martes, 17 de marzo de 2015

Futboleros

por Javier Debarnot



Cuando Manel creó el grupo Futboleros para el WhatsApp invitando a David y a Javi, estuvieron casi media hora cambiando la imagen del perfil. Los dos primeros, como fieles pericos, ponían fotos del Espanyol, y el último contrarrestaba con alguna de Messi. Viendo que podían seguir así por toda la eternidad, alguno fue coherente con el nombre Futboleros y metió a una tía en pelotas, y ya nadie más la tocó –aunque estaba para tocarla toda la noche-.

La consigna del grupo era clara: con el fútbol y la rivalidad Barça-Espanyol como hilos conductores, el objetivo era molestar al otro, sacarlo de quicio y, en lo posible, dejarlo sin respuesta tras el agravio verbal. Se planteaba un duelo desigual según donde se lo mirara, ya que aunque por un lado eran dos pericos contra un culé, también se podía apreciar una batalla dialéctica entre un seguidor de uno de los equipos más poderosos del mundo contra dos fanáticos de un club de medio pelo que apenas conocían afuera de España.

Como norma no escrita, sobrevolaba un “vale todo” desde los primeros días. Y entonces sonaron de un lado y de otro palabras como corrupto, perdedor, ventajista, resentido, tramposo, fracasado, uruguayo, y otros insultos más subiditos de tono. Las leyendas de “David está escribiendo” que aparecían por defecto en el menú de los chats deberían haber sido “David está a punto de mandarte a la mierda”, “Manel está buscando sinónimos de sudaca en el Google”, “Javi está por ridiculizarte mezclando una foto tuya con una de Belén Esteban”.

Fue un descontrol durante esa semana al que hubo que ponerle freno. Además de los insultos salpicados con algunas gotas de mala leche, se tejieron alianzas invisibles y malintencionadas por detrás del grupo. David y Javi se ponían de acuerdo para sacar de las casillas a Manel, pero éste había pactado antes con su amigo perico que se haría el enfadado para cabrear más al culé. Llegó un punto donde todos desconfiaban de todos, nadie respetaba a nadie y hubo un clamor desde el cielo del WhatsApp:

-Códigos, respetemos los códigos.

Las agresiones retrocedieron casi hasta un respeto excesivo, pero mientras tanto el Barça y el Espanyol avanzaban hacia una hipotética final de Copa del Rey entre ellos. El grupo Futboleros parecía haberse creado para esa ocasión que se antojaba histórica, y en la semana previa al duelo de vuelta de semifinales empezó a salir humo de los móviles de los tres integrantes. La razón de ser de Manel, David y Javi cobró otra definición, idéntica para el trío. La vida era “eso que pasaba aburrido y sin gracia entre guasap y guasap del grupo”.

Cada día querían dedicarle más tiempo a las conversaciones y eso representaba un enorme problema, porque los tres tenían trabajo, mujer e hijos. Se les acumulaban muchas obligaciones que les dejaban pocos resquicios para meter puñaladas certeras en forma de mensajes en el grupo. Entonces, al confirmarse que el Barcelona y su archirrival se iban a ver las caras en la final, todo cambió radicalmente. Y los Futboleros cruzaron una línea de “no retorno”.

David decidió acusar una severa descompostura en su trabajo, “una diarrea que te cagas”, que no le dio la posibilidad de una baja laboral pero sí le dejó que pasara largas horas en el baño. Sentado en el trono, podía darse el lujo de mandar grandes parrafadas al chat del grupo, usaba el ruido de la cisterna para camuflar sus carcajadas, y de paso se escaqueaba un poco de las obligaciones diarias. A última hora de la tarde, debía estar atento y entrar al servicio con su mochila, para llevarse escondido el inmaculado rollo de papel higiénico que en teoría había gastado después de tantas deposiciones. La realidad era que, mientras David escribía desde el baño sus jugosas sentencias para Futboleros, el que se cagaba todo era Javi.

