martes, 22 de abril de 2014

La propuesta

por Javier Debarnot

Llovía cuando salimos del bar del Polaco, aunque no lo suficiente como para amedrentarnos a Edu y a mí. Seguro que la noche nos tenía reservado algo, después de ese insípido cero a cero que habíamos digerido frente a una fantasmagórica tele de veintinueve pulgadas.

Ya afuera y bajo un leve aguacero, apuramos el paso casi chapoteando con nuestras zapatillas de lona por los charcos que empezaban a formarse en las veredas de Belgrano, rumbo a la discoteca donde habían sido engullidos nuestros amigos tres horas atrás. Al llegar a la puerta de La Hacienda, que era el local bailable de moda, había más porteros que eventuales clientes. Arrancábamos mal.

De nada sirvieron nuestros intentos de hacer entrar en razones a esos mastodontes sin corazón. Los que no íbamos a entrar de ninguna manera éramos Edu y yo. Con las zapatillas mojadas, el pelo largo y esas seis cervezas de más, no importaba que fuéramos amigos del mismísimo presidente de la ONU. Y lo peor era que esos seres indeseables nos hablaban desde su púlpito, sin siquiera rebajarse a mirarnos a los ojos -aunque por otra parte, mejor que no haya sido así porque los teníamos más rojos que el alma del Che Guevara-.

Desistimos conscientes de que soldado que huye, sirve para otra batalla. El reloj nos decía que era demasiado tarde para convencer a los guardias y demasiado temprano para irnos a casa. Alrededor nuestro se arremolinaban tres o cuatro grupos más de rezagados, deliberando también hacia donde rumbear sus pasos. Al menos había dejado de llover. Y antes de que se abrieran completamente las nubes de ese cielo plomizo, unas pisadas comenzaron a azotar como truenos sobre las baldosas de la entrada de La Hacienda.

Ella, la dueña de los pasos que no disimulaban su renguera, venía hacia donde estábamos Edu y yo, que nos miramos absortos. Ella avanzaba y, a ambos lados, la gente se abría como si la caminante fuera Moisés y los demás las aguas del mar Rojo. Nosotros éramos la orilla hacia donde se dirigía. Ella era una chica de una edad similar, pero vestía peor que unos servidores y tampoco parecía muy amiga de una buena ducha. Lo positivo de que nos haya abordado era que había dejado de andar con esa cojera tan aparatosa.

Todavía hoy nos estamos preguntando por qué nos eligió, pero esa noche nos dejamos llevar. Después de tres o cuatro frases inconexas, entablamos un diálogo fluido y ella llegó a presentarse. No recuerdo su nombre, aunque salomónicamente le invento uno para no atentar contra la fluidez del relato. Fernanda supo que nosotros dos nos habíamos quedado afuera de la disco –tremenda obviedad- y que no teníamos ganas de dar por concluida la velada. Una feliz coincidencia, claro, porque ella estaba en la misma.

Las personas que nos rodeaban se abrieron poco a poco. Sin escuchar a ninguno, pude intuir que el trío que formábamos dos pelilargos en zapatillas y una renga desalineada era –además de poco “cool”- lo más emocionante que le estaba ocurriendo a sus insípidas noches de sábado. Hasta los guardias de seguridad pararon la oreja para inmiscuirse en nuestra charla, que no sé por qué carriles se fue moviendo hasta que yo decidí, no sin algo de cobardía, mover sigilosamente mis pies hacia un lado para abandonar pronto ese cuadrilátero de tres. Lo dejé a Edu a la buena de Dios, pero sólo fueron unos pocos segundos.

-Javi, esta renga nos quiere coger a los dos.

Edu había quedado solo ante el peligro y, ante el más mínimo descuido, también logró soltarse y venir hacia mí, repitiéndome ese sincero y conmovedor ofrecimiento de Fernanda, que esperaba a tres metros, deseándonos. Antes de que mi cabeza decidiera algo –la de arriba, porque la de abajo ya había votado negativamente en el referéndum-, la chica volvió a abordarnos. “¿Qué van a hacer?”, nos dijo, y entonces Edu sólo atinó a preguntarme si quería que fuéramos con Fernanda a “un lugar más tranquilo”. Sí, claro, respondí yo, porque estábamos en el baile y no nos iba a quedar otra que bailar.

Pero la noche nos tenía reservada una nueva oportunidad. Yo no lo hubiera resuelto mejor que Edu, que me susurró los planes ante la mínima distracción de Fer.

-Contamos hasta tres y corremos.

-¿Corremos?

-Sí, como Bruce Willis o Mel Gibson, pero ni nos damos vuelta ni frenamos por nada del mundo.

Por supuesto que me pareció una salida brillante y adulta. Y hasta valiente. No hay que dejar que tan livianamente lo tomen a alguno como un simple objeto sexual, seamos hombres o mujeres. Que todos tenemos nuestro corazoncito y que –la verdad también hay que decirla- esta chica podría intentar hacer cualquier cosa con nosotros. Claro, menos alcanzarnos.



6 comentarios:

chapi dijo...

Esta tiene pinta de que está basada en una historia real, jajaja!

Anónimo dijo...

Qué grande, me reí mucho. Seguro que cada uno salió corriendo en dirección contraria, luego habría que reencontrarse en Cabildo o parecido... abrazo.

Martín

Anónimo dijo...

Buen baile el bailado.

Por los buenos bailes...

MCarmen

Anónimo dijo...

Si hasta el boss lo escribio :born to run.correr es de cobardes peto el cementerio esta lleno de cobardes je je.rcd

Anónimo dijo...

Jajajajajaja
es tan real como Edu y Javi.
La idea de correr tiene la firma de Edu, genial.
Abrazo Javi!! Abrazo Edu!!!!
Los quiero
Nico

Anónimo dijo...

Super gracioso! Muy loco lo que les pasó, y más loco aún la forma de resolverlo, jaja! Esas anécdotas no se olvidan! Me recuerda a algo similar que me pasó, pero en otras circunstancias... Besos Javi!
Mari

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