martes, 10 de noviembre de 2015

Compra-venta

por Javier Debarnot

Mauricio, a quien todos conocían como el Master, era el vendedor ambulante más caradura del mundo, capaz de ofrecerle a los transeúntes los productos más inusuales y, lo más llamativo, hacerles creer que los necesitan. Un jueves a las dos de la tarde, iba caminando por las calles porteñas del centro cuando se detuvo a atarse con más fuerza los cordones de sus zapatos. Lo interrumpió una voz de alguien que pasaba.

-¿Qué estás vendiendo?

-Lo que vos quieras comprar, papá –le contestó sin siquiera girar su cuello, todavía tironeando de uno de los cordones de su calzado hasta que se le partió por su exceso de fuerza.

-Parece que hoy no es tu día de suerte –seguía hablándole el hombre que se había parado a su lado.

-Yo no necesito suerte, ¿vos qué necesitás? Yo te vendo lo que sea.

-Ah, qué bueno, porque yo justamente compro lo que sea.

-Entonces encontraste al tipo indicado. Lo querés, lo tenés. Decime ya mismo qué es lo que te haría feliz.

-Quiero tu vergüenza.

Mauricio dejó caer el cordón al suelo y por primera vez enfocó a su interlocutor, un individuo de mediana estatura, bastante flaco, de tez renegrida y pelo enrulado y desprolijo, que lo miraba sin pestañear.

-Te compro la vergüenza. ¿Es tan difícil? Pensé que vendías todo.

-Pará, loco de mierda, claro que vendo todo –Mauricio se puso de pie y quedó cara a cara con el extraño personaje-, ¿pero cómo me vas a comprar la vergüenza? Vos no tenés vergüenza, por eso me decís semejante locura.

-¿Vendés o no? Ponele precio y listo.

-A ver, supongamos que te creo. Te pido mil pesos, bah, si al fin y al cabo yo tengo una sola vergüenza, dos mil pesos y te la llevás ahora mismo.

-¡Hecho! Ahora tenés que completar acá –agregó sacando una hoja en blanco de uno de los bolsillos internos de su campera de jean–. Escribí la palabra vergüenza, ¿tenés una lapicera?

El Master se dio cuenta de que la cosa iba serio mientras abría su portafolio y sacaba una de las estilográficas que vendía por cinco pesos. Utilizó su maletín como apoyo y garabateó la palabra solicitada.

-Ahora firmalo –le dijo el extraño comprador, y cuando vio que Mauricio se aprestaba a estampar su rúbrica en el trozo de papel, lo paró en seco con una frase cortante-. No, firmalo con sangre, hacete un tajito en la palma, o en un dedo, ¡tomá!

Mauricio se quedó helado cuando vio que su particular cliente le extendía una mano rígida con un cutter atrapado entre sus dedos aguardando que el vendedor lo utilizara para tajearse y firmar con sangre el documento de la atípica transacción. Y así lo hizo el Master: humedeció la hoja con el líquido de factor RH positivo que bombeaba su corazón y se la entregó al individuo. Éste sacó un manojo de dinero, contó veinte billetes y se los entregó a Mauricio. Sin decir más, se fue caminando por Lavalle hasta desaparecer entre la maraña de transeúntes.

Todavía con la boca abierta, el dueño del portafolio lleno de camisas y baratijas se percató de que el rostro del prócer Julio Argentino Roca de la primera lámina del billete había quedado manchado con su propia sangre. Unos segundos después, Mauricio dejó la esquina con dos mil pesos en su bolsillo y, en teoría, despojado de su vergüenza.

Desde aquel día, hay que tener mucho cuidado con él, porque un hombre que no tiene vergüenza es capaz de venderte lo que sea. Incluso hasta un país.






martes, 27 de octubre de 2015

La ventanita del humor

por Javier Debarnot

Lo reconozco: soy un actor frustrado. También soy músico y futbolista frustrado, pero tampoco hay que ahondar en mis frustraciones que ya está visto que tengo varias. Mi trunco camino hacia el terreno actoral se cruzó en mi vida varias veces, pero siempre me encontró con el GPS en modo inútil y nunca logré recalcular la forma de llegar a pisar las tablas. Aunque alguna vez me empujaron en cierta forma al escenario, y eso sí que no. A mí no me gusta que me fuercen a nada.

En realidad, con respecto a mi vena actoral, jamás estuve cerca de, por ejemplo, inscribirme en un taller de teatro o algo por el estilo. No llegué siquiera a planteármelo dos veces, como mucho una vez y media pero quedo ahí, en estériles hipótesis. Aunque en alguna ocasión participé voluntariamente en episodios que coqueteaban con la actuación, empezando por los típicos actos escolares.

Promediando la escuela secundaria, reclamé el papel protagónico en una obra en donde parodiábamos una popular serie de aquellos años en Argentina. Reconozco que el desafío no era mayúsculo porque yo mismo era el guionista y me puse algunas líneas de diálogo para mi lucimiento personal. Tal vez algunos contenidos del texto no eran idóneos para un colegio de monjas, y ahora que lo analizo a la distancia, quizás el hecho de llamar “Tío Teto” a uno de los personajes haya sido una de las razones para que me expulsaran a los pocos meses. Podría ser.

En los últimos tiempos, comenzaron a florecer por todos lados los espectáculos callejeros donde actores, músicos, bailarines, equilibristas o contorsionistas nos convidaban su talento con shows de menor o mayor calidad. Nunca dejaré de brindar y apoyar esa iniciativa de llevar la cultura al pueblo, en pequeñas dosis pero siempre gratuitas, pero hay algo que no puedo tolerar y que me saca de quicio: cuando los artistas fuerzan al público a intervenir.

En la mayoría de los casos, lo que hacen estos actores de cuarta –nótese mi indignación- es convocar a algún desprevenido asistente a hacer el ridículo delante del resto del improvisado auditorio. Cuando los protagonistas necesitan a otro para realzar el valor de su función, ¿será porque artísticamente no puede sostenerse por sí sola? Nadie me quita de la cabeza que los que requieren a un pobre diablo para que sea el blanco de las risas son comediantes mediocres, a quienes no les queda otra salida que compensar la baja calidad del número como sea.

Y por ello yo, el actor frustrado, llevo largas temporadas huyéndoles. O si no me queda otra, ubicándome bien lejos, escondido entre el público, en todas aquellas propuestas de teatro callejero donde sospecho que pueden meter a alguien del público de sopetón. Es una de mis mayores pesadillas, que me tiren al improvisado escenario, que me pongan un gorro estrafalario y que me obliguen a hacer malabares con una bandeja o algo peor, que me hagan bailar una coreografía idiota. Ay, qué mal la pasaría. Lo peor es que estos malnacidos se dan cuenta dónde está la persona que no quiere participar y van directo a cazarlo, como tiburones olfateando los hilos de sangre que manan de la vergüenza de un tipo reservado. 

Cuando hace dos semanas, mientras tomaba mate delante de la ventana de mi casa, vi que en el parque de abajo empezaban a montar un escenario suspiré aliviado. Habría show y mis hijos querrían que los acompañara a presenciarlo y eso conllevaría el riesgo de ser tirado a los leones por un inescrupuloso artista, pero la cercanía con mi domicilio me permitiría dejarlos ir solos y vigilarlos desde el segundo piso.

El día de la función, unas doscientas almas incluyendo a las dos de mi descendencia estaban acomodadas en su sitio para ver la actuación de un payaso. En general no me caen bien los payasos, quizás desde que la película “It” me obsequió un variado catálogo de pesadillas en mi niñez, y por ello agradecí estar salvaguardado en casa, lejos de la sonrisa maliciosa de este artista. ¿Todo controlado? No, no y no. Qué tremendo error fue, justo cuando iba a empezar la obra, asomarme por la ventana para espiar lo que pasaba sin contar que el payaso se iba a fijar de pronto en mí, y señalarme desde el escenario.

-¡Tu! El chico de camiseta roja que está en la ventana tendiendo la ropa –me gritó captando definitivamente la atención de todo el público, logrando que en una sincronizada coreografía doscientos cuellos giraran hacia mí.

-¿Yo? –solo intentaba ganar tiempo.

-¡Sí! ¿Por qué no te vienes? ¿No te dejan? –dijo el payaso arrancando la primera carcajada de la grada.

-No, no me dejan –contesté siguiendo un poco la gracia, pero rogando que desde la distancia no notaran que mi cara estaba del color de mi camiseta.

-¡Quita ya esa sábana que el vecino de abajo tiene derechos judiciales a tener su ventana descubierta! –el desalmado comediante empezaba a burlarse de mí, y por detrás retumbaban las risas de mi mujer que, sabiendo lo que odio ser forzado para participar en un show, no podía creer que estuviera siendo humillado desde el salón de mi casa.

-¡Quítala ya! –me seguía insistiendo, y yo definitivamente ya no estaba disfrutando ese diálogo de “ida e ida”, y concluí que debía hacer algo ya.

Desde mi ventana, estaba en el sitio perfecto para hacer algunas gracias que causarían una buena impresión en el público, más que nada por la perspectiva. El truco del ascensor, que consistía en apretar un botón imaginario y dejarse deslizar hacia abajo como si estuviera descendiendo, y como la gente me veía sólo de la cintura hacia arriba, el efecto quedaría bien logrado. O la escalera mecánica, similar al truco anterior pero desde una posición lateral. Al final, descarté esas opciones y opté por mi número más espectacular que sería envidiado por los mejores magos del mundo: la desaparición total.

Media hora más tarde, mi mujer me pidió que fuera a buscar a los niños al parque. La obra ya había concluido pero el público y el payaso seguían deambulando por la zona. ¿Iba a quedar como un cobarde y no animarme a dar la cara? Eso jamás. Bajé como un duque y caminé con la frente alta entre la multitud y los artistas., recogí a mis hijos y regresé a mi ventana hinchado de valentía, restándole importancia a la pregunta que me hizo mi primogénito.

-¿Papá, por qué te cambiaste la camiseta y tenés un peinado nuevo?

Maldito payaso.





martes, 13 de octubre de 2015

¿Una carta?

por Javier Debarnot

Hace pocos días, metiendo cosas en cajas para nuestra futura mudanza a Dublin, casi que me tropecé con una carta de una ex-novia de la juventud, una solitaria hoja amarillenta que llevaba dos décadas atrapada en un sobre de papel y que me provocó lo obvia curiosidad, muchísima, de querer saber lo que me decía esa chica tantos años atrás cuando nuestras vidas eran otras, porque ella y yo éramos otros, muy distintos, nosotros y todo el mundo que nos rodeaba.

