martes, 26 de mayo de 2015

¿Quién da el do de pecho?

por Javier Debarnot

-Eurovisión se está convirtiendo en cualquier cosa.

Después de soltarle esa frase a mi amiga Noe, ella masculló un “ya ves, tío” mientras recargaba un bol gigante con nachos. Mi mujer había ido a la cocina y, a los gritos, nos advertía que la salsa de guacamole vencía en marzo de 2020, o sea que llevaba un par de meses caducada.

En ese momento, cuando nos enfrascamos en una discusión sobre lo dañino que podría ser ese alimento expirado, ya habían participado veinticinco de los cincuenta países convocados al festival más emblemático de la música europea que, cabe destacar, ya se daba el lujo de invitar a artistas de otros continentes e incluso planetas (casualmente, el grupo de simpáticos y diminutos venusianos había cantado un carnavalito tan dignamente como si fueran coyas del altiplano boliviano).

La delegación de Cataluña, por tercera edición consecutiva, insistía con versiones fusionadas de su clásica sardana, pero así como no había funcionado en 2018 la performance que combinaba la danza de la ciudad condal con la marcha imperial de Darth Vader, tampoco parecía buena idea lo que estaban intentando esa noche: un mix de la sardana con un reggaetón bien picante bailado por un septuagenario Joan Manuel Serrat. 

Pero mucho más había sorprendido lo de Dina –ya separado de Marca al descubrir que siempre había sido una mera Marca blanca- que quiso llamar la atención con un cierre que dejó a tres cuartas partes del auditorio con la boca abierta. El otro cuarto del público no había podido ni abrir la boca ni nada, apenas volar por los aires cuando explotaron seis cargas de dinamita en el escenario como colofón de un show cargado de reminiscencias y homenajes al cine de Jean Claude Van-Damme.

-Pero Van-Damme es de Bélgica.

-No te digo que se les está yendo la mano–le contesté a Noe medio mareándome, no sé si por el ruido de las explosiones del show de Dina o porque empezaba a hacer efecto el guacamole caducado que habíamos decidido comer.

La música importaba cada vez menos. Pero debían reinventarse año tras año para seguir manteniendo el interés de la audiencia (más allá del grupo de frikis fanáticos de Eurovisión que eran los mismos que religiosamente seguían viendo Gran Hermano 24 y también idolatraban a los tronistas de Hombres, Mujeres y Viceversa).

En un intento desesperado por parte de la organización de Eurovisión y el club blanco, el Real Madrid solicitó poder participar como un país más, reluciendo su inmortal argumento de que ellos “tenían diez Champions”. Su idea era mandar a cantar a Iker Casillas, que era lo que venía haciendo en el primer equipo desde la temporada 2013/14. Insólitamente le dieron el visto bueno a los merengues, pero sentando un peligroso precedente: Suecia acudió a la UEFA pidiendo que le canjearan sus diez ediciones ganadas de Eurovisión por una Champions (en la organización se lo están pensando, más que nada decidiendo a qué equipo escandinavo le conceden la Orejona).

La delegación de Alemania no paraba de hacer el ridículo. Lejos había quedado su último triunfo del año 2013, y desde aquel éxito venía intentando levantar cabeza pero nada le funcionaba. El colmo había sido en 2017 cuando irrumpió la mismísima Merkel vestida sólo con un pañal para adultos mientras destrozaba una mítica composición de Beethoven, aunque peor que ver a la mandataria con ropa de bebé fue cuando un musculoso bailarín ario le arrancó la prenda y quedó con una tanga de las de hilo dental. Ya han pasado varios años de esa velada y muchos más pasarán para igualar el récord Guinness de cantidad de gente vomitando al unísono.

-¿Cuántos países faltan?

-Uf, todos los que quedaron después de la división de Yugoslavia.

-Entonces –arriesgué-, a ojo de buen cubero te diría que faltan trece más. Son “Eslovenia”, “Croacia”, “Cro Hacía La Rana”, “Bosnia”, “Mirá Vos Nia”, “Herzegovina”, “Parece Gomina” “Macedonia”, “Macedonia Con Nata”, “Montenegro”, “Mon Té Verde”, “Serbia” y “No Serbia Pa´Nada”. 

Como quien no quiere la cosa, después del desfile de esos países desmembrados de Yugoslavia, se llegó al final de fiesta y llegó el turno de las votaciones. Pero hubo un cambio en el guion que acabó siendo la mayor conmoción de la noche, superando incluso a la que había provocado la canción magníficamente interpretada por la mudita de Croacia. Antes de que conectaran vía satélite con el primer país para que empezara a repartir sus puntos, colocaron una máquina misteriosa en el centro del escenario.

-¿Y eso? –preguntó Noe al borde de un colapso nervioso.

Eso, según explicaba el presentador de Eurovisión, era un moderno dispositivo que, habiendo captado todas las actuaciones musicales de la noche, medía el nivel de afinación de cada participante. La organización explicó que se le iba a dar un gran valor a esos resultados, otorgándole cien puntos al país menos desafinado de la noche. La expectación era máxima y la tensión podía cortarse con el borde de una lata de tomates triturados.

