martes, 7 de julio de 2015

La decisión de Julio

por Javier Debarnot


Jueves, 9:53 PM


El movimiento mecánico de la fregona ya era para Julio una suerte de paso de ballet, como una coreografía elegante y pausada que venía repitiendo desde hacía seis horas, habiendo empezado por la cuarta planta y a punto de acabar el último piso del edificio. Derecha, izquierda, doce veces así, y a sumergir otra vez el palo con peluca en el cubo de agua.

Julio tenía un cansancio de esos que te obligan a seguir manteniéndote activo, consciente de que en caso de frenar se puede sufrir un desmayo instantáneo. Y él no quería padecerlo faltando apenas siete minutos para acabar su jornada laboral, una más de esas “limpias e impolutas”. Una más al cabo de los últimos veinticuatro años.

Unos pasos de baile más y en su cabeza escuchó un “chan, chan”, como el cierre de un tango. Se pasó la mano por la frente secándose algunas gotas de sudor, preguntándose cuántas le habrían brotado en toda su trayectoria como empleado de limpieza de la empresa, y como Julio se daba bastante maña con los números, en pocos segundos llegó a obtener una cifra aproximada de sus litros de esfuerzo vertidos.

Ya no quedaba casi nadie en el edificio, y era la gloriosa hora de volver a casa. Sólo le quedaba algo por hacer: echarle un ojo al despacho del arquitecto Domínguez, su “mentor” en la empresa. Domínguez era un amigo de la familia y, poco tiempo después de haber sido ascendido, le había facilitado a Julio su ingreso como limpiador, y por eso a éste no le molestaba darle una repasada a la mesa y al escritorio del arquitecto cada noche antes de marcharse.

Pasándole un paño al cristal que protegía la madera del mueble, los ojos de Julio se fueron hasta un rincón oscuro de la oficina donde un maletín negro brillaba por su presencia. “Eso no es del arquitecto”, pensó enseguida y fue hacia el objeto, teniendo presente el dicho popular sobre la curiosidad pero estando tranquilo porque él no era un gato. Al tocar la rugosa superficie de cuero, se trasladó más de medio siglo en el tiempo.

La última vez que había palpado un maletín, había sido la única ocasión en la que tuvo uno propio. Fue al empezar la escuela primaria, que con mucho esfuerzo sus padres le habían regalado uno invirtiendo hasta el último centavo del aguinaldo. Con cuánta ilusión lo había abierto un Julio pequeñito que apenas pasaba el metro veinticinco, soñando con todo lo que se le vendría por delante a partir de ese crucial ingreso a primer grado.

Mientras quitaba la hebilla del extraño maletín –teniendo ahora más arrugas, más canas y más tragos amargos de los que había tenido el niño que alguna vez fue- Julio rememoraba esos deseos de sus seis años, llegando a la triste conclusión de que la mayoría habían quedado desdibujados o sepultados en el camino.

Como máximo sueño cumplido atesoraba el de haber formado una familia junto a una esposa fiel y compañera que había dado tres frutos: Máximo, Lucía y Martina, sus adorados y ya mayores hijos. Pero aparte de ello, que no lo menospreciaba en absoluto, Julio no había conseguido nada. Y por culpa de las marcadas y sonantes frustraciones experimentadas a lo largo de su vida, ésta le había consumido cuarenta años de trabajo tedioso, básico y mal pagado, como era el caso de su actual puesto como empleado de limpieza que, Julio lo reconocía, era todo a lo que podía aspirar por su escasa preparación.

-¿Pero qué mierda es esto?

No pudo reprimirse esas palabras, que supuso nadie escuchó, al ver en el interior del maletín decenas de fajos de billetes, “limpios e impolutos” como su trabajo, puestos ordenadamente como se ven en tantas y tantas películas sobre transacciones millonarias o pagos de rescates entre narcotraficantes o secuestradores.

Como estaba agachado, atinó a mirar con sigilo por encima de su cabeza, repitiendo una vez más sus clásicas y muy a menudo tediosas coreografías: izquierda, derecha, detrás. Era más bien un acto reflejo, porque Julio sabía que no quedaba un alma a esa hora en el edificio. “Sólo el último orejón del tarro”, seguía reflexionando en voz alta. Como siempre. Él, pero con la pequeña diferencia de que esa vez se veía acompañado por… ¿un millón de dólares? Más o menos parecía haber esa cifra de billetes al contar sólo un fajo y multiplicarlo por la cantidad total que había.

Entonces Julio recordó que, mientras limpiaba por detrás de la máquina expendedora de cafés a media tarde, había visto a un personaje extraño dirigirse al despacho del arquitecto Domínguez. Tanto le había llamado la atención que tuvo que imprimirle a su cuello un pronunciado movimiento de cogoteo de esos que lo dejaban al borde de una tortícolis. Gracias a ese estiramiento capturó varios detalles de ese hombre calvo por la azotea pero con una melena enrulada en los bajos de su cabeza, con ese andar casi caricaturesco y ese portafolio llamativo que sostenía una de sus manos.

