martes, 25 de noviembre de 2014

A Costa Rica en Business

por Javier Debarnot

Cuando cuatro amigos de toda la vida logran ponerse de acuerdo en algo, el mundo pasa a ser un lugar mejor. Pero en ese mundo ideal, el nuestro, cabían todos menos uno: el rasta que nos había estafado y que queríamos cagar bien a trompadas. Y todo ocurrió una noche de Playa Negra, hace una pila de años en la exótica Costa Rica.

Cómo llegamos Nico, Gon, Pety y yo a querer linchar a un simpático personaje de la fauna local se podría explicar en cuatro líneas, pero puede ser más divertido si aplicamos unas pocas pero pintorescas pinceladas de contexto. Todo empezó, como tantas otras cosas que al final acaban mal, cuando intentamos conseguir hierba, se supone que de la buena.

Al no ser asiduos consumidores, mucho menos éramos buenos compradores de la sagrada hoja. De alguna manera, siempre nos llegaba algo de carambola y aprovechábamos, pero cuando teníamos que ir a conseguirla en rodeo ajeno, quedábamos más expuestos que un pésimo alumno en plena lección oral. No sabíamos ni cómo arrancar.

En nuestro periplo por Ticolandia, unas tierras de auténtica pura vida que nos cautivaron desde nuestro arribo a San José, antes del “incidente” nos habíamos visto sólo una vez con las ganas de conseguir algo para fumar. Había sido durante la estancia en Montezuma, mientras parábamos en una cabaña ubicada en primerísima línea de mar.

En aquella ocasión, después de una buena comida en el bar con más marcha de la zona, andábamos con ganas de degustar la flor nacional de Bob Marley. No podía ser que la máxima emoción de la noche haya sido cuando, en plena partida de metegol, se apagaron las luces y empezó a sonar Suavemente de Elvis Crespo que pintaba para canción del verano.

Yo me ofrecí como conejillo de indias para intentar dar con alguien que nos suministrara la hierba, y después de un par de preguntas en la barra y una pequeña espera, ya teníamos lo nuestro en una bolsita por una módica suma de colones. En esa noche, la de nuestro bautismo cannábico, se destacaron dos hechos: primero cuando Nico y yo estuvimos media hora armando los cigarrillos sobre una papelera llena de mierda sin darnos cuenta, y segundo cuando casi arruinamos el cassette que teníamos con música de moda –sin incluir Suavemente- al darle al Rec en lugar del Play. Visto en la perspectiva del tiempo, si no nos hubiéramos dado cuenta a los quince segundos del error, hoy tendríamos treinta minutos de una charla de cuatro fumones que sería más entretenida que este relato.

Antes del incidente con el rastafari, unas pocas noches atrás, íbamos en una carretera cuando divisamos el cuerpo de una vaca tumbado a un costado del camino. Pensamos que ya estaba muerta, pero supimos que en realidad estaba agonizante cuando dos hombres se acercaron a nuestra 4x4 alquilada, en plena oscuridad, para hacernos un pedido inquietante.

-¿Tienen una pistola?

Querían sacrificar al animal para que dejara de sufrir, y aunque nosotros hubiéramos deseado contestar “No, dejamos la pistola en casa junto con las granadas porque salimos rápido”, tuvimos que decir no y abandonar a la vaca a la merced de esos costarricenses desarmados pero no desalmados.

Una semana después, estábamos en un sitio de Cahuita cuya particularidad era que la arena era tan negra como el carbón: Playa Negra. Al principio impresionaba, pero una vez que nos acostumbramos nos pareció increíble. Malgastábamos una noche en un bar de la zona y ahí conocimos a un hombre que, sin serlo, tenía todos los rasgos de un jamaiquino: negro, con rastas, simpático y, cómo no, fumaba hierba y se ofreció a darnos un poco por unos mil colones. Esta cifra me la estoy inventando ahora, pero sí recuerdo que nos pedía el doble que en la anterior ocasión. Sin otro dealer a la vista que este Bob “tico”, accedimos a pesar de sus condiciones.

-Denme primero el dinero.

Aún con nuestra escasa experiencia, estábamos seguros de que la transacción solía ser algo simultáneo: pagás y te dan la bolsita feliz al mismo tiempo. Pero este rastafari se fumaba sus propias leyes. Ya con unas cuantas cervezas encima, pecamos de inocentes y le dimos todos esos colones, desoyendo los consejos de nuestro contador Nico que nos advirtió, riñonera vacía en mano, que nos estábamos yendo de presupuesto. El rasta desapareció con nuestro botín y nos dejó unas instrucciones simples y claras.

-Sigan a esos.

