martes, 31 de marzo de 2015

No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy

por Javier Debarnot

Sentado sobre el confortable sillón, Mario se saca una legaña con un dedo y con otros dos abre y cierra mecánicamente los distintos menús de su móvil. A su alrededor, cuatro de sus amigos hacen lo mismo y unos cuantos más revolotean por la zona, todos medio dormidos, la mayoría ansiosos, pero ninguno tan ilusionado como Mario.

Pasan los minutos y cada tanto vuelve a revisar la misma conversación. Queda eclipsado, una y otra vez, y ya se sabe de memoria ese ininterrumpido intercambio de mails, entre él y Anna, que había empezado cuatro días antes y tenía su último mensaje la noche anterior. Mario sonríe de sólo imaginar la alegría que le había provocado la llegada de cada correo y, más que nada, el contenido de los mismos.

Compartió con Anna dos semanas que, ni se permite dudarlo, fueron las mejores de su vida, una vida corta, cualquiera podría aclararle y tendría razón, pero en sus diecisiete años Mario jamás había estado tan obnubilado como lo estaba ahora, tan en el aire, como transitando un universo paralelo donde sólo cabían él y la que deseaba que fuera su chica.

Pero Mario sabe que hay un problema, quizás sólo temporal. El problema es que aunque ambos lo intuyen, ninguno se animó todavía a confesarle al otro lo que siente. El joven sabe que tuvo una oportunidad de oro el jueves de la semana pasada, cuando iban caminando con otro grupo de compañeros por uno de los caminos del Montseny, y por arte de magia todos se evaporaron de golpe y él quedó a solas con ella.

La barrera idiomática por el alemán de Mario y el español de Anna nunca había sido un impedimento, porque desde un primer momento aprendieron a chapurrear el inglés, más que nada la chica, porque el germano lo controlaba mucho mejor. Cuando la tarde fue sólo para ellos, apenas se sentía el sonido de algunas aves autóctonas y los rayos de un sol primaveral rebotaban en los botones de metal de la chaqueta de Anna, y a Mario se le antojaba todavía más brillante e idílica la imagen de princesa que le devolvía su transitoria compañera de estudios.

En ese momento, piensa ahora Mario distrayendo su mirada hasta aplastarla contra el blanco techo, allí es cuando tendría que haberle dicho “I love you” sin más rodeos, y no dejar pasar la magia de esa caminata, y no permitir que se escapara ese tren, y no dar pie a que volvieran las amigas de Anna a cuchichear con ella y seguramente a preguntarle si había pasado algo, si había ocurrido al fin lo que todos veían como obvio pero que no se concretaba.

“Por cobarde”, no le queda otra cosa a Mario que torturarse, y justificar su falta de valentía por ese temor absurdo que lo abdujo como una nave intergaláctica que deseaba llevarlo al planeta del “no va pasar”, cuando el resto del universo no era más que un conjunto de astros que giraban alrededor del sol del “claro que va a ocurrir”.

Al revisar el último correo –que ya conoce de memoria hasta en la parte en la que en lugar de tres tiene cuatro puntos suspensivos- fantasea con que el tiempo pueda volar veloz, ansioso y diáfano como él, para que pronto caiga la hoja del calendario marcada con el círculo del reencuentro. Mario se consuela con que tan sólo faltan dos meses, que eso no es nada.

Cuando le diga todo lo que siento, piensa el chico mientras decide amputarse momentáneamente el móvil, cuando por fin me anime a jugármelo todo, lo que viene es algo que le hace cosquillas en el estómago de sólo imaginarlo: ir caminando de la mano con Anna por las calles de su pueblo natal, viajar a Berlín a ver a su abuelo y pasar una tarde interminable con él, sin separarse nunca de su chica, sólo distrayéndose para besarse mientras el viejito les cuenta una de las mil batallitas que recuerda sobre la caída del Muro, mientras no deja de regar los vasos de la parejita feliz con un aguardiente con sabor a melocotón y convidándoles unas galletas caseras crujientes que Mario había empezado a morder aun cuando sus dientes eran proyectos en sus encías de lactante revoltoso y soñador.

