martes, 20 de enero de 2015

A través del cristal

por Javier Debarnot

Cuando bajan el interruptor de la luz principal, se hace la oscuridad y yo ensayo una mueca que nadie ve para darle una cálida bienvenida a la negrura, y que consiste en sacar la lengua en un movimiento eléctrico y repentino. Para mí -y supongo que para la mayoría de mis compañeros y compañeras de celda- empieza el mejor momento de la jornada que casi siempre es la noche.

Todos volvemos a ser naturales, olvidamos la parte del show que a cada uno le toca y, por fin después de larguísimas horas, nos relajamos para vivir la vida de la forma en que merecemos vivirla, sin miles de miradas molestas que a fuerza de repeticiones pareciera que nos van perforando la piel poco a poco, lenta pero cansinamente. ¿A quién le gusta ser observado por un gigantesco enjambre de ojos? Que yo sepa, ninguno de nosotros llenó una planilla para entrar en una especie de Gran Hermano.

Es en estas horas, que por desgracia pasan rápido, cuando le doy mil vueltas a las cosas mientras otros descansan. Me enrosco de diferentes maneras y me cuesta mucho salir después del laberinto que yo misma construyo, haciéndome preguntas que cada noche me devuelven respuestas distintas, como si las preguntas fueran piedras planas arrojadas a una laguna calma que pueden rebotar dos, tres, o hasta siete veces en la superficie de las respuestas, pero jamás lo harán con idéntico recorrido. Y lo que tenía claro ayer, hoy es un punto minúsculo perdido en una inabarcable nebulosa.

¿No tienen otra cosa que hacer todos los que vienen a espiarnos como fisgones desprejuiciados? ¿No les da vergüenza hacerlo a plena luz del día, sin disimular ni esconderse siquiera, olvidando la mediocridad de la mayoría de sus existencias y creyendo que en la observación de nuestras razas hallarán esa pizca de entendimiento que siempre les es esquiva para llegar a la comprensión total del sentido del universo? Sí, sé que de a ratos me pongo filosófica y complicada, pero esa es mi naturaleza y mi misión en esta pequeñísima porción de historia que lleva nuestro mundo, conmigo formando parte de él desde que alguien dijo crearlo.

Porque yo estaba ahí. Vi todo en primera fila. Debo reconocer que desde abajo, pero nadie puede pasar por alto que fui una protagonista privilegiada cuando empezó esta conocida y manoseada historia. Mi papel, sin duda estelar, tuvo lugar justo antes de que los supuestos actores principales lo echaran todo a perder, y eso ocurrió aquella vez y viene sucediendo desde entonces por los siglos de los siglos. Y nada de amén.

Creo que el amén ha sido una gran perdición para esta siniestra especie que nos encierra y nos espía, y el motivo es un simple acento: si le quitáramos el tilde a amén, en lugar de significar un “así sea” que repiten hasta el hartazgo como borregos, sería un verbo que anima a hacer lo único bueno de este mundo, “amen”. Pero no, ellos están ajenos a este noble propósito.

Están ajenos al amor desde que empezaron a matarse entre ellos aunque tuvieran la misma sangre. Y después, de allí para abajo qué más podía esperarse de esta especie voraz, porque es difícil hallar actos más oscuros que asesinar a un hermano aunque ellos se han empecinado en superarse. Estoy delirando, soy consciente de ello, pero es que los aborrezco y mato las horas en que me libran de su presencia para analizarlos yo, para juzgarlos, para despreciarlos e incluso sentir pena por ellos. Pero no siempre es pena, porque en ocasiones la lástima echa raíces y nace de los nuevos brotes la indiferencia, y me da igual lo que hagan o dejen de hacer.

Pero ya no importan mis cavilaciones, porque la misma mano o quizás otra distinta pero igual de siniestra, ahora mismo sube el interruptor de la luz y vuelve a apoderarse de mí la resignación y también el más negro desasosiego. Pronto volverán a invadirnos, a escudriñarnos a través de este cristal que cambiaría todo el asunto si no estuviera. Pero está.

En pocos minutos llegarán miles de ellos, y cuando el primero me apunté con sus pupilas y con su dedo índice, yo lo miraré fijo y me haré una vez más la pregunta que me envenena la mente hace años: ¿si yo, una simple serpiente, he evolucionado hasta pensar como un humano… ellos llegarán un día a arrastrarse y repeler a los demás como nosotras? Al fin y al cabo, ellos también fueron expulsados del Paraíso, y no hicieron nada para seguir teniendo un trato preferencial en este mundo.




1 comentario:

Anónimo dijo...

La culpa de la serpiente (por lo mal hecho) parece que la lleva a ser encerrada, y a ser observada siempre por los demás, toda la eternidad.

Ojalá que la culpa sirviese para la superación personal!

Mari Carmen

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