martes, 1 de septiembre de 2015

Cruzada de un caballero alegre hacia una noble madurez

por Javier Debarnot

Son las once y la avenida Tres tiene poco que contar. Así transcurrían, demasiado anodinas, algunas noches de mis vacaciones de mediados de los noventa, pero a pesar de ello cada año planeaba con amigos un viaje a Gesell que nunca dejábamos de hacer. Esa playa tenía una rara e inexplicable atracción para mí: sólo así se explica que en pleno uno a uno no haya viajado nunca a Brasil y terminara todos los eneros emborrachándome en la ciudad de los médanos.

Pero esa velada de otro jueves cobarde parecía condenada a la ruina y la rutina, dos palabritas cuyo significado es muy parecido con la diferencia de la letra te que hace todavía más violento el asunto. Saturados de la misma discoteca de siempre pero degustando del pico la birra nuestra de cada noche, estábamos derrumbados en las escaleras de un portal mientras practicábamos en simultáneo las dos disciplinas olímpicas que mejor se nos daban por aquella época, decir boludeces y dejar pasar el tiempo.

-Chicos, si no tienen nada que hacer, ¿quieren venir a vernos tocar? –nos dijo un joven de pelo largo y enrulado asomándose a nuestro improvisado living.

¿Y qué le íbamos a decir? La invitación era jugosa: nos convidaba el propio líder y cantante de una banda de rock a un recital que darían un par de horas después en la playa. Yo ya me conocía algunas letras de sus canciones que otro amigo me había pasado grabadas en cassettes, incluso uno de sus temas contenía un verso que ya estaba tatuado en mi memoria, la noche se hace demasiado larga con un Guaymallén de cena. Hacia allí fuimos.

Llegamos pasada la medianoche después de una larga pero apacible caminata por la arena a la luz de una caprichosa luna de enero. En un parador del balneario Mirage de la zona norte de Villa Gesell estaba todo dispuesto cuando nuestro nutrido grupo de diez adolescentes se sumó a otra veintena de seguidores de la banda. La matemática pura nos permite aseverar que, durante aquellos primeros años de existencia, alguna vez fuimos el 33% de la asistencia del público a un recital de Los Caballeros de la Quema.

La verdad que, partiendo de lo que estaba siendo una salida sin ton ni son, ver tocar a estos muchachos fue casi un regalo del cielo, y se valoraba más al haber sido invitados por el mismísimo Iván Noble que en plena etapa de expansión de su grupo no se le caían los anillos al salir a panfletear por la Avenida Tres a pescar almas errantes como las nuestras. Recuerdo de aquel recital una gran versión del Candy de Iggy Pop, aunque no sé si lo que más me impactó fue la canción o la sensualidad de una morocha que cantaba junto a Iván.

Pasaron unos pocos años y, mientras siguieron nuestras vidas, el crecimiento de la banda no se detuvo incluso llevándola durante casi una década al privilegiado lugar que sólo compartían diez grupos en el panorama del rock nacional argentino. Los Caballeros de la Quema –no de la noche a la mañana, clarísimo estaba- supieron colarse y mantenerse en la cresta de la ola por mérito propio hasta que Iván dijo basta para mí.

Su etapa solista arrancó y coincidió, por mera casualidad, con un cambio radical en mi vida que pareció acompañar a su nueva faceta musical: desconectar del ruido, disfrutar más y mejor de la intimidad en modo unplugged o en ojotas de andar por casa, y parir una obra lo más personal posible. Él sacó un nuevo disco y yo tuve un hijo –y creo que, valga la redundancia- Iván también fue padre.

En mi nueva era experimenté un bye-bye rubia –disminuyendo gradualmente el consumo de cervezas- y una bienvenida a los biberones, y por otra de esas caprichosas coincidencias fueron las canciones más tranquilas del ex-rockero tradicional devenido en poeta urbano las que sirvieron de cortina musical a mis rutinas diarias con mi primogénito: “Tocado” cuando el avión-cuchara transporta-papilla era alcanzado por la boca de mi niño, y “Preguntas equivocadas” cuando yo mismo me planteaba si era conveniente bañarlo antes de comer o viceversa.

Ese cambio interno o introspección que nos llega cuando nos vemos ante la responsabilidad de enseñarle lo poco que sabemos a nuestro fruto más preciado, en mi caso vino acompañado por otro brusco giro del guión, como suele serlo la decisión de hacer valijas e irse lejos. Instalamos nuestra embajada familiar en España, donde íbamos a tener que extrañar a los amigos y cuidarnos de “Las malas compañías” como ya se lo decían a Juanito o Ivancito. Y sí, hasta en esas estrofas cantadas notablemente a dúo entre Noble y Serrat parecía existir otro guiño en la carrera de Iván con respecto a la nueva hoja de ruta de mi vida.

En mis primeros tiempos en Barcelona, muchas noches él le cantaba al oído de mi mujer la letra de “Olivia” sin que yo me pusiera celoso, porque le hacía más llevadero el camino de vuelta del trabajo a casa. En ocasiones, basta escuchar una voz familiar –porque siempre nos dio la sensación de que a Iván podríamos conocerlo de toda la vida- para que una estadía recién estrenada en una ciudad poco conocida no sea tan complicada como en realidad lo es, y no deseemos devolverla o cambiarla por otra aunque los zapatos de inmigrante nos queden grandes -tan enormes-.

Descubrí en la década que llevo gastando mis suelas en tierras catalanas que Iván no es el Sabina argentino, porque prefiero pensar que Joaquín intenta ser el Noble español. Y en certeros y traicioneros ataques de la nostalgia -porque vienen por la espalda cuando menos te los esperas- me defiendo con frases como esa de que viajo en el furgón de mi última fe. Voy incorporando sus nuevas letras a mi cotidianidad sin perder los clásicos, aquellos que me obligaron más de una vez a defender contra capa y espada que existen pocas canciones en el mundo que puedas imaginarte tanto, incluso hasta oler lo que está pasando en ese bar, como el “Ni a la esquina” de Fulanos de Nadie, aunque quizás sea todo una mentira amarga que me envenena cuando el vino no ayuda.

Pasaron veintiún años desde la invitación de Iván para verlo tocar en aquel parador de Villa Gesell, y nuestras vidas –la suya y la mía- avanzaron acaso tantos pasos como los que existen entre esa ciudad balnearia y mi Barcelona actual. Lo que es extraño es escuchar que, mientras nado en una piscina de un polideportivo municipal cercano al Camp Nou, suena de fondo la música que un entrenador argentino les pone a sus alumnos septuagenarios y catalanes mientras mueven sus desgastados huesos en clase de Aquagym, “vuelvo a mi cucha rengueando esas ganas borrachas de volverte a ver”. Definitivamente, hay cosas que a pesar de la distancia y los años nunca se oxidan.





3 comentarios:

Anónimo dijo...

Y yo que pensaba que eras mas de pimpinela.RCDE

Anónimo dijo...

Tener vidas paralelas con un admirado personaje... es un honor!!!

¿O es un honor para un admirado personaje tener paralelismo con la vida de los simples mortales de pies en el suelo? ;-) No hay nada como la sencillez!!!


MariCarmen

Anónimo dijo...

Sin duda Javi, uno de los mejores. Espectacular, me gustó muchísimo tu forma de escribir, y una vez más me sorprenden tus experiencias pasadas... esa Tres de Gesell es lo más, comparto ese sentimiento, que seguro es un legado de los viejos "geselinos" jaja.
Increíble el paralelismo de tu vida y la de Iván, muy ingenioso relato. Capoooo!
Mari

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