martes, 18 de agosto de 2015

Los ojos del alma

por Javier Debarnot

Aldana nunca fue una niña de seis años parecida a la mayoría de las niñas de seis años. Desde que empezaba a enfocar sus ojos a los pocos meses de nacer, ya se veía que su mirada apuntaba a otros sitios. Pero sus familiares y amigos, aun conociendo las rarezas que Aldana traía consigo desde la cuna, jamás hubiesen imaginado lo que, ya comprobado fehacientemente, llevaba adentro esa niña tan especial.

Empezó a caminar de una manera precoz, a sus nueve meses de vida. Pareció incluso que hubiera podido hacerlo antes: su imposibilidad residía en que, hasta el momento de dar sus primeros pasos, sus pies no tenían la fuerza necesaria para sostener al resto de su cuerpo, pero se notaba a la legua que Aldana sí contaba con la motricidad adecuada, como si hubiese llegado al mundo con esa capacidad ya aprehendida. Esa, la de caminar, y tantas otras.

Al ver de tanto en tanto algún álbum de fotos, solía quedar eclipsada por imágenes antiguas, todavía en blanco y negro, y señalaba a personas y elementos de aquellas épocas con un entusiasmo y alegría desbordantes y poco comunes para una niña de poco más de tres años. Podía llegar a estarse tardes enteras recorriendo esos libros repletos de fotografías viejas y hasta resquebrajadas por el paso del tiempo. 

La familia de Aldana vivía en Magdeburg, una ciudad germana situada en las afueras de Berlín, y estaba compuesta por sus padres y su hermano tres años mayor que ella. A pesar de la diferencia de edad, en ocasiones Aldana parecía ser más madura que Karl, el primogénito, como por ejemplo el día en que la niña evitó que el chico se escapara de la casa preso de un ataque de furia por haberle negado su madre ir a visitar a un amigo.

-Piénsalo, Karl, esto traerá consecuencias más graves.

-¿Cómo puedes hablar así si tienes sólo cinco años? –le había contestado su hermano intentando hacerle notar que era apenas una cría, pero al final entró en razones y siguió los consejos de Aldana.

Eso acababa ocurriendo casi siempre con idéntico desenlace, en el cual el círculo de adultos que conocía a la niña se quedaba con la boca abierta y rendido ante la sabiduría inagotable de Aldana. En su lustro y poco más de vida, nadie le recuerda una rabieta típica de su edad o alguna actitud caprichosa de esas que incitan a los padres a sacar lo peor de sí mismos, reflejado en un deseo reprimido de “a esta criatura la tiraría ya mismo por la ventana”.

Otro de los hechos salientes que se repitieron una y otra vez durante su niñez fue su insistencia en señalar e idealizar un lugar en el que jamás, presuntamente jamás había estado. Cuando volvían a su ciudad después de largo un viaje y en la carretera aparecía el nombre de Leipzig, un pueblo no tan lejano, Aldana señalaba el cartel. Había aprendido a leer a los cuatro años y medio, también de forma casi enigmática, y reconocer las letras que formaban Leipzig casi siempre la llevaban a articular la misma frase que a sus padres les quemaba la cabeza, “quiero ir a casa”.

Pero sus familiares dejaban pasar esas rarezas que los descolocaban pero en definitiva no molestaban a nadie, y tampoco le extrañaba a la mamá de Aldana que la niña no jugara con las muñecas como lo hacían sus amigas. Ella se limitaba a hablarles, pero no diciéndoles cualquier tontería sino más bien sabios consejos, que sus compañeritas no alcanzaban siquiera a entender porque eran “conversaciones de grandes”. En los ojos de Aldana estaba encerrado su enigmático mundo que unos días se mostraba triste, otros esperanzado, mucho tiempo se adivinaba nostálgico y rara vez apagado.

Entonces llegó un sábado otoñal, dos semanas después del sexto cumpleaños de Aldana, en que su madre le pidió que la acompañara a un lugar especial, por un evento de una inusual y emotiva importancia: el trigésimo aniversario de la muerte de la bisabuela de la niña que nunca había llegado a conocer. Viajaron en silencio por la carretera y en aquella ocasión Aldana no comentó nada acerca de Leipzig, a pesar de que por dirigirse a ese pueblo apareció mencionado en innumerables señalizaciones del camino. Como iban hacia allí, la pequeña parecía contener su ansiedad y se la veía como inyectada de una paz inusual, una calma y un bienestar que la abrigaban durante esa mañana templada de noviembre.

A Aldana nunca le habían contado la historia de su bisabuela, quizás para no generarle un recuerdo amargo y quizás innecesario, ya que había fallecido de forma trágica atropellada por un tren a pocas calles de su casa. Pero ese día, yendo hacia el cementerio para llevarle un enorme ramo de rosas rojas, su madre le habló de lo que había sido la vida de su abuela, cuánto la había querido y lo mucho que le había afectado su prematuro y violento adiós. Aldana, ensayando su mirada de sabia, observaba con ternura a su mamá a través del espejo retrovisor delantero, viendo como las lágrimas le transformaban el cuidadoso maquillaje de sus ojos en un río gris y triste que iba destiñéndose y cayendo mejillas abajo mientras la mujer volvía a zambullirse y acaso ahogarse en las tenebrosas lagunas de su pasado.

