martes, 9 de diciembre de 2014

Volantazos desesperados

por Javier Debarnot

Esos nubarrones no parecían presagiar nada bueno pero estaban ahí, y Pedro hubiera jurado que los muy traicioneros esperarían el momento justo, aquel que más lo molestara, para tirarle encima una lluvia de esas crueles, irritantes y filosas. Una lluvia bien hija de su madre.

Pedro no necesitaba mucho para ser el hombre más pesimista del mundo, y si encima le daban letra… Con ese panorama, faltando media hora para salir a la pista, creyó que no iba a aprobar el examen de conducción salvo que lo partiera un rayo. Al examinador, claro.

Su madre estacionó el coche y le deseó suerte sin mucha convicción, y Pedro la vio alejarse hacia la cafetería de la oficina de tránsito, para protegerse de ese frío de agosto y refugiarse de la probable lluvia. Y para dejarlo una vez más solo como desde que se había ido su padre. Nada había sido igual desde ese cáncer fulminante que se había llevado a Guillermo el invierno anterior.

-Ay, viejo, no sabés cómo te extraño.

Pedro rumiaba esas palabras mientras sus ojos miraban el cemento gris del suelo camino a las oficinas. Las rezaba. Cuánto hubiera querido tenerlo, aunque sea para que lo ayudara a pasar esa prueba de fuego que tan poco le había importado durante tantos años pero que se había transformado en cuestión vital en ese momento de su vida.

Si no sacaba el registro, debería decirle adiós a esa posibilidad de trabajo para la que había esperado una eternidad. Llevaba un lustro desempleado y no podía desperdiciar esa oportunidad, y menos por no ser capaz de estacionar, esquivar unos conitos y hacer una rotonda en reversa en diez minutos. El momento de la verdad, Pedro lo sabía, era cuando se abría una puerta y salía el examinador correspondiente, el que iba a decidir si pasaba o no pasaba. Apareció el suyo y…

-Tiene pinta de hijo de puta.

Pedro lo pensó y lo confirmó a los diez segundos, cuando le estiró la mano y el muy maleducado lo dejó con la diestra en el aire soltándole un seco “vamos para el coche que no quiero que nos agarre la lluvia”. El aspirante permitió que el examinador lo siguiera hasta el auto y ambos se subieron, Pedro al volante y el otro en el asiento del acompañante, planilla en mano.

Por primera vez desde que había sigo asignado para evaluarlo, el empleado de tránsito miró a Pedro a la cara, sólo un par de segundos, pero los suficientes.

-Te veo cara conocida.

Pedro puso entonces la cara que mejor le salía, la “de nada”. Poco le importó al otro que enseguida pasó por alto ese vago intento de socializar y le indicó que avanzara con el vehículo hasta el sector de caballetes que le daba inicio a la primera prueba de la mañana: estacionar como Dios manda.

Y entonces Pedró miraba por el retrovisor frontal y volvía a verlo a él, a Guillermo en el asiento de atrás, como tantas veces lo había tenido. Las últimas semanas estaba casi desplomado, cuando lo traía de vuelta del hospital después de otra sesión de mierda de quimioterapia. “Aguantá viejo, vomitá todo lo que quieras pero aguantá”. Los ojos de Pedro, sin que el examinador supiera por qué, se pusieron brillosos, más cerca ellos de largar agua que las nubes de arriba que también estaban a punto. No era justo que se lo hubieran arrancado, se auto-flagelaba Pedro por infinita vez, pero de golpe lo hacían volver al mundo actual.

-Tres maniobras, sólo tres maniobras para estacionar.

El desalmado examinador le dio esa premisa tarde, demasiado tarde, porque Pedro ya había agotado las tres y el coche no había quedado en un sitio muy adecuado que digamos, con la rueda delantera a más de medio metro del cordón. Cuando hizo un amago como para meter una marcha atrás, el juez instructor le dijo que no con un chasquido de esos que invitan a una trompada directa al mentón, y encima acompañó el odioso gesto haciendo que su dedo índice se hamacara de izquierda a derecha con una cadencia despreciable.

