martes, 21 de julio de 2015

¿Y trascartón, qué?

por Javier Debarnot

El día que se empezaron a poner contenedores de distintos colores para separar papeles, plásticos y vidrios, Josep sonrió. “Por fin este puto gobierno hace algo”, pensaba mientras, de cara a un puesto de reciclaje azul, sacaba una pila de cartones para transformarlos en su colchón por unos días.

Mi hermano me habló por primera vez de él hace algunos meses. Lo había conocido por casualidad, una noche que visitó “la casa de Josep”, un humilde cubículo de dos por uno y medio, con el suelo un poco sucio pero el interior lleno de dinero. En nuestra jerga, solemos decirle cajero automático, y debemos sentirnos más que afortunados de poder pasar por uno de ellos eventualmente, y no tener que usarlo para dormir cuando el frío amenaza con meterse en los huesos.

Para Josep, pasar la noche a la intemperie en primavera o verano era casi un regalo. “En mi techo sólo tengo estrellas y no me llega la factura de la luz”, solía decirle a cualquiera mientras le relataba sus mil historias viviendo en la calle. Aunque sonara increíble, él era un agradecido de la vida, la misma que hacía siete años lo había golpeado con tanta dureza y tan rápido que, casi de un día para el otro, había amanecido en un parque sin casa, sin familia, sin trabajo y sin oler bien, por culpa de una ropa andrajosa que era la única que conservaba. Lo que decidió fue, desde esa mañana y para siempre, jamás quedarse sin dignidad.

-¿Y cómo fue que lo perdió todo? –le pregunté a mi hermano suponiendo que había hablado de eso con Josep.

-Por culpa del abogado más hijo de puta del mundo.

Resultó que ese chupasangre con corbata pasó por el mostrador de Josep a llevarse el menú completo: siendo el abogado de su propia empresa, se acostaba con su mujer, lo estafó, y además hizo que le embargaran su casa por una vieja deuda que le había ocultado hasta que ya no había nada por hacer. Y para agrandar el combo, representó a su amante en el juicio de divorcio hasta sacarle el último centavo a Josep. La definición de basura le quedaba pequeña a este personaje –aún más pequeña que la letra de los contratos con los que aniquilaba a sus víctimas- pero con su perversa habilidad consiguió su objetivo de poner a Josep, a quien envidiaba con insana locura, en la indigencia más cruel e inesperada.

Josep, las primeras veces que le tocó hurgar entre los residuos para buscarse ropa o comida, no podía evitar pensar que estaba allí por culpa de un auténtico “saco de mierda”, y esa paradoja le alimentaba mucho más el odio que la fruta podrida su hambre. Pero fueron pasando las semanas y después los meses, hasta que una noche de abril dejó de estar enemistado con la vida. Se olvidó del abogado, de su mujer, del dinero y las propiedades perdidas, y sólo su hijo Marc pasó a ser el combustible que le daba fuerzas para seguir levantándose cada mañana. El colchón podía estar duro, pero imaginar el hecho de volver a verlo algún día sanaba sus heridas y le borraba rápido las marcas del banco de cemento del parque.

Cuando llegaba el invierno, algo tenía que hacer y más en los días de lluvia, porque era inhumano pasar la noche sin resguardarse. Un crudo fin de semana de enero quiso jugar el papel de valiente a prueba de todo, pero acabó en la guardia de un hospital con principios de congelamiento. Ya envuelto en mantas, sentado con un té caliente en la mano sobre un sillón de la sala de espera diez veces más cómodo que su cama de cartón, Josep lloró desconsolado por primera vez en casi un año, y no por el frío, sino por haber tenido que dejar en blanco el casillero de domicilio al rellenar un formulario. Fue la primera vez que debió asumir que era un hombre pobre, sin techo y sin rumbo. Fue la noche en que se supo sin nada, pero también el puntapié para advertir que, por lógica pura, ya no tendría nada que perder y a partir de allí todos serían obsequios de la vida.

-Y al otro día durmió por primera vez en el cajero al que voy siempre –me contó mi hermano.

Sólo era cuestión de elegir cartones de buena calidad para hacer un colchón más mullido. Y después de un pequeño incidente, Josep procuró que también estuvieran totalmente secos, ya que una noche no le había quedado otra que tumbarse sobre un cartón húmedo y, al entrar una mujer con su hijo al cajero, el pequeño dijo en voz alta “mira, mamá, este hombre se ha meado encima”. Josep tuvo que apretar los dientes bien fuerte y hacerse el dormido, para reprimir sus ganas de darle una buena colleja al pequeñajo o más bien a su madre, por no enseñarle que no es bueno soltar la primera idiotez que viene a la cabeza sin pensar que ésta pueda ofender al prójimo.