Convencido de que ese caballero no era “trigo limpio” como le había enseñado su abuelo, Julio llegó a la conclusión de que el maletín contenía dinero sucio. Primero pensó en manotear un fajo, sólo uno, y ya tendría suficiente. O mejor aún, sacar cinco o seis billetes de cada fajo ya le aseguraría una suma superior a lo que ganaba en varios años, casi como una jubilación anticipada.

-No se van a dar cuenta.

Pero entonces, cuando estaba a punto de empezar con el trámite medido de quitar unos pocos billetes de cada pilón, lo interrumpió otro pensamiento que había salido recién bañado de la catarata de la codicia. ¿Qué tal si se quedaba con el maletín entero? Dale, Julito, no sean cagón, escuchaba una y otra vez esa frase que lo dejaba tambaleando en el límite de la cobardía y la más grande osadía de la que jamás hubiera imaginado ser partícipe en su vida.

Llevarse todo el maletín implicaba desaparecer para siempre. Volver a casa y decirle a su mujer: “no me preguntes nada pero confía en mí”, pedirle que meta sólo lo indispensable en una maleta y huir bien lejos, para empezar de nuevo en algún lugar remoto del mundo. ¿Irse sin despedirse de sus hijos? Tendrían que soportar su ausencia al menos por un tiempo, pero sí podrían Julio y su esposa despedirse de trabajar él seis días a la semana en horario vespertino con la posibilidad de cenar sólo un día en horario decente y en familia, caminar ella con sus rodillas azotadas por la artrosis decenas de manzanas para buscar ofertas y descuentos casi insignificantes, en ocasiones llevando un tambaleante carro de la compra que amenaza con desbarrancarse por culpa de la cojera de una de sus ruedas, pero es que no quedaba otra porque no había dinero para reemplazarlo.

Y tan abstraído estaba Julio en las diapositivas de lo que no deseaba a volver a ser, que ni se percató de la aparición de Rosendo, su compañero de trabajo. Éste se había acercado con sigilo y no tenía otro foco de atención que el maletín que permanecía abierto desnudando su sugerente y acaso prohibido contenido.

-¿Qué es eso, Julito?

-Esteeee…

Un tartamudeo dejó a Julio expuesto como el hombre inseguro y temeroso que siempre fue. Aunque peor resultó al quedar paralizado por la incredulidad y la impotencia, viendo como Rosendo se llevaba el maletín cerrado y completo diciendo “esto hay que devolverlo” y lo dejaba nuevamente en penumbras, temblando como una seda, con el palo de fregar en la mano y ya pensando en las diapositivas de lo que nunca jamás iba a ser: ni tomar el sol en una playa caribeña ni disfrutar de un suculento manjar en un restaurante francés ni nada. Le tocaba imaginar qué sobras le quedarían para recalentarse en el microondas, en una cocina también casi a oscuras, ya cerca de la medianoche, después del tortuoso viaje de hora y media en autobús rumbo a su casa en los suburbios.



Martes, 4:34 PM



Julio está limpiando hace media hora y desde hace días que no se permite, o intenta no permitírselo, pensar en otra cosa que no sea en su coreografía de derecha, izquierda, doce veces así, y a sumergir otra vez el palo con peluca en el cubo de agua.

Julio se ha transformado en un hombre sin alma. La melancolía lo ha abordado para hacerse un nido donde muchas veces también se cuelan la tristeza y la vergüenza. Julio se odia por no haber tenido valor al menos una hora en su vida, el suficiente para cambiar su futuro para siempre.

Lástima que su rutina casi autómata y su abstracción casi enfermiza del resto del mundo le impide ver la portada de un periódico que descansa en un escritorio junto al pasillo que va limpiando, que como principal titular cuenta que “narcotraficantes asesinan a un hombre en la triple frontera” y se ilustra la noticia con una fotografía de Rosendo. Saber aquello no le cambiaría la vida a Julio, porque a esa altura está convencido que nada va a modificarla, pero quizás lo haría sentirse un poco menos desgraciado.







4 comentarios:

Cristian Perfumo dijo...

Muy bueno! Hace poco ví la pelicula "A simple plan", que tiene una temática muy parecida! Abrazo de gol, genio.

Anónimo dijo...

Está claro que este relato si que brilla por su presencia.

Martín

Anónimo dijo...


Bonito cómo se transmite la desesperanza del comienco y la desidia en el final en el protagonista. Muy bien conseguido... movimiento de la fregona de un lado al otro similar al movimiento de cuerpo de delante a atrás y de atrás al frente, en los pequeños individuos que se hallan sin esperanza en los orfanatos... Bonito.

Tema de "justicia divina" en el desenlace... ;-)

MCarmen

Anónimo dijo...

Excelente la trama Javi, muy entretenido! Pensar que hay tantos Julios por ahí, tantos! Es una historia muy triste pero muy real. Menos mal que el final fue justo, porque sino me quedaba una amargura... tiene mucho simbolismo, tantas veces que dejamos pasar grandes oportunidades por temor o falta de decisión y valentía... al menos yo.
Ya nos estamos viendo en horas!!!
Mari

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