martes, 28 de octubre de 2014

De regreso a octubre

por Javier Debarnot


Hace 14 años me tatué a octubre en el hombro. No estaba relacionado al mes, de hecho me lo hice el 1 de noviembre, y era para homenajear al mejor disco de mi banda de rock favorita. Pero hoy, que ha pasado tanto tiempo, lo veo como una premonición: un octubre de 2006 fue el mes que cambió mi vida para siempre.

Cada octubre tengo una sensación extraña en el estómago, de esas que ni se explican ni se entienden, y algún día del mes caigo, cuento y aterrizo. Ya conté hasta ocho, porque pasaron ocho años desde mi entrada a España. Al advertir el acontecimiento, comprendo la presencia de esos aleteos internos que me invaden en esta época y que son los que intentan comunicarle a mi razón que mi alma quiere gritar y llamar la atención en cada aniversario.

Cada octubre, una parte de mis sentimientos se ve afectada por una ausencia que se extiende en el tiempo y que nació desde que me fui, porque ya llevo casi una década huérfano de patria. Las consecuencias de haberme alejado de mis raíces van enredándose lenta pero firmemente en mis vísceras, y se les da por manifestarse haciéndome un nudo en la garganta cuando advierto que ha pasado un año más, que ya giré un octubre más en el almanaque.

Cómo extraño mi tierra, mis caminos y mis códigos. Extraño la familiaridad que te ayuda a identificarte con lugares o momentos, porque ya los experimentaste tantas veces que podés sentir que llevás haciéndolo toda tu vida. El golpe se siente cuando, de un día para el otro o casualmente un día de octubre, todos esos lugares o momentos comienzan a desvanecerse y quedan sólo huellas, como pliegos en las sábanas de una cama deshecha, hasta que una mañana le das un sacudón y pareciera que esos recuerdos nunca estuvieron. En realidad, cuando ciertos rastros son invisibles a la vista es cuando más fuertes se hacen, y es el instante preciso en el que los recuerdos del pasado se te tatúan en el alma.

Extraño los olores de las cocinas que invadí, que desprendían el aroma de las delicias que mi madre fue poniendo primero en mi boca y después en mi plato, esos sabores que quizás no son los mejores pero a uno le resultan únicos aunque más no sea por el arte de la repetición. O más bien, por intuir el amor con que son preparados esos manjares que motiva que su gusto se quede instalado en nuestro estómago-corazón.

Puedo sentir, cuando cada octubre esa magia me abofetea los sentimientos, la fatídica ausencia en lo cotidiano de esos placeres culinarios que nacieron y morirán en mi tierra. El empalagoso dulce de leche atacándote desde una cuchara sopera mientras sostenemos la heladera abierta, los bizcochitos salados haciéndose compinches del mate, la milanesa napolitana que a todos encanta y decenas de platos que, si uno se pone aplicado, encuentra cómo reproducirlos o conseguirlos estando lejos, pero no es lo mismo. Nunca será lo mismo aunque nos los vendan como tal, jamás será igual mientras no podamos exportar ese olorcito inconfundible de una panadería de barrio que nos alerta sobre unas crujientes docenas de medialunas que están a punto de salir del horno, mientras pedimos un cuartito de figazas de manteca quejándonos porque parece que vuelven a aumentar el pan.

Cada octubre, las suelas de mis zapatos hacen que mis pies se enreden porque quieren llevarlos a ellos y a mí hacia otras direcciones, para que vayan a buscar esas huellas familiares que parecen haber quedado tan atrás. Extraño caminar por algunas veredas rotas y cruzar calles con empedrado, ver venir al 130, al 151, dejar que me cieguen los rayos de sol de Libertador o Crámer, o bajar al submundo de la estación Congreso de Tucumán con varios caramelos masticables Billiken en mi bolsillo.

Cada octubre recuerdo que alguna vez fui Javi para todo el mundo y hoy soy Javier, porque no hay lugar en el mundo tan apegado a los diminutivos como nuestra tierra. Cada octubre soy consciente de que durante treinta años yo sabía todo sobre políticos, actores, famosos y otras anécdotas patrias, y hoy, cuando se habla del pasado de la flora y fauna española, a mí no me queda otra que mirar hacia el techo o fingir que pasé tres décadas en coma.

Extraño a veces ese desorden y esa improvisación tan nuestra, el atar con alambre las cosas y que den resultado, y también echo en falta esas charlas eternas que no llevan a ningún lado, pero que nunca te interrumpe alguno al grito de “cómo te enrollas, se nota que eres argentino”. Además, cada octubre me doy cuenta que faltan dos meses para perderme las Fiestas como Dios manda, o sea, en verano.