En la segunda prueba la clave era sortear unos doce conitos sin voltearlos. Pedro, con apenas tiempo de recuperarse después del casi seguro fracaso al estacionar, frenó su coche a escasos metros del primer obstáculo naranja. Su acompañante apuntaba cosas en su carpeta, cruces y garabatos tan inentendibles como la receta de un médico, y Pedro sólo quería finiquitar esa tortura lo antes posible.

Al arrancar otra vez, ya no veía a su padre pero sí lo escuchaba. “Cuando la trompa pasa el cono, todo el volante para el otro lado”. Esa frase se le había quedado grabada desde que Guillermo se la había dicho la última vez que entrenó con él para sacar el registro, prácticamente una década atrás. Pedro fue siguiendo esa instrucción básica que, antes de lo esperado, lo llevó a sortear la prueba con un óptimo resultado, comprobado a través del espejo al notar que todos los conos que iban alejándose seguían en pie.

-Una y media de dos, la cosa no va tan mal –se consoló yendo en dirección a la parada final.

Como Pedro ni había tenido tiempo para su café de la mañana, la modorra estaba a punto de metérsele en el cuerpo hasta que un trueno sonó y se la sacudió. Llegaba la hora de hacer como el escorpión y avanzar de adelante hacia atrás. Qué metáfora de mierda, reflexionó sin querer pensar en eso, rememorando el deterioro de su padre tan brutal e impiadoso desde que le iba avanzando esa puta enfermedad.

Debía mantener la vista hacia la parte posterior del coche y girar el volante siguiendo las curvas del camino, pero las manos le temblaban por culpa de la mezcla de todo: esa prueba crucial que no admitiría fallos y el recuerdo que no se iba, que volvía y lo atormentaba, del rostro moribundo de su viejo mirándolo con ojos huérfanos de esperanza, como pidiéndole perdón desde su lecho de muerte por tener que abandonarlo tan rápido antes de poder acompañarlo en más éxitos o fracasos. No había forma de que los dedos de Pedro quedaran firmes, y entonces esa endeblez se tradujo en falta de sincronización y precisión que los neumáticos acusaron mordiendo la banquina, no una vez sino varias, y le tiraron toda la ilusión de aprobar al diablo.

Volviendo a la oficina para finiquitar el trámite, Pedro tenía un nudo en la garganta, pero dos o tres más en el alma. Cómo iba a explicarle a su mamá que le había salido todo mal y que ella iba a tener que seguir manteniéndolo hasta que consiguiera un nuevo trabajo, porque el que en teoría ya era suyo dejaría de serlo por culpa de no tener licencia.

El examinador se iba frotando las manos y Pedro supuso que estaría relamiéndose por estar a punto de sentenciar su suerte. Miró al cielo que todavía no se decidía a activar la lluvia y, sin decir palabras, le preguntó a su padre por qué no había podido ayudarlo en esa, y justo en ese momento el otro hombre releyó la planilla y se le encendió la lámpara.

-¿Vos sos Pedro Iglesias, el hijo de Guillermo?

Pedro asintió en silencio, estupefacto y escéptico. Y entonces el examinador le dio el pésame porque sabía que su papá había fallecido, y en dos pinceladas le contó cómo lo había conocido y lo mucho que lo apreciaba.

-Andá a la cafetería que hace frío. En un rato te llevo el registro.

Levantando otra vez la cabeza, Pedro intuyó al sol muy por detrás de un rebaño de nubes. Y sintió que, si el astro rey hubiera tenido ojos, uno lo estaría guiñando y los dos serían iguales a los de su padre.


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy linda la última oración. Saluditos.

Martín

Anónimo dijo...

Gran relsto.enhorabuena.se te dan mejpr los relatos que las cronicas futboleras.rcd

Anónimo dijo...

Es normal dar volantazos en la vida si sentimos que no tenemos un sol, unos progenitores, cálidos!!!

Enhorabuena a Pedro por su carnet y por su caluroso y afectuoso reencuentro!!!

Mari Carmen

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