martes, 15 de julio de 2014

La luz al final del túnel

por Javier Debarnot



Dicen que cuando uno muere puede ver un túnel y al final una luz. Vamos acercándonos a ella y, en caso de llegar, estaríamos en problemas porque sería el final definitivo de la fiesta. También aseguran que, en el transcurso de ese viaje fugaz, se nos cruzan imágenes de nuestra vida, como en un Powerpoint, pero sin esas transiciones berretas que tanto gustan a la gente de marketing.

Vi esa luz el domingo pasado, la percibí claramente. Pero para que eso ocurriera antes me sentí envuelto por la oscuridad más absoluta, que se iba a romper en mil pedazos por la irrupción de ese resplandor tan nítido, tan embriagador y tan divino. No hay un amanecer sin ocaso, porque es imposible levantarse sin antes haber caído, o disfrutar de un manjar sin haber pasado hambre. O extasiarse en un reencuentro sin haber pasado por una partida que te parte al medio.

Vi oscuridad en forma de eternas semanas de vacío una vez que todo había acabado, mientras otros seguían disfrutando, seguían soñando, y nosotros condenándonos a una nueva pesadilla, mortificándonos y torturándonos, flagelándonos, preguntándonos qué habíamos hecho para merecer ese estigma, si hasta hacía unos días éramos los mejores del mundo y después queríamos desaparecer del mapa por los próximos cuatro años.

Vi esa luz el domingo pasado, cuando el resto del planeta presagiaba y vaticinaba una nueva humillación a la que seríamos sometidos ante la mirada atenta e inquisidora de miles de millones, que casi se apiadaban de nosotros, nos tenían lástima y hubieran preferido enterrar la cabeza cual avestruz en caso de estar en nuestros zapatos, sin entender que, dentro de esos once pares de botines, cabían las piernas de un pueblo entero que a esa altura no le temía a nada ni a nadie, y mucho menos a un ejército germano que parecía no salirse de su minucioso plan ni despeinarse, pero que con el correr de los minutos nos demostrarían que eran simples humanos e incluso corría sangre por sus venas, sangre que uno de nuestros gladiadores se encargó de enseñarle al público del circo soltando un codazo feroz en el pómulo del enemigo.

Vi oscuridad cuando habían elegido al ejército que iba a representarnos, porque parecían sobrar soldados rasos y faltar uno que otro cacique, sobre todo uno que los iluminados de siempre habían proclamado como el auténtico rey sin corona o el elegido “del pueblo”, en desmedro del muchacho de la película, que iba a tener que cargar sobre sus espaldas toda la responsabilidad de llevar adelante la titánica gesta, que no podía ni admitía acabar igual que en los infiernos anteriores.

Vi esa luz el domingo pasado, intuí acabarse veintiocho años de ostracismo, y sentí que se me tatuaba en el pecho, muy cerca del corazón, una tercera estrella para mostrarle al mundo que no estábamos tan lejos del anfitrión, de ese dueño de casa que nos vio llegar confiados y, a medida que pasaban los días y semanas, intentó echarnos de mil maneras, aún a costa de calzarse disfraces baratos y patéticos simulando ser otro hospedante que quería quedarse con nuestra habitación, y uno más y otro distinto, deseando que nos marcháramos antes de tiempo, y tan distraído estuvo el anfitrión en esos menesteres que una noche lo echaron a patadas de su piso, con humillación y alevosía, y no le quedó otra que observar impotente, espiando por la ventana, que nosotros seguíamos ahí, en su morada, abriéndole la heladera, tomando del pico y revolcándonos en su cama con el resto de los invitados.

Vi oscuridad cuando en esta última aventura, cuando ya empezaba a avizorarse la luz, se cayó uno de nuestros mejores hombres, el lugarteniente idóneo del héroe, el que podía ponerse su traje de salvador en caso de que anularan al as de espadas, el que a pesar de parecer el más frágil por su físico tenía unos pulmones y un corazón que han sido forjados entre carbones, calentándole las alas a ese verdadero Ángel guardián que siempre se necesita.

Vi la luz y grité como nunca, desgarrándome la garganta y dejándola ahí, soltando un alarido que hubiera querido que escucharan nuestros guerreros en el Maracaná, y alargué la letra “o” por varios segundos, se me escapó un “carajo” y un “la puta madre”, varios “vamos”, todo eso vi, vi también la revancha del Pipita por el gol increíble que había errado unos minutos antes y por eso festejaba esa conquista con el alma saliéndosele del pecho, como todos nosotros. 

Pero de repente, quizás después de apenas esos tres o cuatro segundos donde se me pasaron como diapositivas las frustraciones cercanas y la gloria destiñéndose por el paso del tiempo, entonces vi al juez de línea levantando la bandera por un claro off-side que la mayoría de nosotros no quiso ver, para quedarnos ahí un largo rato, en esa especie de limbo, porque no deseábamos volver a la oscuridad, anhelábamos llegar al final del túnel adonde nos esperaba el paraíso de la gloria.

No sé si eso ocurrirá en Rusia, dentro de cuatro años, pero lo único que puedo garantizar es que, en este Mundial inolvidable, veintitrés héroes y Sabella nos devolvieron el orgullo perdido y nos alejaron de las tinieblas. La Copa, en casos así, no deja de ser un pedazo de metal frío que poco puede equipararse al calor que sentimos cuarenta millones de corazones.



6 comentarios:

Alejandro Connolly dijo...

Muy bueno Javi!

Santiago Colomer dijo...

excelente maestro

chapi dijo...

Yo también grité ese gol que no fué no sabés como. Todos lo gritamos, qué lo parió. Y la verdad, qué lindo mundial, che.

Anónimo dijo...

Epico javi.las derrotas a veces son victorias.ven a rcde .estas mas cetca............

Anónimo dijo...

Como no-futbolera solamente decir que estoy completamente desacuerdo en que muchos seres humanos pensando y sintiendo lo mismo a un mismo tiempo y con gran intensidad es algo bestial!
Me alegro de ese sentimiento!

MCarmen

Anónimo dijo...

Perfecta descripción de nuestro último partido de gloria... fue tal cual lo describís... gran tristeza y oscuridad cuando nos anularon el gol... mucha injusticia, pero en fin, un orgullo enorme por ese equipazo que nos dio tanta alegría al llevarnos a la cima tan merecida... no importa mucho lo que pasó después! Casi tocamos la luz al final del túnel... casi!
Mari

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