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Mostrando entradas de diciembre, 2014

He pecado

por Javier Debarnot Paco se sacudió las rodillas antes de doblarlas al costado del confesionario, y no bien lo hizo maldijo para adentro por el dolor que sentía en sus articulaciones. Antes de arrancar, se preguntó si ese “su putísima madre” escupido por su mente también debería incluirlo en el listado de pecados. Del otro lado de la ventana, el Padre Julio ya tenía sus dos oídos dispuestos. -Ave María Purísima –dijo Paco sin ocultar una leve sonrisa irónica, por lo parecida y distinta que era esa frase comparada con la que había pensado dos segundos antes. -Dime qué has hecho, Paco. -Uf, antes que nada, mentí bastante. -¿Y eso? -Muy simple, pido a los demás que hagan buena letra y me pongo como ejemplo, pero la mayoría de las veces no puedo ser ejemplo de nada. Soy bastante hipócrita. Y me siento horrible diciendo una sarta de mentiras cada semana, hablándole a todo el mundo desde arriba y viendo que además están muy pendientes de mí. -Pero eso no ocurre siempre, ¿no? -Casi. Tú lo s…

Volantazos desesperados

por Javier Debarnot
Esos nubarrones no parecían presagiar nada bueno pero estaban ahí, y Pedro hubiera jurado que los muy traicioneros esperarían el momento justo, aquel que más lo molestara, para tirarle encima una lluvia de esas crueles, irritantes y filosas. Una lluvia bien hija de su madre.
Pedro no necesitaba mucho para ser el hombre más pesimista del mundo, y si encima le daban letra… Con ese panorama, faltando media hora para salir a la pista, creyó que no iba a aprobar el examen de conducción salvo que lo partiera un rayo. Al examinador, claro.
Su madre estacionó el coche y le deseó suerte sin mucha convicción, y Pedro la vio alejarse hacia la cafetería de la oficina de tránsito, para protegerse de ese frío de agosto y refugiarse de la probable lluvia. Y para dejarlo una vez más solo como desde que se había ido su padre. Nada había sido igual desde ese cáncer fulminante que se había llevado a Guillermo el invierno anterior.
-Ay, viejo, no sabés cómo te extraño.
Pedro rumiaba esas p…