martes, 9 de junio de 2015

El abandono

por Javier Debarnot

Hasani tienes miles de cosas rondándole en la cabeza, pero ninguna de ellas relacionada con su labor más esencial, la de servir al faraón Dyeser en la construcción de una de las pirámides en el Imperio Antiguo de Egipcio. Corre el año 2315 A.C. y, ajena al majestuoso florecer de su civilización, su vida es un auténtico desastre.

Alfredo tampoco las tiene todas consigo, y a pesar de que en el último brindis en el que despidió el año 2014 pensaba que no podría tener peor suerte que en aquellos doce meses que ya estaban expirando, el día a día le estaba dando mazazo tras mazazo haciéndolo quizás uno de los tipos más infelices de Buenos Aires.

El egipcio se ha ausentado por tercer día consecutivo de sus labores arquitectónicas. Miles de esclavos del faraón están bajo sus órdenes y tienen tarea para rato en la maratónica empresa que significa levantar uno de los monumentos más imponentes del mundo antiguo. Hasani sabe que pronto tendrá que dar la cara, aunque patea esas preocupaciones hacia adelante sin lograr evadirse ni por un segundo de Tauret, de su mirada cálida y profunda a la vez, de sus curvas embriagadoras, de su voz susurrándole deseo al oído y del placer recorriendo lujurioso su cuerpo de amante prohibida.

¿Qué tengo qué hacer para que cambie mi suerte?, se pregunta Alfredo cuando todavía resuena tenso en al aire un portazo dado por su único hijo tras la discusión número mil. El golpe a la puerta no tenía ninguna razón de ser, y al parecer tampoco la existencia de Diego, el primogénito de Alfredo, cuya vida va también a los tumbos. El adolescente no encuentra su lugar en el mundo pero ve claro sólo una cosa: a su padre lo quiere bien lejos.

Hasani está casado con Amunet y tiene tres hijos con ella. Atormentado por un sol que parece martillarle con cada rayo su cuerpo robusto y protegido por una túnica color ocre, maldice el día en que quedó obnubilado por Tauret a las orillas de ese Nilo tan eterno y traicionero. Ya quisiera ser un faraón para que la ley le permitiera hacer uso y abuso de la poligamia, pero es un simple mortal y debe conformarse con brindarle amor y respeto a una única mujer. Sus pesares no se disipan porque Hasani sigue en condiciones de darle todo eso a Amunet, pero por Tauret siente algo mucho más profundo que no alcanza a dilucidar si es adoración o encantamiento.

Alfredo cree haber dado los pasos correctos para no ser sobresaltado tan a menudo por ese destino que a él se le antoja tan impredecible. Se había unido para convivir con Ana, su novia de la adolescencia, y pasó una década dulce en la cual fueron bendecidos por la llegada de Diego, que parecía ser el fruto de un amor sincero pero al poco tiempo acabó pudriéndose hasta envenenar esa pareja. Antes de que el niño cumpliera tres primaveras, Alfredo y Ana se separaron tras unas semanas de violentas discusiones que a punto estuvieron de mandar al hombre a un neuropsiquiátrico. “Si con esto no enloquecí, nada podrá conmigo”, se decía Alfredo meses después de la traumática ruptura que lo había dejado solo hasta que por fin pudo convenir un régimen de visitas más equilibrado para ver de tanto en tanto a Dieguito.

Para Hasani, el nudo que lo incomoda y le mantiene tensas sus tripas está íntimamente conectado con una semilla de su ser anidada en la barriga de Tauret, creciendo con un destino no esperado pero inexorable. El hijo que nacerá o que incluso ya puede haber venido al mundo, porque ya ha pasado un tiempo prudente desde su clandestina concepción, amenaza con nublar para siempre la tranquilidad de Hasani, a quien nadie obligó a meterse en el sitio que él ya asumía como una cuna de traición y tragedia para su familia y su futuro. Pero la suerte ya ha sido echada, guiada por el egoísmo de sus decisiones.

En el salón minimalista del piso céntrico de Alfredo, hay poco más que sus propios huesos desplomados en un sofá frente a una mesa de centro que se engalana con un par de adornos tan inconexos entre sí como el padre y el hijo, aquel que acaba de escapar una vez más dejando un estruendo en el aire como todo “adiós y buena suerte”. En la única repisa que cuelga firme de las blancas paredes, reposa un celular que cada vez se le antoja a Alfredo más innecesario. Imposibilitado de cruzar un diálogo sin insultos con la persona que más ama, él ya cree a esta altura que no es capaz de comunicarse con nadie.

Cuando Tauret se acerca a Hasani con el recién nacido en brazos, el reciente padre no es del todo consciente de su lucha interna contra un sentimiento que no reconocerá hasta mucho tiempo después: el remordimiento. Recibe con pasmosa frialdad a su amante y apenas baja la mirada para conocer el rostro de su descendencia. Hasani ya sabe lo qué hará y las pequeñas cicatrices que lleva todavía frescas y ásperas en sus dedos y palmas son silenciosos testigos del acto que perpetró días atrás para finiquitar su obra más cobarde y macabra, aquella por la que no le alcanzará toda una vida para arrepentirse. 

