martes, 11 de marzo de 2014

Fantaseo con mi muerte

por Javier Debarnot


     Mientras camino por una calle cualquiera, voy pensando qué pasaría si me muriera hoy mismo. Me dirijo hacia un sitio intrascendente al que me da lo mismo llegar lento, llegar rápido o no llegar, y por eso, por mero y simple aburrimiento, mi cabeza me lleva a ese lugar que nunca recorrí, del que jamás formé parte, porque en caso de haberlo hecho ahora no estaría divagando así. Por eso fantaseo con mi muerte, y porque está claro que no soy una persona a la que la gente le dice que contagia ganas de vivir.

     Si me muriera ahora mismo, ¿quién sería el primero de mis conocidos en enterarse? Si caigo redondo ya, desplomándome en esta esquina por donde pasan dos almas cada tres minutos, un extraño verá mi cadáver y esperará a que aparezca un segundo transeúnte, para recién ahí tomar la decisión de llamar a alguien. Quizás abran mi billetera o busquen mi celular, intentando dilucidar cuál es el número más frecuente al que llamo y el que más me llama, y darán con mi madre.

     Al enterarse, ella sobreactuará. Hará un escándalo al estilo telenovela latinoamericana, dando vueltas con el inalámbrico por su casa a medida que va abriendo ventanas. Seguro que gritará bien fuerte, para que todos se enteren, “¡se murió mi hijo! ¿cómo que se murió mi hijo?”, y lo hará repetidas veces y a todo volumen porque la mitad de sus vecinos estará durmiendo la siesta y la otra mitad son viejos decrépitos con audífono. Al cortar, y sin haber retenido siquiera la dirección donde encontraron mi cuerpo, mi madre pasará frente a una foto de mi fallecido padre que junta polvo y colecciona desgracias. Y jugará su deporte favorito, el de seguir echándole la culpa de todo, incluyendo mi muerte, y lo maldecirá allá donde esté, aunque diez minutos después, con más lágrimas ficticias, le implorará perdón y le pedirá que me salude. Mi madre me creerá en el Cielo a pesar de las quinientas mil veces que me vaticinó que ardería en el infierno si hacía una cosa o dejaba de hacer otra.

     Si me muriera ahora mismo, me pregunto si en mi trabajo se enterarán pasado mañana, dentro de tres días o recién después del domingo. Deambulará la gente por delante de mi silla vacía con la misma naturalidad con la que camina cuando yo estoy ahí, sin mirarme ni hablarme ni oírme respirar. Cuando alguno vea que le descontaron un dinero incorrecto de su sueldo, levantará el teléfono y marcará mi interno, que sonará y sonará sin verse interrumpido por mi latiguillo cansado y desabrido de “contaduría, buenos días”, y recién entonces alguno de mis compañeros que está a dos metros de mi puesto y a la vez a dos mil kilómetros se percatará de mi ausencia, “parece que Peralta no está”, y en ese instante el dueño de la frase girará el cuello hacia un mensajero que en la puerta del despacho estará preguntando dónde tiene que llevar la corona fúnebre que cuelga de sus manos con la leyenda “tus compañeros”, que hipocresía tan grande, si ni uno de ellos sabrá que yo ya llevo muerto varios días, y sólo será el cumplimiento de un protocolo lo que motive a una aseguradora a dar el aviso a mi empresa de mi “descansa en paz”.

     Fantaseo con mi muerte imaginando quiénes irán al velatorio, porque habrá velatorio aún habiéndole dicho a mi madre que en caso de fallecer mi última voluntad sería que me cremen y arrojen mis cenizas por una alcantarilla cerca de la casa donde viví mi niñez, los únicos años felices de mi existencia, para que mis restos se suban metafóricamente a un barco de papel que me había hecho mi padre y cuyo desenlace fue caer al abismo arrastrado por una correntada que se deslizaba veloz por la bocacalle, y con la desaparición de aquel bote también había quedado a la deriva mi alma vacía y solitaria, y nunca hallaría a su gemela ni por asomo o aproximación.

