martes, 29 de julio de 2014

Doble vida

por Javier Debarnot

Rafa Santillán podía contarte cómo Máxima Zorreguieta había llegado a ser Reina de Holanda, por qué renunció Chacho Álvarez a la vicepresidencia, y quién había matado a JFK. Con lujo de detalles. Y todo esto te lo decía sin pestañear, fulminándote con sus diminutos ojos y con una seguridad abismal como para que te creyeras que él había estado ahí, en una fiesta en Sevilla, en un despacho de la Casa Rosada o escondido en un armario cerca de un francotirador. Rafa te batía la justa, te desembuchaba la última primicia y, si tenías tiempo, también te explicaba el mundo.

Con el primer café de la mañana, Rafa pispiaba los titulares del diario que ponían a disposición de los clientes. Él nunca iba a comprarlo, porque “sólo los giles le dan guita a esos vendedores de pescado podrido”. Ese martes, como no había otros comensales a su alrededor, tenía que vociferar un poco más alto de lo habitual para que lo oyeran los dos o tres que estaban en la barra. El “Gallego” Francisco, que le pasaba un trapo a la máquina registradora, hacía oídos sordos por más de que el monólogo de Rafa lo involucraba implícitamente.

-Je, ¿qué me vienen a hablar de expropiación de Repsol? Si todos supieran los desastres que hicieron estos gallegos con la empresa, ¡será de Dios!

Consumido un cuarto de hora, también había dejado de existir el café con leche de Rafa y éste ya estaba entrando a su oficina. Se cruzó con Mussardi, el jefe de recursos humanos.

-Buenos días, Santillán, ¿le puedo preguntar si sabe algo de su compañero Icardi?

-¿Debería saberlo?

-Usted sabe todo, maestro.

Rafa sonrió cómplice, y a continuación dio la respuesta que Mussardi requería. “Ojo, esto no es oficial, pero…”, así arrancó como arrancaba casi siempre para acabar sellándole la cruz a Icardi, porque “supuestamente se decía” que andaba coqueteando con una empresa de la competencia y por esos días iba haciendo una entrevista detrás de la otra, para no volver más a su actual puesto en caso de éxito o aparecer como si nada si la oferta quedaba truncada.

Acomodándose en su puesto de trabajo, Rafa seguía dándole vueltas al tema Icardi, pero no es que se debatía en un examen de conciencia por considerar que quizás lo había mandado al muere, sino que sencillamente creía que era un pelotudo bárbaro. Revisó los correos electrónicos y se tiró de cabeza a uno que decía en el asunto “Hoy a la tarde sale la lista oficial”. Mientras leía el mensaje, alguien le gritó desde dos escritorios más adelante que tenía una llamada de la mujer. “Decile que estoy reunido y que me llame más tarde”.

La mañana voló. Y como venía siendo habitual hacía seis o siete años, Rafa no hizo nada útil salvo ejercitar el órgano que más sabía usar: la lengua. Había seguido dándole a la labia en los pasillos, en la máquina de café y sobre todo en el balcón habilitado para los fumadores, que prácticamente él regenteaba. El tema del día era que, con motivo de una próxima fusión con otra compañía, un treinta por ciento del personal iba a quedar en la calle. Rafa venía ventilando los nombres de los supuestos damnificados desde la semana anterior, cuando en teoría había escuchado una conversación que le daba las claves del asunto.

-Vos te salvás, Dani, vos y yo zafamos pero la tienen cruda Fernández y Scarapelli –le dijo Santillán a uno de sus compañeros cuando ya habían empezado a llamar uno a uno a todos los empleados para darle la buena o mala nueva.

-Rafael Santillán, tu turno –elevó la voz la secretaria del gerente.

Veinte minutos más tarde, Rafa había sido despedido. Pero no lo abandonaba una ancha sonrisa que le ocupaba todo el rostro exagerándole el tamaño minúsculo de sus ojos. Reía por incredulidad. Por sorpresa. Por caradurez. Justo a él, que se las sabía todas, justo a él le decían adiós con una indemnización irrisoria. “Tiene que haber algún error”, le decía a cualquiera que se lo cruzara, para después tranquilizarlo con un “pero vos te salvás seguro”.