Al llegar al sitio donde empezaban a desperdigarse las lápidas, ni Aldana ni su madre se dieron cuenta de que el cielo plomizo que las cubría comenzaba a limpiarse poco a poco. Se detuvieron frente a la tumba de Rachel, dejando las flores en la base, y quedaron detenidas unos instantes allí, en silencio, en búsqueda de esa comunión invisible con el ser amado fallecido.

-Te echo tanto de menos, abuela.

La madre de Aldana soltó esa frase y mientras tanto no dejaba de apretar la mano de su hija, que se mantenía con un asombroso estoicismo a su lado. Pasó un breve pero intenso minuto en donde sólo se oía el llanto de la mujer, y fue entonces cuando Aldana rompió el silencio porque creyó que había llegado el momento.

-Ya he descansado bastante. Ahora estoy aquí para cuidarte.

-¿Qué dices, hija?

Pero Aldana no dijo nada más aquel mediodía en donde ya empezaban a liberarse rayos de sol por detrás de las ya nada amenazantes nubes.

-¿Por qué dices que estás para cuidarme?

Un haz de luz se topó con los ojos de Aldana y se los dejó resplandecientes, y en ese instante su madre entendió todo, porque vio en el celeste de los ojos de su hija el mismo tono de celeste de su abuela Rachel, y se dio cuenta de que lo que alguna vez había dicho alguien referido a su hija –“tiene la mirada de su bisabuela”- era quizás una premonición o más bien la sentencia de algo irrefutable.

Una innumerable cantidad de personas que no cree en la reencarnación, manifiesta que las supuestas pruebas o hechos contrastados que la demuestran son tan sólo efectos especiales o luces de artificio incomprobables. Y, mucho peor aún, ven con otros ojos a quienes se aferran con fervor a ella, acusándolos de locos o almas desesperadas que necesitan agarrarse con desesperación a algo tras una irreparable pérdida. Pero lo que esa gente desconoce es que, por qué no, las estén viendo con otros ojos, pero en el sentido más literal de la palabra.





martes, 4 de agosto de 2015

De ocupado a preocupado

por Javier Debarnot

En un avión. En un teatro. En un crucero. O incluso en la casa de tus futuros suegros. Hay lugares complicados para quedarte encerrado en un baño, pero encuentro pocos tan incómodos como puede serlo un casamiento. Si aquello ocurre, no es difícil que te enfoquen por un rato las luces del protagonismo de la fiesta, y yo –desde un perfumado toilette- fui alguna vez ese inesperado iluminado.

Se trataba de la boda del jefe que tenía en esa época, que se celebró en una típica casa de campo situada en el noroeste de la provincia de Buenos Aires. Como aperitivo a la fiesta en sí, había una ceremonia religiosa muy “cool” al aire libre, con participación de familiares y amigos. El atractivo de este evento, comparado con los que tienen lugar en una iglesia, era que los más íntimos de la pareja que pasaban a leer trozos de la biblia, parecían haberse fumado unas páginas de la misma. Todo era muy estudiosamente relajado.

Pasamos al sitio donde se realizaría la cena y las secuencias típicas de un casamiento: entrada oficial de los novios, baile del vals nupcial, corte del pastel de bodas, apertura de la tan anhelada mesa dulce y todo ese listado interminable de pequeños actos que en conjunto forman una maratónica fiesta que acaba con la flamante pareja, a las seis de la mañana, sin más fuerzas para hacer otra cosa que no sea respirar, vomitar o dormir.

Después de engullir el postre, ya en la sobremesa, me excusé para apersonarme al baño que estaba en una galería pegada al salón principal. Adentro no hice nada del otro mundo, sino más bien una simple rutina o llamado del vientre que no requirió ni siquiera del posterior roseado de desodorante ambiental con aroma a lavanda. Lejos había quedado una ocasión en la que tapé el inodoro en casa de los padres de mi mujer y tuve que salir con la cabeza gacha a solicitar el kit balde y sopapa.

Al intentar quitarle la traba a la puerta, no había forma de que cediera, porque estaba más dura que una roca y no lograba moverla ni medio milímetro. Tranquilo, Javi, tiene que haber solución para esto, me repetía mientras notaba que las primeras gotas de sudor hacían surcos por delante de mis patillas. Después del intenso esfuerzo –por intentar salir, no por la evacuación anterior- decidí sentarme otra vez en el trono y dejar pasar un tiempo prudencial. Podía recargar fuerzas, consciente de que no habían pasado ni diez minutos desde mi ingreso. Si alguien estaba esperando su turno con suma urgencia, iba a tener que aguantarse.

Volví a intentarlo después de un ligero relax, con idéntico e inútil resultado. Entonces decidí jugar la siguiente carta, pedirle auxilio al que estuviera afuera, considerando que si era uno con diarrea galopante, iba a meter mucha prisa: ayúdame ahora o cágate para siempre. Había una chica, y no sé en qué estado estaban sus entrañas, pero por su voz parecía estar buena.

