martes, 30 de septiembre de 2014

Vida de perros

por Javier Debarnot

El suelo de por sí estaba helado, pero era lo de menos para Evelyn entre la incertidumbre y el miedo que le provocaban dormir cada noche en la cocina. A pesar de todo aquello, la chica no se sobresaltó al sentir unos lengüetazos aún más fríos estampándose en sus pies descalzos. Se trataba de Ralph, el labrador de la familia, acercándole un hueso de pollo que apenas había tocado. En plena oscuridad, a Evelyn le brillaron los ojos de emoción por el generoso obsequio de la mascota. Ocurría que, en esa casa, al perro lo alimentaban mucho mejor que a ella.

Evelyn era empleada doméstica en el hogar de los Li, un matrimonio chino sin hijos afincado en un barrio céntrico de Hong-Kong. Oriunda de Filipinas, la joven era una de las tantas que huían de su tierra en búsqueda de unas migajas para sobrevivir, aunque más no sea estando lejos de sus seres queridos.

Había dejado a su marido enfermo y a dos hijos pequeños con la esperanza de encontrar en China un empleo que al menos les alcanzara para pagar la comida y los medicamentos. Enviando el dinero mes a mes, Evelyn podría sostener a los suyos. Eso era lo que hacían miles de filipinas que habían emigrado para hacer quehaceres domésticos a Hong Kong, y en teoría a la mayoría les funcionaba bien. En la práctica, era peor que un vía crucis.

Esa noche, mientras le extirpaba hasta el último trozo de grasa al hueso, Evelyn clavaba sus ojos negros medio rasgados en el amplio ventanal de la cocina que dejaba entrever el cielo estrellado de la ciudad, una mole gigante a la que había llegado ocho meses atrás. Con la mirada ausente, pensó que en esa misma cocina y apenas medio año antes había recibido la primera golpiza del honorable señor de la casa, y todo por poner un tenedor en sentido opuesto.

Mucho antes de escuchar a través del teléfono las primeras palabras de su hija menor, ya sus oídos se habían acostumbrado a los gritos furiosos de su ama en chino mandarín. Las instrucciones se las daban en inglés, pero las reprimendas y broncas le caían en el idioma local, porque de esa forma Evelyn ni se enteraba de lo que había hecho mal. Le pegaban casi por deporte, y pronto supo que gran parte de las filipinas en Hong Kong sufrían el mismo martirio por parte de sus empleadores.

La ley las había dejado desamparadas, en una especie de vacío legal que les permitía a sus patrones, que eran en realidad captores, tenerlas en un régimen que lindaba al de la esclavitud. No podían siquiera salir a la calle porque le echaban llave a la cerradura en las ocasiones en que las dejaban solas. Del sueldo miserable que le correspondía por estar las veinticuatro horas de los siete días de la semana, le quitaban tres cuartas partes que se quedaba la agencia de empleo que le había gestionado el puesto. Pero la desesperación era tal que seguían. Ellas bajaban la cabeza, apretaban los dientes y aguantaban la tormenta. Evelyn, como todas, soñaba con que algún día por fin pasara de largo el vendaval.

El hueso de pollo era historia y yacía en la basura donde muchas veces la chica rascaba en busca de restos. Sin poder conciliar el sueño, Evelyn empezó a ver pasar las horas hasta que todo empezó a aclararse, en el cielo y en su cabeza. Por fin tuvo la valentía para rescatar las preguntas que tanto tiempo habían estado ocultándose en el subsuelo de sus miedos y su autoestima: ¿qué demonios estaba haciendo allí? ¿Y qué tan poco se valoraba para estar teniendo una vida más desgraciada que la de un indefenso animal en cautiverio?

-Hazlo por tus hijos.

Cuando su voz interior le hizo sacar fuerzas para decidirse a recuperar a su familia, un acto reflejo llevó su mano hasta el cuello para tantear la cadenita de la que colgaban dos siluetas de niño representando a sus pequeños, y fue horrible la sensación de vacío que la embargó al notar que su única joya no estaba. Se la debían haber arrancado mientras dormía, algunas noches atrás.

Su decisión de escapar como sea se ahondó al percatarse del cobarde hurto. Pero antes de planear la huida, Evelyn quería recuperar el único recuerdo físico que tenía de sus hijos. Sin hacer el más mínimo ruido, se desplazó hasta la cómoda donde sabía que la mujer de la casa guardaba los collares, pulseras y otros accesorios. Abrió el cuarto cajón y la luz del amanecer se alió con ella y le permitió descubrir su cadenita de un primer vistazo. La apretó entre sus dedos y los ojos empezaban a humedecerse de sólo pensar en abrazarlos después de tanta desolación y tormentos. Una alarma la volvió a la tierra y a su infierno personal, otra vez lejos de ellos. El señor Li se levantaría en segundos.

