martes, 31 de marzo de 2015

No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy

por Javier Debarnot

Sentado sobre el confortable sillón, Mario se saca una legaña con un dedo y con otros dos abre y cierra mecánicamente los distintos menús de su móvil. A su alrededor, cuatro de sus amigos hacen lo mismo y unos cuantos más revolotean por la zona, todos medio dormidos, la mayoría ansiosos, pero ninguno tan ilusionado como Mario.

Pasan los minutos y cada tanto vuelve a revisar la misma conversación. Queda eclipsado, una y otra vez, y ya se sabe de memoria ese ininterrumpido intercambio de mails, entre él y Anna, que había empezado cuatro días antes y tenía su último mensaje la noche anterior. Mario sonríe de sólo imaginar la alegría que le había provocado la llegada de cada correo y, más que nada, el contenido de los mismos.

Compartió con Anna dos semanas que, ni se permite dudarlo, fueron las mejores de su vida, una vida corta, cualquiera podría aclararle y tendría razón, pero en sus diecisiete años Mario jamás había estado tan obnubilado como lo estaba ahora, tan en el aire, como transitando un universo paralelo donde sólo cabían él y la que deseaba que fuera su chica.

Pero Mario sabe que hay un problema, quizás sólo temporal. El problema es que aunque ambos lo intuyen, ninguno se animó todavía a confesarle al otro lo que siente. El joven sabe que tuvo una oportunidad de oro el jueves de la semana pasada, cuando iban caminando con otro grupo de compañeros por uno de los caminos del Montseny, y por arte de magia todos se evaporaron de golpe y él quedó a solas con ella.

La barrera idiomática por el alemán de Mario y el español de Anna nunca había sido un impedimento, porque desde un primer momento aprendieron a chapurrear el inglés, más que nada la chica, porque el germano lo controlaba mucho mejor. Cuando la tarde fue sólo para ellos, apenas se sentía el sonido de algunas aves autóctonas y los rayos de un sol primaveral rebotaban en los botones de metal de la chaqueta de Anna, y a Mario se le antojaba todavía más brillante e idílica la imagen de princesa que le devolvía su transitoria compañera de estudios.

En ese momento, piensa ahora Mario distrayendo su mirada hasta aplastarla contra el blanco techo, allí es cuando tendría que haberle dicho “I love you” sin más rodeos, y no dejar pasar la magia de esa caminata, y no permitir que se escapara ese tren, y no dar pie a que volvieran las amigas de Anna a cuchichear con ella y seguramente a preguntarle si había pasado algo, si había ocurrido al fin lo que todos veían como obvio pero que no se concretaba.

“Por cobarde”, no le queda otra cosa a Mario que torturarse, y justificar su falta de valentía por ese temor absurdo que lo abdujo como una nave intergaláctica que deseaba llevarlo al planeta del “no va pasar”, cuando el resto del universo no era más que un conjunto de astros que giraban alrededor del sol del “claro que va a ocurrir”.

Al revisar el último correo –que ya conoce de memoria hasta en la parte en la que en lugar de tres tiene cuatro puntos suspensivos- fantasea con que el tiempo pueda volar veloz, ansioso y diáfano como él, para que pronto caiga la hoja del calendario marcada con el círculo del reencuentro. Mario se consuela con que tan sólo faltan dos meses, que eso no es nada.

Cuando le diga todo lo que siento, piensa el chico mientras decide amputarse momentáneamente el móvil, cuando por fin me anime a jugármelo todo, lo que viene es algo que le hace cosquillas en el estómago de sólo imaginarlo: ir caminando de la mano con Anna por las calles de su pueblo natal, viajar a Berlín a ver a su abuelo y pasar una tarde interminable con él, sin separarse nunca de su chica, sólo distrayéndose para besarse mientras el viejito les cuenta una de las mil batallitas que recuerda sobre la caída del Muro, mientras no deja de regar los vasos de la parejita feliz con un aguardiente con sabor a melocotón y convidándoles unas galletas caseras crujientes que Mario había empezado a morder aun cuando sus dientes eran proyectos en sus encías de lactante revoltoso y soñador.

Pero vuelve a su teléfono, como si éste fuera atraído a cada minuto por un imán que nace de su mano, y busca alguna de las setenta y ocho fotos que tiene de aquella experiencia del intercambio de estudiantes que va tocando las teclas finales. Mario no se distrae en ninguna imagen donde no salga Anna, pasando por alto incluso aquella secuencia en donde su mejor amigo Karl se había sumado a la ronda de pueblerinos que bailaban la sardana en la plaza de Llinars del Vallés.