El único culé del grupo trabajaba en una agencia de publicidad como creativo, y sus labores le permitían picar las frases en un documento de Word y luego copiarlas y pegarlas en el chat del grupo. Pero tal era la vorágine y las ganas que tenía de responder o contraatacar rápido, que en un momento se descuidó y le envió a su jefa un archivo con asuntos laborales y, mezclado entre unos párrafos, un mensaje dirigido a Manel que había olvidado eliminar luego de trasladarlo al WhatsApp. A los cinco minutos, su jefa lo llamaba urgente a su despacho. Había leído aquel desubicado “perico de mierda, naciste y morirás siendo un perdedor” y le dijo que a punto había estado de reenviarle el documento a uno de los clientes de la agencia.

-¿Te imaginas lo que podría pasar si Óscar lee eso?

-¿Perdemos la cuenta por esa frase desubicada en medio de la memoria de la compañía? –respondió Javi mirando al suelo porque no me animaba a levantar la cabeza.

-Perdemos la cuenta porque Óscar es del Barça y el peor insulto es decirle perico –al oír eso de su jefa, Javi se alivió porque se había frenado el malentendido a tiempo y, por supuesto, a partir de ese instante Óscar pasó a ser su cliente favorito.

Cuando acabó la semana laboral, Manel tenía programada una visita a la nieve con toda la familia. Se fue a la montaña y disfrutó junto a su mujer y sus hijos, hasta que llegó el domingo a la tarde. La puñetera depresión del domingo a la tarde, aquella vez ahondada porque faltaban pocos días para la final y –obligado a manejar por su trabajo un autobús varias horas al día- le iba a quedar poco tiempo para “guatsapear”. Salvo que…

-Sáltame sobre una pierna –le pidió Manel a su primogénito Sergi, quien ni se imaginaba que su padre se estaba inspirando en “Evasión o victoria”. En aquella película mítica para cualquier futbolero, el portero titular del equipo se dejaba romper un hueso para que pudiera atajar el suplente, que era el mismísimo Stallone.

No fue necesaria tanta brutalidad. Con una patada algo violenta –su hijo Sergi iba asiduamente a ver al Espanyol y tenía amplias nociones sobre juego brusco- alcanzó para que Manel recayera en una vieja lesión y consiguiera una semana de baja laboral, y el terreno libre para hacer de las suyas en el grupo. Así fue como instaló en el chat una imagen en la que un simpático delantero negro del equipo anti-culé bailaba con su torso desnudo en el vestuario, rodeado de varios compañeros blanquiazules. Esa foto, que aparecía con cualquier excusa, se transformó en el caballo de batalla de los dos pericos.

Manel se acostó la noche anterior a la final soñando con la noche más gloriosa de la historia del Espanyol. El día señalado, llegó al estadio ayudado por un par de muletas y se encontró con David.

-¿Crees que vendrá este culé mariconazo? –preguntó Manel para matar la ansiedad.

David le había ofrecido un carnet de socio a Javi para poder ver el partido desde la tribuna, aunque debía mezclarse y camuflarse entre los fanáticos del Espanyol. Apareció a los diez minutos con una sonrisa en la cara, acaso presagiando una noche negra para sus dos rivales futboleros.

-A partir de ahora, no te conocemos –le dijo David advirtiéndole que sería mejor que se contuviera en caso de algún gol del Barça porque los ánimos estaban bastante caldeados. Los del público en general, y los del grupo Futboleros en particular. Había mucho en juego y se había hablado o escrito demasiado en las semanas previas.

Javi mantuvo la cordura durante casi todo el partido, desde su sitio cercano a uno de los córners del campo de juego. Venía siendo una final pareja, deslucida, muy disputada y casi sin situaciones de gol para los dos equipos. Aún a pesar de los nervios, los tres del grupo se permitieron chatear e incordiarse, conscientes de que cada palabra podría tener que tragarse en pocos minutos si alguno de los finalistas desnivelaba la balanza.