Del sobresalto, Evelyn se tropezó con la pata de un sillón con tanta desgracia que chocaron la filosa madera del mueble con la separación del dedo pequeño de su pie con el de al lado. No pudo contener un sonido estridente de dolor y en pocos instantes se oyeron los quejidos de un hombre que iba hacia allí. El instinto de supervivencia condujo a la chica de vuelta a la cocina, su hábitat natural en ese frío hogar. Intentó cerrar para salvaguardarse pero el pie de su amo fue más rápido al interponerse entre el marco y la puerta. El chino la arrinconó mientras su mujer no estaba en la casa.

En su camino desde la habitación, el patrón había tenido tiempo de ver el cajón de las joyas abierto y agarrar un cinturón de cuero que colgaba de una silla. Mientras insultaba a su empleada en chino convencido de que había intentado robarles, descargaba el cinto contra su espalda como si su brazo fuera un martillo neumático. Bajo el enorme ventanal abierto, Evelyn estaba hecha un ovillo y sólo atinaba a cubrirse la cabeza porque el metal de la hebilla podía hacerle severo daño.

El señor Li no paraba, porque los gritos de su víctima no la amilanaban sino todo lo contrario. Y fue entonces cuando Evelyn, que apenas cinco minutos antes había decidido rehacer su vida, tuvo la certeza de que su fin estaba cerca porque el cobarde inhumano de su jefe parecía decidido a matarla a golpes. Entre latigazo y latigazo, pensó en sus hijos, acaso por última vez.

El salto fue perfecto, lo suficientemente alto como para impactar al golpeador en su cintura y desestabilizarlo. Ralph logró que su amo cayera por la ventana hacia una muerte casi segura al tratarse de un piso ocho, salvando a Evelyn de la peor golpiza que estaba recibiendo en sus veintisiete años. Dolorida y con algunos trozos de su espalda en carne viva, la filipina supo que no le quedaba mucho tiempo para huir antes de que gobernara el caos. El sonido de unas llaves atornillando una cerradura llegó desde lejos y volvió a ponerla en guardia, y allí fue cuando tomó un cuchillo, el más grande que vio sobre la mesada, y fue hacia la puerta de entrada acompañada por Ralph.



martes, 9 de septiembre de 2014

Un carancho en la frontera

por Javier Debarnot



Cuando Juan Alberto volvía a su chalet en San Justo, todavía le daba vueltas a la pregunta de su superior que le había hecho levantar la mano más rápido que sus compañeros de Gendarmería y ofrecerse. “¿Quién tiene las pelotas para tirarse encima de un coche?”. Y Juan las tenía, o al menos eso le hizo creer a los demás.

¿Pero en verdad las tenía? Se suponía que el vehículo iba a ir a paso de hombre, porque esa era la modalidad de la protesta que venían haciendo unos manifestantes para reclamar contra el despido de unos compañeros: ir por la autopista a una velocidad insoportablemente lenta con la intención de entorpecer la circulación, atascarla, y hacer ruido.

-¿Y si el coche acelera de golpe? –su mujer intentaba hacerlo entrar en razones.

-¿Qué podría pasarme?

-No sé, ¿quedar paralítico de por vida?

De los nervios, el gendarme sorbió tan rápido el mate que se acabó quemando la garganta. Aunque tuvo la entereza de no insultar al aire ni a la vida, la preocupación le quedó bien adentro, absorbida e hirviendo. Y no habían pasado ni dos minutos cuando entró su pequeño hijo a recordarle que el sábado tenían el partido de chicos contra grandes. ¿Y si no podía ir porque estaba con un par de muletas?

Era definitivo: el susto se le empezó a meter en sus cien kilos a Juan y, siempre para adentro, no pudo evitar maldecir por haberse candidateado a ese acto de literal arrojo. Soy un comandante, carajo, ¿quién me manda a querer sumar porotos de esta forma? El problema era que, evidentemente, las órdenes las recibía de muy arriba, desde donde querían demostrar poder a toda costa, que advirtieran los “rebeldes” que el que quisiera manifestarse podría hacerlo, pero con terribles y violentas consecuencias.