Todavía dándole vueltas al motivo que generó la última rabia de Diego, Alfredo no quiere rendirse. Quiere luchar por él, como lo hizo durante esas interminables semanas en las que su hijo había permanecido en terapia intensiva después de ese choque de frente, que se dio justo después de, qué otro motivo podía ser, una discusión de aquellas que ninguno sabe de dónde vino pero que va destruyendo todo a su paso. 

Aniquilada por el sueño y la angustia, Tauret parece estar desplomada en su lecho y para Hasani ha llegado la hora de hacer lo que ya estaba planeado. Coloca al bebé dentro de la cesta de mimbre que hizo con sus propias y artesanas manos y deja la morada sin mirar atrás, atraído por las orillas del Nilo donde poco tiempo atrás provocaron él y su amante la futura llegada del niño que no tiene nombre y probablemente tampoco futuro. “Esta criatura no puede desmoronar mi reputación ni ser la deshonra de mi familia”. Hasani moja sus pies descalzos en el borde, se agacha y apoya la cesta en el espejo de agua, y al soltar la improvisada cuna de su hijo, sabe que la agitada corriente otoñal se encargará de que jamás vuelva a verlo.

El imprevisto sonido que provoca el celular vibrando sobre el estante saca a Alfredo de su aparente letargo imperturbable. Con las pocas fuerzas que tiene, alcanza el móvil y no se le dificulta la lectura de la pequeña pantalla, gracias a que su luminosidad contrasta con las tenues luces del crepúsculo que se le está cayendo encima a un día viejo que está agonizando sin resistirse. “Papá, hasta aquí llegué. No me vas a volver a ver en tu vida”. Es un simple mensaje que deja a Alfredo como muerto en vida, sencillamente preguntándose por qué.

¿Por qué? Porque Hasani y Alfredo no sólo comparten el alma con más de cuatro mil años de diferencia y quién sabe cuántas vidas. Hasani y Alfredo también llevan adonde vayan aquel peso que parece enorme o pequeño según avanzan sus existencias, pero que no deja de modificar, empujar o influir a cada uno de sus actos por más crueles que estos parezcan. El alma de Hasani y Alfredo, que es una sola y que pronto habitará otro cuerpo, jamás escapará de su karma, o al menos será prisionero de él hasta que no empiece a escucharlo. Porque sólo se trata de que entiendan cuál es su karma, para que la piedra con la que ya tropezaron siga estando en el mismo sitio pero acaso tengan la sabiduría de no volver a pisarla.






7 comentarios:

Anónimo dijo...

ME GUSTO PIBE,ORIGINAL Y BIEN ESTRUCTURADO.
LOS SEGUIDORES DE RIVER Y ESPANYOL SOMOS ASI.RCDE

Anónimo dijo...

Es porque se acerca el día del padre en argentina no?
Viene a cuento je. Necesitamos mas relatos como este!

Abrazo.

Martín

chapi dijo...

Me encantó, genio! Te mando un abrazo enorme!!!

Anónimo dijo...

Muy bíblico y tope Talión. Ojo por ojo y diente por diente.
Con el abandono, el padre abandonado paga la culpa de aquel otro padre abandonador...

Bueno, veamos otra lectura! ;-)
Quizás este nuevo Moisés (mojado en aguas del Nilo...dícese Río de la Plata), vaya a ser un actual profeta/político, que con la escucha a su karma sea el encargado de los nuevos diez mandamientos de la humanidad ( jejéjé...de rollo "paz en el mundo" and love) los cuales van a comenzar a cambiar los malos rollos de la gente por siempre jamás...jejejé!!

MCarmen

Anónimo dijo...

Profundo, con una lectura tan antigua como la de la propia existencia humana. El Karma, aquel indeseado que miramos de reojo cuando nuestro ego nos aconseja mantener posturas inamovibles. Si tan solo entendieramos que las cuentas pendientes siempre se pagan, mas tarde o mas temprano. Y que podemos sortear la "justicia" de los hombres pero jamás la Divina.
Si tan solo entendieramos que abrazar el Karma y aceptarlo es el único camino para seguir creciendo como ser humano.

Anónimo dijo...

me ha gustado mucho tu relato , felicidades , si existiera una justicia "divina " espero que se hiciera justicia contigo ya quie tienes un talento increible....sigue así mi querido amigo y no desfallezcas.....sin duda mereceis triunfar como escritor....
RCDE , JAVI SIENTELO

Anónimo dijo...

Super original tu forma de escribir! Excelente Javi, tan metafórico que me costó interpretarlo hasta el anteúltimo párrafo. Interesante, me gustó mucho! Un talentoso de verdad... hoy empiezo a leer tu libro!
Mari

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