Pero vuelve a su teléfono, como si éste fuera atraído a cada minuto por un imán que nace de su mano, y busca alguna de las setenta y ocho fotos que tiene de aquella experiencia del intercambio de estudiantes que va tocando las teclas finales. Mario no se distrae en ninguna imagen donde no salga Anna, pasando por alto incluso aquella secuencia en donde su mejor amigo Karl se había sumado a la ronda de pueblerinos que bailaban la sardana en la plaza de Llinars del Vallés.

Zambullido en ese mar de sensaciones del último domingo, recuerda una vez más aquellos momentos del baile, y le parece estar oliendo el aroma de las butifarras que se abrazaban en la barbacoa del chiringuito de atrás, mientras los abuelos se ensimismaban con esa típica danza catalana que a él le parece un poco sosa, pero de sólo imaginar que podría estar haciendo eso mismo con Anna se transforma en el acto más excitante de la tierra, porque a Mario ya no le hace gracia la presencia de Karl entre los bailarines, o no tanto como la idea de agarrar la mano a esa joven cuyos dedos rozan los suyos en una distracción casi imperceptible, pero suficiente para que se erice su piel, se enciendan sus sentimientos más cálidos y no desee nada más en el mundo que besarla, besarla allí mismo y para toda la vida.

Pasa el tiempo, ¡cómo pasa el tiempo a veces!, y Mario sabe que la oportunidad de escribirle un WhatsApp a Anna tiene una vigencia de pocos minutos, los que quedan hasta que se vea obligado a desconectar su móvil. ¿Le digo algo? ¿Se lo insinúo al menos? El temor a que el fin de semana que viene, estando tan lejos, ella se deje seducir –porque qué hombre con sensatez no quedaría rendido ante sus encantos e intentaría apoderarse de ellos- y pronto lo olvide a él, a un simpático estudiante alemán que apenas compartió un puñado de horas, intenso pero exiguo a la vez, y acabe siendo una simple anécdota que ella recitará cada vez con menos precisión y menos detalles a sus amigas o, peor aún, a los hijos que tenga con otro en un futuro que podría preverse lejano pero aterrador. ¿Le digo algo ahora?

No, mejor mañana que estaré más relajado, piensa Mario y odia que siempre le resuenen las palabras de su madre, con ese tonito tan de madre, tan sabihondo pero tan inquietante y revelador. “Por las calles del Mañana se llega a la avenida del Nunca”, ay, cómo aborrece recordar eso justo hoy, y que esa frase motive que sus propios dedos duden si lanzarse o no a escribir un “Anna, quiero tener algo contigo”, pero al final siempre acaba diciéndose a sí mismo un lacónico y conformista “mejor mañana”.

Pero Mario no se rinde y todavía está cavilando la posibilidad de declarársele a Anna. Aún sopesa si habrá agua en el caso de lanzarse a la piscina, porque el Mario valiente parece dispuesto a seguir batallando contra el Mario conformista y cobarde, aunque la guerra acaba con un ganador que se define con claros trazos, que no celebra su victoria porque todas sus conquistas tienen el inigualable sabor de la pasividad y de la dejadez más absoluta.

Mario al final no hace nada, y deja todo tal cual estaba para resolverlo en un par de horas o días, o quién sabe cuándo. Se acobarda pero empieza a preparar el siguiente paso, que asegura será la estocada final. Porque el tiempo, quiere convencerse una vez más, jugará a su favor y será inevitable que él acabe enrollándose con Anna, porque eso está escrito en el destino de ambos y punto.

Lo que Mario desconoce es que, carente de sentimientos y emociones, el Destino es implacable, frío y calculador, y no duda siquiera un segundo para dictar los hechos que marcarán las acciones de las personas tal como él lo decide. El Destino hace lo que tiene que hacer a la hora que tiene que hacerlo, ajeno a las idas y vueltas de dos adolescentes que se desean pero no dan el último paso, que se saben el uno para el otro pero no se animan a tocarse, y entonces, con su pasmosa tranquilidad y siguiendo las instrucciones al pie de la letra, el Destino envía a un emisario de su suerte a decir una simple frase por el altavoz:

“Pasajeros del aeropuerto de Barcelona, prepárense para abordar el vuelo GWI9525 de Germanwings con destino a Düsseldorf”.





martes, 17 de marzo de 2015

Futboleros

por Javier Debarnot



Cuando Manel creó el grupo Futboleros para el WhatsApp invitando a David y a Javi, estuvieron casi media hora cambiando la imagen del perfil. Los dos primeros, como fieles pericos, ponían fotos del Espanyol, y el último contrarrestaba con alguna de Messi. Viendo que podían seguir así por toda la eternidad, alguno fue coherente con el nombre Futboleros y metió a una tía en pelotas, y ya nadie más la tocó –aunque estaba para tocarla toda la noche-.