Leí…

Barcelona, viernes 13 de octubre de 1995

Amor:

Tengo tantas cosas para decirte que no sé ni por dónde empezar. La mano me tiembla de la emoción y por eso te anticipo que la letra me va a salir así, medio deforme y fea, como si en vez de escribirte con una lapicera tuviera un taladro en la mano. Te puse dos líneas más arriba que no sabía por dónde empezar y me acabo de iluminar. Sé que es medio egoísta arrancar hablando de mí, pero es que no hay otra persona en el mundo con quien quiero compartir esta alegría: ¡TENGO TRABAJO! Fueron tres semanas eternas de esperas y llamadas, pero al final sonó el bendito teléfono y era la secretaria del gerente. Me dijo que tras un largo proceso de selección había sido yo la elegida, ¿pero querés que te diga una cosa? No es por agrandarme o “hablar con el diario del lunes” (la frase que tanto usás vos), pero yo estaba segura de que me iba a quedar con el puesto desde el mismo instante en que me fui de la entrevista, sí, señor, si había estado 10 puntos, cero nervios, segura, ya sabés que nunca me resultaron fácil estas historias, pero esta vez fue distinto, se dio todo redondo y creo que estaba escrito que este puesto era para mí. ¡Iupi! No veo la hora de que brindemos juntos por esto… y por muchas cosas más. Empezaré en dos semanas, justo cuando arranque noviembre. ¡Qué ansiedad!

Para disfrutar los últimos cartuchos que me quedan de tiempo libre, el jueves pasado aprovechando que era fin de semana súper largo fuimos con los chicos en auto a un pueblo increíble que queda pasando la frontera de España, al sudeste de Francia. Se llama Perpiñán (en francés, sería Perpignan)… ¡y me encantó, amor! Buscalo en el mapa que te dejé en el estante del medio, al lado de la biblioteca. La cuestión es que estuvimos un día y medio, y creo que lo que más disfruté fue la tarde en que salí a caminar sola, porque me estaba agobiando de estar en el medio de las discusiones sin sentido de Paula y Gonzalo, a cualquier hora y en cualquier lugar. Sentada en el banco de un parque, la vista que tenía era espectacular. Saqué una foto pero mandé a revelar el rollo ayer, y supongo que las tendrán el lunes (no podía esperar a mandarte la carta hasta ese día con todas las novedades, jaja). No sé si saldrá bien la foto, pero por las dudas te cuento lo que recuerdo del lugar. Verde, mucho verde, bien cortadito, parecía una alfombra de lo bien cuidado que estaba el césped, y en el medio un canal chiquito de unos tres metros de ancho, no más. Las casitas pegadas al canal, todas iguales, una al lado de la otra, de un naranja ladrillo un poco gastado, y detrás unos edificios de no más de tres o cuatro pisos, que deben tener unas vistas que ni te imaginás… Ay, lo que me encantaría que estemos alguna vez los dos juntos por acá, disfrutando y oliendo este paisaje algún atardecer de otoño, y después tomarnos un cafecito caliente en bares perdidos y pintorescos que hay por la zona. Cruzo los dedos para que volvamos en poquito tiempo a Perpiñán, ¡te va a volver loco, también!

Y la que está como loca de contenta es Sofía, la chica que tuvo el bebé la semana pasada. Para refrescarte la memoria, es la que conocí haciendo las encuestas a las pocas semanas de haber llegado a Barcelona. Fui a visitarla a los dos días de haber nacido Marc, en la Clínica del Pilar, y por suerte solamente estaba su mamá en el momento en que yo estuve. La verdad que el bebé es precioso, muy tranquilito. En la media hora que lo vi, justo coincidió con un cambio de pañales y el chiquito se dejaba hacer todo sin chistar. Saqué muchas fotitos, es increíble… ¡Marc es la cara del papá! Bah, igual vos no lo conocés al papá y aparte siempre decís que los bebés no se parecen a nadie o se parecen a todo el mundo cuando son recién nacidos, así que no sé por qué te cuento o te escribo esto, jeje, ¡no te enojes!

¿Y cómo va tu proyecto, amor? Te prometo que yo te tengo más fe que nunca, ¡creo en tu talento! Hace un tiempito escuché una frase, no me acuerdo bien dónde ni tampoco exactamente cómo era, pero sí me quedé con la idea (con el concepto, como te gusta decir a vos “para hablar con propiedad”). La cuestión era algo así como que había que intentar cumplir los sueños, los propios, porque si no lo hacés vas a cumplir los sueños de otros aunque vos no quieras. Parece una obviedad, pero es una verdad más grande que una casa y que todos deberíamos tener en cuenta, o más que tener en cuenta, intentar hacerla realidad, ¿no? ¿De qué sirve hacer algo que no nos llene? ¿Para poder comprar más cosas? No, señor, creo que el precio de esas cosas puede ser altísimo si no estamos contentos con el método que usamos para conseguir ese dinero, con el día a día… En fin, me estoy yendo por las ramas, pero lo que quiero decirte con todo esto es que tenés que darle para adelante con la idea del estudio propio, no dejes que te siga mareando y volviéndote loco el insoportable de Ramírez… Sí, ya sé, es tu jefe, pero no te valora y yo sé lo increíblemente capaz que sos, y el día que te decidas y te vayas, ¡se va a arrepentir! Ya llegará el día, y te vas a llevar el mundo por delante (pero ojo, déjame subir a mí y vamos los dos juntos).

Amor, no quiero olvidarme en esta carta de contarte sobre una de las mejores películas que vi en mi vida. Se llama “Antes del amanecer” y es preciosa, pura poesía. Supongo que no les habrá costado mucho porque no tiene ni explosiones ni sangre ni asesinatos, es una simple historia de dos jóvenes hablando durante toda la película, hablando mientras pasean por Viena. Entran a un bar a tomar un café, se pierden por las calles de la ciudad, ven algún espectáculo callejero por ahí… no te quiero contar la película, pero estoy seguro que te va a encantar, y hasta te podrás sentir identificado con el personaje. Uno de los actores es Ethan Hawke, el de “Viven”, y a la chica no la conocía pero hay que seguirla, ¡es muy buena! Toda la película en sí es una obra de arte, cada diálogo, cada mirada, la música, los silencios, me ganó el corazón esta historia, te lo prometo. La vi en un cine de barrio, yo creo que aguantará unas semanas más porque el público sale emocionadísimo y seguro que todo el que ve la película, la recomienda. Se me acelera el corazón de sólo imaginarme poder verla con vos, en la misma sala en la que estuve yo. Cuando pasaban los títulos del final y se encendieron las luces, me caían las lágrimas como a una adolescente, pero no de tristeza porque la película no es un drama, todo lo contrario, era de la emoción, porque “Antes del amanecer” es un canto a la pasión, al acto de enamorarse pero enamorarse en serio. Insisto, una de las mejores películas que vi y me vas a dar la razón cuando puedas disfrutarla vos también.

Uy, me acabo de acordar de una buenísima: el martes pasado fue el cumpleaños de Anna, la compañera del Master, y fuimos a festejarlo yendo a una discoteca por el Puerto Olímpico. No estuvo mal, aunque no fue nada del otro mundo, pero lo gracioso o anecdótico fue toda la previa, porque no nos poníamos de acuerdo en nada: en elegir el lugar, decidir cuánto dinero juntar para el regalo y qué comprarle. Fueron unos días de auténtico despropósito, llamadas telefónicas de aquí para allá, reuniones en el bar de enfrente de la Uni con cambio repentino de tema cuando aparecía Anna, discusiones y cambios de planes, una y otra vez. La verdad que en algún momento tuve ganas de quedar al margen de todo porque se ponía muy denso el tema. Al final la fiesta empezó y se acabó en paz, pero de casualidad. Si el año que viene pasa lo mismo, ya le aclaré a mis compañeros que ni sueñen con mi colaboración. Así no.

Bueno, mi amor, no te agobio más con tantas historias que algunas te interesarán mucho, otras poquito y otras nada. Lo más importante es que al leerme sepas que estoy pendiente de vos todo el tiempo, quiero que me cuentes tus cosas también, todo lo que hacés y sentís. Y lo más importante, que te quede claro que te amo con todo mi corazón…

Valeria


Quedé absorto al terminar de leer la carta, y me quedé pensando un rato largo. Pero no es que me hayan conmovido las palabras de Valeria, de la que guardo un gran recuerdo pero que en definitiva había dejado de ser mi novia un año y medio después de aquella parrafada. Lo que motivó mi reflexión y quizás cierta preocupación fue el hecho de intentar imaginar cómo hubiera sido la carta de Valeria en los tiempos que corren. Cavilando varios minutos, llegué una conclusión y es hora de poner cartas en el asunto, porque la carta de Valeria –que ya no sería una carta o más bien estaría despedazada en varias partes- empezaría con un asunto, el asunto de un correo electrónico:



Primer párrafo:

Asunto: RV: Has sido seleccionada

Hola amor, te reenvío el correo que me llegó esta mañana. Estoy felizzzzzzzzzz.

Asunto: Has sido seleccionada

Buenos días, Valeria.

Has sido seleccionada para el puesto vacante en nuestra empresa de Recursos Humanos (Ref: RRHH-Auxliar). Muy pronto te contactaremos para definir detalles del puesto.

¡Enhorabuena!



Segundo párrafo:

@valeria79 te ha etiquetado en una foto de Instagram




Tercer párrafo:

Notificaciones de Facebook:

Valeria ha compartido contigo 23 fotos del álbum “Primeras sonrisas de Marc” 



Cuarto párrafo:

@valeria79 te ha retuiteado:

@lucaslopez “Si no trabajas para cumplir tus sueños, trabajarás para cumplir los sueños de otros” ¿No es una verdad más grande que una casa?



Quinto párrafo:

Valeria te ha enviado un archivo por WeTransfer.

Amor: vi esta película anoche. Me interesa que la veas y la comentamos...



Sexto párrafo:

Grupo de WhatsApp “Cumple 24 Anna”

Laia ha creado el grupo
Laia: ¿Todos de acuerdo en ir a una disco?
Pau: Por mí sí.
Roger: Vale.
Laura: ¿Y si hacemos algo más tranquilo?
Valeria: De acuerdo en lo de la disco.
Laia: Pongamos 5€ para el regalo, ¿ok?
Toni: Ok disco. Ok 5€.
Roger: 5€ es mucho.
Toni: Te sale la vena catalana.
Laia: Yo soy catalana y dije de poner 5, por mí pondría 10.
Roger: No sé qué opinan los demás.
Roger: ¿Vale?
Toni: ¿Ahora dices que vale? ¿Pones los 5 € o “la pela es la pela”?
Roger: Dije Vale por Valeria, que diga que opina.
Valeria: Yo pongo los 5 €, pero están un poco nerviosos.
Laia: Dejemos los juicios de valor de lado, ¿vale, Vale?
Valeria ha abandonado el grupo.
Toni: Qué susceptibles algunas…
Roger: Por qué no te callas.



