martes, 29 de septiembre de 2015

Agua, fiesta

por Javier Debarnot

-¿Está empezando a llover?

-¡Estaba anunciado!

-Sí, ¿pero justo ahora?

Tenía razón mi circunstancial compañero de cancha. El servicio meteorológico, siempre tan aguafiestas, venía anticipando que justo a la hora en que comenzara la final se largaría una lluvia de aquellas. Pero uno siempre tiene la esperanza de que el pronóstico le erre fiero, ese de índole climático y también aquel que presagiaba que era imposible conseguir entradas para ese partido, el más importante en las últimas décadas para el club de mis amores.

Estando todavía en Barcelona, empecé a mover varios hilos –hilos tecnológicos, los guasaps y mesenyers de turno- para ver si algún buen samaritano desde Buenos Aires me conseguía un sitio para el partido definitorio de la Copa más importante de América.

-¿Cuántas entradas querés?

Cuando leía esa respuesta-pregunta de mi amigo Ale, me ilusioné a lo grande porque creí que la posibilidad no sólo era cierta, sino que además podría tener la yapa de ir al Monumental acompañado. Pero dos chats más abajo pude deducir que la pregunta sobre el número de asientos solicitados estaba recubierta de una buena capa de sarcasmo.

-Me estás pidiendo que te consiga ubicaciones para el partido más difícil de la historia del club.

Fue un mazazo inesperado, un golpe de realidad, y suficiente para expulsar a todas las ilusiones que tenía alojadas en mi cuerpo con sus gorros, banderas y vinchas. Salgan ya mismo que esta vez no habrá milagro, les dije y enseguida las vi alejarse cabizbajas hacia el destierro de los sueños truncos. Me resigné.

Iba a ser imposible estar ahí, pero al menos podría seguir la final por televisión, a poquísimas manzanas del estadio y sentado en el sillón con mi viejo y mis hermanas. Iba a volver a Argentina después de siete años, y ver a River campeón de América –porque ese pronóstico no podía fallar- en el living de mi antigua casa, ya era de por sí un motivo de inmensa alegría. ¿No estar en la cancha? Tampoco se puede pedir todo en la vida.

Pero cuando la misma noche de mi regreso, en la primera cena y ya de sobremesa mi papá dijo “yo podría entrar gratis con mi carnet de vitalicio”, sentí un estruendo lejano. Era el que habían hecho miles de maletas al ser apoyadas en el suelo a la vez: mis ilusiones dejaban todo su equipaje suspendiendo su vía-crucis rumbo a tierras oscuras para volver corriendo hacia mí, o nadando si hacía falta, con sus gorros, banderas y vinchas. Volví a sentirme con posibilidades de estar adentro.

Lo que son las vueltas de la vida. Cuando somos chiquitos, queremos parecer más grandes; cuando nos hacemos grandes, queremos volver a parecer más chicos; y cuando necesitamos colarnos para ver una final de la Copa Libertadores –en este caso yo, usufructuando el carnet de vitalicio de mi padre- haríamos lo imposible por simular que tenemos cuarenta y ocho años aunque el documento acuse treinta y nueve. 

Ponete talco en el pelo para aparentar más canas. Caminá medio encorvado. Usá ropa de viejo (pedísela a papi). Los consejos fueron cayendo sobre la mesa y todos fueron analizados y respetados, aunque finalmente no iba a utilizar ninguno de ellos. Faltaban tres días para la gran cita y yo soñaba con un par de cartas que tendrían que ser cómplices en mi intento de entrar: la oscuridad de la noche que ocultaría mi rostro juvenil –o eso es lo que pretendo ver frente al espejo cada mañana-, y la multitud que lo torna todo confuso por el peligro latente de que la situación se desbande en un plis plas.

