martes, 15 de septiembre de 2015

Qué ridículo

por Javier Debarnot

Camino al trabajo una mañana cualquiera y entonces lo veo. Un desconocido, un extraño acercándose en bici hacia mí, no sólo hacia mí, también hacia un camión hidrante de esos que se utilizan para limpiar las calles, gracias a la conexión de una manguera…

Y qué problema la manguera, cuando el ciclista la engancha o mejor dicho la manguera engancha al ciclista, y como si fuera una artera zancadilla de un recio zaguero, empieza su titánica tarea de voltearlo, poco a poco, porque así arranca el desmoronamiento, con un temblor de todo en tres metros a la redonda, donde estoy yo, en primera fila, mirando atónito, y es tal el esfuerzo del hombre por no caer que intenta aguantar estoico, se desespera camino al suelo, pedalea en el aire y su lucha parece estar rindiendo frutos porque no será derribado al menos hasta el siguiente párrafo.

Ahora sí, el estropicio está consumado. Cae. Se desploma. Paf y fiuuuu. Se desbarranca y se desliza un metro más sobre la acera, ante mi visión inquisidora, malintencionada y ruin. El pobre tipo sólo desea en ese instante una cosa sobre la faz de la tierra: no volvería el tiempo atrás para no caer de forma tan tonta, sino que simplemente hubiera deseado que yo no haya pasado por allí justo en el instante de su humillación, porque mi presencia no hace otra cosa que ahondar su derrumbe. Nadie haría el ridículo si no hubiera testigos del hecho, que es casi lo mismo que lo que nos plantea el interrogante aquel de “si un árbol cae en un bosque sin que nadie lo oiga en kilómetros de distancia, ¿hace realmente ruido?”.

Quien no haya hecho nunca jamás el ridículo, que tire la primera piedra. Y yo me la juego que si existiera alguien que se animara a arrojarla, ésta le caería en la cabeza después de un par de vueltas inverosímiles en el aire. Y habría mucha gente para apreciar el espectáculo, y se merecería el auto-piedrazo por mentiroso y por ridículo. Porque todos -sí, todos- caímos como mínimo una vez en esa situación tan tragicómica, de tragedia para quien la sufre y comedia para el privilegiado espectador.

Hace casi veinte años yo me quise pasar de listo y el resultado final fue el título de este relato. En un cajero automático, elegí la opción “depositar” y puse la exorbitante cifra de un millón de pesos, metí por la ranura un sobre vacío y me fui contento a casa con el comprobante de mi operación: un papelito que indicaba que el saldo de mi cuenta tenía seis ceros. El tema es que tres días después recibí la llamada desde el mismísimo Banco Nación para escuchar mi descargo antes de ser denunciado por un posible intento de estafa. Al llegar a la sucursal y anunciarme, la frase del empleado que estaba enterado del tema fue lapidaria.

-Ah, vos sos el del millón de pesos.

Si se pudiera leer "entrepalabras", saldría nítido un boludo en el medio de la oración. Al oír esa cruel sentencia, pude percibir seis o siete cuellos de administrativos del banco girando hacia mí, buscando al perpetrador de tan ridícula jugada que ni siquiera intentaba hacerle un fraude a la entidad, sino que era más bien una travesura de tardío adolescente.

Más cerca en el tiempo, estrenando mi paternidad en modo reincidente, fui a jugar a un parque con mi hijo mayor mientras mi mujer descansaba en casa con nuestro flamante recién nacido. Supongo que estuve una media hora pendiente de las andanzas de mi primogénito, lo asistí en sus intentos de colgarse a algunas torres y lo típico que uno hace para entretener a una criatura de tres años y medio. Cuando después de los juegos me derrumbé en un banco para recobrar fuerzas, estiré los pies y entonces las vi: tan distintas debiendo ser iguales. O al menos eso dictan los cánones de la moda. Tenía puestas una zapatilla azul de un modelo y una roja de otro. Una madre merodeaba por la zona y sin duda habría visto mi ridículo atuendo, y quizás por eso me miraba raro. Tomé a mi hijo de la mano y lo llevé de vuelta a casa sin más explicaciones, rogando no cruzarme con mucha gente en el camino de regreso que osara bajar la cabeza y mirarme directo a los pies.

