martes, 3 de marzo de 2015

Una montaña de recuerdos

por Javier Debarnot

En una luna de miel, lo lógico es que sobren relax, tranquilidad, y momentos acaramelados de alcoba. En la mía hubo bastante de lo último, pero diría que descartamos lo primero porque tanto a mi mujer como a mí no nos gusta ver pasar las horas. Creemos que es más divertido subirse a ellas, y mucho más si tienen forma de montaña o, para ser precisos, de cerro López de dos mil setenta y cinco metros de altura. Así fue como subimos esa enorme cuesta… y nos costó tanto que casi que no pudimos bajar de ella.

Ocurrió en la bellísima Bariloche hace más de diez años, sitio que ambos habíamos visitado por separado casi una década antes de la luna de miel. Para rememorar aquella época de mochileros con amigos, seguimos la huella de algunos sitios que habíamos visitado antes, y así llegamos a la mítica Colonia Suiza, lugar desde donde se empieza la ascensión al cerro López.

-Yo subí con los chicos cuando vinimos en el ´95 –dije después de que posáramos en la entrada de un camping cercano al cerro.

-Y yo con Caro –me contestó mi flamante mujer sin aires de retruque.

No hacía falta decir nada más y planeamos la nueva escalada para ese mismo día, porque tampoco nos quedaba mucho tiempo y porque los dos estábamos ansiosos por comprobar que, a punto de entrar al club de los treintañeros, éramos capaces de repetir la gesta que habíamos logrado a los veinte.

Conscientes de que el peso de las mochilas se va incrementando conforme aumenta la altitud, decidimos ir ligeros de equipaje. Apenas unas botellas de agua, la cámara de fotos y un par de abrigos porque, aunque era verano en la Patagonia, al caer la tarde la temperatura también suele desbarrancarse. Tampoco nos faltaban los cigarrillos, sólo para mí, porque en aquellos años todo logro lo festejaba metiéndome humo en los pulmones, aunque fuera una hazaña deportiva –muy lógico, claro que sí-.

La primera parte de la ascensión es bastante fácil. Porque recién se empieza, porque el entusiasmo se te va cayendo por los bolsillos, y porque uno se cruza enseguida con el arroyo López que baña la base del cerro homónimo. Allí es una tentación, y por qué no una genial campaña de marketing de los encargados de turismo de la zona, agacharse y beber de las frescas aguas que corren sin usar las manos, porque “eso garantiza que volverás a Bariloche alguna vez en tu vida”. Tanto mi mujer como yo, habíamos comulgado con ese ritual la vez anterior, y quedaba claro que funcionaba porque estábamos de regreso y bebiendo nuevos sorbos.

Promediando la subida a la cumbre, el sol del mediodía caía sobre nuestras espaldas y las mochilas parecían hacerse más pesadas a pesar de que ya habíamos liquidado media botella de agua. También aprovechamos para comer unos sándwiches y de paso liberar más carga. Mientras masticábamos, vimos pasar varias familias –en su mayoría formadas por turistas europeos- que llevaban equipaje como si estuvieran subiendo al Everest y fueran a tardar varios días. Darnos cuenta de que iban muy relajados nos desmoralizaba un poco.

-Son raritos estos suecos –le dije a mi mujer mientras me tocaba la marca que me estaba dejando una mochila que no pesaba ni un cuarto de lo que le pesan los útiles que hoy lleva mi hijo al colegio.

-Sigamos.

A esa altura, el camino comenzaba a hacérsenos literalmente cuesta arriba, pero al menos casi no existía posibilidad de perderse. Cada pocos metros aparecían círculos rojos pintados con aerosol en las rocas o los troncos de los árboles, que indicaban hacia dónde dirigir los pasos. Siempre hay algún buen samaritano que se encarga de hacernos la vida fácil a los demás, como los que hoy hacen tutoriales que nos enseñan hasta cómo dar las gracias. Sospecho que, quizás, quienes hayan marcado el camino serían los mismísimos dueños del refugio de arriba, para que todos llegásemos sanos y salvos para pedir un café con leche, agachar la cabeza y que nos la arranquen utilizando una enorme y filosa arma: su precio.

Por fin alcanzamos el primer objetivo, el del restaurante con guillotina incluida, que al menos te permite sentarte y beber una cerveza al sol seguro de que sabe a gloria porque indica que más de tres cuartos del camino están hechos. Faltaba el tramo más importante, más complicado pero sobre todo más indispensable: el que te permitía llegar a lo que se denomina “la olla del Cerro López”. Se trataba de una cuesta empinadísima que debíamos ir escalando con riesgo de resbalar y caer, y que en definitiva nos separaba de la cima donde había nieve a pesar del verano. Era una grandiosa, blanca y refrescante recompensa por la que valía la pena esforzarse.

