martes, 20 de mayo de 2014

Okupas

por Javier Debarnot

Dejé mi hogar diciéndole adiós a mi historia reciente sin grandes aspavientos. Crucé toda la ciudad, hasta el otro lado del río, y mientras vagaba por allí, una noche de luna llena de octubre, vi una puerta cerrada a medias que mi optimismo tradujo en abierta por la mitad. Tenía ante mí una oportunidad grande como una casa. Primero con timidez y después con firmeza, empujé el portón y me metí. Sin hacer mucho ruido, acomodé mis pocas cosas en los recovecos de la morada tomada y caí rendido al sueño. Y de eso ya van casi ocho años.

No era el único en aquella casa. Éramos muchos okupas que proveníamos de los sitios más recónditos, pero no se trataba sólo de nosotros, los teóricos invasores. Los dueños de casa también deambulaban por los pasillos y se los veía amos y señores de sus habitaciones, de la cocina, del baño, de todas las salas comunes.

Los primeros días, semanas, y hasta meses, nos miraban por encima del hombro, marcando la diferencia, subrayándola en cuanto podían. Con recelo al principio, con cierta desconfianza por no saber de dónde veníamos, aunque con el correr del tiempo fueron mutando esa visión según íbamos asimilando las reglas de la casa, los cinco mandamientos:

1) Intentar vestirnos como ellos.

2) Procurar hablar lo más parecido a ellos.

3) No abonarnos a la nostalgia permanente.

4) Hacernos los desentendidos cuando algunos critican a otros okupas –creyéndoles que a nuestras espaldas no hacen exactamente lo mismo con nosotros -.

5) Y la más importante: respetar que, adentro de su casa, siempre se sube arriba y se baja abajo.

Por respeto a los dueños -mayoritariamente parcos-, la mayoría de los okupas nos reservábamos las costumbres más íntimas para la habitación propia, que es donde volvíamos a echar nuestras raíces como podíamos, con las escasas semillas que nos habíamos traído de casa. Allí engullíamos la comida que nos solía llenar la panza cuando vivíamos allá lejos, en tiempos en que la mayoría no imaginaba andar de prestado y pisando otro suelo, tocando con nuestros pies descalzos una cerámica distinta, más lisa o más rugosa, o un parquet mejor encerado.

Vivir como un okupa no es para cualquiera. De hecho, en los ocho años que llevo haciéndolo, vi a algunos que fueron expulsados, pero a muchos más que decidieron irse por motivos propios -parece que al final es cierto eso de que el que viene sin que lo llamen, se va sin que lo echen-.

La clave es adaptarse a las nuevas normas, e incluso mostrarse satisfecho de cumplirlas ante los dueños de casa. Si hacemos buena letra en esa cuestión, podemos rememorar nuestras propias costumbres con ellos y hasta compartirlas. El problema grande –muy repetido en los okupas- reside en encerrarse en la habitación y, peor aún, abrirle sólo a los que provienen de la misma casa. No fue mi caso: decidí confiar y le quité la llave a la cerradura de mi puerta, invitando a quien quisiera pasar. Al principio me vi sólo rodeado de otros okupas amistosos con los que compartimos experiencias pasadas y muchas cosas en común.

A los dueños les cuesta entrar, en confianza y a nuestra habitación, pero cuando lo hacen –los pocos que se animan- se quedan para siempre y no son aves de paso como muchos de los que, con idéntica condición, invaden, critican a los amos del hogar, se abusan, arrasan y se van, sentando un pésimo precedente para los okupas que venimos con el respeto y el agradecimiento por sobre todas las cosas.

-Ya llevas un tiempo aquí, pagando luz, agua y otros impuestos –te dice algún dueño de casa aplicado después de unos largos años de compartir el piso-. Podrías hacer los trámites para que esto también sea tuyo.

-¿Será necesario?

-Hombre, no querrás ser un okupa toda la vida.