Como conclusión de todo esto que me ocurre en octubre, cualquiera podría pensar que soy alguien que perdió su identidad y que va en una cuerda floja sorteando el abismo de la nostalgia, pero nada más lejos de la realidad. Gracias a Dios, aunque añorando aquel pasado que siempre será tan mío, vivo cada día las experiencias únicas que me regala el sitio que hoy elegí para darle cuerda a mis pasos por este mundo.

Agradezco que en esta nueva aventura pude sumar nuevos amigos, pocos en cantidad pero enormes en calidad -ellos saben muy bien quiénes son si menciono exquisitos gazpachos caseros, aventuras en kayak y sillas que se rompen de a dos- y descuento que ahora mismo me estarán leyendo y entendiendo. Y los demás, todos los que quedaron del otro lado del charco, espero que comprendan con estas líneas lo mucho que los quiero y los extraño, en octubre y también en los otros meses del año.





martes, 14 de octubre de 2014

Tragos y estragos

por Javier Debarnot


Cuando se disfraza de pantera rosa, Gustavo se evade de su infierno personal, al menos durante el itinerario del Tren de la Alegría por las calles de Villa Gesell. Allí arriba se alimenta de las risas de los niños, aunque él lleve cinco años sin dibujarse una sonrisa, los mismos que han pasado desde que su pequeño hijo falleció en un trágico accidente.

Ya van dos temporadas haciendo ese trabajo tan peculiar, junto a Mickey, Bob Esponja, Buggs Bunny y la ardilla de la Era del Hielo. Cuando lo aceptaron para el puesto, Gustavo no tenía dónde caerse muerto. Desalineado y hambriento, su aspecto no podía engañar a nadie y menos a Omar, el dueño de la atracción, pero la desesperación dibujada en la mirada del aspirante logró convencer al jefe que sólo necesitaba poder confiar en sus empleados.

-Una noche que faltes, y estás fuera.

Gus se lo había tomado al pie de la letra. El problema venía de mucho antes, cuando se venía tomando hasta el agua de las baldosas flojas en un día de lluvia. Entregado a la bebida, había perdido a lo que quedaba de su familia, a sus amigos, a su casa y a su norte. El día que lo aceptaron en el Tren de la Alegría, sacó la cuenta de que hacía seis semanas dormía en la calle. Esa misma tarde pudo convencer al dueño de una piojosa pensión de que en pocas semanas podría pagarle su estancia allí. Así fue que volvió a tener una suerte de hogar.

Se juramentó cuidar ese trabajo como no lo había hecho con los cuatro anteriores. Decidió hacerlo por Martín, su hijito muerto, que le daba a Gustavo sus alitas de ángel. Entendió por fin que la única manera de conservar ese empleo y el resto de lo que aún tenía era dejando de beber. Metió las botellas y petacas que le quedaban en una bolsa de residuos y la dejó abandonada en un baldío cercano a la pensión. Desde ese jueves de noviembre, ya han pasado un año y tres meses sin tocar una gota de alcohol.

El trabajo no es nada complicado. El Tren sale de una esquina de la Tres de Villa Gesell y hace un recorrido de una media hora por la misma avenida, salvo cuando ésta se convierte en peatonal que es cuando el vehículo se desvía para seguir por la Cuatro. Gustavo y sus compañeros, con sus disfraces puestos, animan a los chicos a subirse y, una vez que están arriba, cantan y bailan junto a ellos un variado repertorio con las canciones infantiles de moda.

Al empezar, Gus era Bob Esponja y hacía de las suyas junto a un cordobés que se ponía en la piel de Patricio Estrella. Una noche de enero, este personaje vio que, al bajar del Tren, un padre le propinó un cocazo a su hijo por pedirle una golosina con insistencia. Sin pensárselo mucho, Patricio le dio una patada en el culo al agresor. Omar lo echó en el acto y Gustavo, la noche siguiente, decidió dejar su disfraz de Bob Esponja como homenaje a su amigo despedido, y desde esa época se convirtió en la elegante y risueña Pantera Rosa.

Mientras hoy camina hasta el lugar desde donde parte el Tren de la Alegría, Gustavo cae en la cuenta de que justo sería el cumpleaños número diez de su hijo. Y que ya van cinco y medio que no lo tiene. Mira el reloj y las agujas le juegan una pasada horrible, en una auténtica maniobra a traición: como es demasiado temprano, cree que no va a pasar nada por tomar una insignificante cerveza. Después de quince meses limpio, está a punto de tropezar con la peor piedra para los ex alcohólicos, la del nuevo primer trago.