-¿Necesitás ayuda? –me dijo después de que yo, en contra de toda regla, golpeara la puerta mostrando mi intención de abandonar el baño.

-No puedo salir, esto está trabado.

Yo no sé si a ella también le pareció prometedora mi voz, o es que realmente me había visto entrar, pero lo cierto es que mostró una increíble predisposición para intentar rescatarme. Tanta fue que, cuando usó una parte de su vestido para que no se le resbalara su húmeda mano con el picaporte, su ropa se ajó. Tremendo drama. Si ya es desesperante para una dama ver que una de su mismo género lleva una prenda muy parecida en una fiesta, imagínense el panorama de encontrarse con un vestido roto antes del lanzamiento del ramo. La amable doncella pasó a histérica desesperada y, en medio de gritos que alertarían a más personal, huyó y jamás volvería a saber nada de ella. Espero que, al menos, en su exilio no la acompañara ninguna diarrea.

Como ya lo mencioné, el completo escándalo que montó la chica por su vestido que había quedado a medias atrajo a dos o tres invitados más, en este caso no invitados a la fiesta sino al baño, a mi baño. Uno de los individuos, que era el hermano de la novia, empezó a tirar con fuerza con la ayuda de un destornillador, haciendo palanca con el trabador para intentar que éste cediera, pero lo que cedió, muy de súbito, fue su codo que fue a parar a la cara de un muchachote de atrás, que era el primo de la novia. El tercero increpó al supuesto agresor y así, en menos de dos minutos, se armó una trifulca que dejaría con magulladuras leves al cinco por ciento de la familia de la novia. Yo seguía encerrado y ya empezaba a preocuparme.

Necesitaba aire. Abrí una ventana que nunca había evaluado como alternativa de escape por su escaso tamaño, y al asomarme pude observar a pocos metros a una chica que iba sola, fumando mientras recorría un camino paralelo a la casa. Ey, le chisté pidiéndole ayuda. No sé qué extraño magnetismo desprendía esa noche desde el baño, pero todas las mujeres venían sin dudarlo hacia mí. La mujer soltó el cigarrillo y dio un salto hasta agarrarse de la repisa de la ventana para entablar un diálogo conmigo. Después de articular apenas tres palabras, debe haber visto el terror reflejado en mis ojos cuando capté a un perro aparecer de la nada y saltar a sus pies.

-¡El perro!

No llegó a tiempo a darse vuelta o a saltar y correr, o a patearlo y resguardarse. El tarascón del can no fue potente, pero alcanzó para hacerle un pequeño rasguño en la piel, superficial pero raspón al fin. Y esa chica fue otra que se fue refunfuñando y, quizás, maldiciéndome por acabar perjudicada por mi culpa. Miré el reloj y pensé que si fuera el de una iglesia ya hubiesen sonado unas campanadas, porque llevaba una eterna media hora en el baño.

En el salón donde se servía la cena, mi mujer ya empezaba a preocuparse. Más que nada, por el papelón que presagiaba: como estaba convencida de que yo había cometido un estropicio como en casa de sus padres, en cuestión de minutos debería ir a buscar el kit balde y sopapa para socorrerme y remediar el desastre. Éste –que nada tenía que ver con un inodoro inmundo y tapado- iba creciendo y cobrándose nuevas víctimas a cada minuto que pasaba. Ya se contaba un vestido destrozado, un labio roto, un ojo morado y una pierna mordida por un bulldog, Dios quiera que sin rabia. Hasta que por fin, después de una insoportable agonía, acudió el dueño de casa postergando el vals.

-¿Quién está ahí? Soy el papá de la novia.

Alertado por la cadena de infortunios, tenía del otro lado a la máxima autoridad de la fiesta, el que seguramente había pagado todo, desde el catering, pasando por los arreglos florales, los disc-jockeys y todo lo demás, e incluyendo quizás el mecanismo de seguridad de la puerta del baño. Le expliqué lo sucedido lo más calmado posible y él, con mucha más tranquilidad, me soltó las palabras mágicas, o más bien la llave para destrabar el asunto.

-Es una tontería, Javier, vas a ver que la traba tiene truco. Antes de intentar llevarla a la derecha para destrabar la puerta, tenés que tirar hacia adentro, moverla un poco hacia la izquierda y después sí a la derecha.

Abrí en cinco segundos y en dos minutos estaba en mi mesa, siendo el centro de todas las miradas después de la revolución que se había armado debido a mi percance que, como una pequeña tragedia, había tenido más heridos que un encierro de San Fermín. Mientras se apagaban las luces para que comience a sonar el vals, no podía dejar de pensar en el padre de la novia que ya estaba preparándose para bailar con su hija.

“Tiene truco”, “es una tontería”, me resonaban sus frases en la cabeza. Pero qué pedazo de pelotudo, hubieras puesto un cartel y listo, reflexionaba indignado, aunque claro, ese cartel hubiera sido una mancha para una fiesta tan “cool”. Entonces, ya superado el mal trago e identificado el culpable, me alegré por haberle arruinado al menos un trozo de celebración mientras yo en el baño había pasado un momento de mierda.






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