martes, 17 de febrero de 2015

Ojos que ven

por Javier Debarnot

A Sergi no le importa nada ni nadie, aunque mejor dicho, sólo le interesan el dinero o las personas que le ayuden a juntarlo. Tampoco es un tipo que cultive su aspecto espiritual sino más bien todo lo contrario. Su premisa es que tenemos una única vida y lo demás son tonterías, o al menos eso pensaba hasta aquel encuentro que le dio vuelta todo.

Un día antes, está revolviendo un cajón buscando la documentación de una de las decenas de propiedades que tiene en su haber, cuando lo interrumpe una llamada telefónica. Nerea, su secretaria, le avisa que quieren pedirle una reunión los inquilinos de un piso suyo. Al confirmarle de que se trata de la familia que las autoridades están a punto de desahuciar por falta de pago, la respuesta de Sergi no admite más explicaciones: que se vayan a la mierda.

-Que no me moleste ni Cristo hasta después de comer.

Nerea sabe que una nueva interrupción puede enfurecer a su jefe hasta el extremo de tener que soportar una humillación pública por parte de él. Por eso, cuando a las dos y media tiene del otro lado de la línea a la tía de Sergi entre sollozos pidiendo hablar con su sobrino, duda unos cinco eternos segundos antes de transferir la comunicación. Pero al final le da a la tecla que hará que suene el teléfono del despacho más grande y lujoso de la empresa.

-Nerea, te he dicho que… -escupe Sergi esperando ser interrumpido por una buena razón o listo para entrar en cólera.

-Sergi, tu tío Ramón ha muerto, tengo a su esposa en línea, desesperada.

Sergi se queda como en blanco, se reprime el “qué mierda me importa que la haya palmado ese viejo decrépito” y le pide a Nerea que le pase la llamada. Y mientras hace gala de una falsa consternación, de repente empieza a caer y a verse afectado, porque intuye antes de que se lo pida su tía que precisará de su ayuda para varias gestiones inherentes al fallecimiento.

Pero enseguida el fastidio se transforma en ganas cuando Sergi captura el pequeño detalle de que va a quedarse con una propiedad –otra más para la colección- que pertenecía a su tío y ahora irá a parar a las manos de su único sobrino con vida. O sea él.

Mientras la viejita sigue llorándole sus penas, el empresario masculla una risa para adentro, agradeciendo que al difunto Josep lo haya alcanzado un furibundo Alzheimer cinco años atrás, porque de lo contrario, sólo con acordarse su tío de algunas putadas que Sergi le hizo al resto de la familia, ahora no le estaría dejando de herencia ni un pedazo de mierda disecada.

Un cuarto de hora después, Sergi le dice a Nerea que no volverá hasta el lunes y que le derive cualquier patata caliente a Carles, el director general, que “ya le vale que alguna vez mueva el culo por el pastón que se lleva a final de mes”. Al salir a la calle, hay un sol que conmueve a la mayoría por su rareza en el cielo de un marzo barcelonés, pero a él sólo le están lloviendo números. Casi que se va excitando de sólo imaginarse la venta, triangulación y posterior cosecha de dividendos que hará con la propiedad de su tío, a la que irá a visitar el viernes por la mañana.

Antes de cruzar la esquina que está a veinte metros del sitio donde tiene aparcado su BMW gris plata, casi se lleva por delante a una mujer de mediana edad.

-Usted es el señor Sergi.

No contesta nada. Ni hace un gesto. Nada de nada a pesar de ser, evidentemente, el señor Sergi.

-Soy la mujer del piso de Sants, he intentado hablar con usted toda la mañana.

Sergi sigue impasible, la deja hablar, hasta le permite a la mujer que se humille sin que él ni siquiera pestañee, para acabar diciéndole, como si fuera un robot –con un tono monocorde e insípido- que no está “para negociar con nadie, para eso le paga a los abogados de la empresa”.

