martes, 8 de abril de 2014

María Cristina

por Javier Debarnot

     Laia intentaba focalizar. Por unos pocos segundos, nada se interponía entre sus ojos y el techo amarillo de la estación María Cristina, hasta que aparecieron varias cabezas y unas voces le preguntaron si estaba bien. Y no, no estaba bien. Su corazón hacía lo que podía mientras ella boqueaba como un pez arrancado del agua.


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     Veinte minutos antes, Laia bajaba por las escaleras turbada por lo que le había dicho su ginecólogo, “sería un milagro que pudieras quedarte embarazada”. Pasó la tarjeta del Metro y ganó el andén, pero de golpe todo empezó a nublársele. Después de recobrar sus sentidos, vio que a su alrededor la gente iba vestida con ropa de los setenta y ella parecía ser la única desubicada. Flipó.

     Un rato después, esperando pacientemente el Metro, Laia se sorprendió con una chica que le era familiar. Tenía su misma edad y atesoraba una carpeta entre sus brazos. Convencida de que conocía a esa mujer, Laia comenzó a acercársele mientras el primer vagón entraba por la boca de la estación. Al abrirse las puertas, la mujer avanzó entre cuatro o cinco personas. “Disculpa”, le dijo Laia antes de que atinara a entrar, pero tuvo tan poca suerte que, al girar la chica hacia ella, se topó con un brazo ajeno y se le cayeron varias hojas de su carpeta.

     Sintiéndose culpable, Laia la ayudó a recoger sus papeles. El Metro cerró las puertas, aunque en pocos minutos llegó el siguiente. Cuando éste apareció, Laia se percató de que había bajado al andén para ir a la dirección contraria. La otra mujer subió a un vagón y ella volvió sobre sus pasos en búsqueda de la salida. Al atravesar los molinetes, Laia tuvo otra vez esa sensación de mareo, pero en ese caso acompañada de unos pinchazos en el pecho. En menos de diez segundos, el techo de la estación se dibujaba ante sus ojos. Algo iba mal con su corazón y era el momento de hacerse rápidas preguntas, pero sobre todo responderlas.

     Como un rayo, comprendió los desorbitados motivos que acaso apagarían su vida para siempre. Veinte minutos antes, y por alguna mágica razón, se había metido en la estación María Cristina de los setenta, por eso el atuendo de la gente y por eso su sorpresa ante la chica que le había parecido familiar: era su madre. Por su culpa –o torpeza- Laia había evitado que se metiera en el Metro en el que iba a conocer a su padre. Se estaba muriendo porque por su inoportuna intervención sus padres pasarían a ser entre ellos unos completos extraños para siempre.

     “Llevadme otra vez al andén”, fueron acaso sus últimas palabras. Cumpliendo su deseo, la arrastraron hasta el otro lado de los molinetes, y finalmente su corazón no se detuvo. Otra vez la invadió un desvanecimiento fugaz, pero enseguida sus malestares pasaron a mejor vida. Laia notó aliviada que la escenografía volvía a ser la de los setenta y también divisó en el andén esa inconfundible espalda familiar. El destino le estaba dando una oportunidad para arreglar las cosas. En esa ocasión, escribió con prisa un mensaje que le dio a su madre: “Ese chico de gafas te dará amor, hijos y nietos”.

     Después de contemplar cómo su madre subía al Metro, Laia fue en dirección a la salida, tomó aire y atravesó el molinete. No tuvo ni pinchazos ni principios de infartos ni nada. sólo una sensación que le llevó su mano a la barriga, percibiendo la inconfundible presencia de algo creciendo en su vientre. Por las dudas, Laia no regresó nunca más a esa estación aunque pensó que, de ser niña, María Cristina era un nombre más que apropiado.


5 comentarios:

Anónimo dijo...

Relato,donde ,sin duda para mi ,lo mejor. Es sin duda la descripcuon em ge.eral del conjuntor. Rcde

Anónimo dijo...

¡Que simbólico! el pasado esta abajo (en el andén) y el futuro arriba en la superficie, allí es donde está la vida y los “por nacer” que a su vez dependen del pasado, de lo que esta abajo.
Como aquello que dice que “lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado”. Bueno, me deliré un poco.
El juego del pasado y el presente y la verdad del causa y efecto, todas nuestras acciones por pequeñas que parezcan tienen una efecto.
Me gustó mucho, ¡¡suerte en el concurso!!
CW

chapi dijo...

Genial historia cíclica!

Anónimo dijo...

Bonito homenaje a los que mueren con mucho vivido y por vivir.

Mataste la muerte...jejejé (seria muy bonito poder hacerlo en verdad...)

MariCarmen

Anónimo dijo...

Lo tuve que leer dos veces para entenderlo mejor, tiene mucho simbolismo, con un tach de una de las pelis de volver al futuro no?
Buena imaginación y lindo el mensaje que transmitís!
Mari

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