martes, 26 de agosto de 2014

Enroque

por Javier Debarnot

Ir remando con un kayak por las olas tranquilas del Mediterráneo debe ser, si me apuran un poco, uno de los grandes placeres que se pueden experimentar en esta vida. Pero tampoco es para que me envidien, porque aunque estaba disfrutando mi paseo como nunca, hubo un momento en que perdí el control y caí al agua, y cuando volví a emerger ya no había ni kayak ni Mediterráneo. Y estaba en la piel de mi propio jefe.

El shock inicial fue mayúsculo. No todos los días uno se sumerge en un mar salado, aunque sea accidentalmente, y sale al segundo a la superficie de una bañera de hidromasaje. Me ocurrió esa locura y juro que no estaba ni borracho ni drogado. Sin acabar de dilucidar si sería mejor o peor, al menos estaba solo, en mi nueva escenografía, entre burbujas que me masajeaban la espalda y las nalgas y dentro de un cuarto de baño tan grande como el salón de mi casa.

Cuando me vi las manos, no sólo percibí los dedos arrugados por la extensa permanencia en el agua. Los dedos eran los de alguien como mínimo quince años más grande que yo, dedos y manos de un hombre maduro golpeando las puertas de la jubilación. Me incorporé del agua buscando un espejo y, antes de anudarme una toalla a la cintura, me miré entre las piernas y lo confirmé: no era yo, me estaban estafando. Entonces, frente a un cristal anti-vapor comprobé que el viejo que la tenía pequeña era mi jefe y que yo había tomado su aspecto.

El primer pensamiento que me invadió provino de esa codicia que todos llevamos dentro: ¿dónde tendría este sinvergüenza los números de cuentas de su pequeña fortuna amasada a costa de explotarme a mí y a otros empleados? Fue sólo un acto reflejo que se evaporó cuando apagué la función de hidromasaje, y enseguida me topé con problemas más terrenales, como qué iba a hacer al salir del baño si me cruzaba con alguien.

Pero me frené en seco antes de animarme a abrir la puerta rumbo a una habitación de un casi seguro hotel de cinco estrellas. Me paralicé al enfrentarme al auténtico inconveniente, que de tan lógico se me había pasado por alto en esos primeros segundos de invasión al mismísimo interior de mi jefe. Si yo estaba asaltando su maltrecha humanidad, entonces él estaría metido en mis huesos de adonis, continuando la plácida travesía en kayak por las playas de Comarruga, regresando a la orilla con mi familia y mis amigos y, en caso de aceptar provisoriamente el cambio de cuerpos, podría seguir el juego hasta meterse en la cama con mi mujer.

Tenía que hacer algo. Tomando el lugar de mi jefe sólo ganaría en cantidad de ceros a la derecha, pero a la izquierda me iba a quedar con una cincuentona operada, desabrida y movida por el más puro interés monetario. Y el espíritu de la rata despreciable que estaba reemplazando podría intentar, empleando mi propia carne, ponerle las manos encima a mi bella mujer en cuestión de horas. En mi caso, primaba el honor y el orgullo antes que la ambición que nunca me llevaba a ningún lado.

-¿Tenés para rato ahí dentro?

Caramba, reconocí esa voz, de llamadas telefónicas y aburridas cenas de empresa. Me estaba hablando la cincuentona operada, es decir, la mujer de mi jefe. ¿Tendría tiempo para pensar mejor mis pasos? Claro que sí, sólo era cuestión de meterle un buen grito a mi provisoria esposa, gritos con los que el hombre en cuya piel me había metido solía amedrentar a medio mundo. Seguro que también maltrataba a su mujer, así que le dejé escapar un “no me rompas las pelotas”.

-Cuidadito, cerdo de mierda, no me vuelvas a hablar así, ¿entendiste?

Lo entendí enseguida: mi jefe era un dominado, un "sí, querida", uno más de esos que venden una imagen de león pero en su intimidad son gatitos dóciles y amaestrados. Me dio más asco todavía, si es que podía superar esa escala de desprecio. Acallado el eco de las palabras de la enérgica cincuentona, volví a recordar que tenía un gran problema, que debía volver a ser yo cuánto antes. Ni soñando quería salir en el papel de mi jefe para enfrentarme a su mujer, porque lo único que faltaría sería que me estuviera esperando látigo en mano.