Como casi nunca le ocurría, esa tarde tuvo que deambular un rato largo para estacionar y sólo pudo hacerlo a trescientos metros de su departamento. ¿La buena fortuna lo estaba abandonando? Rafa maldijo por primera vez en el día cuando pisó un pedazo de mierda abandonado por el desconsiderado dueño de un perro, y no se reprimió varios insultos en voz alta dirigidos a nadie mientras refregaba la suela manchada contra el cordón de la vereda.

Girando la llave para abrir la puerta de su casa, recordó que nunca le había devuelto la llamada a su mujer. Al no ver ni sentir señales de nadie, supuso que tanto ella como su hijo habrían salido a algún lado. Aunque poco le importaba su destino, iba a enterarse del mismo leyendo la carta que yacía con una de sus puntas aprisionada bajo un pesado cenicero en la mesa ratona del salón.

“Rafael: me voy. Bueno, si revisás los armarios, verás que ya me fui. Si te deja un poco más tranquilo, no estaré sola. Me voy con Cacho, el vecino del octavo. Hace varios meses que estamos viéndonos, casi los mismos en que vos dejaste de atenderme el teléfono en la oficina y volver a cualquier hora sin darme explicaciones. Nos vamos con el nene a Mar del Plata donde Cacho tiene una casa. Y no te preocupes que no te voy a reclamar nada, ya me encargué de vaciar mi parte en la cuenta de ahorro que está a nombre de los dos. Sí, es mucha plata, pero no pienses que me voy a dar la gran vida. Gran parte de ese dinero lo voy a usar para el tratamiento de Julián. Nuestro hijo Julián tiene un grave trastorno de conducta e hiperactividad. Te hubieras enterado de haberme escuchado algún día o al menos abriéndole una puta vez el cuaderno que le escriben las maestras. Pero siempre estás en tu mundo, Rafael, los demás nunca te importamos y, lamentablemente, no creo que sea bueno para nadie vivir con una persona como vos. Para mí, seguro que no y por eso dije que hasta acá llegué. De tu actitud me quedan dos conclusiones: una o la otra. O sos consciente de todo y no te importa, lo cual te transformaría en un hijo de puta, o realmente no te enterás de nada, lo que te convierte en un pelotudo a cuerda. Con todo cariño, yo creo que tu caso es la segunda opción. Espero que alguna vez cambies. Y de verdad que yo alguna vez te quise, cuando no eras esto en lo que te convertiste. Mucha suerte en tu vida. Firmado: Clara.”

Tres días pasaron desde la lectura de esas líneas, tres días en los que Rafa sólo durmió, fumó, hizo sus necesidades y comió, enclaustrándose entre la mugre que empezó a invadirlo todo en su casa. Tres días en los que no abrió la boca. El jueves por fin salió a la calle, respiró aire no viciado y enfiló hacia el bar y hacia la mesa de siempre.

Santillán se sentó pero no pidió el diario, y en cambio sacó de su bolsillo la carta de Clara que ya había repasado unas setenta veces. Al “Gallego” Francisco, que bastante extrañado estaba al no verlo por varias mañanas, la curiosidad lo empujó hasta Rafa. Decidió hablarle aún a sabiendas de que tendría que soportar esos monólogos tan cansinos de su cliente. Después de saludarlo, le preguntó por el trozo de papel que tenía entre sus dedos.

-¿Qué es esto? –Rafa hizo tiempo para pensarse la respuesta, que empezó a soltar después de unos eternos tres segundos- Esta carta es una de las que le pescaron a Antonito De la Rúa, el ex marido de Shakira… Era para su amante cuando todavía estaba con la colombiana…

Mientras Rafa Santillán desempolvaba otro de sus delirios, en el sobrecito de azúcar que le había llevado el “Gallego” con el café, podía leerse en su dorso una de esas frases que a veces pintan la vida a la perfección y en el momento justo: “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”.



martes, 15 de julio de 2014

La luz al final del túnel

por Javier Debarnot



Dicen que cuando uno muere puede ver un túnel y al final una luz. Vamos acercándonos a ella y, en caso de llegar, estaríamos en problemas porque sería el final definitivo de la fiesta. También aseguran que, en el transcurso de ese viaje fugaz, se nos cruzan imágenes de nuestra vida, como en un Powerpoint, pero sin esas transiciones berretas que tanto gustan a la gente de marketing.