Por las dudas, llevaría un as en la manga, el de la sinceridad brutal. “Vivo en España, no vengo al Monumental hace siete años y mi viejo me cedió su lugar…”. El ruego lastimoso podría extenderlo con un “…me quedo despierto hasta las cinco de la mañana de un día laborable para ver a River desde España, me merezco verlo hoy en vivo y en directo…”, o “…lloré abrazado a una Estrella Damm de litro cuando River descendió…”, o hasta “…evalué la distancia entre el balcón y la vereda para saber si sobreviviría al saltar después de que San Lorenzo nos empató con nueve jugadores…”. Y así podría seguir con miles de argumentos emotivos –o inexplicables- hasta que se hiciera la hora de inicio de la final.

Pero nada de eso fue necesario. El miércoles, día D, hubo apenas un tenso cruce de miradas en la entrada de vitalicios del estadio, entre el empleado de River y yo. El mundo se detuvo a nuestro alrededor, y ni siquiera se olía el típico aroma a choripanes de las canchas argentinas o se sentía el “muchachos, con la entrada en la mano” escupido por un policía desganado porque encima es hincha del eterno rival. Fuimos sólo él y yo, y ni nos hablamos. Sólo existió una telepatía que ambos entendimos como parte de un intenso diálogo de mimos. Vos no tenés cuarenta y ocho años ni de casualidad. Obvio, si parezco de treinta recién cumplidos, pero dejame entrar.

La palmada del portero en mi espalda fue como un “dale, pasá rápido antes de que me arrepienta”, y entonces se me fue toda la angustia del pecho, pero le hizo lugar a otras emociones que iban a colonizar mis entrañas antes de que mi equipo intentara conquistar América. Al pisar otra vez el Monumental después de siete largos años y ver el manto verde y sagrado, no pude evitar que varios cimientos se me removieran por dentro. Mientras el cemento del estadio temblaba por los cantos, los saltos y la euforia de una multitud que iba haciéndolo explotar de a poco, mis estructuras internas hacían malabarismos para intentar que todas las emociones no se desmoronaran a la vez al ritmo del redoble de los tambores y bombos de la hinchada de River.

Casi tres horas después, cuando el equipo estaba a punto de salir al terreno de juego, la gente bramaba y se revolvía en el clímax de la excitación, y el humo de las bengalas y el olor a pólvora de los petardos se fundieron para darle vida a una pócima embriagadora y hasta alucinógena, o al menos provocó esos síntomas en mi cuerpo, un cuerpo que ya venía con la guardia baja, y endrogado por esa mezcla y aturdido por el “River, mi buen amigo…” decidí mirar por enésima vez al cielo para dilucidar si fallaría o acertaría el traicionero pronóstico de lluvia, parecía que arreciaba el agua nomás, pero cuando bajé los ojos y regresé a tierra con mis sentidos algo atrofiados entendí que ya era demasiado tarde para frenar la catarata que se me venía encima.

Estaba en el lugar donde había soñado estar. Y estaba ahí gracias al carnet de vitalicio que su dueño, mi viejo, me había cedido con tanta generosidad. Era eso lo que le daba el toque agridulce al momento, que él no estuviera conmigo ahí, como había estado casi siempre. Como cuando se perdía los goles por llevarme al baño a los catorce minutos del segundo tiempo porque con mis cuatro años me preocupaba más no hacerme pis encima que el planteamiento cerrado de Chacarita; o como cuando siendo un poco más grande me alzaba para que viera desde la parte más alta de la tribuna Almirante Brown a los hinchas que allá abajo parecían hormigas; o como ante el menor descontrol o posible trifulca me enseñaba que había que quedarse quieto o, según el caso, rajar lo antes posible para evitar quedar en el foco del conflicto; o como cuando siendo un adolescente me enseñaba que aunque estuviéramos lejos y no se advirtieran los números de las camisetas de nuestros jugadores, podíamos reconocerlos por su forma de caminar, o que en una tarde de lluvia había que tener cuidado con Lanús porque “era un equipo barrero”; o como cuando tenía trece y a él le agarró una lumbalgia que lo dejó tieso sobre uno de los playones internos de la platea Belgrano y yo no sabía cómo ayudarlo, aunque al final fue cuestión de esperar a que pasaran su dolor y también mi desesperación y mi angustia; o como cuando yo procuraba sentarme siempre a su derecha y camuflar con mi brazo más lejano a él el cigarrillo que atesoraban clandestinamente mis dedos, como si no se diera cuenta de que había empezado a fumar; o como cuando aproveché un entretiempo de un partido de Copa para decirle que habíamos decidido irnos a vivir a España con mi mujer y mi hijo, y se lo dije tan de sopetón que le debe haber caído peor que un gol de Palermo sobre la hora.