Pensá, boludo, me repetí, si tenés mil películas en la cabeza. Concluí que si estás pasando por una situación hollywoodense, la solución tiene que estar también ahí. Y me tomó menos de un minuto encontrarla, por suerte mucho antes de que me volvieran a pedir que saliera del baño. Si alguien que perdió la memoria golpeándose la cabeza quiere recuperarla, lo que tiene que hacer es volver a estrolarse el marote. Mi caso era algo similar, así que debía volver a meter mi cuerpo debajo del agua para regresar a mi vida tal cual la conocía antes del misterioso intercambio.

Ya sentado y con las burbujas del hidromasaje haciéndome cosquillas en las caderas, aguanté la respiración antes de sumergirme para ver si lograba quedarme otra vez con mi cuerpo, con mi mujer y con mi kayak, pero se me ocurrió una última jugada maestra para que el posible regreso de mi jefe a su hotel de lujo tuviera acaso una emoción añadida. No pude con mi genio, y es que los corderos con piel de lobo son seres que particularmente detesto.

-¿Sabés una cosa, Nilda? -le grité a la esposa de mi jefe- Cada jueves no ceno con la junta del directorio, me voy de putas hasta medianoche.

Enterré mi rostro entre la espuma que se formaba y muy pronto se apagaron los aullidos y los golpes que Nilda le daba a la puerta. Se me puso todo oscuro. Cuando logré volver en sí sentí un sabor salado. ¡El mar!, pensé aún sin haber abierto los ojos, y fue entonces cuando percibí el roce de unos labios alcanzando los míos. Que regreso tan oportuno, justo cuando mi jefe se estaba pasando de listo y besando a mi mujer.

Cuando abrí los ojos, se me vino el mundo abajo. Mi jefe nunca aprendió a nadar, entre miles de otras falencias que tenía, pero la cuestión es que había empezado a ahogarse desde que llegó a mi cuerpo con el kayak flotando a su lado. No podía ser tan inútil, pero lo era, y en ese panorama me había dejado cuando recobré mi coraza: con Joan, el socorrista de la playa, haciéndome respiración boca a boca para reanimarme. Y más triste que todo eso, era que me estaba empezando a gustar.




martes, 12 de agosto de 2014

Juegos de grandes

por Javier Debarnot
-Vamos a hacer el sexo.

Diego tenía nueve años y, cuando le hizo la atrevida propuesta a Jessica, de ocho, simplemente esperaba que ella le diera un beso en la boca. Como correspondencia, él iba a sacar la lengua cuando la chica estuviera a centímetros de su boca. La picardía y la inocencia salían a escena una vez cada una, o en ocasiones las dos juntas. Esa mañana, Diego y Jessica jugaban a ser grandes junto con Luisito, el tercero en discordia y el menor con sus siete años.

A cientos de miles de kilómetros y a un par de continentes de allí, Carlos y Rubén hacían pan y queso aunque no estaban ni en una panadería ni tenían un horno encendido. Avanzaban desde sitios opuestos y en direcciones enfrentadas, adelantando sus pasos con el objetivo de llegar a pisar la zapatilla del otro en la zona de confrontación. A los dos cuarentones se les sumaban Tito y Rolo, que también llevaban cuatro décadas coleccionadas.

-Queso, gané –dijo Carlos-. Rolo, te venís conmigo.

-¿No es un poco ridículo que hayamos hecho toda esta pantomima para elegir dos equipos entre cuatro personas?

-Cuando éramos chicos lo hacíamos así –zanjó el tema Carlos y se dispuso a sacar del medio.

Los verdaderos chicos ya habían dejado de “hacer el sexo”, más que nada porque a Luisito mirar le aburría mucho y no lo dejaban sumarse para hacer un ménage à trois. Y entonces decidieron ponerse a jugar a los trabajadores, improvisando tres escritorios con tres árboles que habían sido tallados una semanas atrás en el descampado donde los niños simulaban ser adultos.

Después de masacrarse a goles en ese dos contra dos que había acabado con victoria ajustada del equipo de Rubén y Tito, recogieron las camisetas que habían usado para demarcar los arcos y los cuatro en simultáneo sintieron el clamoroso pedido que les hacía la sed. Al grito de “el último es cola de perro” salieron disparados hacia una fuente para beber agua a raudales. La necesitaba el cuarteto de adultos después de haber corrido como críos. En su día a día habitual, apenas solían acelerar el paso cuando se les escapaba el autobús y acababan alcanzándolo al borde de la taquicardia.