Uno cree que ya se ha re-acomodado aunque no tenga un “papel oficial”, pero es cierto que tener la habilitación para ocupar legalmente esa casa no es sólo una puerta abierta, sino miles. En otras residencias de la zona, al dejar de ser okupas nos dejarán entrar sin problemas y sin mirarnos a la cara. Es raro, porque somos exactamente los mismos pero un papel dice que nos adaptamos y punto. Y eso es lo que prima en el mundo de hoy: una firma, un documento, una sentencia, mucho más que un conjunto de hechos o méritos que hacemos para demostrar que somos personas dignas de confianza para habitar nuestra casa o la de cualquiera de los vecinos.

Hace pocas semanas me llegó esa habilitación y puedo decir por lo alto que dejé de ser un okupa. Pero yo, más que un motivo de festejo lo veo como algo que cayó por su propio peso, que se dio sin que yo lo ansiara desesperadamente porque sigo considerándome un orgulloso fruto de la casa que dejé atrás y nunca dejaré de serlo. Claro que me agrada que me hayan dado la autorización oficial para habitar el lugar que hoy me cobija, y una resolución que dice que soy una persona con los mismos derechos que tienen los dueños originales.

Tal vez, lo más inexplicable es que haya dado tantas vueltas y empleado tantas rebuscadas metáforas para decir que por fin soy un ciudadano español. Aunque quizás se entienda desde el hecho de que soy y seguiré siendo argentino, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. Tío, lo entendiste, ¿che?



martes, 6 de mayo de 2014

No puedo escribir en la oficina

por Javier Debarnot

Ahora es el momento. Ya mismo me pongo, si total no es difícil. La historia la tengo y si logro hilar las frases con algo de gracia seguro que sale algo bueno. Abro un documento en blanco y maldición, suena el teléfono y desde los otros internos juegan al distraído.

-Contaduría, buenos días -atiendo con el piloto automático, tan automático que a veces digo buenos días a las seis de la tarde.

-¿Está el señor Suárez? –preguntan por mi jefe que para variar no está.

-Tranquilo que ya le dejo nota -contesto mientras mis dedos manipulan un boli invisible que hace malabares en el aire.

Al final, la interrupción fue minúscula pero cortó la pizca de inspiración que había enjaulado para la introducción. Y eso te mata, aunque por suerte en ocasiones la inspiración tiene memoria y vuelve, como ahora. Claro, esa es una buena forma de empezar el relato, tiene gancho, pero “¿tienes un minuto, Javi?”.

No lo puedo creer. Le pregunto qué quiere a mi compañero Jordi, con la sonrisa más falsa del mundo. Y lo que quiere es que le mire un “supuesto” problema para descargar un archivo. ¿Ese documento indispensable para el futuro de la empresa? ¿Esa ley que va a modificar nuestro mercado? ¿El calendario laboral del año que viene? Sí, claro, no se puede ser más ingenuo. El indeseable del escritorio de adelante me pide un salvavidas para que le enseñe a piratear la película favorita de su novia, y yo le digo que sí, cuando preferiría mandarle un anónimo a su chica con un simple “abre los ojos: Jordi es lo más inútil que he visto en mi vida. PD: en sus ratos libres consume porno duro protagonizado por gimnastas ucranianos”.

Cinco minutos después, por fin estoy liberado. ¿Por dónde estaba? Todavía con la hoja en blanco, esa gran amiga de los escritores, la que te dice a la cara frases del tipo “me ves a mí y te quedas sin palabras”, o “sabes muy bien que esta vez no se te ocurrirá nada”. No, hojita, estás totalmente equivocada porque, ¡ostias, el informe para Suárez! Me lo acaba de recordar una alerta y lo bien que ha hecho, porque si no, más que hoja en blanco tendré una carta de despido.

Pasan dos horas y, con mi deber cumplido, cuando estoy por poner la primera letra siento el sonido de la silla de mi jefe al ser abandonada. Pasos y él viene hacia mí. Mierda. Pero no, veo la luz al final del túnel: me felicita por el informe que le acabo de mandar. Se aleja y yo me decido a arrancar.

-¿Llamó alguien para mí? –me sobresalta cuando ya parecía haberse marchado.

Busco la nota invisible por unos segundos y, como mi memoria es desastrosa, prefiero contestar que no. Se va y siento un alivio inmenso. Ahora sí, me digo, es un relato que transcurre en la oficina y son sólo quinientas palabras. El problema es que no me queda ni una.




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