martes, 1 de julio de 2014

XXX, YYY...

por Javier Debarnot



Mi tarde fue una pesadilla, qué digo mi tarde si fue el día entero. Todo el santo día. Pero qué gloriosa es la oportunidad que nos da la noche, cada noche, de asesinar sin piedad al día que nos tuvo a maltraer. Hoy, ahora mismo, voy a dormir como si fuera la última vez.

Vengo imaginándome el momento de cerrar los ojos casi desde que los abrí a las siete y cuarto de la mañana. Desde ese fatídico instante hasta ahora pasaron demasiadas cosas y ninguna buena, pero durmiendo podré pasar las páginas, el libro entero o la colección completa de hechos desafortunados que me cayeron sobre la cabeza. Llegó la hora de desmayarme sobre la almohada.

Tengo el kit completo de la felicidad del futuro soñador: una cama de dos plazas y media sólo para mí, un juego de sábanas y un pijama que huelen a recién lavados y una ventana a mi derecha que, entrecerrada, deja pasar algunas ráfagas de noche encapsuladas en luces mortecinas de coches que pasan, de tanto en tanto, por una calle dispuesta dos pisos más abajo. Y por encima o en medio de todo, yo, comandando todos los elementos de este juego tan placentero que empezará cuando entre en esa pequeña muerte que experimentamos al dormir.

Pero cuando parece estar todo dispuesto, se mete en mi cama el primer problema de la noche. La temperatura. Una temperatura que no es un ni fu ni fa, porque no hace el frío suficiente como para cubrirme con una sábana ni el calor adecuado como para dormir a la intemperie. Sé que antes de caer rendido al sueño desfalleceré en esa molesta incógnita, de taparme o no taparme, o más bien iré alternando esa acción casi hasta el hartazgo, hasta enloquecer, porque me conozco, me reconozco con ese rasgo de que si hay algo que me mata es la indecisión. O quizás, no lo sé. Ya me estoy empezando a poner nervioso.

Empiezo a girar, físicamente buscando la posición más cómoda, y psicológicamente dándole vueltas a mi cabeza. Me quiero dormir ya para hacer un borrón y cuenta nueva del día que pasó, pero es que ahora no puedo evitar vivir esos hechos una y otra vez. ¿Cómo pudo haber sido capaz Trelaqua de decirme esa animalada delante de la máquina de café, pero peor aún, delante de Romina y Laura, las amigas íntimas de Lucía? No, si ese Trelaqua es un alcahuete del jefe y sabe que me gusta la nueva becaria y le molestaría que me la trinque porque el mandamás también le echó el ojo… de eso estoy más que seguro.

Olvidate de Trelaqua, papanatas, me repito una y otra vez. Tengo que relajarme, que entre una cosa y otra ya se hizo la una y pico y sé que el malnacido de al lado va a sonar a las siete y cuarto como un gallo que religiosamente le canta las cuarenta a mis ganas de remolonear un rato más. Por suerte, permaneciendo ajeno al futuro del despertador, parece que la cuestión de vencer al insomnio va queriendo y los párpados empiezan a amenazar con caerse, como dos pesados yunques en el borde de la parte más alta de un andamio, y que se vayan agarrando los que pasan por abajo, porque cuando se derrumben se va a armar la de San Quintín.

¿Pero y a éste quién lo tenía? Justo cuando la batalla de dormirse contra permanecer despierto va decantándose a favor de la primera opción, se planta en el campo de lucha un protagonista inesperado. Sus soniditos primero parecen simpáticos, pero a los diez minutos quiero mandarlo a la concha de la lora, a él y a toda su descendencia. No lo puedo creer: parecía que mi objetivo de caer aniquilado entre las sábanas estaba madurando, pero por culpa del intruso está más verde que nunca.

Desesperación, eso es lo que estoy sintiendo ahora. Y un poco de desolación y amargura. Ya me olvidé de Trelaqua, y hasta incluso puedo afirmar que ni siquiera pasa por mi cabeza el escote de Lucía -con lo poco que me cuesta pensar en ello, o mejor dicho en ellas-. Tampoco, ahora mismo, me importa tomar la decisión crucial de taparme o destaparme, porque tengo la certeza de que no voy a pegar un ojo hasta no resolver este tema.

De golpe lo siento lejos, casi atenuándose, como si estuviera asomado justo en uno de los bordes de la ventana, y ahí es casi hasta inofensivo, pero en menos de medio minuto, cuando ya lo creo ausente, me sobresalta con su martilleo estridente a apenas centímetros de mi oreja, como si el hijo de su madre estuviera contándome un secreto, pero su secreto es mi pesadilla. Y no, es mucho peor que eso, porque yo desearía tener las peores pesadillas, ¡aunque para eso tienen que dejarme dormir, carajo!