Quizás el recuerdo de todo eso junto y tantos momentos más hicieron brotar lágrimas de mis ojos que no estaban pronosticadas, o quizás sí, y en realidad era el agua que sí o sí estaba destinada a caer esa noche del 5 de agosto. Quizás ese instante único de quiebre sea la explicación de por qué el fútbol es una pasión tan inexplicable, tan simple y compleja al mismo tiempo, pero que tal vez se resuma en que el fútbol es una mera excusa para querer y ser querido. Acaso esa salida al campo de River conmigo presente sin mi papá en el estadio, y después de una larga ausencia, sirvió para reafirmar que el deporte de los veintidós tipos corriendo detrás de una pelota no es más que un puente entre mi viejo y yo, desde donde vemos cómo van pasando los años, cómo crecemos y envejecemos, cómo cambiamos y cómo nos cambian la vida y sus circunstancias, mientras de fondo están los veintidós tipos corriendo detrás de una pelota de los que sólo nos interesan once.

Y después de ese descubrimiento hubo por fin una confirmación de la fiabilidad de los servicios meteorológicos de turno, y empezaron a caer baldes de agua sobre los hinchas, los fotógrafos, los jugadores, el árbitro, los arcos y el balón, cuando a mí ya se me había apagado el llanto pero mis ojos seguían vidriosos. Enseguida vino la ansiada final que trajo otra lluvia, en este caso de goles, y un par de horas más tarde reinó la fiesta. Pero habiendo descubierto yo la verdadera magia y esencia del fútbol, ¿alguien puede creer que de verdad interesaba el resultado por sobre todas esas pasiones y emociones desatadas? La respuesta es muy obvia. Claro que sí.





5 comentarios:

Anónimo dijo...

Que el fútbol "enternezca el alma" y que la ternura del alma lleve a amar más al fútbol...ejem... No puedo sino admirar que ello sea posible!
No lo entiendo, pero admiro que algo tan externo (fútbol) pueda tocar algo tan interno... :-)

MariCarmen

Anónimo dijo...

Entendida la pasion,de este apasionado entendido tan solo puedo decirte, que en el.power 8,en cornella
La pasion y el futbol,te esperan ya. Rcde

Anónimo dijo...

Se me puso la piel de gallina cuando leía (sin ánimo de ofender, jaja, con orgullo!), casi que me podía imaginar todas tus emociones... acá nos tenías a todos pendientes de esa gran fiesta, de que puedas participar, y el broche de oro fue el resultado. Qué lindo todo lo que contás, hay cosas que no sabía, ahora entiendo mucho más tu gran pasión!!! Hermoso cómo expresás lo que sentiste esa noche, como una síntesis de toda una vida de fútbol compartida con papi. Conmovedor! Abrazo Javi!
Mari

Anónimo dijo...

Mira, soy mujer, soy uruguaya, no soy de River, solo me interesa el fútbol cuando juega mi selección celeste, mi papá murió cuando yo tenía 9 años, nací y sigo viviendo en un mismo lugar...pero leyéndote SENTÍ que me importa el fútbol, que soy hincha de tu cuadro, que tenía esa nostalgia de volver luego de tantos años y que había vivido esas cosas con mi papá. Increíble cómo transmites, felicitaciones.

Nicole dijo...

Hola, llegué a ti desde el blog de Casciari.
Gran texto. No soy futbolera pero lo sentí todo como si fuera una pasión propia.
Y me encantaron las ilusiones personalizadas :)

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