martes, 25 de febrero de 2014

Vendetta rusa

por Javier Debarnot

      Víktor maldijo en su armenio natal al notar que llevaba puesta su chaqueta blanca. No era la primera vez que elegía un color inadecuado para hacer su trabajo. El problema, en aquellos casos, era que al salpicarse algunas gotas de sangre éstas quedaban evidentes en su ropa clara. Pero no había tiempo ni para cambios de vestuario ni de planes. Yendo en búsqueda de su víctima, Víktor paró un taxi.

      -Buenas noches, hombre, ¿adónde lo llevo? –le preguntó el taxista.

      -A la Travessera de Les Corts y Carles III –dijo Víktor acomodándose en el asiento.

    -Muy bien. Como soy nuevo en la ciudad le pido que me avise si ve que me estoy perdiendo.

     -Je –sonrió Víktor con cierta nostalgia-. Si mi madre en Armenia me hubiera avisado que me estaba perdiendo, hoy no estaría haciendo esto… -concluyó sacando un revólver del interior de su abrigo.

     A través del espejo retrovisor, al taxista se le heló la sangre.

    -Tranquilo, si quiere el coche ya mismo se lo doy, pero baje eso que se le puede escapar un tiro.

     -Que no soy un asaltante, hombre. Usted conduzca.

    -Perdóneme que me meta, pero viendo su arma… ¿usted no trabajará de gánster, de asesino a sueldo o de capo de la mafia?

     Víktor dejó escapar una carcajada sonora.

     -Mejor digamos que soy un humilde servidor de la mafia rusa. La sangre tira.

     -¿La de las víctimas? –preguntó azorado el taxista.

     -La de las víctimas, también, pero yo le decía la sangre de la familia.

     El taxista hacía lo imposible por concentrarse en su tarea, dividiendo la atención de sus ojos entre el camino de adelante y el espejo. Nunca en su vida había llevado a un tipo armado en el asiento de atrás. Conducía tan tenso que casi le da un infarto cuando sonó de sopetón el móvil de su pasajero. 

    Víktor observó la pantalla del aparato y se dispuso a atender la llamada, pero antes se dirigió al conductor.

     -Hablando de la familia, es mi mujer…- el hombre con el revólver y el celular empezó a mantener una conversación en su idioma natal-. Есть достаточно времени, чтобы поставить эту фразу в переводчике и посмотреть, если это имеет смысл? Молодцы, я также пытался..

     Al cortar la comunicación, el taxista no había entendido ni jota. Pero justamente eso lo había dejado con dudas.

   -Oiga, amigo, ¿no estaría diciendo en su idioma que ahora me va a eliminar a mí y cortarme en cincuenta y ocho pedazos, no?

   -Qué va –contestó Víktor-. Le pasé a mi mujer la receta para una tortilla de patatas, todavía no se acostumbra a España. Mire –agregó estirando su mano hacia el asiento de adelante donde iba el taxista-, aprovecho que tengo mi iPhone para enseñarle el gol que hizo mi hijo el sábado, ¡mire, mire! –el conductor hacía malabares por seguir las jugadas del pequeño Messi armenio sin desatender las contingencias del tránsito, no fuera cosa que mientras el primogénito de Víktor esquivaba rivales como conos, el taxi se estrellara contra la trompa de un autobús- Mire, mire… ¡golaaazo!

     -Juega bien el crío –comentó el taxista una vez que Víktor ya había guardado su iPhone-, ¿pero por qué arranca desde tan atrás? ¿Tendría que ir de delantero, no?

     El armenio se quedó reflexionando con la mirada perdida. Pasaron diez segundos de insoportable silencio, hasta que Víktor abrió el compartimiento de su revólver y, haciendo girar el tambor, metió cuidadosamente una bala que sacó de un bolsillo.

     -Pero hombre –volvió a intervenir el conductor-, qué está por hacer, que seguramente el tío que va a matar tiene una mujer, un par de hijos…

    -Tiene razón -Víktor sacó tres balas más y comenzó a introducirlas una a una en el tambor-. Un muy buen consejo. Veo que usted sabe cómo ganarse una buena propina. Esto ya no es sólo trabajo, es una cuestión personal.

     -¡Dios mío! Mire, estamos llegando –dijo el taxista deteniendo el vehículo-. De verdad, no necesito que me pague el viaje, es cortesía de la casa.

     -¿Qué dice? –contestó Víktor, haciéndose el ofendido- A mí no me gusta que la gente trabaje gratis. Espéreme que lo mío es un trámite. Bajo, hago lo que tengo que hacer y subo otra vez al coche.

     -¿Y si algo sale mal?

     -Mire, si algo sale mal igual me va a tener que llevar a algún lado… aunque eso sí, el destino no lo elijo yo. O me lleva al cielo o me lleva al infierno.

     -Haga méritos para que no lo tenga que llevar al infierno, que desde el jueves tengo el aire acondicionado roto.

     Víktor se bajó y fue a lo suyo. Y el taxista se quedó aguardando en doble fila.

    Al sábado siguiente, el armenio estaba detrás de uno de los arcos en un campo de fútbol. Hinchado de orgullo, no dejaba de gritar uno a uno los goles de su hijo que iban cayendo como churros. A su lado, su amigo Teo también celebraba la gran performance del equipo. Finalizando la tercera parte, Teo le hizo un comentario por lo bajo.

     -Tu hijo de delantero está que se sale. Por fin lo pusieron ahí.

     Víktor asintió en silencio, pitando uno de sus cigarrillos negros de marca rusa.

   -Lo que no entiendo –remató Teo al oído del armenio- es qué le habrá pasado al entrenador del equipo.

     Víktor sonrió imperceptiblemente y justo un segundo después festejó el quinto gol de su hijo. Por fin, pensó. Por fin todo era justo y la vida volvía a tener sentido.





martes, 11 de febrero de 2014

Siempre el mismo cuento

por Javier Debarnot

     Estamos hartas, qué digo hartas: hastiadas, preocupadas, furiosas y más. Del listón de sentimientos oscuros que se ciernen amenazantes y enjundiosos sobre este mundo, los sentimos todos e incluso nos inventaríamos algunos más. Hartas. Hartas de esta situación que desde quién sabe cuándo es nuestra maldición y nuestro castigo y no sabemos por qué.

     Qué hemos hecho. A quién incomodamos tanto en esta vida o acaso en alguna anterior. Por qué. Por qué se han cebado tanto con nosotras, por qué tanta saña, tanta persecución, tanta matanza absurda y tantas ganas de despedazarnos, calcinarnos, hervirnos, masticarnos, devorarnos, eructarnos. ¿No hay acaso otras especies? ¿No existen otras formas de festejo o de regocijo que no nos incluyan?

     Las pocas que venimos subsistiendo a esta masacre, lo hacemos preguntándonos cada día si alguna vez van a intervenir y frenar todo esto los que se dicen defensores de los derechos de los más débiles, entre los que deberían incluirnos. ¿Acaso esto va a seguir hasta que nos hagan desaparecer del mapa? Han trastocado nuestra alma sacando lo peor de nosotras. No nos dejan otra opción.

     Deseamos que los asesinos sigan matando, que los enfermos terminales continúen postrados hasta el final de sus días, que los amores imposibles jamás sean hallados y que los amigos inseparables acaben separándose para siempre.

     ¿Somos crueles? Tal vez, pero nos han empujado a eso. No somos felices y hemos emprendido una cruzada particular para que nadie lo sea. Así, y sólo así, dejarán de comernos a nosotras, las perdices.





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