Pero si aquellos hechos minúsculos pudieron llegar a incendiarme los colores de la cara, y todo por el indeseable sentido de la vergüenza, qué decir de lo que me ocurrió el fin de semana pasado con mi familia, en un hotel de una pintoresca ciudad. A las ocho de la mañana de un domingo, con las instalaciones a tope debido al puente celebrado en España, de repente se vació un noventa por ciento del edificio. En menos tiempo del que demora en cantar un gallo, quedamos mi mujer, mis hijos y yo en la acera de enfrente del hotel junto a los huéspedes del resto de las habitaciones, unas doscientas almas en plena calle, y sin entender nada. Salvo nosotros que habíamos sido los responsables directos del hecho.

Muchas de las personas eyectadas por la acción de la alarma de incendio, vestían todavía pijamas, y todas se preguntaban qué había pasado, dónde se había originado el siniestro o si todavía quedaba gente atrapada por las supuestas llamas. Creo que intentamos pasar lo más desapercibidos posibles, buscando camuflarnos entre las sombras de la mañana, pero nuestro deseo de que no se supiera la verdad se cayó a pedazos cuando salió uno de los bomberos que, después de detenerse plácidamente ante el grupo más alborotado de damnificados, contó los hechos con lujo de detalles.

En menos de un minuto, al identificarnos como los causantes del desaguisado nos sentimos acribillados por las despiadadas miradas de nuestros circunstanciales vecinos de estancia en el hotel. Ninguno se animaba a decírnoslo a la cara, pero seguro que nos hubieran mandado allá lejos, a ese barrio donde vive la mierda cerquita de la puta que los parió y a la vuelta la concha de la lora.

Hacer el ridículo, qué momento tan incómodo que uno desea borrar de un plumazo, o simplemente, al igual que el hombre que se desparramó de su bicicleta al inicio de esta bonita historia, lo que uno anhela es eliminar de la escena a los actores secundarios. Porque no hubiese quedado en ridículo con mi depósito millonario si no hubieran existido los empleados del banco, ni hubiesen sido raras mis zapatillas bicolores si no hubiera estado en el parque la madre fisgona. Y por supuesto, no hubiera sido un acto peligroso el hecho de meter un croissant relleno de jamón y queso en una tostadora de la cafetería de un hotel y que sobrepasara la altura, se trabara y largara un mínimo olor a quemado, si no hubiese existido el inútil y maldito detector de humo de la sala –que aparato tan inservible y ridículo, ¿no?-.




4 comentarios:

Anónimo dijo...

No estoy de acuerdo co tu autoinculpacion,no hicistes el ridiculo,sino.que fuistes contracorriente en todas las ocasiones.Pudistes escoger el camino trazado,como la mayoria, sin valentia,pero no,fuistes mas alla.eres un valiente.poniendo un simil futbolistico,un cule o un merengue no hubieran osado a desafiar lo obvio,un aficionado,por ejemplo del espanyol,si.bienvenidoRCDE

Anónimo dijo...

Nada nada tranquilos fue una falsa alarma. Ya pueden volver al hotel. Se ve que un anciano de la 202 quiso hacer una bromita, al pobre le dió un infarto después de dar la alarma. Ya se lo llevan... no hay nada para ver... dejen pasar el fiambre digo el cadaver.

Muy bueno!!!

Martín

Anónimo dijo...

Un brindis por los que se ponen colorados! Por la genuidad!

MCarmen

Anónimo dijo...

Jajaja!!! Tal cual Javi, en mi oficina prendés un saumerio y chau, se activa la alarma!!! Pero no es lo mismo que te pase donde laburás todos los días, que en un hotel en las afueras de la ciudad donde estás vacacionando, un bajón! Me gustaría recordar tantas y tantas veces en que hice el ridículo... habrán sido muchas seguro... lo que es positivo, es que no se puede negar que al menos te esbozan alguna sonrisa y te "alegran" el momento. jaja!
Mari

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