martes, 3 de junio de 2014

Un mes con la idea FIFA

por Javier Debarnot



Pocos minutos después del 4 a 0 que nos metió Alemania, le dije en un balcón a Augusto que quería quedar en estado vegetativo por cuatro años y despertarme unos días antes de Brasil 2014. Si ese sinsentido se hubiera materializado –agradezco a Dios que no fue así-, ahora mismo estaría abriendo los ojos después de ese paréntesis de cuarenta y siete meses. Llegó el momento: en una semana y pico la selección Argentina volverá a convidarnos de ese sueño que hace más de veinte años acaba siempre en pesadilla.

Volviendo a esa amarga tarde veraniega en donde los alemanes nos habían dado esa histórica sandunga para echarnos de Sudáfrica, yo sólo deseaba –aparte de la ridiculez de caer en un largo coma- que España quedara afuera lo antes posible. De pura envidia, nomás. De no querer saber nada con la alegría ajena, que no te la refrieguen por la cara, porque viviendo en Barcelona yo estaba en el lugar indicado en el momento justo, y ya saben cómo terminó aquella historia… con ese gol de Iniesta que se festejó durante muchas horas en cada rincón de la península (y una hora menos en Cataluña). Para un argentino emigrado al país de los campeones, la situación era un “sobre llovido, mojado”; o más que mojado, meado por una manada de elefantes.

Lo más triste de esos tan distintos y tan antagónicos finales de Argentina y España en 2010 es que pareciera que alguien se empecinó en cambiarnos los papeles. Si alguien decía ayer algo así como “estamos en crisis pero al menos nuestro seleccionado nos enorgullece mientras ustedes no pasan de cuartos de final”, con los ojos cerrados uno se imaginaba a un argentino hablándole a un español. Hoy es exactamente al revés: la albiceleste no para de estrellarse antes de semifinales -o peor aún, pasa papelones sin pasar de primera ronda-, y la Roja se queda todos los títulos paella.

Si realmente hubiera sido víctima de un “coma futbolístico”, es probable que hubiese revivido entre sueños toda mi trayectoria mundialística. Y desde que nací, fui testigo de nueve Mundiales. Los primeros dos casi no califican porque tenía dos y seis años, aunque me quedan un par de imágenes borrosas de cada uno. En el ´78, ver desde mi ventana a la gente pasar festejando el título, y yo con la banderita en mano, muy lejos de imaginarme que estábamos siendo al mismo tiempo campeones del mundo en fútbol y en tortura. Y cuatro años después, de España ´82 se me entremezclan vagos recuerdos de los partidos pero mucho más nítidas las mentirosas crónicas de la guerra de las Malvinas que hacía la televisión oficial de mi país.

El glorioso México ´86 me dejó, además del barrilete cósmico y el orgullo de ganarlo de punta a punta en tierra ajena, un hecho extra-futbolístico que se me grabó para siempre. Recuerdo estando en el cole, yo en quinto grado, mirar con recelo a los chicos de séptimo, a quienes les deban permiso para irse a sus casas a ver los partidos de Argentina que coincidían con el horario de clases. “Cómo me gustaría ser grande”, deseaba furiosamente, porque en aquella época, alguien que tenía 12 años para mí que pertenecía al mundo de los adultos.

Italia ´90 fue, además del último Mundial en que pasamos de cuartos, el torneo que viví, disfruté y sufrí con mayor intensidad, la intensidad propia de una adolescencia en plena ebullición. Con 14 años fui testigo del inolvidable hecho de eliminar, con diez días de diferencia, a Brasil y a Italia en su propia casa, con todo el público en contra y teniendo nosotros un equipo horrible en donde el mejor era el Diego con treinta años y un tobillo del tamaño de una pelota de tenis. La perlita de ese Mundial fue cuando, después de gritar por unos dos minutos el gol de Caniggia a los brasucas, apareció mi viejo a quien había arrancado de su siesta. “¿Cada cuánto son los Mundiales? ¿Cada cuatro años?”, me preguntaba enfocándome con ojos recién abiertos pero inyectados en sangre, “tendrían que ser cada seis, o cada ocho”. Si en ese instante una nave extraterrestre lo abducía, no me iba a sorprender en nada. Aclaro que mi papá es futbolero, pero sólo de su equipo, y ahí quedó demostrado que la suerte de su selección le importaba –todavía no puedo especificar el número- unos tres o cuatro carajos. Igual que a Codesal, que le dio un penal polémico a los alemanes para arrebatarnos la final, aunque al menos nos dejó el instante glorioso de Diego negándole la mano al mafioso de Johao Havelange.

Los Mundiales siguientes, USA ´94 y Francia ´98, fueron los primeros que debí compatibilizar con jornadas laborales. También estudiaba en aquellas épocas, pero podía darme el lujo de faltar a clases porque, finalmente, “ya era grande”. Nuestro equipo, después de malacostumbrarnos con tres finales en los últimos cuatro Mundiales, empezaría una debacle que todavía no acabó, haciéndonos coleccionistas de fracasos. En Estados Unidos sufrimos la amputación de piernas del Pelusa y en Francia fue el Burrito Ortega el que perdió la cabeza. A casa en octavos y cuartos, y la gente dejó de ir a festejar al obelisco para acabar yendo a llorar a la iglesia.