Y el empresario se aleja con insultos y maldiciones como música de fondo, porque la mujer lo persigue hasta que se encierra de un portazo en su coche que vale diez veces más que el dinero que adeuda esa familia y por el cual están a punto de dejarlos en la calle. Al poner Sergi su coche en marcha, una de las ruedas delanteras pasa a cinco centímetros del pie de la futura desahuciada, no aplastándoselo de milagro.

-Qué mierda pretende esta gente –es la última frase que dice mientras acomoda el espejo retrovisor, varias horas antes de que ese jueves llegue a su fin.

El viernes a primera hora, Sergi desanda una carretera nacional buscando el pueblo donde está, abandonada hace varios meses, la finca que había pertenecido a los padres de Josep, sus tíos abuelos. Pero a mitad de camino tiene un percance con su vehículo que lo deja varado en medio de la nada. El auxilio mecánico se hace esperar más de la cuenta, y después de un rato interminable, le diagnostican a su BMW la rotura del alternador. El chiste le cuesta a Sergi una obscena cantidad de euros y, mucho peor aún, le hace perder casi todo el día entre el acarreo y el reemplazo de la pieza malograda.

Cerca de las ocho, llega por fin a la casa que será suya cuando estampen unas cuantas firmas. Desde afuera se la ve bastante derruida, pero Sergi sabe que con una buena refacción podrá venderla por una cifra desorbitada. Le cuesta abrir la puerta por un trío de razones: no se ve nada porque ya es noche cerrada, tiene que adivinar cuál de las siete llaves que tiene corresponde a la cerradura principal, y encima los metales internos están todos oxidados.

Recién a los diez minutos puede ganarle la lucha cruel al portón de la entrada y se mete en la propiedad, donde evidentemente no vuela un alma. Entonces, cuando el viento empieza a azotar unas ventanas mal cerradas, Sergi se decide a subir por una escalera lateral hacia la planta de arriba donde están las habitaciones, con una vela en la mano porque no hubo manera de que lograra conectar la energía eléctrica de la casa.

El repiqueteo de las maderas golpeando contra los marcos se vuelve ensordecedor, pero Sergi ha logrado desconectarlo de su mente. Le atrae una puerta al final del pasillo hacia la que se siente imantado. Ya no podrá detenerse y va hacia ella, sin imaginar lo que va a encontrarse al abrirla, a quiénes va a ver, y qué están haciendo.

Su reacción no se hace esperar después de esos escasos segundos, pocos pero los suficientes para reconocer a los protagonistas -aun sin que nadie jamás los hubiera visto-, o saber de qué hablaban -aun sin haber oído nunca esa lengua-. Sergi, en el mismísimo umbral que divide el mundo que conocía hasta allí con esa sala maquiavélica, se arranca los ojos de sus cuencas clavándose sus propias uñas en sus carnes. Y la noche y los ruidos de afuera se adueñan de su alma y su ser y muy pronto se apagan.

*****

Poco tiempo después, los usuarios del Metro que recorren los pasillos subterráneos de la Estación Penitents, cada día pueden cruzarse con un vagabundo donde se esconden los restos del hombre que alguna vez fue, tirado sobre una pila de cartones viejos y húmedos por su propio orín. Bajo su frente asoman dos horribles cicatrices que dejan en evidencia a los ojos que ya no tiene, ojos que no creían nada y que sufrieron la desgracia de ver en la habitación de una casa abandonada el inédito encuentro de Dios y el Diablo, negociando por quién sabe qué precio el futuro de esta tierra y esta humanidad que avanza cada vez con menos rumbo y más desquiciada.




3 comentarios:

Anónimo dijo...

Ojos que ven, corazón que siente...

Siempre es mejor sentir! aunque sea para hacer penitencia (dentro y fuera del metro).

Un abrazo,

Mari Carmen

Anónimo dijo...

PARA MI UNO DE LOS MEJORES RELATOS DE ESTE AUTOR.RCDE

chapi dijo...

Justicia poética! Gran relato, genio. Gracias por contarnos historias.

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