me vuelvas a hablar así, ¿entendiste?

Lo entendí enseguida: mi jefe era un dominado, un "sí, querida", uno más de esos que venden una imagen de león pero en su intimidad son gatitos dóciles y amaestrados. Me dio más asco todavía, si es que podía superar esa escala de desprecio. Acallado el eco de las palabras de la enérgica cincuentona, volví a recordar que tenía un gran problema, que debía volver a ser yo cuánto antes. Ni soñando quería salir en el papel de mi jefe para enfrentarme a su mujer, porque lo único que faltaría sería que me estuviera esperando látigo en mano.

Pensá, boludo, me repetí, si tenés mil películas en la cabeza. Concluí que si estás pasando por una situación hollywoodense, la solución tiene que estar también ahí. Y me tomó menos de un minuto encontrarla, por suerte mucho antes de que me volvieran a pedir que saliera del baño. Si alguien que perdió la memoria golpeándose la cabeza quiere recuperarla, lo que tiene que hacer es volver a estrolarse el marote. Mi caso era algo similar, así que debía volver a meter mi cuerpo debajo del agua para regresar a mi vida tal cual la conocía antes del misterioso intercambio.

Ya sentado y con las burbujas del hidromasaje haciéndome cosquillas en las caderas, aguanté la respiración antes de sumergirme para ver si lograba quedarme otra vez con mi cuerpo, con mi mujer y con mi kayak, pero se me ocurrió una última jugada maestra para que el posible regreso de mi jefe a su hotel de lujo tuviera acaso una emoción añadida. No pude con mi genio, y es que los corderos con piel de lobo son seres que particularmente detesto.

-¿Sabés una cosa, Nilda? -le grité a la esposa de mi jefe- Cada jueves no ceno con la junta del directorio, me voy de putas hasta medianoche.

Enterré mi rostro entre la espuma que se formaba y muy pronto se apagaron los aullidos y los golpes que Nilda le daba a la puerta. Se me puso todo oscuro. Cuando logré volver en sí sentí un sabor salado. ¡El mar!, pensé aún sin haber abierto los ojos, y fue entonces cuando percibí el roce de unos labios alcanzando los míos. Que regreso tan oportuno, justo cuando mi jefe se estaba pasando de listo y besando a mi mujer.

Cuando abrí los ojos, se me vino el mundo abajo. Mi jefe nunca aprendió a nadar, entre miles de otras falencias que tenía, pero la cuestión es que había empezado a ahogarse desde que llegó a mi cuerpo con el kayak flotando a su lado. No podía ser tan inútil, pero lo era, y en ese panorama me había dejado cuando recobré mi coraza: con Joan, el socorrista de la playa, haciéndome respiración boca a boca para reanimarme. Y más triste que todo eso, era que me estaba empezando a gustar.




martes, 12 de agosto de 2014

Juegos de grandes

por Javier Debarnot
-Vamos a hacer el sexo.

Diego tenía nueve años y, cuando le hizo la atrevida propuesta a Jessica, de ocho, simplemente esperaba que ella le diera un beso en la boca. Como correspondencia, él iba a sacar la lengua cuando la chica estuviera a centímetros de su boca. La picardía y la inocencia salían a escena una vez cada una, o en ocasiones las dos juntas. Esa mañana, Diego y Jessica jugaban a ser grandes junto con Luisito, el tercero en discordia y el menor con sus siete años.

A cientos de miles de kilómetros y a un par de continentes de allí, Carlos y Rubén hacían pan y queso aunque no estaban ni en una panadería ni tenían un horno encendido. Avanzaban desde sitios opuestos y en direcciones enfrentadas, adelantando sus pasos con el objetivo de llegar a pisar la zapatilla del otro en la zona de confrontación. A los dos cuarentones se les sumaban Tito y Rolo, que también llevaban cuatro décadas coleccionadas.

-Queso, gané –dijo Carlos-. Rolo, te venís conmigo.

-¿No es un poco ridículo que hayamos hecho toda esta pantomima para elegir dos equipos entre cuatro personas?

-Cuando éramos chicos lo hacíamos así –zanjó el tema Carlos y se dispuso a sacar del medio.

Los verdaderos chicos ya habían dejado de “hacer el sexo”, más que nada porque a Luisito mirar le aburría mucho y no lo dejaban sumarse para hacer un ménage à trois. Y entonces decidieron ponerse a jugar a los trabajadores, improvisando tres escritorios con tres árboles que habían sido tallados una semanas atrás en el descampado donde los niños simulaban ser adultos.