Vi esa luz el domingo pasado, la percibí claramente. Pero para que eso ocurriera antes me sentí envuelto por la oscuridad más absoluta, que se iba a romper en mil pedazos por la irrupción de ese resplandor tan nítido, tan embriagador y tan divino. No hay un amanecer sin ocaso, porque es imposible levantarse sin antes haber caído, o disfrutar de un manjar sin haber pasado hambre. O extasiarse en un reencuentro sin haber pasado por una partida que te parte al medio.

Vi oscuridad en forma de eternas semanas de vacío una vez que todo había acabado, mientras otros seguían disfrutando, seguían soñando, y nosotros condenándonos a una nueva pesadilla, mortificándonos y torturándonos, flagelándonos, preguntándonos qué habíamos hecho para merecer ese estigma, si hasta hacía unos días éramos los mejores del mundo y después queríamos desaparecer del mapa por los próximos cuatro años.

Vi esa luz el domingo pasado, cuando el resto del planeta presagiaba y vaticinaba una nueva humillación a la que seríamos sometidos ante la mirada atenta e inquisidora de miles de millones, que casi se apiadaban de nosotros, nos tenían lástima y hubieran preferido enterrar la cabeza cual avestruz en caso de estar en nuestros zapatos, sin entender que, dentro de esos once pares de botines, cabían las piernas de un pueblo entero que a esa altura no le temía a nada ni a nadie, y mucho menos a un ejército germano que parecía no salirse de su minucioso plan ni despeinarse, pero que con el correr de los minutos nos demostrarían que eran simples humanos e incluso corría sangre por sus venas, sangre que uno de nuestros gladiadores se encargó de enseñarle al público del circo soltando un codazo feroz en el pómulo del enemigo.

Vi oscuridad cuando habían elegido al ejército que iba a representarnos, porque parecían sobrar soldados rasos y faltar uno que otro cacique, sobre todo uno que los iluminados de siempre habían proclamado como el auténtico rey sin corona o el elegido “del pueblo”, en desmedro del muchacho de la película, que iba a tener que cargar sobre sus espaldas toda la responsabilidad de llevar adelante la titánica gesta, que no podía ni admitía acabar igual que en los infiernos anteriores.

Vi esa luz el domingo pasado, intuí acabarse veintiocho años de ostracismo, y sentí que se me tatuaba en el pecho, muy cerca del corazón, una tercera estrella para mostrarle al mundo que no estábamos tan lejos del anfitrión, de ese dueño de casa que nos vio llegar confiados y, a medida que pasaban los días y semanas, intentó echarnos de mil maneras, aún a costa de calzarse disfraces baratos y patéticos simulando ser otro hospedante que quería quedarse con nuestra habitación, y uno más y otro distinto, deseando que nos marcháramos antes de tiempo, y tan distraído estuvo el anfitrión en esos menesteres que una noche lo echaron a patadas de su piso, con humillación y alevosía, y no le quedó otra que observar impotente, espiando por la ventana, que nosotros seguíamos ahí, en su morada, abriéndole la heladera, tomando del pico y revolcándonos en su cama con el resto de los invitados.

Vi oscuridad cuando en esta última aventura, cuando ya empezaba a avizorarse la luz, se cayó uno de nuestros mejores hombres, el lugarteniente idóneo del héroe, el que podía ponerse su traje de salvador en caso de que anularan al as de espadas, el que a pesar de parecer el más frágil por su físico tenía unos pulmones y un corazón que han sido forjados entre carbones, calentándole las alas a ese verdadero Ángel guardián que siempre se necesita.

Vi la luz y grité como nunca, desgarrándome la garganta y dejándola ahí, soltando un alarido que hubiera querido que escucharan nuestros guerreros en el Maracaná, y alargué la letra “o” por varios segundos, se me escapó un “carajo” y un “la puta madre”, varios “vamos”, todo eso vi, vi también la revancha del Pipita por el gol increíble que había errado unos minutos antes y por eso festejaba esa conquista con el alma saliéndosele del pecho, como todos nosotros. 

Pero de repente, quizás después de apenas esos tres o cuatro segundos donde se me pasaron como diapositivas las frustraciones cercanas y la gloria destiñéndose por el paso del tiempo, entonces vi al juez de línea levantando la bandera por un claro off-side que la mayoría de nosotros no quiso ver, para quedarnos ahí un largo rato, en esa especie de limbo, porque no deseábamos volver a la oscuridad, anhelábamos llegar al final del túnel adonde nos esperaba el paraíso de la gloria.