Séptimo párrafo:

Chat de Messenger:
Valeria: Y lo más importante, que te quede claro que… (sin conexión de datos, aguarde para reenviar)
¡Mierda! El 3G, otra vez el 3G.



¿3G? Sí, “je je je”. El romanticismo en tiempos digitales es inversamente proporcional a la cantidad de megas que tiene tu plan de datos. ¿Romanticismo? Romanticismo era el que tenía remitente, destinatario y texto manuscrito, y a la emoción de escribir la carta luego se sumaba la aventura del cartero para que llegara más o menos a tiempo, o al menos que llegara antes de que nuestra amada cambiara de dueño. O sencillamente que llegara, a secas. Sin dudas, romanticismo era el de antes.




martes, 29 de septiembre de 2015

Agua, fiesta

por Javier Debarnot

-¿Está empezando a llover?

-¡Estaba anunciado!

-Sí, ¿pero justo ahora?

Tenía razón mi circunstancial compañero de cancha. El servicio meteorológico, siempre tan aguafiestas, venía anticipando que justo a la hora en que comenzara la final se largaría una lluvia de aquellas. Pero uno siempre tiene la esperanza de que el pronóstico le erre fiero, ese de índole climático y también aquel que presagiaba que era imposible conseguir entradas para ese partido, el más importante en las últimas décadas para el club de mis amores.

Estando todavía en Barcelona, empecé a mover varios hilos –hilos tecnológicos, los guasaps y mesenyers de turno- para ver si algún buen samaritano desde Buenos Aires me conseguía un sitio para el partido definitorio de la Copa más importante de América.

-¿Cuántas entradas querés?

Cuando leía esa respuesta-pregunta de mi amigo Ale, me ilusioné a lo grande porque creí que la posibilidad no sólo era cierta, sino que además podría tener la yapa de ir al Monumental acompañado. Pero dos chats más abajo pude deducir que la pregunta sobre el número de asientos solicitados estaba recubierta de una buena capa de sarcasmo.

-Me estás pidiendo que te consiga ubicaciones para el partido más difícil de la historia del club.

Fue un mazazo inesperado, un golpe de realidad, y suficiente para expulsar a todas las ilusiones que tenía alojadas en mi cuerpo con sus gorros, banderas y vinchas. Salgan ya mismo que esta vez no habrá milagro, les dije y enseguida las vi alejarse cabizbajas hacia el destierro de los sueños truncos. Me resigné.

Iba a ser imposible estar ahí, pero al menos podría seguir la final por televisión, a poquísimas manzanas del estadio y sentado en el sillón con mi viejo y mis hermanas. Iba a volver a Argentina después de siete años, y ver a River campeón de América –porque ese pronóstico no podía fallar- en el living de mi antigua casa, ya era de por sí un motivo de inmensa alegría. ¿No estar en la cancha? Tampoco se puede pedir todo en la vida.

Pero cuando la misma noche de mi regreso, en la primera cena y ya de sobremesa mi papá dijo “yo podría entrar gratis con mi carnet de vitalicio”, sentí un estruendo lejano. Era el que habían hecho miles de maletas al ser apoyadas en el suelo a la vez: mis ilusiones dejaban todo su equipaje suspendiendo su vía-crucis rumbo a tierras oscuras para volver corriendo hacia mí, o nadando si hacía falta, con sus gorros, banderas y vinchas. Volví a sentirme con posibilidades de estar adentro.

Lo que son las vueltas de la vida. Cuando somos chiquitos, queremos parecer más grandes; cuando nos hacemos grandes, queremos volver a parecer más chicos; y cuando necesitamos colarnos para ver una final de la Copa Libertadores –en este caso yo, usufructuando el carnet de vitalicio de mi padre- haríamos lo imposible por simular que tenemos cuarenta y ocho años aunque el documento acuse treinta y nueve. 

Ponete talco en el pelo para aparentar más canas. Caminá medio encorvado. Usá ropa de viejo (pedísela a papi). Los consejos fueron cayendo sobre la mesa y todos fueron analizados y respetados, aunque finalmente no iba a utilizar ninguno de ellos. Faltaban tres días para la gran cita y yo soñaba con un par de cartas que tendrían que ser cómplices en mi intento de entrar: la oscuridad de la noche que ocultaría mi rostro juvenil –o eso es lo que pretendo ver frente al espejo cada mañana-, y la multitud que lo torna todo confuso por el peligro latente de que la situación se desbande en un plis plas.

Por las dudas, llevaría un as en la manga, el de la sinceridad brutal. “Vivo en España, no vengo al Monumental hace siete años y mi viejo me cedió su lugar…”. El ruego lastimoso podría extenderlo con un “…me quedo despierto hasta las cinco de la mañana de un día laborable para ver a River desde España, me merezco verlo hoy en vivo y en directo…”, o “…lloré abrazado a una Estrella Damm de litro cuando River descendió…”, o hasta “…evalué la distancia entre el balcón y la vereda para saber si sobreviviría al saltar después de que San Lorenzo nos empató con nueve jugadores…”. Y así podría seguir con miles de argumentos emotivos –o inexplicables- hasta que se hiciera la hora de inicio de la final.

Pero nada de eso fue necesario. El miércoles, día D, hubo apenas un tenso cruce de miradas en la entrada de vitalicios del estadio, entre el empleado de River y yo. El mundo se detuvo a nuestro alrededor, y ni siquiera se olía el típico aroma a choripanes de las canchas argentinas o se sentía el “muchachos, con la entrada en la mano” escupido por un policía desganado porque encima es hincha del eterno rival. Fuimos sólo él y yo, y ni nos hablamos. Sólo existió una telepatía que ambos entendimos como parte de un intenso diálogo de mimos. Vos no tenés cuarenta y ocho años ni de casualidad. Obvio, si parezco de treinta recién cumplidos, pero dejame entrar.

La palmada del portero en mi espalda fue como un “dale, pasá rápido antes de que me arrepienta”, y entonces se me fue toda la angustia del pecho, pero le hizo lugar a otras emociones que iban a colonizar mis entrañas antes de que mi equipo intentara conquistar América. Al pisar otra vez el Monumental después de siete largos años y ver el manto verde y sagrado, no pude evitar que varios cimientos se me removieran por dentro. Mientras el cemento del estadio temblaba por los cantos, los saltos y la euforia de una multitud que iba haciéndolo explotar de a poco, mis estructuras internas hacían malabarismos para intentar que todas las emociones no se desmoronaran a la vez al ritmo del redoble de los tambores y bombos de la hinchada de River.

Casi tres horas después, cuando el equipo estaba a punto de salir al terreno de juego, la gente bramaba y se revolvía en el clímax de la excitación, y el humo de las bengalas y el olor a pólvora de los petardos se fundieron para darle vida a una pócima embriagadora y hasta alucinógena, o al menos provocó esos síntomas en mi cuerpo, un cuerpo que ya venía con la guardia baja, y endrogado por esa mezcla y aturdido por el “River, mi buen amigo…” decidí mirar por enésima vez al cielo para dilucidar si fallaría o acertaría el traicionero pronóstico de lluvia, parecía que arreciaba el agua nomás, pero cuando bajé los ojos y regresé a tierra con mis sentidos algo atrofiados entendí que ya era demasiado tarde para frenar la catarata que se me venía encima.

Estaba en el lugar donde había soñado estar. Y estaba ahí gracias al carnet de vitalicio que su dueño, mi viejo, me había cedido con tanta generosidad. Era eso lo que le daba el toque agridulce al momento, que él no estuviera conmigo ahí, como había estado casi siempre. Como cuando se perdía los goles por llevarme al baño a los catorce minutos del segundo tiempo porque con mis cuatro años me preocupaba más no hacerme pis encima que el planteamiento cerrado de Chacarita; o como cuando siendo un poco más grande me alzaba para que viera desde la parte más alta de la tribuna Almirante Brown a los hinchas que allá abajo parecían hormigas; o como ante el menor descontrol o posible trifulca me enseñaba que había que quedarse quieto o, según el caso, rajar lo antes posible para evitar quedar en el foco del conflicto; o como cuando siendo un adolescente me enseñaba que aunque estuviéramos lejos y no se advirtieran los números de las camisetas de nuestros jugadores, podíamos reconocerlos por su forma de caminar, o que en una tarde de lluvia había que tener cuidado con Lanús porque “era un equipo barrero”; o como cuando tenía trece y a él le agarró una lumbalgia que lo dejó tieso sobre uno de los playones internos de la platea Belgrano y yo no sabía cómo ayudarlo, aunque al final fue cuestión de esperar a que pasaran su dolor y también mi desesperación y mi angustia; o como cuando yo procuraba sentarme siempre a su derecha y camuflar con mi brazo más lejano a él el cigarrillo que atesoraban clandestinamente mis dedos, como si no se diera cuenta de que había empezado a fumar; o como cuando aproveché un entretiempo de un partido de Copa para decirle que habíamos decidido irnos a vivir a España con mi mujer y mi hijo, y se lo dije tan de sopetón que le debe haber caído peor que un gol de Palermo sobre la hora.

Quizás el recuerdo de todo eso junto y tantos momentos más hicieron brotar lágrimas de mis ojos que no estaban pronosticadas, o quizás sí, y en realidad era el agua que sí o sí estaba destinada a caer esa noche del 5 de agosto. Quizás ese instante único de quiebre sea la explicación de por qué el fútbol es una pasión tan inexplicable, tan simple y compleja al mismo tiempo, pero que tal vez se resuma en que el fútbol es una mera excusa para querer y ser querido. Acaso esa salida al campo de River conmigo presente sin mi papá en el estadio, y después de una larga ausencia, sirvió para reafirmar que el deporte de los veintidós tipos corriendo detrás de una pelota no es más que un puente entre mi viejo y yo, desde donde vemos cómo van pasando los años, cómo crecemos y envejecemos, cómo cambiamos y cómo nos cambian la vida y sus circunstancias, mientras de fondo están los veintidós tipos corriendo detrás de una pelota de los que sólo nos interesan once.

