martes, 23 de junio de 2015

Una lección sobre la arena

por Javier Debarnot

Estaba con ganas de un nuevo reto y no sé cómo me topé con uno bien grande: correr una media maratón, y por la playa. Para que fuera más extraordinario, el evento iba a ser en diez días a partir del momento en que tomé la decisión de hacerlo -y de la última vez que había salido a trotar, ya habían pasado diez meses-.

Con ese panorama, no imaginaba otro final que no fuera el mío atravesando la línea de llegada con una capa de súper héroe. Para derribar todos los mitos acerca de la preparación necesaria para participar de una media maratón, y para demostrar que a un paso de mis cuarenta puedo tener un rendimiento que envidiarían varios de veinticinco.

Cuando puse “entrenar para correr 20 kilómetros” en el Google, no existía un resultado que no incluyera como mínimo un cuadro de seis semanas. Leía frases lapidarias como “respetar una progresión”, “no aumentar bruscamente las distancias recorridas”, y otras tantas sentencias que, al repasarlas, no hacían más que confirmarme que el mundo estaba lleno de débiles. “Yo entrenaré cinco días, correré la media maratón al sexto, y al séptimo día obviamente descansaré”. Y amén.

Mi cronograma lo garabateé en un block de notas en menos de medio minuto. Jueves y viernes, cuarenta y cinco minutos matutinos de entrenamiento; domingo, una hora; lunes, una hora y cuarto; miércoles, una hora y media; y sábado, dos horitas, carrera acabada y a festejar con un chapuzón en el mar. Con los pocos días que me quedaban, se me antojaron inútiles e innecesarias las cuestiones de nutrición, indumentaria o descanso: iba a improvisar.

Al primero que le comenté mi reto fue a mi amigo Nico, que al principio me apoyó y se contagió de mi entusiasmo, pero la cosa cambió cuando le dije cuál era la superficie de la carrera: “¿Por la playa? ¡Qué hijos de puta!”. Fue acaso la primera señal que estaba golpeando mi ego, intentando decirme que no me estaba subiendo a una loca aventura, sino a una lisa y llana locura. Igual logré convencer a mi confidente de que con mucha garra podría lograrlo.

Después de explicarle mi cronograma de entrenos, Nico pareció aprobarlo, no sin antes proporcionarme un pequeño pero fundamental ajuste:

-Unos días antes, tendrás que ir a correr por la playa.

Era crucial el consejo que me estaba dando, para conocer de primera mano la abismal diferencia de correr por asfalto –como corre casi todo el mundo incluyéndome a mí- y hacerlo por la playa, sobre arena blanda y con zapatillas puestas. A mí siempre me encantó trotar en ese maravilloso paisaje, pero lo hacía descalzo y por la orilla. La superficie de esta media maratón –que iba a celebrarse al atardecer- era algo nuevo para mí y tampoco era cuestión de llegar virgen de experiencia al día de la carrera.

Por el cemento, consumí los cuatro entrenamientos con mejores resultados de los que esperaba, y eso me iba animando cada vez más. La noche anterior al día de ir a correr por la playa, siguiendo las sabias palabras de Nico, tuve un pensamiento muy enrevesado: como el bautismo de la superficie iba a ser durante la tarde-noche, me imaginé teniendo una grave lesión en la rodilla tipo rotura de ligamentos, algo que impidiera moverme, y yo sin móvil, porque sólo llevaba encima la llave del auto, tirado en la arena sin que nadie me viera ni pudiera socorrerme, pasando la larga y solitaria noche, y siendo encontrado por unos socorristas de un balneario a la mañana siguiente, ya convertido en cadáver al haber sido devorado por perros salvajes o lobos ávidos de luna llena y articulaciones dañadas. Esta alucinación me dio una pauta muy clara: no debía ser bueno drogarse cuatro días antes de la media maratón.

El miércoles, poco después de salir de mi trabajo, me calcé las zapatillas, subí al coche y después de veinte minutos estaba estacionando a veinte metros de la playa. Ya había marcado un recorrido gracias a Google Maps y sólo era cuestión de poner las suelas sobre la arena y empezar a correr. Al minuto me di cuenta que ir por esa superficie no era difícil. Era dificilísimo.

