martes, 4 de agosto de 2015

De ocupado a preocupado

por Javier Debarnot

En un avión. En un teatro. En un crucero. O incluso en la casa de tus futuros suegros. Hay lugares complicados para quedarte encerrado en un baño, pero encuentro pocos tan incómodos como puede serlo un casamiento. Si aquello ocurre, no es difícil que te enfoquen por un rato las luces del protagonismo de la fiesta, y yo –desde un perfumado toilette- fui alguna vez ese inesperado iluminado.

Se trataba de la boda del jefe que tenía en esa época, que se celebró en una típica casa de campo situada en el noroeste de la provincia de Buenos Aires. Como aperitivo a la fiesta en sí, había una ceremonia religiosa muy “cool” al aire libre, con participación de familiares y amigos. El atractivo de este evento, comparado con los que tienen lugar en una iglesia, era que los más íntimos de la pareja que pasaban a leer trozos de la biblia, parecían haberse fumado unas páginas de la misma. Todo era muy estudiosamente relajado.

Pasamos al sitio donde se realizaría la cena y las secuencias típicas de un casamiento: entrada oficial de los novios, baile del vals nupcial, corte del pastel de bodas, apertura de la tan anhelada mesa dulce y todo ese listado interminable de pequeños actos que en conjunto forman una maratónica fiesta que acaba con la flamante pareja, a las seis de la mañana, sin más fuerzas para hacer otra cosa que no sea respirar, vomitar o dormir.

Después de engullir el postre, ya en la sobremesa, me excusé para apersonarme al baño que estaba en una galería pegada al salón principal. Adentro no hice nada del otro mundo, sino más bien una simple rutina o llamado del vientre que no requirió ni siquiera del posterior roseado de desodorante ambiental con aroma a lavanda. Lejos había quedado una ocasión en la que tapé el inodoro en casa de los padres de mi mujer y tuve que salir con la cabeza gacha a solicitar el kit balde y sopapa.

Al intentar quitarle la traba a la puerta, no había forma de que cediera, porque estaba más dura que una roca y no lograba moverla ni medio milímetro. Tranquilo, Javi, tiene que haber solución para esto, me repetía mientras notaba que las primeras gotas de sudor hacían surcos por delante de mis patillas. Después del intenso esfuerzo –por intentar salir, no por la evacuación anterior- decidí sentarme otra vez en el trono y dejar pasar un tiempo prudencial. Podía recargar fuerzas, consciente de que no habían pasado ni diez minutos desde mi ingreso. Si alguien estaba esperando su turno con suma urgencia, iba a tener que aguantarse.

Volví a intentarlo después de un ligero relax, con idéntico e inútil resultado. Entonces decidí jugar la siguiente carta, pedirle auxilio al que estuviera afuera, considerando que si era uno con diarrea galopante, iba a meter mucha prisa: ayúdame ahora o cágate para siempre. Había una chica, y no sé en qué estado estaban sus entrañas, pero por su voz parecía estar buena.

-¿Necesitás ayuda? –me dijo después de que yo, en contra de toda regla, golpeara la puerta mostrando mi intención de abandonar el baño.

-No puedo salir, esto está trabado.

Yo no sé si a ella también le pareció prometedora mi voz, o es que realmente me había visto entrar, pero lo cierto es que mostró una increíble predisposición para intentar rescatarme. Tanta fue que, cuando usó una parte de su vestido para que no se le resbalara su húmeda mano con el picaporte, su ropa se ajó. Tremendo drama. Si ya es desesperante para una dama ver que una de su mismo género lleva una prenda muy parecida en una fiesta, imagínense el panorama de encontrarse con un vestido roto antes del lanzamiento del ramo. La amable doncella pasó a histérica desesperada y, en medio de gritos que alertarían a más personal, huyó y jamás volvería a saber nada de ella. Espero que, al menos, en su exilio no la acompañara ninguna diarrea.

Como ya lo mencioné, el completo escándalo que montó la chica por su vestido que había quedado a medias atrajo a dos o tres invitados más, en este caso no invitados a la fiesta sino al baño, a mi baño. Uno de los individuos, que era el hermano de la novia, empezó a tirar con fuerza con la ayuda de un destornillador, haciendo palanca con el trabador para intentar que éste cediera, pero lo que cedió, muy de súbito, fue su codo que fue a parar a la cara de un muchachote de atrás, que era el primo de la novia. El tercero increpó al supuesto agresor y así, en menos de dos minutos, se armó una trifulca que dejaría con magulladuras leves al cinco por ciento de la familia de la novia. Yo seguía encerrado y ya empezaba a preocuparme.