La consigna del grupo era clara: con el fútbol y la rivalidad Barça-Espanyol como hilos conductores, el objetivo era molestar al otro, sacarlo de quicio y, en lo posible, dejarlo sin respuesta tras el agravio verbal. Se planteaba un duelo desigual según donde se lo mirara, ya que aunque por un lado eran dos pericos contra un culé, también se podía apreciar una batalla dialéctica entre un seguidor de uno de los equipos más poderosos del mundo contra dos fanáticos de un club de medio pelo que apenas conocían afuera de España.

Como norma no escrita, sobrevolaba un “vale todo” desde los primeros días. Y entonces sonaron de un lado y de otro palabras como corrupto, perdedor, ventajista, resentido, tramposo, fracasado, uruguayo, y otros insultos más subiditos de tono. Las leyendas de “David está escribiendo” que aparecían por defecto en el menú de los chats deberían haber sido “David está a punto de mandarte a la mierda”, “Manel está buscando sinónimos de sudaca en el Google”, “Javi está por ridiculizarte mezclando una foto tuya con una de Belén Esteban”.

Fue un descontrol durante esa semana al que hubo que ponerle freno. Además de los insultos salpicados con algunas gotas de mala leche, se tejieron alianzas invisibles y malintencionadas por detrás del grupo. David y Javi se ponían de acuerdo para sacar de las casillas a Manel, pero éste había pactado antes con su amigo perico que se haría el enfadado para cabrear más al culé. Llegó un punto donde todos desconfiaban de todos, nadie respetaba a nadie y hubo un clamor desde el cielo del WhatsApp:

-Códigos, respetemos los códigos.

Las agresiones retrocedieron casi hasta un respeto excesivo, pero mientras tanto el Barça y el Espanyol avanzaban hacia una hipotética final de Copa del Rey entre ellos. El grupo Futboleros parecía haberse creado para esa ocasión que se antojaba histórica, y en la semana previa al duelo de vuelta de semifinales empezó a salir humo de los móviles de los tres integrantes. La razón de ser de Manel, David y Javi cobró otra definición, idéntica para el trío. La vida era “eso que pasaba aburrido y sin gracia entre guasap y guasap del grupo”.

Cada día querían dedicarle más tiempo a las conversaciones y eso representaba un enorme problema, porque los tres tenían trabajo, mujer e hijos. Se les acumulaban muchas obligaciones que les dejaban pocos resquicios para meter puñaladas certeras en forma de mensajes en el grupo. Entonces, al confirmarse que el Barcelona y su archirrival se iban a ver las caras en la final, todo cambió radicalmente. Y los Futboleros cruzaron una línea de “no retorno”.

David decidió acusar una severa descompostura en su trabajo, “una diarrea que te cagas”, que no le dio la posibilidad de una baja laboral pero sí le dejó que pasara largas horas en el baño. Sentado en el trono, podía darse el lujo de mandar grandes parrafadas al chat del grupo, usaba el ruido de la cisterna para camuflar sus carcajadas, y de paso se escaqueaba un poco de las obligaciones diarias. A última hora de la tarde, debía estar atento y entrar al servicio con su mochila, para llevarse escondido el inmaculado rollo de papel higiénico que en teoría había gastado después de tantas deposiciones. La realidad era que, mientras David escribía desde el baño sus jugosas sentencias para Futboleros, el que se cagaba todo era Javi.