Después de masacrarse a goles en ese dos contra dos que había acabado con victoria ajustada del equipo de Rubén y Tito, recogieron las camisetas que habían usado para demarcar los arcos y los cuatro en simultáneo sintieron el clamoroso pedido que les hacía la sed. Al grito de “el último es cola de perro” salieron disparados hacia una fuente para beber agua a raudales. La necesitaba el cuarteto de adultos después de haber corrido como críos. En su día a día habitual, apenas solían acelerar el paso cuando se les escapaba el autobús y acababan alcanzándolo al borde de la taquicardia.

En la otra punta del mundo, Jessica acumulaba hojas sobre los anillos que marcaban la edad del árbol decapitado. Tenía más de una docena, y le advertía a sus dos amigos y ahora compañeros de oficina que debían pagarle varios cheques o iba a verse obligada a mandarlos a la calle, que para la ocasión era en realidad el bosque. El pequeño Luisito aprovechó un momento de distracción de los otros para juntar tres nuevos palitos del suelo y comerse dos mocos. Sería imperdonable que lo pescaran en esa conducta tan infantil.

-Juguemos a la escondida –sugirió Tito pasándose la palma por la boca para quitarse las gotas de agua que le colgaban. En cinco minutos, él y sus dos amigos Carlos y Ruben se habían diseminado en tres direcciones para ocultarse de Rolo, a quien le había tocado contar después de perder la final del “piedra, papel o tijera”. Casualidad o no, el trío de muchachones se había subido a sendos árboles y desde las alturas esperaba el momento propicio para saltar, correr y ganar cuando Rolo se distrajera.

En la oficina virtual, donde Diego, Jessica y Luisito ya se habían aburrido de sus puestos de jefe, directora y “correveidile”, tomaron la última decisión antes de bajarle la persiana a la empresa. La niña había sido la que más se había resistido, pero al final de la tarde los varones la convencieron de que era el momento de empezar la guerra, y hasta le habían dado el privilegio de elegir con quien de los dos se iba a alistar para el combate. Y como todavía estaba medio ofendida por el lengüetazo que le había estampado Diego a traición cuando hacían el sexo, Jessica se unió al ejército de Luisito.

Ya anochecía en el sitio donde los grandes habían jugado a la escondida. Una vez consumida una discusión sobre quién había tocado primero el árbol, si Rolo o Ruben, bajaron un par de cambios y, apoltronados sus traseros en un banco bajo un farol, repartieron cartas y se dispusieron a limpiar con una escoba del quince algunas manchas que habían quedado de enfrentamientos anteriores. Cuando se trataba del azar, no había quien pudiera ponerse a la altura de Ruben.

-Qué culo tiene éste –maldecía Rolo por su pésima suerte-, no hay con qué darle.

“Pam, pam, pam”, Luisito le daba con la ametralladora hacia una zona de árboles donde había visto ocultarse a Diego. “Pam”, insistía, pero su amigo no caía o no se daba por aludido. El pequeñín se preguntaba dónde estaría su compañera de filas, sin saber que estaba acechando muy de cerca al enemigo para lanzarle una granada que iba a acabar con él. Diego resistía y clamaba en su radio para que llegaran los refuerzos, aunque el problema era que ni el walkie-talkie tenía pilas ni el chico algún compañero que pudiera socorrerlo. Debía resignarse a una pronta rendición porque estaba rodeado.

A las diez y pico de la noche, Rolo, Ruben, Tito y Carlos dejaron de jugar a las cartas y se marcharon cada uno a su casa de un barrio de Argentina con sus esposas, novias o hijos. A las cinco y monedas, mientras Diego, Jessica y Luisito recorrían el trayecto que los separaba de su hogar en la frontera de Gaza, una bomba los sorprendió a medio camino y murieron al instante.

Si el mundo tuviera más gente grande como Rolo, Ruben, Tito y Carlos que, quizás infatiloide o poco responsable, se empeñara en volver a vivir de vez en cuando aquellos placeres de la infancia, tal vez deberían existir más psicólogos que elucubraran en las razones que llevan a esas personas a negarse a aceptar el paso de los años y convertirse en adultos hechos y derechos con el nudo de la corbata bien ajustado. Nada de eso sería un grave inconveniente que pudiera poner en jaque al futuro de la humanidad.

El verdadero problema es que el mundo tiene desperdigados por todos los rincones a pequeños con Diego, Jessica y Luisito, que en lugar de vivir la niñez que se merecen se empeñan, por culpa del reflejo de una sociedad diagnosticada con una enfermedad que a esta altura ya parece terminal, en imitar la existencia miserable de unos adultos que más temprano que tarde los condenan a pasar, sin escalas ni anestesia, de sus primeros e inocentes años a la muerte más atroz y cobarde, por culpa de la religión, el poder, el dinero o lo que sea. Por culpa de esos malditos juegos de grandes.







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