Esos eran tres hombres y una mujer, hablaban lo justo y se empezaron a alejar del bar, adentrándonos todos en un barrio desconocido de Playa Negra. No es que caminamos mucho, pero a la luz de las estrellas parecía ponerse “un poquito más denso” el panorama. Para trazar un paralelismo, al aparecer ante nuestros ojos unos monoblocks, sentimos que le geografía era una especie de Dock Sud costarricense.

Los muchachos, aquellos que en teoría nos iban a buscar la bolsita mágica, nos dijeron casi por señas que “esperáramos ahí” mientras se perdieron entre unos edificios. Al menos, en un gesto de conmovedora caballerosidad, nos dejaron en compañía de la dama. La chica no decía una palabra y el tiempo pasaba, y entre una broma y otra se hizo un cuarto de hora. Minuto más, minuto menos, nos cayó la ficha de que nos habían cagado. Teníamos a una mujer en el medio a la que habían usado de distracción, como para darnos una garantía que no valía de nada.

-Hablemos en lunfardo que ésta no caza una –dijo Nico.

-Ya junamos cómo es el yeite. Estos sotretas nos acostaron y nos dejaron a esta minuza de seña. Tomémonos el buque que acá parecemos unos pelandrunes. Ya fue.

Esbozando nuestra mejor sonrisa, le hicimos entender a la mujer que se podía ir tranquila. Nos hubiera encantado decirle “ok, tus amiguitos nos la hicieron comer doblada. Te salvaste de que somos cuatro pelotudos, porque si no te llevamos con nosotros hasta que aparezca lo nuestro”, pero no lo hicimos. Nos fuimos resignados, sin humo y sin colones otra vez al bar, y en el camino cada uno imaginó qué tipo de golpe le daría al rasta embaucador.

Al llegar, el personaje no estaba, aunque no se hizo esperar demasiado. Lo vimos aparecer al rato y salimos a su encuentro. Para nuestra fortuna, estaba solo. Éramos cuatro argentinos furiosos contra un flacucho esperpéntico que apenas tenía energía para sostener un porro entre sus dedos. Antes de golpearlo, o ver si nos atreveríamos a hacerlo, quisimos darle una oportunidad de explicarnos todo. Podíamos esperar cualquier excusa y hasta podría valernos alguna, pero no estábamos preparados para las palabras que salieron humeantes de su boca.

-Ustedes me deben mil colones, porque vine a buscarlos y no estaban. Me deben mil colones más.

Juro por el espíritu de Bob que nos decía eso, a los gritos, llamando la atención de todo el bar. Nosotros no sabíamos si reír o llorar y creo que optamos por lo primero. Y al final, por supuesto que no le pegamos ni le exigimos que nos devolviera la plata. Creo que, ahora que lo pienso y viendo cómo se había encendido, el negocio más redondo hubiera sido fumárnoslo a él.



martes, 11 de noviembre de 2014

Esto no tiene nombre

por Javier Debarnot

Además de una gran amistad, a Juan y a mí nos une una singular pasión que no es el fútbol. Que sí, que también nos encanta, pero esto es otra cosa, algo que cosechamos por lo bajo como un sello distintivo de nuestra forma de ver a los demás. Juan y yo, desde siempre, compartimos el insólito pasatiempo de poner apodos. A él, a ella y, si se descuidan, a ustedes y a sus madres.

Es probable que una parte de este vicio nos haya venido en los genes, porque no nacimos en Kuala Lumpur sino en la porteñísima Buenos Aires, que debe ser la ciudad del mundo donde poner apodos es el auténtico deporte nacional. Sólo basta con elegir tres ídolos argentinos al azar para comprobar que todos ellos tienen, como mínimo, un apodo que no podría separarse del nombre de pila, casi como si éste y el mote fueran hermanos siameses.

Juan es el único que hizo toda la secundaria conmigo, primera parte en un colegio y segunda en otra. La diversión a pleno empezó en la última etapa, cuando aterrizamos juntos en un colegio donde todos se conocían pero nadie nos junaba a nosotros. Se nos abría un campo enorme de potenciales víctimas a las que rápidamente etiquetábamos, ante el menor indicio que nos encendiera la mecha de la maldad.

En un principio, los apodos eran para consumo interno, es decir que sólo Juan y yo los entendíamos o usábamos. Pero era cuestión de tiempo para que los motes se generalizaran y, como por arte de magia, en pocas semanas todo el colegio había digerido y aprobado nuestra invención. Ahí nos sentíamos los reyes del alias y a los personajes bautizados les resultábamos simpáticos “jodones”, o nos querían ver muertos según la naturaleza del apodo.

Hubo un compañero al que ametrallamos a sobrenombres. El primero surgió de una canción de cancha que él mismo repetía una y otra vez por los pasillos del colegio. La ecuación fue sencilla: tomamos el trozo más característico de la letra y ese fue el puntapié inicial. Después lo simplificamos hasta que nos quedó un simple diminutivo que a él no le gustaba nada de nada, casi que nos ladraba al oírlo, hasta que una mañana, por los pasillos de arriba, un chico de tercero le dijo:

-¿Hacemos un partido, “papi”?