Corea-Japón 2002 fue, además del único Mundial disputado en dos países, el primero que yo seguiría con el corazón dividido en dos continentes. Me tocó estar en Barcelona, en la primera parte de una aventura que en ese entonces duró tres meses, y seguía los partidos con los ojos apuntando a una pantalla gigante de un bar de Poblenou, y con el alma haciéndose un lugar en algún sofá de la casa de mis mejores amigos en Buenos Aires, Edu, Gon, Nico y Pety, con quienes había compartido la mayoría de los Mundiales anteriores. Al Loco Bielsa se le había metido en la cabeza que Batistuta y Crespo podían jugar uno en los partidos de Corea y otro en los de Japón, pero nunca juntos. Y así nos fue.

El sabor especial de Alemania ´06 fue que sería mi último Mundial vivido en Argentina. Había vuelto cuatro años antes pero ya tenía el pasaje rumbo a Barcelona para instalarme definitivamente aquí, y por eso veía en esa cita en tierras teutonas una buena oportunidad para llevarme en el equipaje una porción de la gloria que conseguiríamos en caso de ganar la Copa. La frustración –una más- se resumió en la cara de un jovencísimo Messi, mirando al suelo desde el banco mientras sus compañeros se medían contra el local, ya sin posibilidad de entrar a jugar. Por aquel gesto le cayeron millones de críticas, y tenía apenas dieciocho años: cuántas estupideces hicimos todos con dieciocho años, ¿no? Aunque en ocasiones no lo parezca, Lionel es un ser humano igual que el resto.

Y así llegamos a la ya mencionada última cita mundialista en el invierno sudafricano de 2010. Además de mi confesión a Augusto en el balcón, puedo aportar una imagen de lo que significó ese nuevo baldazo de agua fría. Unas horas después de la eliminación, en algún lugar de Barcelona, mi amigo Manu –español y maño- preguntó por ahí cómo le había ido a Argentina. Al enterarse del catastrófico 0-4, su pensamiento en voz alta fue: “Uy, ahora Javi no volverá a escribir por tres meses”. Estábamos haciendo juntos una novela infantil, él con las ilustraciones y yo con los textos, y se había imaginado que iba a caer en una depresión literaria de un trimestre. Por supuesto que se equivocó: yo no volví a darle a las teclas por nueves meses.

Ahora mismo falta menos tiempo que cuando empecé a escribir para la hora de la verdad. Y dentro de unos días, algunas mujeres que durante tres años y once meses no quieren saber nada con “veintidós tipos que corren detrás de una pelota”, se estarán pintando la cara con los colores de su selección. Dejo en claro desde aquí que me parece ridícula esa exaltación momentánea o moción violenta que las invade por el sólo hecho de que “y… es el Mundial”. Si no te gusta, no te gusta. Yo aplaudo a aquellas o aquellos que se mantienen indiferentes y que no se ven arrastrados por la masa, y detecto con mi visión de rayos busca-hipócritas a los que se mimetizan con el pan y el circo y se envalentonan cuando suenan los himnos de cada país. A mí, el himno de Argentina me pone los pelos de punta pero no porque se trate del Mundial. Será por mi carácter de exiliado, que sería capaz de besar al cajero del Mercadona que está frente al Camp Nou si me cantara el himno cuando le compro yerba y dulce de leche.

Para torcer el trágico destino de estas dos décadas nefastas, nos encomendamos a Lionel para que Brasil ´14 sea lo que fue México ´86 para Diego. Yo no es que sea adicto a las cábalas, pero por las dudas vengo nadando 86 largos desde hace un par de meses cada vez que me zambullo al agua con mi zunga estilo carioca. Además de necesitarlo a Messi, requerimos de velas y de rezar mucho porque tenemos un arquero y unos defensores totalmente confiables… para los rivales. Pero basta de palabras. Se viene el primer rival, Bosnia, y se acabó mi tiempo de coma: es hora de ir por los puntos. A buscar los primeros tres que nos acerquen al domingo 13 de julio. Amén.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Estuve con tu viejo casi todo el relato pero al final me tocaste la moral... soy hipócrita!

Martín

Anónimo dijo...

Memoria intachable en materia futbolística, ahora entiendo tu pensamiento en cuanto a las mujeres que siguen el mundial, jaja! se justifica... igual, pido permiso para sumarme! Es verdad que a esta altura de mi vida, y tan alejada de aquellas idas al Monumental en mi adolescencia, puedo afirmar que no entiendo un sope de futbol... pero esos dos tiempos de sentir a todo el país unido, pensando y deseando lo mismo... es único.
A ganaaaaarrrr con Messi!!!

Anónimo dijo...

Fantsstico relato.me lo he pasado en grande leyendolo.un matiz,con el calendario que teneis para el mundial como no llegueis a semifinales,os lo teneis que hacer mirar,rcde

chapi dijo...

Jaja, tu memoria es ejemplar para todo, pero veo que mucho más para el fútbol! Me encantó la idea de los dibujos, y este primero te salió re lindo!
Abrazo de gol.

yoga dijo...

MUy bueno Javi. Acá ya saturados de mundialitis en propagandas. Y el dibujo un f3enómeno.

Anónimo dijo...

Me gusta el dibujo. Es una escena de fiesta aunque no es una escena de fiesta de birra en bar con congéneres!!! Es más “casero”… quizás enlaza todo con tu anterior relato (Véase correspondiente comentario en “Okupas” )
Por lo demás, me enorgullezco en pertenecer al género femenino “coherente” como tú llamas… jejejé!!! Desde luego que no me verás con colores en el rostro (solo los de la reacción fisiológica natural en estados de incomodidad…)

MCarmen

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