En la otra punta del mundo, Jessica acumulaba hojas sobre los anillos que marcaban la edad del árbol decapitado. Tenía más de una docena, y le advertía a sus dos amigos y ahora compañeros de oficina que debían pagarle varios cheques o iba a verse obligada a mandarlos a la calle, que para la ocasión era en realidad el bosque. El pequeño Luisito aprovechó un momento de distracción de los otros para juntar tres nuevos palitos del suelo y comerse dos mocos. Sería imperdonable que lo pescaran en esa conducta tan infantil.

-Juguemos a la escondida –sugirió Tito pasándose la palma por la boca para quitarse las gotas de agua que le colgaban. En cinco minutos, él y sus dos amigos Carlos y Ruben se habían diseminado en tres direcciones para ocultarse de Rolo, a quien le había tocado contar después de perder la final del “piedra, papel o tijera”. Casualidad o no, el trío de muchachones se había subido a sendos árboles y desde las alturas esperaba el momento propicio para saltar, correr y ganar cuando Rolo se distrajera.

En la oficina virtual, donde Diego, Jessica y Luisito ya se habían aburrido de sus puestos de jefe, directora y “correveidile”, tomaron la última decisión antes de bajarle la persiana a la empresa. La niña había sido la que más se había resistido, pero al final de la tarde los varones la convencieron de que era el momento de empezar la guerra, y hasta le habían dado el privilegio de elegir con quien de los dos se iba a alistar para el combate. Y como todavía estaba medio ofendida por el lengüetazo que le había estampado Diego a traición cuando hacían el sexo, Jessica se unió al ejército de Luisito.

Ya anochecía en el sitio donde los grandes habían jugado a la escondida. Una vez consumida una discusión sobre quién había tocado primero el árbol, si Rolo o Ruben, bajaron un par de cambios y, apoltronados sus traseros en un banco bajo un farol, repartieron cartas y se dispusieron a limpiar con una escoba del quince algunas manchas que habían quedado de enfrentamientos anteriores. Cuando se trataba del azar, no había quien pudiera ponerse a la altura de Ruben.

-Qué culo tiene éste –maldecía Rolo por su pésima suerte-, no hay con qué darle.

“Pam, pam, pam”, Luisito le daba con la ametralladora hacia una zona de árboles donde había visto ocultarse a Diego. “Pam”, insistía, pero su amigo no caía o no se daba por aludido. El pequeñín se preguntaba dónde estaría su compañera de filas, sin saber que estaba acechando muy de cerca al enemigo para lanzarle una granada que iba a acabar con él. Diego resistía y clamaba en su radio para que llegaran los refuerzos, aunque el problema era que ni el walkie-talkie tenía pilas ni el chico algún compañero que pudiera socorrerlo. Debía resignarse a una pronta rendición porque estaba rodeado.

A las diez y pico de la noche, Rolo, Ruben, Tito y Carlos dejaron de jugar a las cartas y se marcharon cada uno a su casa de un barrio de Argentina con sus esposas, novias o hijos. A las cinco y monedas, mientras Diego, Jessica y Luisito recorrían el trayecto que los separaba de su hogar en la frontera de Gaza, una bomba los sorprendió a medio camino y murieron al instante.

Si el mundo tuviera más gente grande como Rolo, Ruben, Tito y Carlos que, quizás infatiloide o poco responsable, se empeñara en volver a vivir de vez en cuando aquellos placeres de la infancia, tal vez deberían existir más psicólogos que elucubraran en las razones que llevan a esas personas a negarse a aceptar el paso de los años y convertirse en adultos hechos y derechos con el nudo de la corbata bien ajustado. Nada de eso sería un grave inconveniente que pudiera poner en jaque al futuro de la humanidad.

El verdadero problema es que el mundo tiene desperdigados por todos los rincones a pequeños con Diego, Jessica y Luisito, que en lugar de vivir la niñez que se merecen se empeñan, por culpa del reflejo de una sociedad diagnosticada con una enfermedad que a esta altura ya parece terminal, en imitar la existencia miserable de unos adultos que más temprano que tarde los condenan a pasar, sin escalas ni anestesia, de sus primeros e inocentes años a la muerte más atroz y cobarde, por culpa de la religión, el poder, el dinero o lo que sea. Por culpa de esos malditos juegos de grandes.







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