No había hecho ni siquiera dos kilómetros cuando tomé consciencia de la dificultad del reto, y caí por primera vez de cabeza en la honda piscina del menosprecio, donde casi nunca suele haber agua. Pero con mucho esfuerzo me fui animando y de repente empezó a aclararse otra vez el panorama. Acabé corriendo unos nueve kilómetros y medio –que por error de cálculo primero había supuesto alegremente que eran once pero Google Maps dictaminó al otro día la distancia exacta- y supuse que el día de la carrera debía correr el doble. Y listo. Y claro que iba a hacerlo. Si yo, súper héroe moderno sin capa, soy el que todo lo puede.

Mi última confidencia antes del sábado fue con Juan, otro amigo con experiencia en medias maratones que, al igual que Nico, al saber que iba a ser por la playa me advirtió con un “cuidado que ya tenemos una edad, no te exijas más de la cuenta”. Lejos de amedrentarme, eso de que me consideren ya en la categoría “senior” me lo tomé casi como una ofensa y un desafío añadido.

Los dos días previos fueron para descansar y hacer cálculos. La carrera iba a consistir en dar vueltas por un circuito en la playa de dos kilómetros y medio. Según las normas, te ponían una pulsera tras cada vuelta, y en el caso de la competición de veinte kilómetros tendrían que ponerme ocho pulseras. Entrenando –por el pavimento- había llegado a correr quince kilómetros, lo que me llevó a pensar que “tengo seis pulseras, las dos que me faltan ya vendrán el sábado”. Me hice la idea mental de que debía hacer cada uno de los ocho trayectos en un promedio de dieciocho minutos, pero...

-La puta madre, me olvidé el reloj.

Eso dije al bajarme del coche a una hora del inicio de la carrera. Iba a tener que correr “a ciegas”, pero la frustración me duró muy poco: “así será más épico”, le comenté a mi mujer y a mis hijos. Yendo hacia la largada, decenas de vendedores ambulantes ofrecían relojes –aunque ninguno tenía cronómetro- pero yo busqué de reojo si tenían zapatillas que flotaran por la arena. Estaba llegando por fin al baile y se acercaba la hora de demostrar que sabría bailar, o la hora de echarle la culpa al piso -la arena-.

Arranqué con una sonrisa en la boca que iba a ir desdibujándose a medida que entraba arena fina dentro de mis zapatillas, de mis calcetines y tobilleras y poco a poco se iba acomodando entre los dedos de mis pies. A mi alrededor, el resto de los corredores llevaba una camiseta que según el color indicaba la distancia de la cual participaba: cinco, diez, veinte o cuarenta kilómetros -de estos, sólo había unos treinta kamikazes a quienes les guardo mi más sincera admiración-.

Me dieron la primera, la segunda y la tercera pulsera. Siete kilómetros y medio en el buche y no sentía ningún tipo de molestia o lesión, más allá de que mis piernas empezaban a pesar más que mi amor propio, que por esos días estaba cotizando altísimo. El sol ya bajaba y en la zona de la meta una batucada te ponía las pilas para intentar que tu motivación estuviera por encima del nivel del mar, que estaba al lado, como una tentación tan cercana o lejana al mismo tiempo. Durante el recorrido de la media maratón, tocaba pasar por algunos típicos bares de playa en donde alegres veraneantes degustaban cervezas heladas y crujientes rabas a la sombra. Y había cruces de mirada fulminantes:

-Miralo a este gordo sedentario consumiendo grasas con el culo aplastado en la silla –pensaba yo.

-Miralo a este pelotudo corriendo como un esclavo sobre la arena –quizás pensaban los otros, y tal vez con muchísima razón.

Y ahora vendría el párrafo en donde relato mi inmensa gesta para acabar la segunda mitad de la carrera. Pero no. Sé que en general son mucho más atractivas las historias de desgracias o de perdedores, para que cualquier eventual desgraciado o perdedor que lea estas líneas se sienta reflejado en las mismas. Y por eso ofrezco este final entre sombras tan alejado de las luces del éxito, porque es el final que realmente merezco o que merecí el pasado fin de semana.