Juan y yo, desde un segundo plano, nos miramos y explotamos por el éxito garantizado del nuevo apodo. La víctima, por supuesto, después de gruñir nos mandó a la concha de nuestra madre, pero el daño ya estaba hecho. En pocas horas, era probable que hasta su hermana lo llamara de esa forma y ya no había vuelta atrás, porque la gente es muy cruel con los apodos, se le fijan rápido en la mente y después le da pereza hacer memoria para intentar recordar el nombre original.

Los apodos que poníamos podían tener distintos orígenes, o bien de un parecido bastante fidedigno con algún famoso, ya sea futbolista, actor o personaje de ficción, o provenir de cualquier otro sitio como el caso del sobrenombre “papi”. Pero siempre, como regla suprema, debía existir una complicidad instantánea en el otro cuando uno lanzaba el apodo, porque si no había quorum de los dos al primer segundo, sería porque la calidad del mote no estaba a la altura.

Todo iba bien, hasta que un día se nos fue de las manos. En el acto de fin de curso del año 1992, por varias carambolas quedé como encargado de la organización de la entrega de diplomas y medallas, y una semana anterior al evento estaba dándole a las teclas del guión que leería el maestro de ceremonias. No es un detalle menor que este último iba a ser una persona ajena al colegio.

Juan merodeaba por el aula de computación y yo, al notar su presencia, giré en la silla porque me imaginé que se le había ocurrido algo.

-¿Estás poniendo los nombres de los de tercer año? –me preguntó con un brillo en los ojos.

-Sí, nombres y apellidos.

-¿Ya llegaste a David?

David había sido David hasta que nosotros lo bautizamos Zuckerman, que era un personaje televisivo creado por el genial cómico Jorge Guinzburg, que en su caracterización representaba a un hilarante súper héroe judío. No discutimos ni un segundo los pasos a seguir, y una semana más tarde Zuckerman estaba mezclado entre los apellidos de los chicos de tercero B.

El estallido de carcajadas resonó como nunca en el micro-estadio cuando el locutor del acto leyó nuestro apodo, y todas las miradas apuntaron a David. Hubo incluso compañeras que se mearon de la risa, y nosotros aguantamos estoicos como pudimos. Alguien debió patentar en ese instante una escala diferente de rojo, que fue el color que tiñó la cara de la pobre víctima. Restablecida la calma, David nos encaró porque sabía que éramos los ideólogos del sobrenombre.

-Es una broma, David –le quitábamos hierro al asunto.

-Están mis viejos y mis abuelos, esta vez se pasaron.

-Ya está, lo dijeron y nadie se va a acordar dentro de un rato.

En esa época, sólo un puñado de padres llevaba una cámara VHS y registraba esos momentos, todavía lejísimos de móviles con capacidad para filmar y subir a YouTube al mismo tiempo. Lo convencimos de que no era para tanto e intentábamos que nos aceptara una disculpa, cuando sucedió lo que no esperábamos.

Una bandera gigante se desplegó por detrás del escenario desde la gradería alta, acaparando la visión de todos los presentes. En ella se habían grabado los apellidos de los alumnos de tercero, siguiendo el listado que se había utilizado en el guión de la celebración, donde la palabra Zuckerman se destacaba por sobre el resto con sus letras chillonas naranja fluorescentes. Hubo una segunda explosión de risas seguidas de aplausos cerrados que Juan y yo no llegamos a disfrutar del todo, más que nada porque Zuckerman nos empezó a correr enfurecido.

Salimos disparados y nuestras propias carcajadas entorpecían la huida, pero el pobre David jamás nos alcanzó. Creemos que lo hubiera hecho sólo si hubiese tenido la capacidad de volar como el súper héroe de los judíos. Tiempo después supimos que su bisabuela había acabado en urgencias por la humillación sufrida por su bisnieto. Qué manera de pasarnos: lo que habíamos hecho no tenía nombre ni apodo.

Más de veinte años pasaron y seguimos viéndonos con Juan, porque cada uno por su lado acabó emigrando al mismo país aunque a distintas ciudades. Nos juntamos de tanto en tanto y recordamos aquella época dorada con esa inolvidable danza de nombres. Una tarde que estábamos de tapas por Madrid, un par de chicos que habían compartido el secundario con nosotros nos saludaron desde la vereda de enfrente. Al alejarse, me pareció oír que uno le decía al otro: “mirá dónde venimos a cruzarnos al Gordo y al Flaco”. Qué pedazo de turro, me quedé pensando mientras se iban. A veces a cierta gente se le va la mano y puede ser muy dañina.


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