-Desierto –leyó la locutora oficial-. La máquina confirma que ningún cantante, de forma solista o grupal, ha afinado en una miserable nota. Para más datos, dice que son todos unos perros cantando y podrían irse ahora mismo a…

A las dunas del desierto del Sahara. Allí mismo enviaron a la máquina inquisidora, utilizando algo de dinamita que había sobrado del show estilo Van-Damme. Y una vez el público dejó de vitorear por la expulsión de ese monstruo atroz, volvió a hacer silencio para escuchar por fin las votaciones de siempre. Noe, mi mujer y yo estábamos brindando emocionados, orgullosos de que Eurovisión siguiera siendo Eurovisión. Un poco de respeto, ¿no?






martes, 12 de mayo de 2015

Tiempos de ir agachando la cabeza

por Javier Debarnot

El doctor Osorio, creyendo que iba a ser una tarde-noche más, llegó a la guardia con la cabeza que se le estaba partiendo, pero sólo al cruzar la puerta del hospital la escena que vio le arrancó todas sus molestias y preocupaciones de cuajo. ¿Se había desatado una guerra y se estaba enterando recién en aquel instante?

Heridos. Decenas de ellos. Sentados en la sala de espera los menos graves o desplomados en camillas los que se retorcían de dolor, y por la puerta no dejaban de ingresar más y más, y en la entrada de la guardia la banda sonora de la sirena de las ambulancias no se detenía un segundo por el desfile incesante de vehículos trayendo nuevas víctimas.

-¿Qué está pasando, por Dios? –le preguntó Osorio a su compañera, la doctora Levaggi.

-No sé, pero creo que esto recién empieza.

Los teléfonos estaban colapsados, aunque muy rápido se pudo tener un panorama de la situación a través de otros medios como internet. Los hospitales de toda la ciudad no daban abasto con los heridos, porque se calcaba en cada guardia esa invasión de ciudadanos que requerían rápida atención, y los Osorios y Levaggis de turno debían multiplicarse para atender a tantos siendo tan pocos médicos.

-El problema es que no dejan de venir –dijo la doctora mirando casi aterrorizada al sector de ingresos.

-¿Nos están atacando?

-Ni idea, pero ya se nos acaban las vendas.

Después de serenarse, el Doc Osorio hizo un paneo rápido de los alrededores y se llenó de coraje, recordando que cuando todavía era un chico y veía películas de guerra en donde un improvisado campamento estaba plagado de heridos que exigían la ayuda de un doctor, allí fue cuando a él le había nacido su veta humanística que una década después lo había llevado a estudiar medicina.

Lo segundo que le llamó la atención –habiendo ya pasado la sorpresa inicial por la cantidad de heridos- fue que todos los pacientes presentaban el mismo cuadro: un traumatismo de diferente índole en la frente o el cuero cabelludo. Más leve o más grave, el cien por ciento de las personas tenía un golpe en la cabeza.

-¿Cómo se hizo esto?

-Me golpeé con él –le contestó una mujer señalando a un joven que estaba en la camilla de enfrente, mientras se sostenía un pañuelo sobre el parietal izquierdo para detener un hilo de sangre que había empezado a chorrearle por delante de la oreja.

Mientras Osorio empezaba a darle las primeras indicaciones a los heridos, un colega se asomó por uno de los pasillos y le hizo una seña para que se acercara en cuanto pudiera. A los veinte minutos, cuando por primera vez amainó el número de golpeados que entraban al hospital, el Doc fue a ver a su compañero.

-Mirá esto –le dijo simultáneamente a darle a la barra espaciadora para reproducir un video de un canal digital de noticias.

La ciudad, según las escalofriantes imágenes, se había transformado en un gigantesco cementerio de coches que yacían semi-destruidos en las diferentes esquinas de toda la mole urbana. Y el problema, relatado por un par de periodistas sensacionalistas, era que sólo los conductores más afortunados habían sufrido traumatismos como venía siendo la moneda corriente en cada hospital, porque ya se hablaba -y aún no habían dado las doce- de miles de muertos al volante. Los barrios estaban sumidos en olas de furia, desesperación y dolor.

Osorio volvió a atender a los heridos y de a poco intercambiaba algunos diálogos lúcidos con algunos de ellos. En su afán de ayudar y entender, fue de a poco elucubrando la teoría o la verdadera causa del caos. Un cuarto de hora después, tuvo otro momento para discontinuar sus labores médicas y volvió al despacho donde seguían las noticias a través de internet. Y vio en una popular cadena un titular catastrófico con letras blancas sobre fondo rojo: “se desata la mortal epidemia”.

Segundos después, empezaron a sucederse testimonios de supuestos testigos que vieron lo que había ocurrido, por qué la gente se hería en la cabeza o los automovilistas chocaban mortalmente de frente contra otros conductores. El doc ya había llegado a la misma conclusión que arriesgaban varios entrevistados, pero verla plasmada le heló la sangre. Y cuando sintió una vibración en su bolsillo derecho, prefirió ignorarla por completo y volvió a atender a los pacientes.

Los que estén leyendo estas líneas y esperen un final efectista o sorprendente, lo mejor que pueden hacer –en el caso de seguir el relato desde sus teléfonos móviles mientras van por la calle- es levantar la vista ahora mismo para evitar un buen golpe con otro que venga en dirección contraria. Mejor no ser una nueva víctima de la epidemia de los que quedan atrapados en su propio celular.





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