Y después de ese descubrimiento hubo por fin una confirmación de la fiabilidad de los servicios meteorológicos de turno, y empezaron a caer baldes de agua sobre los hinchas, los fotógrafos, los jugadores, el árbitro, los arcos y el balón, cuando a mí ya se me había apagado el llanto pero mis ojos seguían vidriosos. Enseguida vino la ansiada final que trajo otra lluvia, en este caso de goles, y un par de horas más tarde reinó la fiesta. Pero habiendo descubierto yo la verdadera magia y esencia del fútbol, ¿alguien puede creer que de verdad interesaba el resultado por sobre todas esas pasiones y emociones desatadas? La respuesta es muy obvia. Claro que sí.





martes, 15 de septiembre de 2015

Qué ridículo

por Javier Debarnot

Camino al trabajo una mañana cualquiera y entonces lo veo. Un desconocido, un extraño acercándose en bici hacia mí, no sólo hacia mí, también hacia un camión hidrante de esos que se utilizan para limpiar las calles, gracias a la conexión de una manguera…

Y qué problema la manguera, cuando el ciclista la engancha o mejor dicho la manguera engancha al ciclista, y como si fuera una artera zancadilla de un recio zaguero, empieza su titánica tarea de voltearlo, poco a poco, porque así arranca el desmoronamiento, con un temblor de todo en tres metros a la redonda, donde estoy yo, en primera fila, mirando atónito, y es tal el esfuerzo del hombre por no caer que intenta aguantar estoico, se desespera camino al suelo, pedalea en el aire y su lucha parece estar rindiendo frutos porque no será derribado al menos hasta el siguiente párrafo.

Ahora sí, el estropicio está consumado. Cae. Se desploma. Paf y fiuuuu. Se desbarranca y se desliza un metro más sobre la acera, ante mi visión inquisidora, malintencionada y ruin. El pobre tipo sólo desea en ese instante una cosa sobre la faz de la tierra: no volvería el tiempo atrás para no caer de forma tan tonta, sino que simplemente hubiera deseado que yo no haya pasado por allí justo en el instante de su humillación, porque mi presencia no hace otra cosa que ahondar su derrumbe. Nadie haría el ridículo si no hubiera testigos del hecho, que es casi lo mismo que lo que nos plantea el interrogante aquel de “si un árbol cae en un bosque sin que nadie lo oiga en kilómetros de distancia, ¿hace realmente ruido?”.

Quien no haya hecho nunca jamás el ridículo, que tire la primera piedra. Y yo me la juego que si existiera alguien que se animara a arrojarla, ésta le caería en la cabeza después de un par de vueltas inverosímiles en el aire. Y habría mucha gente para apreciar el espectáculo, y se merecería el auto-piedrazo por mentiroso y por ridículo. Porque todos -sí, todos- caímos como mínimo una vez en esa situación tan tragicómica, de tragedia para quien la sufre y comedia para el privilegiado espectador.

Hace casi veinte años yo me quise pasar de listo y el resultado final fue el título de este relato. En un cajero automático, elegí la opción “depositar” y puse la exorbitante cifra de un millón de pesos, metí por la ranura un sobre vacío y me fui contento a casa con el comprobante de mi operación: un papelito que indicaba que el saldo de mi cuenta tenía seis ceros. El tema es que tres días después recibí la llamada desde el mismísimo Banco Nación para escuchar mi descargo antes de ser denunciado por un posible intento de estafa. Al llegar a la sucursal y anunciarme, la frase del empleado que estaba enterado del tema fue lapidaria.

-Ah, vos sos el del millón de pesos.

Si se pudiera leer "entrepalabras", saldría nítido un boludo en el medio de la oración. Al oír esa cruel sentencia, pude percibir seis o siete cuellos de administrativos del banco girando hacia mí, buscando al perpetrador de tan ridícula jugada que ni siquiera intentaba hacerle un fraude a la entidad, sino que era más bien una travesura de tardío adolescente.

Más cerca en el tiempo, estrenando mi paternidad en modo reincidente, fui a jugar a un parque con mi hijo mayor mientras mi mujer descansaba en casa con nuestro flamante recién nacido. Supongo que estuve una media hora pendiente de las andanzas de mi primogénito, lo asistí en sus intentos de colgarse a algunas torres y lo típico que uno hace para entretener a una criatura de tres años y medio. Cuando después de los juegos me derrumbé en un banco para recobrar fuerzas, estiré los pies y entonces las vi: tan distintas debiendo ser iguales. O al menos eso dictan los cánones de la moda. Tenía puestas una zapatilla azul de un modelo y una roja de otro. Una madre merodeaba por la zona y sin duda habría visto mi ridículo atuendo, y quizás por eso me miraba raro. Tomé a mi hijo de la mano y lo llevé de vuelta a casa sin más explicaciones, rogando no cruzarme con mucha gente en el camino de regreso que osara bajar la cabeza y mirarme directo a los pies.

Pero si aquellos hechos minúsculos pudieron llegar a incendiarme los colores de la cara, y todo por el indeseable sentido de la vergüenza, qué decir de lo que me ocurrió el fin de semana pasado con mi familia, en un hotel de una pintoresca ciudad. A las ocho de la mañana de un domingo, con las instalaciones a tope debido al puente celebrado en España, de repente se vació un noventa por ciento del edificio. En menos tiempo del que demora en cantar un gallo, quedamos mi mujer, mis hijos y yo en la acera de enfrente del hotel junto a los huéspedes del resto de las habitaciones, unas doscientas almas en plena calle, y sin entender nada. Salvo nosotros que habíamos sido los responsables directos del hecho.

Muchas de las personas eyectadas por la acción de la alarma de incendio, vestían todavía pijamas, y todas se preguntaban qué había pasado, dónde se había originado el siniestro o si todavía quedaba gente atrapada por las supuestas llamas. Creo que intentamos pasar lo más desapercibidos posibles, buscando camuflarnos entre las sombras de la mañana, pero nuestro deseo de que no se supiera la verdad se cayó a pedazos cuando salió uno de los bomberos que, después de detenerse plácidamente ante el grupo más alborotado de damnificados, contó los hechos con lujo de detalles.

En menos de un minuto, al identificarnos como los causantes del desaguisado nos sentimos acribillados por las despiadadas miradas de nuestros circunstanciales vecinos de estancia en el hotel. Ninguno se animaba a decírnoslo a la cara, pero seguro que nos hubieran mandado allá lejos, a ese barrio donde vive la mierda cerquita de la puta que los parió y a la vuelta la concha de la lora.

Hacer el ridículo, qué momento tan incómodo que uno desea borrar de un plumazo, o simplemente, al igual que el hombre que se desparramó de su bicicleta al inicio de esta bonita historia, lo que uno anhela es eliminar de la escena a los actores secundarios. Porque no hubiese quedado en ridículo con mi depósito millonario si no hubieran existido los empleados del banco, ni hubiesen sido raras mis zapatillas bicolores si no hubiera estado en el parque la madre fisgona. Y por supuesto, no hubiera sido un acto peligroso el hecho de meter un croissant relleno de jamón y queso en una tostadora de la cafetería de un hotel y que sobrepasara la altura, se trabara y largara un mínimo olor a quemado, si no hubiese existido el inútil y maldito detector de humo de la sala –que aparato tan inservible y ridículo, ¿no?-.




martes, 1 de septiembre de 2015

Cruzada de un caballero alegre hacia una noble madurez

por Javier Debarnot

Son las once y la avenida Tres tiene poco que contar. Así transcurrían, demasiado anodinas, algunas noches de mis vacaciones de mediados de los noventa, pero a pesar de ello cada año planeaba con amigos un viaje a Gesell que nunca dejábamos de hacer. Esa playa tenía una rara e inexplicable atracción para mí: sólo así se explica que en pleno uno a uno no haya viajado nunca a Brasil y terminara todos los eneros emborrachándome en la ciudad de los médanos.

Pero esa velada de otro jueves cobarde parecía condenada a la ruina y la rutina, dos palabritas cuyo significado es muy parecido con la diferencia de la letra te que hace todavía más violento el asunto. Saturados de la misma discoteca de siempre pero degustando del pico la birra nuestra de cada noche, estábamos derrumbados en las escaleras de un portal mientras practicábamos en simultáneo las dos disciplinas olímpicas que mejor se nos daban por aquella época, decir boludeces y dejar pasar el tiempo.

-Chicos, si no tienen nada que hacer, ¿quieren venir a vernos tocar? –nos dijo un joven de pelo largo y enrulado asomándose a nuestro improvisado living.

¿Y qué le íbamos a decir? La invitación era jugosa: nos convidaba el propio líder y cantante de una banda de rock a un recital que darían un par de horas después en la playa. Yo ya me conocía algunas letras de sus canciones que otro amigo me había pasado grabadas en cassettes, incluso uno de sus temas contenía un verso que ya estaba tatuado en mi memoria, la noche se hace demasiado larga con un Guaymallén de cena. Hacia allí fuimos.

Llegamos pasada la medianoche después de una larga pero apacible caminata por la arena a la luz de una caprichosa luna de enero. En un parador del balneario Mirage de la zona norte de Villa Gesell estaba todo dispuesto cuando nuestro nutrido grupo de diez adolescentes se sumó a otra veintena de seguidores de la banda. La matemática pura nos permite aseverar que, durante aquellos primeros años de existencia, alguna vez fuimos el 33% de la asistencia del público a un recital de Los Caballeros de la Quema.

La verdad que, partiendo de lo que estaba siendo una salida sin ton ni son, ver tocar a estos muchachos fue casi un regalo del cielo, y se valoraba más al haber sido invitados por el mismísimo Iván Noble que en plena etapa de expansión de su grupo no se le caían los anillos al salir a panfletear por la Avenida Tres a pescar almas errantes como las nuestras. Recuerdo de aquel recital una gran versión del Candy de Iggy Pop, aunque no sé si lo que más me impactó fue la canción o la sensualidad de una morocha que cantaba junto a Iván.

Pasaron unos pocos años y, mientras siguieron nuestras vidas, el crecimiento de la banda no se detuvo incluso llevándola durante casi una década al privilegiado lugar que sólo compartían diez grupos en el panorama del rock nacional argentino. Los Caballeros de la Quema –no de la noche a la mañana, clarísimo estaba- supieron colarse y mantenerse en la cresta de la ola por mérito propio hasta que Iván dijo basta para mí.

Su etapa solista arrancó y coincidió, por mera casualidad, con un cambio radical en mi vida que pareció acompañar a su nueva faceta musical: desconectar del ruido, disfrutar más y mejor de la intimidad en modo unplugged o en ojotas de andar por casa, y parir una obra lo más personal posible. Él sacó un nuevo disco y yo tuve un hijo –y creo que, valga la redundancia- Iván también fue padre.

En mi nueva era experimenté un bye-bye rubia –disminuyendo gradualmente el consumo de cervezas- y una bienvenida a los biberones, y por otra de esas caprichosas coincidencias fueron las canciones más tranquilas del ex-rockero tradicional devenido en poeta urbano las que sirvieron de cortina musical a mis rutinas diarias con mi primogénito: “Tocado” cuando el avión-cuchara transporta-papilla era alcanzado por la boca de mi niño, y “Preguntas equivocadas” cuando yo mismo me planteaba si era conveniente bañarlo antes de comer o viceversa.