Después de reiteradas visitas en las que mi hermano coincidió con Josep, empezaron a entablar una amable conversación y así fue como un día, por pura casualidad en una sobremesa familiar, yo me enteré de la existencia del hombre que lo había perdido todo. Y por qué negarlo, desde ese momento su historia me provocó un cierto magnetismo y mucha curiosidad por seguir sus pasos, pero nunca había visto a Josep hasta el viernes pasado.

Entré al cajero pasadas las once, cuando él parecía estar dormido. Mientras metía mi tarjeta de débito en la ranura, no podía dejar de pensar en que atrás mío estaba una auténtica leyenda, tal era la dimensión que había cobrado en mí el personaje del que mi hermano me había hablado tanto. Entonces, justo unos segundos después de introducir mi clave de cuatro números, la leyenda se puso de pie, me tumbó de un certero puñetazo y me hizo caer sobre su colchón de cartón. Josep se llevó todos los billetes que le permitió la máquina y abandonó su casa, y mientras tanto, a mí me llevó casi un cuarto de hora dejar de temblar.

Dos días después, un hombre que también vivía en la calle y conocía a Josep, fue al contenedor de papeles azul, que era el mismo que visitaba muy seguido el hombre que me había robado. En búsqueda de su ración de cartones para esa noche, al sacar el linyera una enorme caja desarmada, cayó un trozo de papel con un pequeño texto que había quedado enganchado junto al cartón, y que aterrizó con la parsimonia de un símil avión de papel sobre sus desgastados mocasines. El vagabundo, sin dudarlo, comenzó a leer por curiosidad:

“Josep: no me conoces. Soy el hermano de Juan, el chico que estudia guitarra en la academia de la esquina del cajero. Supongo que sabrás que, como en todos los cajeros automáticos, hay cámaras de seguridad. Estudié las leyes y la letra pequeña del banco y llegué a la conclusión de que si me roban en el propio cajero y existe una grabación que atestigua el hecho, están obligados a reponerme el dinero con unos pocos trámites. Voy a ir este viernes después de las 23, con una mochila de color naranja. Es importante que esperes a que ponga mi clave de seguridad, y ahí me deberías derribar de un golpe. Podrás retirar hasta 2000 euros, que es el tope diario que me permiten. Por supuesto que luego deberás desaparecer del barrio, pero con ese dinero podrías buscarte una pensión barata, comprar algo de ropa y, si lo deseas, empezar de nuevo. La idea fue de mi hermano, pero él no podría hacerlo porque se lo ve en las cámaras entablar muchos diálogos amistosos contigo. Si te atreves, golpea con rabia, imaginando que soy ese abogado hijo de puta que te sacó todo. Y luego te deseo toda la suerte del mundo.”

Ha pasado casi una semana y todavía tengo el labio algo hinchado. De a ratos pienso, “qué cabrón este Josep, sí que me dio fuerte”, pero enseguida no puedo evitar sonreírme, al imaginar que una tarde cualquiera podría cruzarse con el bastardo que lo arruinó, y concentrar en su puño todo el cemento y el frío de los distintos bancos en los que durmió en el último año y medio de su vida.








6 comentarios:

Anónimo dijo...

Que interesante, como la vida cambia cuando se es capaz de asumir al completo la realidad, aprender la lección, y barajar de nuevo para seguir adelante con algo más en el haber.

Cristian Perfumo dijo...

Naaaahh, está BUENISIMO. Como dicen en aquel lado del mundo... Chapó!

Anónimo dijo...

Muy bueno Javi, se nota que esa tinta lleva acumuladas muchas crisis y resurgimientos. Abrazo fuerte.

Martín

Anónimo dijo...

Muy.bueno javier.esa delgada linea de la pobreza repentina,y la dignidad usurpada,esta realmente cerca.RCDE

Anónimo dijo...


Desenlace despesperado hacia adelante ;-) ¿segunda parte del anterior relato?
Desenlace inesperado que, como siempre, me encanta. Esta vez, para mayor rizo, ni esperaba un inesperado desenlace… Me encanta!!
MCarmen

Anónimo dijo...

Buenísimo Javi! Ojalá existiera mucha gente así, solidaria y justiciera, con tanta empatía y compasión como para querer dar una mano y arreglar la vida de un pobre. Una proeza de la cual lamentablemente yo no sería capaz... la historia te deja pensando y sacude bastante la conciencia.
Mari

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