No existió –quedó lejísimos- la épica que tanto venía augurando. Corrieron a mi cabeza -cuando ésta ya había decidido el abandono justo por la mitad- las frases en tono de advertencia de Nico, de Juan, los resultados de las búsquedas en Google. No tendré las imágenes del glorioso momento de cruzar la meta, pero creo haber ganado, porque siempre se gana algo, un baño de humildad que te dan los hechos de vez en cuando, para decirte a la cara que no existen fórmulas mágicas, que hace falta sacrificarse más y tomarse las cosas más en serio. Y en caso de ir subido a la soberbia como fui yo estos últimos días, después de estrellarse contra el muro no queda otra que esperar a que cicatrice la herida con la lección bien aprendida, y mientras eso ocurre animarse a contar la verdad. Porque la historia, claro que sí, también la escriben los que pierden.






martes, 9 de junio de 2015

El abandono

por Javier Debarnot

Hasani tienes miles de cosas rondándole en la cabeza, pero ninguna de ellas relacionada con su labor más esencial, la de servir al faraón Dyeser en la construcción de una de las pirámides en el Imperio Antiguo de Egipcio. Corre el año 2315 A.C. y, ajena al majestuoso florecer de su civilización, su vida es un auténtico desastre.

Alfredo tampoco las tiene todas consigo, y a pesar de que en el último brindis en el que despidió el año 2014 pensaba que no podría tener peor suerte que en aquellos doce meses que ya estaban expirando, el día a día le estaba dando mazazo tras mazazo haciéndolo quizás uno de los tipos más infelices de Buenos Aires.

El egipcio se ha ausentado por tercer día consecutivo de sus labores arquitectónicas. Miles de esclavos del faraón están bajo sus órdenes y tienen tarea para rato en la maratónica empresa que significa levantar uno de los monumentos más imponentes del mundo antiguo. Hasani sabe que pronto tendrá que dar la cara, aunque patea esas preocupaciones hacia adelante sin lograr evadirse ni por un segundo de Tauret, de su mirada cálida y profunda a la vez, de sus curvas embriagadoras, de su voz susurrándole deseo al oído y del placer recorriendo lujurioso su cuerpo de amante prohibida.

¿Qué tengo qué hacer para que cambie mi suerte?, se pregunta Alfredo cuando todavía resuena tenso en al aire un portazo dado por su único hijo tras la discusión número mil. El golpe a la puerta no tenía ninguna razón de ser, y al parecer tampoco la existencia de Diego, el primogénito de Alfredo, cuya vida va también a los tumbos. El adolescente no encuentra su lugar en el mundo pero ve claro sólo una cosa: a su padre lo quiere bien lejos.

Hasani está casado con Amunet y tiene tres hijos con ella. Atormentado por un sol que parece martillarle con cada rayo su cuerpo robusto y protegido por una túnica color ocre, maldice el día en que quedó obnubilado por Tauret a las orillas de ese Nilo tan eterno y traicionero. Ya quisiera ser un faraón para que la ley le permitiera hacer uso y abuso de la poligamia, pero es un simple mortal y debe conformarse con brindarle amor y respeto a una única mujer. Sus pesares no se disipan porque Hasani sigue en condiciones de darle todo eso a Amunet, pero por Tauret siente algo mucho más profundo que no alcanza a dilucidar si es adoración o encantamiento.

Alfredo cree haber dado los pasos correctos para no ser sobresaltado tan a menudo por ese destino que a él se le antoja tan impredecible. Se había unido para convivir con Ana, su novia de la adolescencia, y pasó una década dulce en la cual fueron bendecidos por la llegada de Diego, que parecía ser el fruto de un amor sincero pero al poco tiempo acabó pudriéndose hasta envenenar esa pareja. Antes de que el niño cumpliera tres primaveras, Alfredo y Ana se separaron tras unas semanas de violentas discusiones que a punto estuvieron de mandar al hombre a un neuropsiquiátrico. “Si con esto no enloquecí, nada podrá conmigo”, se decía Alfredo meses después de la traumática ruptura que lo había dejado solo hasta que por fin pudo convenir un régimen de visitas más equilibrado para ver de tanto en tanto a Dieguito.