Ese cambio interno o introspección que nos llega cuando nos vemos ante la responsabilidad de enseñarle lo poco que sabemos a nuestro fruto más preciado, en mi caso vino acompañado por otro brusco giro del guión, como suele serlo la decisión de hacer valijas e irse lejos. Instalamos nuestra embajada familiar en España, donde íbamos a tener que extrañar a los amigos y cuidarnos de “Las malas compañías” como ya se lo decían a Juanito o Ivancito. Y sí, hasta en esas estrofas cantadas notablemente a dúo entre Noble y Serrat parecía existir otro guiño en la carrera de Iván con respecto a la nueva hoja de ruta de mi vida.

En mis primeros tiempos en Barcelona, muchas noches él le cantaba al oído de mi mujer la letra de “Olivia” sin que yo me pusiera celoso, porque le hacía más llevadero el camino de vuelta del trabajo a casa. En ocasiones, basta escuchar una voz familiar –porque siempre nos dio la sensación de que a Iván podríamos conocerlo de toda la vida- para que una estadía recién estrenada en una ciudad poco conocida no sea tan complicada como en realidad lo es, y no deseemos devolverla o cambiarla por otra aunque los zapatos de inmigrante nos queden grandes -tan enormes-.

Descubrí en la década que llevo gastando mis suelas en tierras catalanas que Iván no es el Sabina argentino, porque prefiero pensar que Joaquín intenta ser el Noble español. Y en certeros y traicioneros ataques de la nostalgia -porque vienen por la espalda cuando menos te los esperas- me defiendo con frases como esa de que viajo en el furgón de mi última fe. Voy incorporando sus nuevas letras a mi cotidianidad sin perder los clásicos, aquellos que me obligaron más de una vez a defender contra capa y espada que existen pocas canciones en el mundo que puedas imaginarte tanto, incluso hasta oler lo que está pasando en ese bar, como el “Ni a la esquina” de Fulanos de Nadie, aunque quizás sea todo una mentira amarga que me envenena cuando el vino no ayuda.

Pasaron veintiún años desde la invitación de Iván para verlo tocar en aquel parador de Villa Gesell, y nuestras vidas –la suya y la mía- avanzaron acaso tantos pasos como los que existen entre esa ciudad balnearia y mi Barcelona actual. Lo que es extraño es escuchar que, mientras nado en una piscina de un polideportivo municipal cercano al Camp Nou, suena de fondo la música que un entrenador argentino les pone a sus alumnos septuagenarios y catalanes mientras mueven sus desgastados huesos en clase de Aquagym, “vuelvo a mi cucha rengueando esas ganas borrachas de volverte a ver”. Definitivamente, hay cosas que a pesar de la distancia y los años nunca se oxidan.





martes, 18 de agosto de 2015

Los ojos del alma

por Javier Debarnot

Aldana nunca fue una niña de seis años parecida a la mayoría de las niñas de seis años. Desde que empezaba a enfocar sus ojos a los pocos meses de nacer, ya se veía que su mirada apuntaba a otros sitios. Pero sus familiares y amigos, aun conociendo las rarezas que Aldana traía consigo desde la cuna, jamás hubiesen imaginado lo que, ya comprobado fehacientemente, llevaba adentro esa niña tan especial.

Empezó a caminar de una manera precoz, a sus nueve meses de vida. Pareció incluso que hubiera podido hacerlo antes: su imposibilidad residía en que, hasta el momento de dar sus primeros pasos, sus pies no tenían la fuerza necesaria para sostener al resto de su cuerpo, pero se notaba a la legua que Aldana sí contaba con la motricidad adecuada, como si hubiese llegado al mundo con esa capacidad ya aprehendida. Esa, la de caminar, y tantas otras.

Al ver de tanto en tanto algún álbum de fotos, solía quedar eclipsada por imágenes antiguas, todavía en blanco y negro, y señalaba a personas y elementos de aquellas épocas con un entusiasmo y alegría desbordantes y poco comunes para una niña de poco más de tres años. Podía llegar a estarse tardes enteras recorriendo esos libros repletos de fotografías viejas y hasta resquebrajadas por el paso del tiempo. 

La familia de Aldana vivía en Magdeburg, una ciudad germana situada en las afueras de Berlín, y estaba compuesta por sus padres y su hermano tres años mayor que ella. A pesar de la diferencia de edad, en ocasiones Aldana parecía ser más madura que Karl, el primogénito, como por ejemplo el día en que la niña evitó que el chico se escapara de la casa preso de un ataque de furia por haberle negado su madre ir a visitar a un amigo.

-Piénsalo, Karl, esto traerá consecuencias más graves.

-¿Cómo puedes hablar así si tienes sólo cinco años? –le había contestado su hermano intentando hacerle notar que era apenas una cría, pero al final entró en razones y siguió los consejos de Aldana.

Eso acababa ocurriendo casi siempre con idéntico desenlace, en el cual el círculo de adultos que conocía a la niña se quedaba con la boca abierta y rendido ante la sabiduría inagotable de Aldana. En su lustro y poco más de vida, nadie le recuerda una rabieta típica de su edad o alguna actitud caprichosa de esas que incitan a los padres a sacar lo peor de sí mismos, reflejado en un deseo reprimido de “a esta criatura la tiraría ya mismo por la ventana”.

Otro de los hechos salientes que se repitieron una y otra vez durante su niñez fue su insistencia en señalar e idealizar un lugar en el que jamás, presuntamente jamás había estado. Cuando volvían a su ciudad después de largo un viaje y en la carretera aparecía el nombre de Leipzig, un pueblo no tan lejano, Aldana señalaba el cartel. Había aprendido a leer a los cuatro años y medio, también de forma casi enigmática, y reconocer las letras que formaban Leipzig casi siempre la llevaban a articular la misma frase que a sus padres les quemaba la cabeza, “quiero ir a casa”.

Pero sus familiares dejaban pasar esas rarezas que los descolocaban pero en definitiva no molestaban a nadie, y tampoco le extrañaba a la mamá de Aldana que la niña no jugara con las muñecas como lo hacían sus amigas. Ella se limitaba a hablarles, pero no diciéndoles cualquier tontería sino más bien sabios consejos, que sus compañeritas no alcanzaban siquiera a entender porque eran “conversaciones de grandes”. En los ojos de Aldana estaba encerrado su enigmático mundo que unos días se mostraba triste, otros esperanzado, mucho tiempo se adivinaba nostálgico y rara vez apagado.

Entonces llegó un sábado otoñal, dos semanas después del sexto cumpleaños de Aldana, en que su madre le pidió que la acompañara a un lugar especial, por un evento de una inusual y emotiva importancia: el trigésimo aniversario de la muerte de la bisabuela de la niña que nunca había llegado a conocer. Viajaron en silencio por la carretera y en aquella ocasión Aldana no comentó nada acerca de Leipzig, a pesar de que por dirigirse a ese pueblo apareció mencionado en innumerables señalizaciones del camino. Como iban hacia allí, la pequeña parecía contener su ansiedad y se la veía como inyectada de una paz inusual, una calma y un bienestar que la abrigaban durante esa mañana templada de noviembre.

A Aldana nunca le habían contado la historia de su bisabuela, quizás para no generarle un recuerdo amargo y quizás innecesario, ya que había fallecido de forma trágica atropellada por un tren a pocas calles de su casa. Pero ese día, yendo hacia el cementerio para llevarle un enorme ramo de rosas rojas, su madre le habló de lo que había sido la vida de su abuela, cuánto la había querido y lo mucho que le había afectado su prematuro y violento adiós. Aldana, ensayando su mirada de sabia, observaba con ternura a su mamá a través del espejo retrovisor delantero, viendo como las lágrimas le transformaban el cuidadoso maquillaje de sus ojos en un río gris y triste que iba destiñéndose y cayendo mejillas abajo mientras la mujer volvía a zambullirse y acaso ahogarse en las tenebrosas lagunas de su pasado.

Al llegar al sitio donde empezaban a desperdigarse las lápidas, ni Aldana ni su madre se dieron cuenta de que el cielo plomizo que las cubría comenzaba a limpiarse poco a poco. Se detuvieron frente a la tumba de Rachel, dejando las flores en la base, y quedaron detenidas unos instantes allí, en silencio, en búsqueda de esa comunión invisible con el ser amado fallecido.

-Te echo tanto de menos, abuela.

La madre de Aldana soltó esa frase y mientras tanto no dejaba de apretar la mano de su hija, que se mantenía con un asombroso estoicismo a su lado. Pasó un breve pero intenso minuto en donde sólo se oía el llanto de la mujer, y fue entonces cuando Aldana rompió el silencio porque creyó que había llegado el momento.

-Ya he descansado bastante. Ahora estoy aquí para cuidarte.

-¿Qué dices, hija?

Pero Aldana no dijo nada más aquel mediodía en donde ya empezaban a liberarse rayos de sol por detrás de las ya nada amenazantes nubes.

-¿Por qué dices que estás para cuidarme?

Un haz de luz se topó con los ojos de Aldana y se los dejó resplandecientes, y en ese instante su madre entendió todo, porque vio en el celeste de los ojos de su hija el mismo tono de celeste de su abuela Rachel, y se dio cuenta de que lo que alguna vez había dicho alguien referido a su hija –“tiene la mirada de su bisabuela”- era quizás una premonición o más bien la sentencia de algo irrefutable.

Una innumerable cantidad de personas que no cree en la reencarnación, manifiesta que las supuestas pruebas o hechos contrastados que la demuestran son tan sólo efectos especiales o luces de artificio incomprobables. Y, mucho peor aún, ven con otros ojos a quienes se aferran con fervor a ella, acusándolos de locos o almas desesperadas que necesitan agarrarse con desesperación a algo tras una irreparable pérdida. Pero lo que esa gente desconoce es que, por qué no, las estén viendo con otros ojos, pero en el sentido más literal de la palabra.





martes, 4 de agosto de 2015

De ocupado a preocupado

por Javier Debarnot

En un avión. En un teatro. En un crucero. O incluso en la casa de tus futuros suegros. Hay lugares complicados para quedarte encerrado en un baño, pero encuentro pocos tan incómodos como puede serlo un casamiento. Si aquello ocurre, no es difícil que te enfoquen por un rato las luces del protagonismo de la fiesta, y yo –desde un perfumado toilette- fui alguna vez ese inesperado iluminado.

Se trataba de la boda del jefe que tenía en esa época, que se celebró en una típica casa de campo situada en el noroeste de la provincia de Buenos Aires. Como aperitivo a la fiesta en sí, había una ceremonia religiosa muy “cool” al aire libre, con participación de familiares y amigos. El atractivo de este evento, comparado con los que tienen lugar en una iglesia, era que los más íntimos de la pareja que pasaban a leer trozos de la biblia, parecían haberse fumado unas páginas de la misma. Todo era muy estudiosamente relajado.