Necesitaba aire. Abrí una ventana que nunca había evaluado como alternativa de escape por su escaso tamaño, y al asomarme pude observar a pocos metros a una chica que iba sola, fumando mientras recorría un camino paralelo a la casa. Ey, le chisté pidiéndole ayuda. No sé qué extraño magnetismo desprendía esa noche desde el baño, pero todas las mujeres venían sin dudarlo hacia mí. La mujer soltó el cigarrillo y dio un salto hasta agarrarse de la repisa de la ventana para entablar un diálogo conmigo. Después de articular apenas tres palabras, debe haber visto el terror reflejado en mis ojos cuando capté a un perro aparecer de la nada y saltar a sus pies.

-¡El perro!

No llegó a tiempo a darse vuelta o a saltar y correr, o a patearlo y resguardarse. El tarascón del can no fue potente, pero alcanzó para hacerle un pequeño rasguño en la piel, superficial pero raspón al fin. Y esa chica fue otra que se fue refunfuñando y, quizás, maldiciéndome por acabar perjudicada por mi culpa. Miré el reloj y pensé que si fuera el de una iglesia ya hubiesen sonado unas campanadas, porque llevaba una eterna media hora en el baño.

En el salón donde se servía la cena, mi mujer ya empezaba a preocuparse. Más que nada, por el papelón que presagiaba: como estaba convencida de que yo había cometido un estropicio como en casa de sus padres, en cuestión de minutos debería ir a buscar el kit balde y sopapa para socorrerme y remediar el desastre. Éste –que nada tenía que ver con un inodoro inmundo y tapado- iba creciendo y cobrándose nuevas víctimas a cada minuto que pasaba. Ya se contaba un vestido destrozado, un labio roto, un ojo morado y una pierna mordida por un bulldog, Dios quiera que sin rabia. Hasta que por fin, después de una insoportable agonía, acudió el dueño de casa postergando el vals.

-¿Quién está ahí? Soy el papá de la novia.

Alertado por la cadena de infortunios, tenía del otro lado a la máxima autoridad de la fiesta, el que seguramente había pagado todo, desde el catering, pasando por los arreglos florales, los disc-jockeys y todo lo demás, e incluyendo quizás el mecanismo de seguridad de la puerta del baño. Le expliqué lo sucedido lo más calmado posible y él, con mucha más tranquilidad, me soltó las palabras mágicas, o más bien la llave para destrabar el asunto.

-Es una tontería, Javier, vas a ver que la traba tiene truco. Antes de intentar llevarla a la derecha para destrabar la puerta, tenés que tirar hacia adentro, moverla un poco hacia la izquierda y después sí a la derecha.

Abrí en cinco segundos y en dos minutos estaba en mi mesa, siendo el centro de todas las miradas después de la revolución que se había armado debido a mi percance que, como una pequeña tragedia, había tenido más heridos que un encierro de San Fermín. Mientras se apagaban las luces para que comience a sonar el vals, no podía dejar de pensar en el padre de la novia que ya estaba preparándose para bailar con su hija.

“Tiene truco”, “es una tontería”, me resonaban sus frases en la cabeza. Pero qué pedazo de pelotudo, hubieras puesto un cartel y listo, reflexionaba indignado, aunque claro, ese cartel hubiera sido una mancha para una fiesta tan “cool”. Entonces, ya superado el mal trago e identificado el culpable, me alegré por haberle arruinado al menos un trozo de celebración mientras yo en el baño había pasado un momento de mierda.






4 comentarios:

Anónimo dijo...

Empezando por el título, buenísimo! Muy entretenido, jaja, esas cosas pasan... por lo menos terminó relativamente bien! Después de la escena del bull dog, mi mente volaba y me imaginaba un final trágico. Mejor así! Historia real?
Mari

Anónimo dijo...

Es buenísimo, ¡como olvidarme de aquel día!, y yo en la mesa, escuchando las típicas boludeces que se hablan en un casamiento en esas mesas forzadas que arman los novios para que nadie se aburra. Y pensando por dentro ¡¿donde se habrá metido este?!
"Alto" casamiento cool. ;-P

Anónimo dijo...

EL RELATO ES DIVERTIDO,PERO A MI NO ME HIZO GRACIA.SOY EL PADRE DE LA NOVIA AQUEL QUE PAGO TODO PARA QUE FUERA EL DIA PERFECTO DE MI HIJA, Y ESTE PELOTUDO ME LO ARRUINO.RCDE

Anónimo dijo...

Ni siquiera en vacaciones se descansa?
Eso es pasión por la escritura!!!

Para tus lectores es fantástico!!! Genial leer a un amigo en días de vacaciones!!!

Un abrazo desde la lejanía ...

MCarmen

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