¿Quién lo mandó a éste? Y justo hoy, pareciera a propósito, porque pasé en mi vida noches de todo tipo que me destrozaron el sueño, pero ninguna como ésta. Lo más triste es que por culpa suya, por culpa de él, ahora tengo tiempo de enumerar esos martirios, rememorarlos y todo. Si me habrán sacado de quicio esas veladas: aquella madrugada en la que por los festejos de un campeonato de fútbol no pararon de destrozar el cielo con petardos durante cinco horas, o esa eterna tormenta de verano del ´92 cuando el trueno menos ruidoso hacía saltar a las cuatro patas de la cama, o mucho peor, esa pelea nocturna de los vecinos del tercero que había empezado con el revoleo de dos platos y que se había finiquitado con la ropa de él lloviendo desde el balcón hasta la calle ya tocada por los rayos del sol. Tremendos castigos que no creí ni creo merecer.

Pero… ¡milagro!, parece demasiado bueno para ser verdad. No respiro más fuerte de lo que se aconseja para no tentar al diablo, pero parece que la tortura se acabó. Al final, el recuento de las largas noches del pasado parece haber ahuyentado la amenaza de la de hoy. Parece que se fue. Siento uno de esos pequeños alivios que se experimentan como logros enormes. Ahora que lo pienso bien, pasé por algo parecido cuando deslicé la tarjeta fichando mi salida del trabajo hoy a las seis y tres minutos, porque no hubiera soportado ni sesenta segundos más.

¡Qué placer! Ya no me molesta volver a pensar en Trelaqua, en las mil maneras de matarlo, o mucho mejor en las diez mil maneras de matarla a Lucía pero en otro sentido. Sé que es irremediable, son ya las tres, pero el sueño llegará de un momento a otro. La almohada es en estos instantes el auténtico amor de mi vida y me abrazo a ella, mientras una leve brisa me hace cosquillas en el pelo de las piernas. Voy cayendo, entregándome, soñando un arrullo de mi madre y hasta sintiendo el aroma de la colonia que me ponían cuando era bebé. No falta nada, madura el knock-out. Pero no.

No madura el knock-out. Vuelve, vuelve él, siempre vuelve para hacerse amo y señor de todo, de la habitación, de los sonidos de la noche, de mi falta de paciencia, de mi desesperación y mi cansancio que ya no tiene medida, y de mi vida a la que siento más desgraciada que nunca. Ganaste. Te lo digo resignado. Yo me rindo, hacé lo que quieras porque ahora soy yo el que decide que no va a dormir, me resigno del todo a que no podré hacerlo y veré pasar una a una todas las horas del reloj. Sí, seguí chillando rabioso, creyéndote que es música o poesía cuando no es otra cosa que las enormes ganas que tenés de joderme, ¿pero por qué elegiste mi habitación, justo la mía, habiendo tantas otras donde podrías dar tu recital del demonio?

Ahora son las ocho y veinticinco y la máquina del café devuelve mi reflejo, uno más que penoso, el de un pobre tipo que no durmió más de media hora en toda la noche. Lo único que pienso y deseo es que no me gustaría que me viera Lucía así, tan patético y tan despierto. Por fortuna ni se asoma, aunque no pasan dos minutos y aparece otro individuo que fue protagonista de mi accidentada madrugada. Y no me extraña, no me extraña en lo más mínimo que, al boludo de Trelaqua, le vea esta mañana una terrible cara de grillo.



5 comentarios:

Anónimo dijo...

Quien no se desveló alguna vez con un grillo!?! Ese sonido tor-tu-ran-teee en el silencio de la noche. Un simple grillo, el super heroe del insomnio capaz de ahuyentar a las dulces y pomposas ovejitas....muy bueno!!

Anónimo dijo...

Buenísimo! Si habré pasado noches de esas... me encantó la descripción minuto a minuto de lo que se siente en una noche de insomnio. En general a mí me da vueltas la cabeza, ni siquiera necesito al grillo para desvelarme! Eso es peor no? jaja ese Trelaqua, qué buen final!
Mari

chapi dijo...

La próxima vez que tengas insomnio, aprovechalo para escribirnos más textos de estos!

Anónimo dijo...

muy bueno. cuantas veces nos ha pasado a todos de no poder dormir hasta que casi nos tenemos que levantar.rcd

Anónimo dijo...

Jejejé!!! Genial...Elegir un grillo es elegir a Pepito Grillo...a la voz de la conciencia...
Ésa es muchas veces la causa del desvelo del inteligente homo sapiens...
(me sorprendió el grillo...yo vaticinaba un mosquito... Como siempre...no acierto!)
MCarmen

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