Pasamos al sitio donde se realizaría la cena y las secuencias típicas de un casamiento: entrada oficial de los novios, baile del vals nupcial, corte del pastel de bodas, apertura de la tan anhelada mesa dulce y todo ese listado interminable de pequeños actos que en conjunto forman una maratónica fiesta que acaba con la flamante pareja, a las seis de la mañana, sin más fuerzas para hacer otra cosa que no sea respirar, vomitar o dormir.

Después de engullir el postre, ya en la sobremesa, me excusé para apersonarme al baño que estaba en una galería pegada al salón principal. Adentro no hice nada del otro mundo, sino más bien una simple rutina o llamado del vientre que no requirió ni siquiera del posterior roseado de desodorante ambiental con aroma a lavanda. Lejos había quedado una ocasión en la que tapé el inodoro en casa de los padres de mi mujer y tuve que salir con la cabeza gacha a solicitar el kit balde y sopapa.

Al intentar quitarle la traba a la puerta, no había forma de que cediera, porque estaba más dura que una roca y no lograba moverla ni medio milímetro. Tranquilo, Javi, tiene que haber solución para esto, me repetía mientras notaba que las primeras gotas de sudor hacían surcos por delante de mis patillas. Después del intenso esfuerzo –por intentar salir, no por la evacuación anterior- decidí sentarme otra vez en el trono y dejar pasar un tiempo prudencial. Podía recargar fuerzas, consciente de que no habían pasado ni diez minutos desde mi ingreso. Si alguien estaba esperando su turno con suma urgencia, iba a tener que aguantarse.

Volví a intentarlo después de un ligero relax, con idéntico e inútil resultado. Entonces decidí jugar la siguiente carta, pedirle auxilio al que estuviera afuera, considerando que si era uno con diarrea galopante, iba a meter mucha prisa: ayúdame ahora o cágate para siempre. Había una chica, y no sé en qué estado estaban sus entrañas, pero por su voz parecía estar buena.

-¿Necesitás ayuda? –me dijo después de que yo, en contra de toda regla, golpeara la puerta mostrando mi intención de abandonar el baño.

-No puedo salir, esto está trabado.

Yo no sé si a ella también le pareció prometedora mi voz, o es que realmente me había visto entrar, pero lo cierto es que mostró una increíble predisposición para intentar rescatarme. Tanta fue que, cuando usó una parte de su vestido para que no se le resbalara su húmeda mano con el picaporte, su ropa se ajó. Tremendo drama. Si ya es desesperante para una dama ver que una de su mismo género lleva una prenda muy parecida en una fiesta, imagínense el panorama de encontrarse con un vestido roto antes del lanzamiento del ramo. La amable doncella pasó a histérica desesperada y, en medio de gritos que alertarían a más personal, huyó y jamás volvería a saber nada de ella. Espero que, al menos, en su exilio no la acompañara ninguna diarrea.

Como ya lo mencioné, el completo escándalo que montó la chica por su vestido que había quedado a medias atrajo a dos o tres invitados más, en este caso no invitados a la fiesta sino al baño, a mi baño. Uno de los individuos, que era el hermano de la novia, empezó a tirar con fuerza con la ayuda de un destornillador, haciendo palanca con el trabador para intentar que éste cediera, pero lo que cedió, muy de súbito, fue su codo que fue a parar a la cara de un muchachote de atrás, que era el primo de la novia. El tercero increpó al supuesto agresor y así, en menos de dos minutos, se armó una trifulca que dejaría con magulladuras leves al cinco por ciento de la familia de la novia. Yo seguía encerrado y ya empezaba a preocuparme.

Necesitaba aire. Abrí una ventana que nunca había evaluado como alternativa de escape por su escaso tamaño, y al asomarme pude observar a pocos metros a una chica que iba sola, fumando mientras recorría un camino paralelo a la casa. Ey, le chisté pidiéndole ayuda. No sé qué extraño magnetismo desprendía esa noche desde el baño, pero todas las mujeres venían sin dudarlo hacia mí. La mujer soltó el cigarrillo y dio un salto hasta agarrarse de la repisa de la ventana para entablar un diálogo conmigo. Después de articular apenas tres palabras, debe haber visto el terror reflejado en mis ojos cuando capté a un perro aparecer de la nada y saltar a sus pies.

-¡El perro!

No llegó a tiempo a darse vuelta o a saltar y correr, o a patearlo y resguardarse. El tarascón del can no fue potente, pero alcanzó para hacerle un pequeño rasguño en la piel, superficial pero raspón al fin. Y esa chica fue otra que se fue refunfuñando y, quizás, maldiciéndome por acabar perjudicada por mi culpa. Miré el reloj y pensé que si fuera el de una iglesia ya hubiesen sonado unas campanadas, porque llevaba una eterna media hora en el baño.

En el salón donde se servía la cena, mi mujer ya empezaba a preocuparse. Más que nada, por el papelón que presagiaba: como estaba convencida de que yo había cometido un estropicio como en casa de sus padres, en cuestión de minutos debería ir a buscar el kit balde y sopapa para socorrerme y remediar el desastre. Éste –que nada tenía que ver con un inodoro inmundo y tapado- iba creciendo y cobrándose nuevas víctimas a cada minuto que pasaba. Ya se contaba un vestido destrozado, un labio roto, un ojo morado y una pierna mordida por un bulldog, Dios quiera que sin rabia. Hasta que por fin, después de una insoportable agonía, acudió el dueño de casa postergando el vals.

-¿Quién está ahí? Soy el papá de la novia.

Alertado por la cadena de infortunios, tenía del otro lado a la máxima autoridad de la fiesta, el que seguramente había pagado todo, desde el catering, pasando por los arreglos florales, los disc-jockeys y todo lo demás, e incluyendo quizás el mecanismo de seguridad de la puerta del baño. Le expliqué lo sucedido lo más calmado posible y él, con mucha más tranquilidad, me soltó las palabras mágicas, o más bien la llave para destrabar el asunto.

-Es una tontería, Javier, vas a ver que la traba tiene truco. Antes de intentar llevarla a la derecha para destrabar la puerta, tenés que tirar hacia adentro, moverla un poco hacia la izquierda y después sí a la derecha.

Abrí en cinco segundos y en dos minutos estaba en mi mesa, siendo el centro de todas las miradas después de la revolución que se había armado debido a mi percance que, como una pequeña tragedia, había tenido más heridos que un encierro de San Fermín. Mientras se apagaban las luces para que comience a sonar el vals, no podía dejar de pensar en el padre de la novia que ya estaba preparándose para bailar con su hija.

“Tiene truco”, “es una tontería”, me resonaban sus frases en la cabeza. Pero qué pedazo de pelotudo, hubieras puesto un cartel y listo, reflexionaba indignado, aunque claro, ese cartel hubiera sido una mancha para una fiesta tan “cool”. Entonces, ya superado el mal trago e identificado el culpable, me alegré por haberle arruinado al menos un trozo de celebración mientras yo en el baño había pasado un momento de mierda.






martes, 21 de julio de 2015

¿Y trascartón, qué?

por Javier Debarnot

El día que se empezaron a poner contenedores de distintos colores para separar papeles, plásticos y vidrios, Josep sonrió. “Por fin este puto gobierno hace algo”, pensaba mientras, de cara a un puesto de reciclaje azul, sacaba una pila de cartones para transformarlos en su colchón por unos días.

Mi hermano me habló por primera vez de él hace algunos meses. Lo había conocido por casualidad, una noche que visitó “la casa de Josep”, un humilde cubículo de dos por uno y medio, con el suelo un poco sucio pero el interior lleno de dinero. En nuestra jerga, solemos decirle cajero automático, y debemos sentirnos más que afortunados de poder pasar por uno de ellos eventualmente, y no tener que usarlo para dormir cuando el frío amenaza con meterse en los huesos.

Para Josep, pasar la noche a la intemperie en primavera o verano era casi un regalo. “En mi techo sólo tengo estrellas y no me llega la factura de la luz”, solía decirle a cualquiera mientras le relataba sus mil historias viviendo en la calle. Aunque sonara increíble, él era un agradecido de la vida, la misma que hacía siete años lo había golpeado con tanta dureza y tan rápido que, casi de un día para el otro, había amanecido en un parque sin casa, sin familia, sin trabajo y sin oler bien, por culpa de una ropa andrajosa que era la única que conservaba. Lo que decidió fue, desde esa mañana y para siempre, jamás quedarse sin dignidad.

-¿Y cómo fue que lo perdió todo? –le pregunté a mi hermano suponiendo que había hablado de eso con Josep.

-Por culpa del abogado más hijo de puta del mundo.

Resultó que ese chupasangre con corbata pasó por el mostrador de Josep a llevarse el menú completo: siendo el abogado de su propia empresa, se acostaba con su mujer, lo estafó, y además hizo que le embargaran su casa por una vieja deuda que le había ocultado hasta que ya no había nada por hacer. Y para agrandar el combo, representó a su amante en el juicio de divorcio hasta sacarle el último centavo a Josep. La definición de basura le quedaba pequeña a este personaje –aún más pequeña que la letra de los contratos con los que aniquilaba a sus víctimas- pero con su perversa habilidad consiguió su objetivo de poner a Josep, a quien envidiaba con insana locura, en la indigencia más cruel e inesperada.

Josep, las primeras veces que le tocó hurgar entre los residuos para buscarse ropa o comida, no podía evitar pensar que estaba allí por culpa de un auténtico “saco de mierda”, y esa paradoja le alimentaba mucho más el odio que la fruta podrida su hambre. Pero fueron pasando las semanas y después los meses, hasta que una noche de abril dejó de estar enemistado con la vida. Se olvidó del abogado, de su mujer, del dinero y las propiedades perdidas, y sólo su hijo Marc pasó a ser el combustible que le daba fuerzas para seguir levantándose cada mañana. El colchón podía estar duro, pero imaginar el hecho de volver a verlo algún día sanaba sus heridas y le borraba rápido las marcas del banco de cemento del parque.

Cuando llegaba el invierno, algo tenía que hacer y más en los días de lluvia, porque era inhumano pasar la noche sin resguardarse. Un crudo fin de semana de enero quiso jugar el papel de valiente a prueba de todo, pero acabó en la guardia de un hospital con principios de congelamiento. Ya envuelto en mantas, sentado con un té caliente en la mano sobre un sillón de la sala de espera diez veces más cómodo que su cama de cartón, Josep lloró desconsolado por primera vez en casi un año, y no por el frío, sino por haber tenido que dejar en blanco el casillero de domicilio al rellenar un formulario. Fue la primera vez que debió asumir que era un hombre pobre, sin techo y sin rumbo. Fue la noche en que se supo sin nada, pero también el puntapié para advertir que, por lógica pura, ya no tendría nada que perder y a partir de allí todos serían obsequios de la vida.

-Y al otro día durmió por primera vez en el cajero al que voy siempre –me contó mi hermano.