Mientras buscábamos meticulosamente con cada mano y cada pie el sitio para apoyarlos sin que se desprendieran pequeñas pero traicioneras piedras, veíamos aparecer a los enemigos silenciosos de siempre –silenciosos no porque fueran mudos, sino porque de su idioma solo podíamos entender un “¡Hi!”-. Los odiosos suecos. De nuevo familias enteras, otra vez críos de no más de ocho años que parecían hacer todo sin dificultad, con una carga al parecer pesadísima, mientras nosotros sudábamos y no dejábamos de repetirnos un temeroso “no mires para abajo”. En ese momento pensé que cuando tuviéramos hijos íbamos a invitarlos a la aventura, para que aprendan los suecos, pero hoy que ya los tengo, me aterra comprobar que a veces no son capaces ni de subir con su mochila del colegio los dos pisos de la escalera de casa, aunque al final me consuelo con el siempre válido “son raritos estos suecos”.

Llegamos a nuestra meta y disfrutamos como chicos deslizándonos por la nieve. Nos hicimos las selfies de rigor, pero sin la posibilidad de rectificar porque no teníamos cámaras digitales, así que había que encuadrar y poner buena cara al primer intento. Varias semanas después, tras el tedioso trámite del revelado, comprobamos que la foto era digna de ser colgada en la recepción de casa.

Alrededor de las cuatro de la tarde emprendimos el camino de regreso, en teoría mucho más fácil y veloz. Lo recorríamos relajados, caminando a pocos metros de otro grupo de unos cinco jóvenes de nuestra edad, y tan confiados íbamos que, cuando reaccionamos y salimos de esa zona de confort, vimos que los círculos rojos no aparecían por ningún lado.

Antes de que nos alarmáramos del todo porque era un hecho que estábamos perdidos, vi que uno de los chicos que iba descendiendo con nosotros parecía tener una cierta ubicación, como si supiera hacia donde debíamos ir para volver a encontrar el camino marcado en rojo. La tarde y el sol iban cayendo, y era inevitable para cualquiera pensar en cómo bajaría la temperatura y el gran inconveniente que eso iba a conllevar si seguíamos perdidos en la montaña. ¿Celulares para pedir un hipotético rescate? Ninguno llevaba porque no eran de uso popular en aquellos años.

En cualquier situación comprometida, es importante que surja un líder que guíe y dé tranquilidad a su tropa, y el joven del otro grupo parecía tener la madera adecuada para esa función. Mi mujer y yo nos sentíamos arropados a su lado, siguiéndolo con la certeza de que tenía cada paso que dábamos bajo control, aunque el camino de a poco se iba volviendo cada vez más empinado y peligroso. Entonces noté que el líder estaba a punto de pronunciarse, y en mi fuero interno intuí que sus palabras nos iban a subir los niveles de moral.

-¡La puta madre! –clamó mirando al cielo- ¡Estamos perdidos!

Cuando el líder se quiebra y pierde el norte y el sur, no queda otra que pensar en lo peor. No teníamos comida ni abrigo suficiente, y de golpe aterrizaron en nuestras cabezas los peores escenarios, por culpa de tantas imágenes que se habían encargado de ametrallar duro contra las paredes del inconsciente: documentales de animales salvajes de la Patagonia, noticias de mochileros que encuentran congelados y muertos al amanecer, etcétera, y más escalofriantes etcéteras.

Media hora después, expulsamos de la mente los avances de esa probable película de terror y, sencillamente dejando que nuestros pies fueran guiados por el instinto de supervivencia, logramos llegar sanos y salvos a la base. Al final, el líder era bastante flojito, de eso hablábamos con mi mujer mientras yo fumaba el cigarrillo de la victoria y la resurrección esperando el autobús que nos devolvería a la cabaña.

A punto de llegar a nuestro transitorio pero confortable hogar con garantía de ducha y comida, mi flamante esposa apenas podía caminar por el tremendo esfuerzo, pero yo ya empezaba a imaginarme el futuro. Este caprichoso porvenir, siempre tan prometedor e inquietante, me devolvía unas instantáneas de los dos volviendo a subir al cerro López, ya que al fin y al cabo habíamos bebido del arroyo. Y por supuesto que, de nuestras manos, iban colgados nuestros hijos con sus respectivas mochilas, “para los suecos que lo miran por tevé”.




4 comentarios:

Andrea CWiki dijo...

Ohhhh que lindos recuedos! Dame unos meses y sabes como te lo subo!! ;-)

Anónimo dijo...

Muy bueno javi! Para los suecos que lo miran por teve jajaja. saludos!
Vale (la prima)

Anónimo dijo...

ME GUSTO EL RELATO AUNQUE POR PONER UNA PEGA EL DESENLACE UN POCO ATROPELLADO.RARO EN SU AUTOR.ES.COMO SI TODAVIA ESTUVIERA EN LA MONTAÑA PERDIDO.YO PUEDO AYUDARLE,MODESTAMENTE.LE INVITO AL POWER 8 STADIUM.ALLI ENCONTRARA EL CAMINO QUE ANTAÑO PERDIO.RCDE

Anónimo dijo...

Aunque lejos estéis, siempre subiréis! Aunque no siempre sea con los pies, sí con los recuerdos!
Que podáis disfrutar siempre de ese lugar!

MCarmen

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