El único culé del grupo trabajaba en una agencia de publicidad como creativo, y sus labores le permitían picar las frases en un documento de Word y luego copiarlas y pegarlas en el chat del grupo. Pero tal era la vorágine y las ganas que tenía de responder o contraatacar rápido, que en un momento se descuidó y le envió a su jefa un archivo con asuntos laborales y, mezclado entre unos párrafos, un mensaje dirigido a Manel que había olvidado eliminar luego de trasladarlo al WhatsApp. A los cinco minutos, su jefa lo llamaba urgente a su despacho. Había leído aquel desubicado “perico de mierda, naciste y morirás siendo un perdedor” y le dijo que a punto había estado de reenviarle el documento a uno de los clientes de la agencia.

-¿Te imaginas lo que podría pasar si Óscar lee eso?

-¿Perdemos la cuenta por esa frase desubicada en medio de la memoria de la compañía? –respondió Javi mirando al suelo porque no me animaba a levantar la cabeza.

-Perdemos la cuenta porque Óscar es del Barça y el peor insulto es decirle perico –al oír eso de su jefa, Javi se alivió porque se había frenado el malentendido a tiempo y, por supuesto, a partir de ese instante Óscar pasó a ser su cliente favorito.

Cuando acabó la semana laboral, Manel tenía programada una visita a la nieve con toda la familia. Se fue a la montaña y disfrutó junto a su mujer y sus hijos, hasta que llegó el domingo a la tarde. La puñetera depresión del domingo a la tarde, aquella vez ahondada porque faltaban pocos días para la final y –obligado a manejar por su trabajo un autobús varias horas al día- le iba a quedar poco tiempo para “guatsapear”. Salvo que…

-Sáltame sobre una pierna –le pidió Manel a su primogénito Sergi, quien ni se imaginaba que su padre se estaba inspirando en “Evasión o victoria”. En aquella película mítica para cualquier futbolero, el portero titular del equipo se dejaba romper un hueso para que pudiera atajar el suplente, que era el mismísimo Stallone.

No fue necesaria tanta brutalidad. Con una patada algo violenta –su hijo Sergi iba asiduamente a ver al Espanyol y tenía amplias nociones sobre juego brusco- alcanzó para que Manel recayera en una vieja lesión y consiguiera una semana de baja laboral, y el terreno libre para hacer de las suyas en el grupo. Así fue como instaló en el chat una imagen en la que un simpático delantero negro del equipo anti-culé bailaba con su torso desnudo en el vestuario, rodeado de varios compañeros blanquiazules. Esa foto, que aparecía con cualquier excusa, se transformó en el caballo de batalla de los dos pericos.

Manel se acostó la noche anterior a la final soñando con la noche más gloriosa de la historia del Espanyol. El día señalado, llegó al estadio ayudado por un par de muletas y se encontró con David.

-¿Crees que vendrá este culé mariconazo? –preguntó Manel para matar la ansiedad.

David le había ofrecido un carnet de socio a Javi para poder ver el partido desde la tribuna, aunque debía mezclarse y camuflarse entre los fanáticos del Espanyol. Apareció a los diez minutos con una sonrisa en la cara, acaso presagiando una noche negra para sus dos rivales futboleros.

-A partir de ahora, no te conocemos –le dijo David advirtiéndole que sería mejor que se contuviera en caso de algún gol del Barça porque los ánimos estaban bastante caldeados. Los del público en general, y los del grupo Futboleros en particular. Había mucho en juego y se había hablado o escrito demasiado en las semanas previas.

Javi mantuvo la cordura durante casi todo el partido, desde su sitio cercano a uno de los córners del campo de juego. Venía siendo una final pareja, deslucida, muy disputada y casi sin situaciones de gol para los dos equipos. Aún a pesar de los nervios, los tres del grupo se permitieron chatear e incordiarse, conscientes de que cada palabra podría tener que tragarse en pocos minutos si alguno de los finalistas desnivelaba la balanza.

Faltando menos de tres minutos, en un córner lanzado por el equipo local justo desde el sitio donde estaba Javi, una cabecita negra se elevó más que el resto y acabó embarazando a la red. El Espanyol marcaba casi al filo del final y la locura se instalaba en el estadio. Casi nadie se dio cuenta de que todos se abrazaban y lloraban de emoción menos Javi, que masticaba bronca deseando poder escupir tantas y tantas cosas, hasta que se enfocó en el campo y vio algo peor que una pesadilla de las feas. El negrito autor del gol se sacaba la camiseta y empezaba a contornearse al borde del éxtasis, rodeado de sus compañeros como en la mítica foto del vestuario.