Sólo era cuestión de elegir cartones de buena calidad para hacer un colchón más mullido. Y después de un pequeño incidente, Josep procuró que también estuvieran totalmente secos, ya que una noche no le había quedado otra que tumbarse sobre un cartón húmedo y, al entrar una mujer con su hijo al cajero, el pequeño dijo en voz alta “mira, mamá, este hombre se ha meado encima”. Josep tuvo que apretar los dientes bien fuerte y hacerse el dormido, para reprimir sus ganas de darle una buena colleja al pequeñajo o más bien a su madre, por no enseñarle que no es bueno soltar la primera idiotez que viene a la cabeza sin pensar que ésta pueda ofender al prójimo.

Después de reiteradas visitas en las que mi hermano coincidió con Josep, empezaron a entablar una amable conversación y así fue como un día, por pura casualidad en una sobremesa familiar, yo me enteré de la existencia del hombre que lo había perdido todo. Y por qué negarlo, desde ese momento su historia me provocó un cierto magnetismo y mucha curiosidad por seguir sus pasos, pero nunca había visto a Josep hasta el viernes pasado.

Entré al cajero pasadas las once, cuando él parecía estar dormido. Mientras metía mi tarjeta de débito en la ranura, no podía dejar de pensar en que atrás mío estaba una auténtica leyenda, tal era la dimensión que había cobrado en mí el personaje del que mi hermano me había hablado tanto. Entonces, justo unos segundos después de introducir mi clave de cuatro números, la leyenda se puso de pie, me tumbó de un certero puñetazo y me hizo caer sobre su colchón de cartón. Josep se llevó todos los billetes que le permitió la máquina y abandonó su casa, y mientras tanto, a mí me llevó casi un cuarto de hora dejar de temblar.

Dos días después, un hombre que también vivía en la calle y conocía a Josep, fue al contenedor de papeles azul, que era el mismo que visitaba muy seguido el hombre que me había robado. En búsqueda de su ración de cartones para esa noche, al sacar el linyera una enorme caja desarmada, cayó un trozo de papel con un pequeño texto que había quedado enganchado junto al cartón, y que aterrizó con la parsimonia de un símil avión de papel sobre sus desgastados mocasines. El vagabundo, sin dudarlo, comenzó a leer por curiosidad:

“Josep: no me conoces. Soy el hermano de Juan, el chico que estudia guitarra en la academia de la esquina del cajero. Supongo que sabrás que, como en todos los cajeros automáticos, hay cámaras de seguridad. Estudié las leyes y la letra pequeña del banco y llegué a la conclusión de que si me roban en el propio cajero y existe una grabación que atestigua el hecho, están obligados a reponerme el dinero con unos pocos trámites. Voy a ir este viernes después de las 23, con una mochila de color naranja. Es importante que esperes a que ponga mi clave de seguridad, y ahí me deberías derribar de un golpe. Podrás retirar hasta 2000 euros, que es el tope diario que me permiten. Por supuesto que luego deberás desaparecer del barrio, pero con ese dinero podrías buscarte una pensión barata, comprar algo de ropa y, si lo deseas, empezar de nuevo. La idea fue de mi hermano, pero él no podría hacerlo porque se lo ve en las cámaras entablar muchos diálogos amistosos contigo. Si te atreves, golpea con rabia, imaginando que soy ese abogado hijo de puta que te sacó todo. Y luego te deseo toda la suerte del mundo.”

Ha pasado casi una semana y todavía tengo el labio algo hinchado. De a ratos pienso, “qué cabrón este Josep, sí que me dio fuerte”, pero enseguida no puedo evitar sonreírme, al imaginar que una tarde cualquiera podría cruzarse con el bastardo que lo arruinó, y concentrar en su puño todo el cemento y el frío de los distintos bancos en los que durmió en el último año y medio de su vida.








martes, 7 de julio de 2015

La decisión de Julio

por Javier Debarnot


Jueves, 9:53 PM


El movimiento mecánico de la fregona ya era para Julio una suerte de paso de ballet, como una coreografía elegante y pausada que venía repitiendo desde hacía seis horas, habiendo empezado por la cuarta planta y a punto de acabar el último piso del edificio. Derecha, izquierda, doce veces así, y a sumergir otra vez el palo con peluca en el cubo de agua.

Julio tenía un cansancio de esos que te obligan a seguir manteniéndote activo, consciente de que en caso de frenar se puede sufrir un desmayo instantáneo. Y él no quería padecerlo faltando apenas siete minutos para acabar su jornada laboral, una más de esas “limpias e impolutas”. Una más al cabo de los últimos veinticuatro años.

Unos pasos de baile más y en su cabeza escuchó un “chan, chan”, como el cierre de un tango. Se pasó la mano por la frente secándose algunas gotas de sudor, preguntándose cuántas le habrían brotado en toda su trayectoria como empleado de limpieza de la empresa, y como Julio se daba bastante maña con los números, en pocos segundos llegó a obtener una cifra aproximada de sus litros de esfuerzo vertidos.

Ya no quedaba casi nadie en el edificio, y era la gloriosa hora de volver a casa. Sólo le quedaba algo por hacer: echarle un ojo al despacho del arquitecto Domínguez, su “mentor” en la empresa. Domínguez era un amigo de la familia y, poco tiempo después de haber sido ascendido, le había facilitado a Julio su ingreso como limpiador, y por eso a éste no le molestaba darle una repasada a la mesa y al escritorio del arquitecto cada noche antes de marcharse.

Pasándole un paño al cristal que protegía la madera del mueble, los ojos de Julio se fueron hasta un rincón oscuro de la oficina donde un maletín negro brillaba por su presencia. “Eso no es del arquitecto”, pensó enseguida y fue hacia el objeto, teniendo presente el dicho popular sobre la curiosidad pero estando tranquilo porque él no era un gato. Al tocar la rugosa superficie de cuero, se trasladó más de medio siglo en el tiempo.

La última vez que había palpado un maletín, había sido la única ocasión en la que tuvo uno propio. Fue al empezar la escuela primaria, que con mucho esfuerzo sus padres le habían regalado uno invirtiendo hasta el último centavo del aguinaldo. Con cuánta ilusión lo había abierto un Julio pequeñito que apenas pasaba el metro veinticinco, soñando con todo lo que se le vendría por delante a partir de ese crucial ingreso a primer grado.

Mientras quitaba la hebilla del extraño maletín –teniendo ahora más arrugas, más canas y más tragos amargos de los que había tenido el niño que alguna vez fue- Julio rememoraba esos deseos de sus seis años, llegando a la triste conclusión de que la mayoría habían quedado desdibujados o sepultados en el camino.

Como máximo sueño cumplido atesoraba el de haber formado una familia junto a una esposa fiel y compañera que había dado tres frutos: Máximo, Lucía y Martina, sus adorados y ya mayores hijos. Pero aparte de ello, que no lo menospreciaba en absoluto, Julio no había conseguido nada. Y por culpa de las marcadas y sonantes frustraciones experimentadas a lo largo de su vida, ésta le había consumido cuarenta años de trabajo tedioso, básico y mal pagado, como era el caso de su actual puesto como empleado de limpieza que, Julio lo reconocía, era todo a lo que podía aspirar por su escasa preparación.

-¿Pero qué mierda es esto?

No pudo reprimirse esas palabras, que supuso nadie escuchó, al ver en el interior del maletín decenas de fajos de billetes, “limpios e impolutos” como su trabajo, puestos ordenadamente como se ven en tantas y tantas películas sobre transacciones millonarias o pagos de rescates entre narcotraficantes o secuestradores.

Como estaba agachado, atinó a mirar con sigilo por encima de su cabeza, repitiendo una vez más sus clásicas y muy a menudo tediosas coreografías: izquierda, derecha, detrás. Era más bien un acto reflejo, porque Julio sabía que no quedaba un alma a esa hora en el edificio. “Sólo el último orejón del tarro”, seguía reflexionando en voz alta. Como siempre. Él, pero con la pequeña diferencia de que esa vez se veía acompañado por… ¿un millón de dólares? Más o menos parecía haber esa cifra de billetes al contar sólo un fajo y multiplicarlo por la cantidad total que había.

Entonces Julio recordó que, mientras limpiaba por detrás de la máquina expendedora de cafés a media tarde, había visto a un personaje extraño dirigirse al despacho del arquitecto Domínguez. Tanto le había llamado la atención que tuvo que imprimirle a su cuello un pronunciado movimiento de cogoteo de esos que lo dejaban al borde de una tortícolis. Gracias a ese estiramiento capturó varios detalles de ese hombre calvo por la azotea pero con una melena enrulada en los bajos de su cabeza, con ese andar casi caricaturesco y ese portafolio llamativo que sostenía una de sus manos.

Convencido de que ese caballero no era “trigo limpio” como le había enseñado su abuelo, Julio llegó a la conclusión de que el maletín contenía dinero sucio. Primero pensó en manotear un fajo, sólo uno, y ya tendría suficiente. O mejor aún, sacar cinco o seis billetes de cada fajo ya le aseguraría una suma superior a lo que ganaba en varios años, casi como una jubilación anticipada.

-No se van a dar cuenta.

Pero entonces, cuando estaba a punto de empezar con el trámite medido de quitar unos pocos billetes de cada pilón, lo interrumpió otro pensamiento que había salido recién bañado de la catarata de la codicia. ¿Qué tal si se quedaba con el maletín entero? Dale, Julito, no sean cagón, escuchaba una y otra vez esa frase que lo dejaba tambaleando en el límite de la cobardía y la más grande osadía de la que jamás hubiera imaginado ser partícipe en su vida.

Llevarse todo el maletín implicaba desaparecer para siempre. Volver a casa y decirle a su mujer: “no me preguntes nada pero confía en mí”, pedirle que meta sólo lo indispensable en una maleta y huir bien lejos, para empezar de nuevo en algún lugar remoto del mundo. ¿Irse sin despedirse de sus hijos? Tendrían que soportar su ausencia al menos por un tiempo, pero sí podrían Julio y su esposa despedirse de trabajar él seis días a la semana en horario vespertino con la posibilidad de cenar sólo un día en horario decente y en familia, caminar ella con sus rodillas azotadas por la artrosis decenas de manzanas para buscar ofertas y descuentos casi insignificantes, en ocasiones llevando un tambaleante carro de la compra que amenaza con desbarrancarse por culpa de la cojera de una de sus ruedas, pero es que no quedaba otra porque no había dinero para reemplazarlo.

Y tan abstraído estaba Julio en las diapositivas de lo que no deseaba a volver a ser, que ni se percató de la aparición de Rosendo, su compañero de trabajo. Éste se había acercado con sigilo y no tenía otro foco de atención que el maletín que permanecía abierto desnudando su sugerente y acaso prohibido contenido.

-¿Qué es eso, Julito?