Faltando menos de tres minutos, en un córner lanzado por el equipo local justo desde el sitio donde estaba Javi, una cabecita negra se elevó más que el resto y acabó embarazando a la red. El Espanyol marcaba casi al filo del final y la locura se instalaba en el estadio. Casi nadie se dio cuenta de que todos se abrazaban y lloraban de emoción menos Javi, que masticaba bronca deseando poder escupir tantas y tantas cosas, hasta que se enfocó en el campo y vio algo peor que una pesadilla de las feas. El negrito autor del gol se sacaba la camiseta y empezaba a contornearse al borde del éxtasis, rodeado de sus compañeros como en la mítica foto del vestuario.

-No puede estar pasando esto –se dijo el hincha culé que no podía sentirse más humillado.

A pocos metros suyos estaba David, que dividía su momento de gloria entre ver el festejo de sus jugadores y observar el rostro desencajado de Javi. Entonces le escribió algo, como pudo, con los dedos que le temblaban más que un viejo con Parkinson, y le dio a “enviar”. Un instante después, cuando al blaugrana le vibró el celular en su bolsillo, no pudo soportar más la situación y los nervios lo aniquilaron.

Como una tromba, y rememorando sus viejas épocas de barra-brava en Argentina, sacó su móvil y lo arrojó en dirección al campo donde los jugadores del Espanyol todavía festejaban el gol más importante de la historia del club. El aparato aterrizó con inusual precisión sobre la cabeza del negrito que se derrumbó en el acto.

Varios pericos que habían visto a Javi se le fueron encima, y existía tanta tensión y excitación acumuladas que sobrevolaba la posibilidad de un linchamiento en plena tribuna. Entre dos hinchas locales empezaron a golpearlo y el culé se defendía como podía, viendo que había más enardecidos españolistas haciendo fila para pegarle. Nadie podía saber hasta cuándo resistiría el desenmascarado intruso.

A escasos metros, atento a la golpiza que le estaban propinando a su amigo culé, Manel bajó los escalones de tres en tres para intervenir. La muleta le sirvió de maravillas para reventársela en la cabeza a Javi, mientras le gritaba con furia “¡aquí no se agrede a ningún perico, carajo!”. Mientras en el campo atendían al negrito goleador, Manel sintió que alguien le golpeaba la espalda una, dos, varias veces, pero antes de darse vuelta se le nubló todo y se hizo de noche en su mente.

-Ey, tío, espabila que ya está el semáforo en verde.

Delante suyo, cuando Manel logró reaccionar, tenía una avenida por cruzar y debajo el acolchado asiento de su autobús de la línea H8. En pocos segundos supo que había tenido un sueño, un sueño maravilloso, sin saber que la realidad descansaba a su izquierda, en forma del periódico Mundo Deportivo. En el siguiente semáforo repasó su portada y fue demasiado para él. El título era “El Rey Messi” y luego se leía “el crack argentino aplasta al Espanyol con un hat-trick y le da una nueva copa al Barcelona”.

Sin aclararle nada a nadie, Manel bajó del autobús y, poseído por un nuevo mareo, se apoyó en el primer árbol de la avenida. Estuvo a punto de vomitar pero, al recordar por esa acción a Messi, se le pasó de repente y volvió a su vehículo. Al lado del periódico maléfico asomaba su móvil, al que empezó a mirar de reojo después de poner en marcha el autobús.

En cuestión de minutos, irá al grupo de Futboleros para dejar sus primeras impresiones acerca de esta historia. Javi espera que, cuando vea en su WhatsApp la advertencia de “Manel está escribiendo”, después se encuentre con un genuino “Vete a tomar por culo” o, mejor en el catalán de Manel, “Vés a pastar fang, culé de merda”. Y también se ilusiona con que, como broche de oro, ahora mismo "David esté comentando esto".




2 comentarios:

Anónimo dijo...

JA JA MUY DIVERTIDO.PARECE TODO REAL SALVO LA FRASE:JAVI MANTUVO LA CORDURA.LO HE PASADO GENIAL LEYENDOLO.RCDE

Anónimo dijo...

Me ha encantado…va subiendo el nivel y la tensión… genial… autobuseramente claustrofóbico!

MCarmen

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