No sé si eso ocurrirá en Rusia, dentro de cuatro años, pero lo único que puedo garantizar es que, en este Mundial inolvidable, veintitrés héroes y Sabella nos devolvieron el orgullo perdido y nos alejaron de las tinieblas. La Copa, en casos así, no deja de ser un pedazo de metal frío que poco puede equipararse al calor que sentimos cuarenta millones de corazones.



martes, 1 de julio de 2014

XXX, YYY...

por Javier Debarnot



Mi tarde fue una pesadilla, qué digo mi tarde si fue el día entero. Todo el santo día. Pero qué gloriosa es la oportunidad que nos da la noche, cada noche, de asesinar sin piedad al día que nos tuvo a maltraer. Hoy, ahora mismo, voy a dormir como si fuera la última vez.

Vengo imaginándome el momento de cerrar los ojos casi desde que los abrí a las siete y cuarto de la mañana. Desde ese fatídico instante hasta ahora pasaron demasiadas cosas y ninguna buena, pero durmiendo podré pasar las páginas, el libro entero o la colección completa de hechos desafortunados que me cayeron sobre la cabeza. Llegó la hora de desmayarme sobre la almohada.

Tengo el kit completo de la felicidad del futuro soñador: una cama de dos plazas y media sólo para mí, un juego de sábanas y un pijama que huelen a recién lavados y una ventana a mi derecha que, entrecerrada, deja pasar algunas ráfagas de noche encapsuladas en luces mortecinas de coches que pasan, de tanto en tanto, por una calle dispuesta dos pisos más abajo. Y por encima o en medio de todo, yo, comandando todos los elementos de este juego tan placentero que empezará cuando entre en esa pequeña muerte que experimentamos al dormir.

Pero cuando parece estar todo dispuesto, se mete en mi cama el primer problema de la noche. La temperatura. Una temperatura que no es un ni fu ni fa, porque no hace el frío suficiente como para cubrirme con una sábana ni el calor adecuado como para dormir a la intemperie. Sé que antes de caer rendido al sueño desfalleceré en esa molesta incógnita, de taparme o no taparme, o más bien iré alternando esa acción casi hasta el hartazgo, hasta enloquecer, porque me conozco, me reconozco con ese rasgo de que si hay algo que me mata es la indecisión. O quizás, no lo sé. Ya me estoy empezando a poner nervioso.

Empiezo a girar, físicamente buscando la posición más cómoda, y psicológicamente dándole vueltas a mi cabeza. Me quiero dormir ya para hacer un borrón y cuenta nueva del día que pasó, pero es que ahora no puedo evitar vivir esos hechos una y otra vez. ¿Cómo pudo haber sido capaz Trelaqua de decirme esa animalada delante de la máquina de café, pero peor aún, delante de Romina y Laura, las amigas íntimas de Lucía? No, si ese Trelaqua es un alcahuete del jefe y sabe que me gusta la nueva becaria y le molestaría que me la trinque porque el mandamás también le echó el ojo… de eso estoy más que seguro.

Olvidate de Trelaqua, papanatas, me repito una y otra vez. Tengo que relajarme, que entre una cosa y otra ya se hizo la una y pico y sé que el malnacido de al lado va a sonar a las siete y cuarto como un gallo que religiosamente le canta las cuarenta a mis ganas de remolonear un rato más. Por suerte, permaneciendo ajeno al futuro del despertador, parece que la cuestión de vencer al insomnio va queriendo y los párpados empiezan a amenazar con caerse, como dos pesados yunques en el borde de la parte más alta de un andamio, y que se vayan agarrando los que pasan por abajo, porque cuando se derrumben se va a armar la de San Quintín.

¿Pero y a éste quién lo tenía? Justo cuando la batalla de dormirse contra permanecer despierto va decantándose a favor de la primera opción, se planta en el campo de lucha un protagonista inesperado. Sus soniditos primero parecen simpáticos, pero a los diez minutos quiero mandarlo a la concha de la lora, a él y a toda su descendencia. No lo puedo creer: parecía que mi objetivo de caer aniquilado entre las sábanas estaba madurando, pero por culpa del intruso está más verde que nunca.