-No puede estar pasando esto –se dijo el hincha culé que no podía sentirse más humillado.

A pocos metros suyos estaba David, que dividía su momento de gloria entre ver el festejo de sus jugadores y observar el rostro desencajado de Javi. Entonces le escribió algo, como pudo, con los dedos que le temblaban más que un viejo con Parkinson, y le dio a “enviar”. Un instante después, cuando al blaugrana le vibró el celular en su bolsillo, no pudo soportar más la situación y los nervios lo aniquilaron.

Como una tromba, y rememorando sus viejas épocas de barra-brava en Argentina, sacó su móvil y lo arrojó en dirección al campo donde los jugadores del Espanyol todavía festejaban el gol más importante de la historia del club. El aparato aterrizó con inusual precisión sobre la cabeza del negrito que se derrumbó en el acto.

Varios pericos que habían visto a Javi se le fueron encima, y existía tanta tensión y excitación acumuladas que sobrevolaba la posibilidad de un linchamiento en plena tribuna. Entre dos hinchas locales empezaron a golpearlo y el culé se defendía como podía, viendo que había más enardecidos españolistas haciendo fila para pegarle. Nadie podía saber hasta cuándo resistiría el desenmascarado intruso.

A escasos metros, atento a la golpiza que le estaban propinando a su amigo culé, Manel bajó los escalones de tres en tres para intervenir. La muleta le sirvió de maravillas para reventársela en la cabeza a Javi, mientras le gritaba con furia “¡aquí no se agrede a ningún perico, carajo!”. Mientras en el campo atendían al negrito goleador, Manel sintió que alguien le golpeaba la espalda una, dos, varias veces, pero antes de darse vuelta se le nubló todo y se hizo de noche en su mente.

-Ey, tío, espabila que ya está el semáforo en verde.

Delante suyo, cuando Manel logró reaccionar, tenía una avenida por cruzar y debajo el acolchado asiento de su autobús de la línea H8. En pocos segundos supo que había tenido un sueño, un sueño maravilloso, sin saber que la realidad descansaba a su izquierda, en forma del periódico Mundo Deportivo. En el siguiente semáforo repasó su portada y fue demasiado para él. El título era “El Rey Messi” y luego se leía “el crack argentino aplasta al Espanyol con un hat-trick y le da una nueva copa al Barcelona”.

Sin aclararle nada a nadie, Manel bajó del autobús y, poseído por un nuevo mareo, se apoyó en el primer árbol de la avenida. Estuvo a punto de vomitar pero, al recordar por esa acción a Messi, se le pasó de repente y volvió a su vehículo. Al lado del periódico maléfico asomaba su móvil, al que empezó a mirar de reojo después de poner en marcha el autobús.

En cuestión de minutos, irá al grupo de Futboleros para dejar sus primeras impresiones acerca de esta historia. Javi espera que, cuando vea en su WhatsApp la advertencia de “Manel está escribiendo”, después se encuentre con un genuino “Vete a tomar por culo” o, mejor en el catalán de Manel, “Vés a pastar fang, culé de merda”. Y también se ilusiona con que, como broche de oro, ahora mismo "David esté comentando esto".




martes, 3 de marzo de 2015

Una montaña de recuerdos

por Javier Debarnot

En una luna de miel, lo lógico es que sobren relax, tranquilidad, y momentos acaramelados de alcoba. En la mía hubo bastante de lo último, pero diría que descartamos lo primero porque tanto a mi mujer como a mí no nos gusta ver pasar las horas. Creemos que es más divertido subirse a ellas, y mucho más si tienen forma de montaña o, para ser precisos, de cerro López de dos mil setenta y cinco metros de altura. Así fue como subimos esa enorme cuesta… y nos costó tanto que casi que no pudimos bajar de ella.