     Si me muriera ahora mismo mi madre será la mandamás del velatorio, pero tendrá pocas personas a las que ensordecer con gritos y abrumar con indicaciones, apenas los tres o cuatro empleados de la casa fúnebre que, absortos y con pena, arrastrarán mi ataúd desde la sala hasta el cementerio viendo que no habrá ni cuatro amigos ni dos familiares de menos de setenta con la energía necesaria para sostener el cajón de alguno de sus seis manillas laterales.

     Mi ex-mujer no irá a despedir mis restos, seguro que no. Quizás al enterarse de mi muerte llamará a su abogado para que contacte al mío, confiando que por un desliz u olvido quedara especificado en mi testamento que algo le corresponde a ella, qué ilusa mi ex–mujer si yo me muriera ahora. Por el contrario, me regodeo fantaseando con aquella habitación sepulcral, casi desierta y con olor a muerte, y con una bellísima joven que aparecerá a la medianoche y llorará desconsolada sobre mi cadáver, bañándome el pecho con sus lágrimas que serán las lágrimas de una amante intensa pero fugaz, y su presencia, el resabio de una vieja historia que echará raíces de la mano de un niño de diez años que no soltará los dedos de su madre junto al cajón, el mío. Fantaseo con que esa mujer le confiará a mis oídos muertos que ese pequeño ha sido el fruto de nuestra pasión. Si me muriera ahora mismo, una noche después se sabrá que fui padre y que mi hijo lleva mis ojos y mi tozudez.

     Fantaseo con mi muerte mientras sigo caminando por esa calle que no sé ni adónde me lleva, pero el problema es que otro hombre tiene sus fantasías propias y ajenas a las mías, se evade del mundo como yo sin malicia ni responsabilidad, pero el vehículo que conduce también se le escapa del control de sus manos y pies y ahí está mi cuerpo para recibir el golpe, seco y violento, golpe que me arranca las imágenes de mi muerte, mi madre, mis compañeros, mi niñez y mi barco de papel, mi velatorio, mi ex–mujer, mi amante y mi hijo, y me pone todo en negro y en una pausa que podría eternizarse. El impacto del coche me deja en una cama de hospital y sin conocimiento hasta nuevas y quizás lejanísimas noticias. Y desde ese momento, quién no lo haría, yo fantaseo con mi vida y con qué pasaría si me despertara ahora mismo.


6 comentarios:

Anónimo dijo...

muy buen cuento maestro! excelente e impredecible el final.
me encanto. tu b.i.l.

Anónimo dijo...

Genio Javi!
Muy raro, pero muy "instructivo", la verdad es que te deja pensando... cuánto tenemos que valorar la vida... y qué mal que vivimos, desperdiciando el tiempo presente, sin darnos cuenta de lo valioso que es el "ahora", el "hoy"... El después... qué feo cuando llegue, porque va a ser tarde para todo. Dios nos ayude a vivir nuestro "carpe diem" como mejor podamos!
Mari

Anónimo dijo...

Este cuento profundiza la vida, actos y muerte. Eleva la marea de ansiedad que nos rodea para que veamos nuestra vida de otra manera y mejoremos con filosofia nuestra muerte. Espero mas relatos de este nivel. Gracias.
Martin

Anónimo dijo...

Hay que ver!!! Jejejé...Nunca estamos contentos con lo que tenemos/somos!!!
Pues...si es así...nos merecemos ese final "ridículizante"!!! ;-))

Maricarmen

Anónimo dijo...

Final magustral que da senrido a todo el cuento.para mi es un canro a la vida enccubierto.bravo javi. Rcd

chapi dijo...

Muy interesante reflexión. Pero se contradice con la frase que más me gusta decirte: "no te mueras nunca"!!! jajaja.

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