Zambullido en ese mar de sensaciones del último domingo, recuerda una vez más aquellos momentos del baile, y le parece estar oliendo el aroma de las butifarras que se abrazaban en la barbacoa del chiringuito de atrás, mientras los abuelos se ensimismaban con esa típica danza catalana que a él le parece un poco sosa, pero de sólo imaginar que podría estar haciendo eso mismo con Anna se transforma en el acto más excitante de la tierra, porque a Mario ya no le hace gracia la presencia de Karl entre los bailarines, o no tanto como la idea de agarrar la mano a esa joven cuyos dedos rozan los suyos en una distracción casi imperceptible, pero suficiente para que se erice su piel, se enciendan sus sentimientos más cálidos y no desee nada más en el mundo que besarla, besarla allí mismo y para toda la vida.

Pasa el tiempo, ¡cómo pasa el tiempo a veces!, y Mario sabe que la oportunidad de escribirle un WhatsApp a Anna tiene una vigencia de pocos minutos, los que quedan hasta que se vea obligado a desconectar su móvil. ¿Le digo algo? ¿Se lo insinúo al menos? El temor a que el fin de semana que viene, estando tan lejos, ella se deje seducir –porque qué hombre con sensatez no quedaría rendido ante sus encantos e intentaría apoderarse de ellos- y pronto lo olvide a él, a un simpático estudiante alemán que apenas compartió un puñado de horas, intenso pero exiguo a la vez, y acabe siendo una simple anécdota que ella recitará cada vez con menos precisión y menos detalles a sus amigas o, peor aún, a los hijos que tenga con otro en un futuro que podría preverse lejano pero aterrador. ¿Le digo algo ahora?

No, mejor mañana que estaré más relajado, piensa Mario y odia que siempre le resuenen las palabras de su madre, con ese tonito tan de madre, tan sabihondo pero tan inquietante y revelador. “Por las calles del Mañana se llega a la avenida del Nunca”, ay, cómo aborrece recordar eso justo hoy, y que esa frase motive que sus propios dedos duden si lanzarse o no a escribir un “Anna, quiero tener algo contigo”, pero al final siempre acaba diciéndose a sí mismo un lacónico y conformista “mejor mañana”.

Pero Mario no se rinde y todavía está cavilando la posibilidad de declarársele a Anna. Aún sopesa si habrá agua en el caso de lanzarse a la piscina, porque el Mario valiente parece dispuesto a seguir batallando contra el Mario conformista y cobarde, aunque la guerra acaba con un ganador que se define con claros trazos, que no celebra su victoria porque todas sus conquistas tienen el inigualable sabor de la pasividad y de la dejadez más absoluta.

Mario al final no hace nada, y deja todo tal cual estaba para resolverlo en un par de horas o días, o quién sabe cuándo. Se acobarda pero empieza a preparar el siguiente paso, que asegura será la estocada final. Porque el tiempo, quiere convencerse una vez más, jugará a su favor y será inevitable que él acabe enrollándose con Anna, porque eso está escrito en el destino de ambos y punto.

Lo que Mario desconoce es que, carente de sentimientos y emociones, el Destino es implacable, frío y calculador, y no duda siquiera un segundo para dictar los hechos que marcarán las acciones de las personas tal como él lo decide. El Destino hace lo que tiene que hacer a la hora que tiene que hacerlo, ajeno a las idas y vueltas de dos adolescentes que se desean pero no dan el último paso, que se saben el uno para el otro pero no se animan a tocarse, y entonces, con su pasmosa tranquilidad y siguiendo las instrucciones al pie de la letra, el Destino envía a un emisario de su suerte a decir una simple frase por el altavoz:

“Pasajeros del aeropuerto de Barcelona, prepárense para abordar el vuelo GWI9525 de Germanwings con destino a Düsseldorf”.





3 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gustó casi todo, parecía un relato rosa. Todo salvo lo del destino frío y calculador.

Martín

Anónimo dijo...

BUEN RELATO DE ESTE PROLIFICO AUTOR QUE,AUNQUE INVENTADO, TIENE VISOS DE GRAN VERACIDAD.RCD

Anónimo dijo...

Muy triste! No hay derecho que a un adolescente se le trunquen las ilusiones! Todo por hacer y ya nada podrá hacer!!! Una verdadera lástima...

Que todos los compis del insti Giola del Vallès vean que la indecisión solo hace que tirar a la basura tickets del propio bonotren…

MCarmen

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