Ocurrió en la bellísima Bariloche hace más de diez años, sitio que ambos habíamos visitado por separado casi una década antes de la luna de miel. Para rememorar aquella época de mochileros con amigos, seguimos la huella de algunos sitios que habíamos visitado antes, y así llegamos a la mítica Colonia Suiza, lugar desde donde se empieza la ascensión al cerro López.

-Yo subí con los chicos cuando vinimos en el ´95 –dije después de que posáramos en la entrada de un camping cercano al cerro.

-Y yo con Caro –me contestó mi flamante mujer sin aires de retruque.

No hacía falta decir nada más y planeamos la nueva escalada para ese mismo día, porque tampoco nos quedaba mucho tiempo y porque los dos estábamos ansiosos por comprobar que, a punto de entrar al club de los treintañeros, éramos capaces de repetir la gesta que habíamos logrado a los veinte.

Conscientes de que el peso de las mochilas se va incrementando conforme aumenta la altitud, decidimos ir ligeros de equipaje. Apenas unas botellas de agua, la cámara de fotos y un par de abrigos porque, aunque era verano en la Patagonia, al caer la tarde la temperatura también suele desbarrancarse. Tampoco nos faltaban los cigarrillos, sólo para mí, porque en aquellos años todo logro lo festejaba metiéndome humo en los pulmones, aunque fuera una hazaña deportiva –muy lógico, claro que sí-.

La primera parte de la ascensión es bastante fácil. Porque recién se empieza, porque el entusiasmo se te va cayendo por los bolsillos, y porque uno se cruza enseguida con el arroyo López que baña la base del cerro homónimo. Allí es una tentación, y por qué no una genial campaña de marketing de los encargados de turismo de la zona, agacharse y beber de las frescas aguas que corren sin usar las manos, porque “eso garantiza que volverás a Bariloche alguna vez en tu vida”. Tanto mi mujer como yo, habíamos comulgado con ese ritual la vez anterior, y quedaba claro que funcionaba porque estábamos de regreso y bebiendo nuevos sorbos.

Promediando la subida a la cumbre, el sol del mediodía caía sobre nuestras espaldas y las mochilas parecían hacerse más pesadas a pesar de que ya habíamos liquidado media botella de agua. También aprovechamos para comer unos sándwiches y de paso liberar más carga. Mientras masticábamos, vimos pasar varias familias –en su mayoría formadas por turistas europeos- que llevaban equipaje como si estuvieran subiendo al Everest y fueran a tardar varios días. Darnos cuenta de que iban muy relajados nos desmoralizaba un poco.

-Son raritos estos suecos –le dije a mi mujer mientras me tocaba la marca que me estaba dejando una mochila que no pesaba ni un cuarto de lo que le pesan los útiles que hoy lleva mi hijo al colegio.

-Sigamos.

A esa altura, el camino comenzaba a hacérsenos literalmente cuesta arriba, pero al menos casi no existía posibilidad de perderse. Cada pocos metros aparecían círculos rojos pintados con aerosol en las rocas o los troncos de los árboles, que indicaban hacia dónde dirigir los pasos. Siempre hay algún buen samaritano que se encarga de hacernos la vida fácil a los demás, como los que hoy hacen tutoriales que nos enseñan hasta cómo dar las gracias. Sospecho que, quizás, quienes hayan marcado el camino serían los mismísimos dueños del refugio de arriba, para que todos llegásemos sanos y salvos para pedir un café con leche, agachar la cabeza y que nos la arranquen utilizando una enorme y filosa arma: su precio.

Por fin alcanzamos el primer objetivo, el del restaurante con guillotina incluida, que al menos te permite sentarte y beber una cerveza al sol seguro de que sabe a gloria porque indica que más de tres cuartos del camino están hechos. Faltaba el tramo más importante, más complicado pero sobre todo más indispensable: el que te permitía llegar a lo que se denomina “la olla del Cerro López”. Se trataba de una cuesta empinadísima que debíamos ir escalando con riesgo de resbalar y caer, y que en definitiva nos separaba de la cima donde había nieve a pesar del verano. Era una grandiosa, blanca y refrescante recompensa por la que valía la pena esforzarse.