Sentado en la mesa interior de un bar, liquida una botella de litro en menos de diez minutos. Cuando el parroquiano le acerca la segunda, a él ya se le aflojó la lengua y empieza a soltarle la trágica historia de su vida. El dueño no tiene otros clientes que atender, así que le presta su oído porque ve en Gustavo a un hombre que necesita desahogarse antes de zambullirse otra vez en el mar de su perdición.

-Yo antes del accidente de mi hijo no tomaba ni sidra en Navidad. Después sí, para la sociedad me convertí en un borracho asqueroso, lo admito. Y así fue que me dejó mi mujer y desaparecieron los que decían ser mis amigos. Ahí me vine a vivir a Gesell, para alejarme de todo.

-¿Cómo fue lo de tu hijo? Sacalo para afuera.

-Lo atropelló con su coche un hijo de puta que iba en pedo, mirá lo que son las paradojas de la vida.

-¿Fue preso?

-Ojalá, sólo estuvo detenido unas horas. Tenía guita y después se supo que coimeó a todo dios. Le habían hecho un control de alcoholemia veinte minutos antes del accidente, que había hecho reventar el aparato de todo lo que había chupado, pero había adornado a esos polis con un dineral. Después unos buenos abogados dibujaron una historia increíble, pusieron más dinero y sanseacabó, liberado por falta de pruebas.

Durante interminables meses, aquellos que lo encontraron abstemio, Gus había intentado dejar todo eso atrás. Pero a medida que le entran las birras va encendiéndose, porque el alcohol que empieza a correrle por dentro está poniendo en marcha otra vez su maquinaria de odio y sed de justicia que parecía adormilada.

-Eso que dicen que los familiares de las víctimas quieren que atrapen a los asesinos para que no vuelvan a cometer otro crimen... eso es una puta mentira. Yo quiero que este mal nacido se pudra en la cárcel, por lo que le hizo a mi hijo, y no me importa nada más. Ya me daría igual si sigue matando gente, lo mío es algo personal. Si alguna vez volviera a verlo…

El dueño del bar le advierte a Gustavo que ya son casi las ocho, su hora de entrada. Entonces el cliente paga sus tres botellas y se reincorpora, y tambaleando pero con hidalguía se carga la mochila al hombro y pide permiso para ir al baño. Sale a los tres minutos con el traje de la pantera puesta excepto la cabeza, que lleva en su brazo izquierdo. Le recomiendan no presentarse en esas condiciones al trabajo, pero Gus tiene la frase de Omar grabada a fuego, “una noche que faltes, y estás fuera”.

Por suerte, el jefe no vino y en su lugar apenas se deja ver su hermano, que por ser algo tímido prefiere mantener un perfil bajo sin molestar ni controlar al personal. Se sienta junto al chofer y charla de algo intrascendente. Sólo desea que sea una jornada apacible y que acabe rápido, ajeno a lo que pasa detrás suyo en el único vagón del Tren. No ve que Gustavo debe sostenerse fuerte de un caño para mantenerse en pie mientras suena una canción de Piñón Fijo.

Al hombre alcoholizado, un rubiecito menudo le recuerda mucho a Martín. Entonces, con un paso nada digno de su personaje, Gus se acerca al chico haciendo un esfuerzo sobrehumano porque quiere verlo más de cerca, aunque no está con la vista muy afinada que digamos. Advierte que tiene casi la misma edad que acusaba su hijo al ser atropellado, un corte de pelo parecido y una sonrisa casi idéntica. Sólo lo observa, y nadie puede notar que debajo de su máscara las lágrimas le recorren las mejillas sin parar.

Entonces, un hombre que hasta el momento había estado distraído con su celular, es consciente de que la pantera rosa está muy cerca de su hijo, y al calibrar un poco el olfato siente un hedor a cerveza que apesta.

-Alejate de mi nene, borracho de mierda.

Recién allí, después de que el individuo se percatara de su aliento, Gustavo logra enfocar un poco las imágenes que le devuelven sus ojos detrás de la máscara. Le cuesta al principio, pero al final lo ve claro. Lo que son las vueltas de la vida. Lo que son las vueltas del Tren de la Alegría. Ahí lo tiene, frente a él, al asesino de su hijo.

Parece ser que el hermano de Omar va a tener una noche movida.




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