Desesperación, eso es lo que estoy sintiendo ahora. Y un poco de desolación y amargura. Ya me olvidé de Trelaqua, y hasta incluso puedo afirmar que ni siquiera pasa por mi cabeza el escote de Lucía -con lo poco que me cuesta pensar en ello, o mejor dicho en ellas-. Tampoco, ahora mismo, me importa tomar la decisión crucial de taparme o destaparme, porque tengo la certeza de que no voy a pegar un ojo hasta no resolver este tema.

De golpe lo siento lejos, casi atenuándose, como si estuviera asomado justo en uno de los bordes de la ventana, y ahí es casi hasta inofensivo, pero en menos de medio minuto, cuando ya lo creo ausente, me sobresalta con su martilleo estridente a apenas centímetros de mi oreja, como si el hijo de su madre estuviera contándome un secreto, pero su secreto es mi pesadilla. Y no, es mucho peor que eso, porque yo desearía tener las peores pesadillas, ¡aunque para eso tienen que dejarme dormir, carajo!

¿Quién lo mandó a éste? Y justo hoy, pareciera a propósito, porque pasé en mi vida noches de todo tipo que me destrozaron el sueño, pero ninguna como ésta. Lo más triste es que por culpa suya, por culpa de él, ahora tengo tiempo de enumerar esos martirios, rememorarlos y todo. Si me habrán sacado de quicio esas veladas: aquella madrugada en la que por los festejos de un campeonato de fútbol no pararon de destrozar el cielo con petardos durante cinco horas, o esa eterna tormenta de verano del ´92 cuando el trueno menos ruidoso hacía saltar a las cuatro patas de la cama, o mucho peor, esa pelea nocturna de los vecinos del tercero que había empezado con el revoleo de dos platos y que se había finiquitado con la ropa de él lloviendo desde el balcón hasta la calle ya tocada por los rayos del sol. Tremendos castigos que no creí ni creo merecer.

Pero… ¡milagro!, parece demasiado bueno para ser verdad. No respiro más fuerte de lo que se aconseja para no tentar al diablo, pero parece que la tortura se acabó. Al final, el recuento de las largas noches del pasado parece haber ahuyentado la amenaza de la de hoy. Parece que se fue. Siento uno de esos pequeños alivios que se experimentan como logros enormes. Ahora que lo pienso bien, pasé por algo parecido cuando deslicé la tarjeta fichando mi salida del trabajo hoy a las seis y tres minutos, porque no hubiera soportado ni sesenta segundos más.

¡Qué placer! Ya no me molesta volver a pensar en Trelaqua, en las mil maneras de matarlo, o mucho mejor en las diez mil maneras de matarla a Lucía pero en otro sentido. Sé que es irremediable, son ya las tres, pero el sueño llegará de un momento a otro. La almohada es en estos instantes el auténtico amor de mi vida y me abrazo a ella, mientras una leve brisa me hace cosquillas en el pelo de las piernas. Voy cayendo, entregándome, soñando un arrullo de mi madre y hasta sintiendo el aroma de la colonia que me ponían cuando era bebé. No falta nada, madura el knock-out. Pero no.

No madura el knock-out. Vuelve, vuelve él, siempre vuelve para hacerse amo y señor de todo, de la habitación, de los sonidos de la noche, de mi falta de paciencia, de mi desesperación y mi cansancio que ya no tiene medida, y de mi vida a la que siento más desgraciada que nunca. Ganaste. Te lo digo resignado. Yo me rindo, hacé lo que quieras porque ahora soy yo el que decide que no va a dormir, me resigno del todo a que no podré hacerlo y veré pasar una a una todas las horas del reloj. Sí, seguí chillando rabioso, creyéndote que es música o poesía cuando no es otra cosa que las enormes ganas que tenés de joderme, ¿pero por qué elegiste mi habitación, justo la mía, habiendo tantas otras donde podrías dar tu recital del demonio?

Ahora son las ocho y veinticinco y la máquina del café devuelve mi reflejo, uno más que penoso, el de un pobre tipo que no durmió más de media hora en toda la noche. Lo único que pienso y deseo es que no me gustaría que me viera Lucía así, tan patético y tan despierto. Por fortuna ni se asoma, aunque no pasan dos minutos y aparece otro individuo que fue protagonista de mi accidentada madrugada. Y no me extraña, no me extraña en lo más mínimo que, al boludo de Trelaqua, le vea esta mañana una terrible cara de grillo.



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