Mientras buscábamos meticulosamente con cada mano y cada pie el sitio para apoyarlos sin que se desprendieran pequeñas pero traicioneras piedras, veíamos aparecer a los enemigos silenciosos de siempre –silenciosos no porque fueran mudos, sino porque de su idioma solo podíamos entender un “¡Hi!”-. Los odiosos suecos. De nuevo familias enteras, otra vez críos de no más de ocho años que parecían hacer todo sin dificultad, con una carga al parecer pesadísima, mientras nosotros sudábamos y no dejábamos de repetirnos un temeroso “no mires para abajo”. En ese momento pensé que cuando tuviéramos hijos íbamos a invitarlos a la aventura, para que aprendan los suecos, pero hoy que ya los tengo, me aterra comprobar que a veces no son capaces ni de subir con su mochila del colegio los dos pisos de la escalera de casa, aunque al final me consuelo con el siempre válido “son raritos estos suecos”.

Llegamos a nuestra meta y disfrutamos como chicos deslizándonos por la nieve. Nos hicimos las selfies de rigor, pero sin la posibilidad de rectificar porque no teníamos cámaras digitales, así que había que encuadrar y poner buena cara al primer intento. Varias semanas después, tras el tedioso trámite del revelado, comprobamos que la foto era digna de ser colgada en la recepción de casa.

Alrededor de las cuatro de la tarde emprendimos el camino de regreso, en teoría mucho más fácil y veloz. Lo recorríamos relajados, caminando a pocos metros de otro grupo de unos cinco jóvenes de nuestra edad, y tan confiados íbamos que, cuando reaccionamos y salimos de esa zona de confort, vimos que los círculos rojos no aparecían por ningún lado.

Antes de que nos alarmáramos del todo porque era un hecho que estábamos perdidos, vi que uno de los chicos que iba descendiendo con nosotros parecía tener una cierta ubicación, como si supiera hacia donde debíamos ir para volver a encontrar el camino marcado en rojo. La tarde y el sol iban cayendo, y era inevitable para cualquiera pensar en cómo bajaría la temperatura y el gran inconveniente que eso iba a conllevar si seguíamos perdidos en la montaña. ¿Celulares para pedir un hipotético rescate? Ninguno llevaba porque no eran de uso popular en aquellos años.

En cualquier situación comprometida, es importante que surja un líder que guíe y dé tranquilidad a su tropa, y el joven del otro grupo parecía tener la madera adecuada para esa función. Mi mujer y yo nos sentíamos arropados a su lado, siguiéndolo con la certeza de que tenía cada paso que dábamos bajo control, aunque el camino de a poco se iba volviendo cada vez más empinado y peligroso. Entonces noté que el líder estaba a punto de pronunciarse, y en mi fuero interno intuí que sus palabras nos iban a subir los niveles de moral.

-¡La puta madre! –clamó mirando al cielo- ¡Estamos perdidos!

Cuando el líder se quiebra y pierde el norte y el sur, no queda otra que pensar en lo peor. No teníamos comida ni abrigo suficiente, y de golpe aterrizaron en nuestras cabezas los peores escenarios, por culpa de tantas imágenes que se habían encargado de ametrallar duro contra las paredes del inconsciente: documentales de animales salvajes de la Patagonia, noticias de mochileros que encuentran congelados y muertos al amanecer, etcétera, y más escalofriantes etcéteras.

Media hora después, expulsamos de la mente los avances de esa probable película de terror y, sencillamente dejando que nuestros pies fueran guiados por el instinto de supervivencia, logramos llegar sanos y salvos a la base. Al final, el líder era bastante flojito, de eso hablábamos con mi mujer mientras yo fumaba el cigarrillo de la victoria y la resurrección esperando el autobús que nos devolvería a la cabaña.

A punto de llegar a nuestro transitorio pero confortable hogar con garantía de ducha y comida, mi flamante esposa apenas podía caminar por el tremendo esfuerzo, pero yo ya empezaba a imaginarme el futuro. Este caprichoso porvenir, siempre tan prometedor e inquietante, me devolvía unas instantáneas de los dos volviendo a subir al cerro López, ya que al fin y al cabo habíamos bebido del arroyo. Y por supuesto que, de nuestras manos, iban colgados nuestros hijos con sus respectivas mochilas, “para los suecos que lo miran por tevé”.




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