-Esteeee…

Un tartamudeo dejó a Julio expuesto como el hombre inseguro y temeroso que siempre fue. Aunque peor resultó al quedar paralizado por la incredulidad y la impotencia, viendo como Rosendo se llevaba el maletín cerrado y completo diciendo “esto hay que devolverlo” y lo dejaba nuevamente en penumbras, temblando como una seda, con el palo de fregar en la mano y ya pensando en las diapositivas de lo que nunca jamás iba a ser: ni tomar el sol en una playa caribeña ni disfrutar de un suculento manjar en un restaurante francés ni nada. Le tocaba imaginar qué sobras le quedarían para recalentarse en el microondas, en una cocina también casi a oscuras, ya cerca de la medianoche, después del tortuoso viaje de hora y media en autobús rumbo a su casa en los suburbios.



Martes, 4:34 PM



Julio está limpiando hace media hora y desde hace días que no se permite, o intenta no permitírselo, pensar en otra cosa que no sea en su coreografía de derecha, izquierda, doce veces así, y a sumergir otra vez el palo con peluca en el cubo de agua.

Julio se ha transformado en un hombre sin alma. La melancolía lo ha abordado para hacerse un nido donde muchas veces también se cuelan la tristeza y la vergüenza. Julio se odia por no haber tenido valor al menos una hora en su vida, el suficiente para cambiar su futuro para siempre.

Lástima que su rutina casi autómata y su abstracción casi enfermiza del resto del mundo le impide ver la portada de un periódico que descansa en un escritorio junto al pasillo que va limpiando, que como principal titular cuenta que “narcotraficantes asesinan a un hombre en la triple frontera” y se ilustra la noticia con una fotografía de Rosendo. Saber aquello no le cambiaría la vida a Julio, porque a esa altura está convencido que nada va a modificarla, pero quizás lo haría sentirse un poco menos desgraciado.







martes, 23 de junio de 2015

Una lección sobre la arena

por Javier Debarnot

Estaba con ganas de un nuevo reto y no sé cómo me topé con uno bien grande: correr una media maratón, y por la playa. Para que fuera más extraordinario, el evento iba a ser en diez días a partir del momento en que tomé la decisión de hacerlo -y de la última vez que había salido a trotar, ya habían pasado diez meses-.

Con ese panorama, no imaginaba otro final que no fuera el mío atravesando la línea de llegada con una capa de súper héroe. Para derribar todos los mitos acerca de la preparación necesaria para participar de una media maratón, y para demostrar que a un paso de mis cuarenta puedo tener un rendimiento que envidiarían varios de veinticinco.

Cuando puse “entrenar para correr 20 kilómetros” en el Google, no existía un resultado que no incluyera como mínimo un cuadro de seis semanas. Leía frases lapidarias como “respetar una progresión”, “no aumentar bruscamente las distancias recorridas”, y otras tantas sentencias que, al repasarlas, no hacían más que confirmarme que el mundo estaba lleno de débiles. “Yo entrenaré cinco días, correré la media maratón al sexto, y al séptimo día obviamente descansaré”. Y amén.

Mi cronograma lo garabateé en un block de notas en menos de medio minuto. Jueves y viernes, cuarenta y cinco minutos matutinos de entrenamiento; domingo, una hora; lunes, una hora y cuarto; miércoles, una hora y media; y sábado, dos horitas, carrera acabada y a festejar con un chapuzón en el mar. Con los pocos días que me quedaban, se me antojaron inútiles e innecesarias las cuestiones de nutrición, indumentaria o descanso: iba a improvisar.

Al primero que le comenté mi reto fue a mi amigo Nico, que al principio me apoyó y se contagió de mi entusiasmo, pero la cosa cambió cuando le dije cuál era la superficie de la carrera: “¿Por la playa? ¡Qué hijos de puta!”. Fue acaso la primera señal que estaba golpeando mi ego, intentando decirme que no me estaba subiendo a una loca aventura, sino a una lisa y llana locura. Igual logré convencer a mi confidente de que con mucha garra podría lograrlo.

Después de explicarle mi cronograma de entrenos, Nico pareció aprobarlo, no sin antes proporcionarme un pequeño pero fundamental ajuste:

-Unos días antes, tendrás que ir a correr por la playa.

Era crucial el consejo que me estaba dando, para conocer de primera mano la abismal diferencia de correr por asfalto –como corre casi todo el mundo incluyéndome a mí- y hacerlo por la playa, sobre arena blanda y con zapatillas puestas. A mí siempre me encantó trotar en ese maravilloso paisaje, pero lo hacía descalzo y por la orilla. La superficie de esta media maratón –que iba a celebrarse al atardecer- era algo nuevo para mí y tampoco era cuestión de llegar virgen de experiencia al día de la carrera.

Por el cemento, consumí los cuatro entrenamientos con mejores resultados de los que esperaba, y eso me iba animando cada vez más. La noche anterior al día de ir a correr por la playa, siguiendo las sabias palabras de Nico, tuve un pensamiento muy enrevesado: como el bautismo de la superficie iba a ser durante la tarde-noche, me imaginé teniendo una grave lesión en la rodilla tipo rotura de ligamentos, algo que impidiera moverme, y yo sin móvil, porque sólo llevaba encima la llave del auto, tirado en la arena sin que nadie me viera ni pudiera socorrerme, pasando la larga y solitaria noche, y siendo encontrado por unos socorristas de un balneario a la mañana siguiente, ya convertido en cadáver al haber sido devorado por perros salvajes o lobos ávidos de luna llena y articulaciones dañadas. Esta alucinación me dio una pauta muy clara: no debía ser bueno drogarse cuatro días antes de la media maratón.

El miércoles, poco después de salir de mi trabajo, me calcé las zapatillas, subí al coche y después de veinte minutos estaba estacionando a veinte metros de la playa. Ya había marcado un recorrido gracias a Google Maps y sólo era cuestión de poner las suelas sobre la arena y empezar a correr. Al minuto me di cuenta que ir por esa superficie no era difícil. Era dificilísimo.

No había hecho ni siquiera dos kilómetros cuando tomé consciencia de la dificultad del reto, y caí por primera vez de cabeza en la honda piscina del menosprecio, donde casi nunca suele haber agua. Pero con mucho esfuerzo me fui animando y de repente empezó a aclararse otra vez el panorama. Acabé corriendo unos nueve kilómetros y medio –que por error de cálculo primero había supuesto alegremente que eran once pero Google Maps dictaminó al otro día la distancia exacta- y supuse que el día de la carrera debía correr el doble. Y listo. Y claro que iba a hacerlo. Si yo, súper héroe moderno sin capa, soy el que todo lo puede.

Mi última confidencia antes del sábado fue con Juan, otro amigo con experiencia en medias maratones que, al igual que Nico, al saber que iba a ser por la playa me advirtió con un “cuidado que ya tenemos una edad, no te exijas más de la cuenta”. Lejos de amedrentarme, eso de que me consideren ya en la categoría “senior” me lo tomé casi como una ofensa y un desafío añadido.

Los dos días previos fueron para descansar y hacer cálculos. La carrera iba a consistir en dar vueltas por un circuito en la playa de dos kilómetros y medio. Según las normas, te ponían una pulsera tras cada vuelta, y en el caso de la competición de veinte kilómetros tendrían que ponerme ocho pulseras. Entrenando –por el pavimento- había llegado a correr quince kilómetros, lo que me llevó a pensar que “tengo seis pulseras, las dos que me faltan ya vendrán el sábado”. Me hice la idea mental de que debía hacer cada uno de los ocho trayectos en un promedio de dieciocho minutos, pero...

-La puta madre, me olvidé el reloj.

Eso dije al bajarme del coche a una hora del inicio de la carrera. Iba a tener que correr “a ciegas”, pero la frustración me duró muy poco: “así será más épico”, le comenté a mi mujer y a mis hijos. Yendo hacia la largada, decenas de vendedores ambulantes ofrecían relojes –aunque ninguno tenía cronómetro- pero yo busqué de reojo si tenían zapatillas que flotaran por la arena. Estaba llegando por fin al baile y se acercaba la hora de demostrar que sabría bailar, o la hora de echarle la culpa al piso -la arena-.

Arranqué con una sonrisa en la boca que iba a ir desdibujándose a medida que entraba arena fina dentro de mis zapatillas, de mis calcetines y tobilleras y poco a poco se iba acomodando entre los dedos de mis pies. A mi alrededor, el resto de los corredores llevaba una camiseta que según el color indicaba la distancia de la cual participaba: cinco, diez, veinte o cuarenta kilómetros -de estos, sólo había unos treinta kamikazes a quienes les guardo mi más sincera admiración-.

Me dieron la primera, la segunda y la tercera pulsera. Siete kilómetros y medio en el buche y no sentía ningún tipo de molestia o lesión, más allá de que mis piernas empezaban a pesar más que mi amor propio, que por esos días estaba cotizando altísimo. El sol ya bajaba y en la zona de la meta una batucada te ponía las pilas para intentar que tu motivación estuviera por encima del nivel del mar, que estaba al lado, como una tentación tan cercana o lejana al mismo tiempo. Durante el recorrido de la media maratón, tocaba pasar por algunos típicos bares de playa en donde alegres veraneantes degustaban cervezas heladas y crujientes rabas a la sombra. Y había cruces de mirada fulminantes:

-Miralo a este gordo sedentario consumiendo grasas con el culo aplastado en la silla –pensaba yo.

-Miralo a este pelotudo corriendo como un esclavo sobre la arena –quizás pensaban los otros, y tal vez con muchísima razón.

Y ahora vendría el párrafo en donde relato mi inmensa gesta para acabar la segunda mitad de la carrera. Pero no. Sé que en general son mucho más atractivas las historias de desgracias o de perdedores, para que cualquier eventual desgraciado o perdedor que lea estas líneas se sienta reflejado en las mismas. Y por eso ofrezco este final entre sombras tan alejado de las luces del éxito, porque es el final que realmente merezco o que merecí el pasado fin de semana.

No existió –quedó lejísimos- la épica que tanto venía augurando. Corrieron a mi cabeza -cuando ésta ya había decidido el abandono justo por la mitad- las frases en tono de advertencia de Nico, de Juan, los resultados de las búsquedas en Google. No tendré las imágenes del glorioso momento de cruzar la meta, pero creo haber ganado, porque siempre se gana algo, un baño de humildad que te dan los hechos de vez en cuando, para decirte a la cara que no existen fórmulas mágicas, que hace falta sacrificarse más y tomarse las cosas más en serio. Y en caso de ir subido a la soberbia como fui yo estos últimos días, después de estrellarse contra el muro no queda otra que esperar a que cicatrice la herida con la lección bien aprendida, y mientras eso ocurre animarse a contar la verdad. Porque la historia, claro que sí, también la escriben los que pierden.






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