Para Hasani, el nudo que lo incomoda y le mantiene tensas sus tripas está íntimamente conectado con una semilla de su ser anidada en la barriga de Tauret, creciendo con un destino no esperado pero inexorable. El hijo que nacerá o que incluso ya puede haber venido al mundo, porque ya ha pasado un tiempo prudente desde su clandestina concepción, amenaza con nublar para siempre la tranquilidad de Hasani, a quien nadie obligó a meterse en el sitio que él ya asumía como una cuna de traición y tragedia para su familia y su futuro. Pero la suerte ya ha sido echada, guiada por el egoísmo de sus decisiones.

En el salón minimalista del piso céntrico de Alfredo, hay poco más que sus propios huesos desplomados en un sofá frente a una mesa de centro que se engalana con un par de adornos tan inconexos entre sí como el padre y el hijo, aquel que acaba de escapar una vez más dejando un estruendo en el aire como todo “adiós y buena suerte”. En la única repisa que cuelga firme de las blancas paredes, reposa un celular que cada vez se le antoja a Alfredo más innecesario. Imposibilitado de cruzar un diálogo sin insultos con la persona que más ama, él ya cree a esta altura que no es capaz de comunicarse con nadie.

Cuando Tauret se acerca a Hasani con el recién nacido en brazos, el reciente padre no es del todo consciente de su lucha interna contra un sentimiento que no reconocerá hasta mucho tiempo después: el remordimiento. Recibe con pasmosa frialdad a su amante y apenas baja la mirada para conocer el rostro de su descendencia. Hasani ya sabe lo qué hará y las pequeñas cicatrices que lleva todavía frescas y ásperas en sus dedos y palmas son silenciosos testigos del acto que perpetró días atrás para finiquitar su obra más cobarde y macabra, aquella por la que no le alcanzará toda una vida para arrepentirse. 

Todavía dándole vueltas al motivo que generó la última rabia de Diego, Alfredo no quiere rendirse. Quiere luchar por él, como lo hizo durante esas interminables semanas en las que su hijo había permanecido en terapia intensiva después de ese choque de frente, que se dio justo después de, qué otro motivo podía ser, una discusión de aquellas que ninguno sabe de dónde vino pero que va destruyendo todo a su paso. 

Aniquilada por el sueño y la angustia, Tauret parece estar desplomada en su lecho y para Hasani ha llegado la hora de hacer lo que ya estaba planeado. Coloca al bebé dentro de la cesta de mimbre que hizo con sus propias y artesanas manos y deja la morada sin mirar atrás, atraído por las orillas del Nilo donde poco tiempo atrás provocaron él y su amante la futura llegada del niño que no tiene nombre y probablemente tampoco futuro. “Esta criatura no puede desmoronar mi reputación ni ser la deshonra de mi familia”. Hasani moja sus pies descalzos en el borde, se agacha y apoya la cesta en el espejo de agua, y al soltar la improvisada cuna de su hijo, sabe que la agitada corriente otoñal se encargará de que jamás vuelva a verlo.

El imprevisto sonido que provoca el celular vibrando sobre el estante saca a Alfredo de su aparente letargo imperturbable. Con las pocas fuerzas que tiene, alcanza el móvil y no se le dificulta la lectura de la pequeña pantalla, gracias a que su luminosidad contrasta con las tenues luces del crepúsculo que se le está cayendo encima a un día viejo que está agonizando sin resistirse. “Papá, hasta aquí llegué. No me vas a volver a ver en tu vida”. Es un simple mensaje que deja a Alfredo como muerto en vida, sencillamente preguntándose por qué.

¿Por qué? Porque Hasani y Alfredo no sólo comparten el alma con más de cuatro mil años de diferencia y quién sabe cuántas vidas. Hasani y Alfredo también llevan adonde vayan aquel peso que parece enorme o pequeño según avanzan sus existencias, pero que no deja de modificar, empujar o influir a cada uno de sus actos por más crueles que estos parezcan. El alma de Hasani y Alfredo, que es una sola y que pronto habitará otro cuerpo, jamás escapará de su karma, o al menos será prisionero de él hasta que no empiece a escucharlo. Porque sólo se trata de que entiendan cuál es su karma, para que la piedra con la que ya tropezaron siga estando en el mismo sitio pero acaso tengan la sabiduría de no volver a pisarla.






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