El elegido se echó a lo que esperó que fuera una reparadora siesta, pero a la media hora le fue interrumpida por una llamada desde el destacamento. Mientras conducía a su trabajo pasadas las ocho de la noche, Juan pensó que quizás darían marcha atrás con la arriesgada jugada, o que habrían elegido a otro conejillo de indias. Lo que sea. Pero todas las esperanzas se le vinieron abajo cuando un superior lo condujo hasta el gimnasio donde habían acabado de entrenar los cadetes aspirantes a gendarmes, y le señaló unas colchonetas que estaban una sobre la otra contra un rincón.

Querían que el comandante practicara la forma en que se arrojaría contra el coche y, sobre todo, cómo caería luego de impactar contra el mismo. Juan no estaba para esos trotes y ensayó unas aparatosas vueltas carnero que no convencieron al improvisado instructor.

-Tenés que exagerarlo más, Juan, hacé como Robben.

-¿Robben?

-Sí, boludo, el pelado de Holanda, ¿no viste como simula el hijo de puta?

Cerca de las diez, el gendarme ya estaba de vuelta en su casa. Las prácticas lo habían hecho sudar como un soldado principiante, no tanto por el despliegue físico sino por la vergüenza de haber estado revolcándose ante la mirada de unos cabos rezagados que no disimularon algunas risas lejanas. Juan Alberto se duchó y después de una rápida cena encaró a su mujer en la habitación y le hizo el amor para quitarse las tensiones. Su compañera gritó extasiada al llegar al clímax y él se sintió aquella noche como el macho alfa de la manada, desconociendo que ella en realidad había hecho lo mismo que Juan debería hacer la tarde siguiente: fingir.

El día de la farsa intentó que transcurriera con normalidad, pero no podía dejar de vivir una y otra vez los probables escenarios, ni espantar los fantasmas de un futuro como gendarme retirado y con una pensión por invalidez. Faltando muy poco para la hora señalada, volvieron a convocarlo para hablar del tema, y él se ilusionó de nuevo con la posibilidad de que lo libraran de aquel tormento.

-Juan, ¿alguna vez viajaste en un crucero por Europa?

Nada de vuelta atrás, sólo querían pactar la recompensa, la cual se finiquitó con las dos semanas extras de vacaciones por el Mediterráneo y, por supuesto, un generoso aumento de sueldo para toda la cosecha. Juan agradeció el gesto y salió a almorzar, consciente de que después tendría que partir con sus compañeros para sumarse al operativo y plasmar el simulacro de accidente. Pudo desahogar sus nervios y temores con su mejor amigo en la Gendarmería, que ante sus pesares le ofreció una pastilla.

-Esto te va a tranquilizar. Y no te olvides de apuntarle con el codo al parabrisas, para matar dos pájaros de un tiro. Amortiguás y rompés.

Desde que Juan se metió el comprimido en la garganta, el tiempo se le desdibujó y se le fue escurriendo de forma extraña, como si él mismo no fuera quien dirigiera sus propias acciones. Vino el coche que un compañero le señaló como “el blanco elegido” y hacia allí fue, con el convencimiento de que hacía lo correcto y con los temores y escrúpulos dejados a un lado de la autopista.

Aún bajo los efectos del tranquilizante, el gendarme se sintió satisfecho al ser felicitado por su superior, que le recordó cómplice que no dejara de recorrer una callecitas cercanas al Coliseo cuando desembarcara en Roma. Volvió a su casa algo aturdido pero victorioso, porque el conductor del coche elegido había sido apresado por el teórico atropello.

Los días de Juan transcurrieron monótonos durante las siguientes semanas, sin grandes novedades, hasta la mañana en la que todo explotó. Veinte años atrás, él se había hecho gendarme para, entre otras cosas, cumplir con ese compromiso tan vital y tan patriota de cuidar las fronteras de su país. Nunca se hubiera imaginado que, por obra y gracia del dios YouTube, él se encontraría en otra frontera, rodando hacia adelante y hacia atrás, atravesándola, para finalmente quedarse allí, del otro lado. Y no volver jamás de ella: la frontera del ridículo.

Y ya podía Juan Alberto seguir fantaseando con el aroma de los diferentes puertos europeos y los refrescantes gin-tonics en cubierta, pero nunca podría esquivar la sentencia irrefutable que lo acompañaría hasta el fin de sus días, aquella que confirmaba que su carrera como gendarme honorable e incorruptible de la nación había quedado más hundida que el mismísimo Titanic.



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