martes, 27 de octubre de 2015

La ventanita del humor

por Javier Debarnot

Lo reconozco: soy un actor frustrado. También soy músico y futbolista frustrado, pero tampoco hay que ahondar en mis frustraciones que ya está visto que tengo varias. Mi trunco camino hacia el terreno actoral se cruzó en mi vida varias veces, pero siempre me encontró con el GPS en modo inútil y nunca logré recalcular la forma de llegar a pisar las tablas. Aunque alguna vez me empujaron en cierta forma al escenario, y eso sí que no. A mí no me gusta que me fuercen a nada.

En realidad, con respecto a mi vena actoral, jamás estuve cerca de, por ejemplo, inscribirme en un taller de teatro o algo por el estilo. No llegué siquiera a planteármelo dos veces, como mucho una vez y media pero quedo ahí, en estériles hipótesis. Aunque en alguna ocasión participé voluntariamente en episodios que coqueteaban con la actuación, empezando por los típicos actos escolares.

Promediando la escuela secundaria, reclamé el papel protagónico en una obra en donde parodiábamos una popular serie de aquellos años en Argentina. Reconozco que el desafío no era mayúsculo porque yo mismo era el guionista y me puse algunas líneas de diálogo para mi lucimiento personal. Tal vez algunos contenidos del texto no eran idóneos para un colegio de monjas, y ahora que lo analizo a la distancia, quizás el hecho de llamar “Tío Teto” a uno de los personajes haya sido una de las razones para que me expulsaran a los pocos meses. Podría ser.

En los últimos tiempos, comenzaron a florecer por todos lados los espectáculos callejeros donde actores, músicos, bailarines, equilibristas o contorsionistas nos convidaban su talento con shows de menor o mayor calidad. Nunca dejaré de brindar y apoyar esa iniciativa de llevar la cultura al pueblo, en pequeñas dosis pero siempre gratuitas, pero hay algo que no puedo tolerar y que me saca de quicio: cuando los artistas fuerzan al público a intervenir.

En la mayoría de los casos, lo que hacen estos actores de cuarta –nótese mi indignación- es convocar a algún desprevenido asistente a hacer el ridículo delante del resto del improvisado auditorio. Cuando los protagonistas necesitan a otro para realzar el valor de su función, ¿será porque artísticamente no puede sostenerse por sí sola? Nadie me quita de la cabeza que los que requieren a un pobre diablo para que sea el blanco de las risas son comediantes mediocres, a quienes no les queda otra salida que compensar la baja calidad del número como sea.

Y por ello yo, el actor frustrado, llevo largas temporadas huyéndoles. O si no me queda otra, ubicándome bien lejos, escondido entre el público, en todas aquellas propuestas de teatro callejero donde sospecho que pueden meter a alguien del público de sopetón. Es una de mis mayores pesadillas, que me tiren al improvisado escenario, que me pongan un gorro estrafalario y que me obliguen a hacer malabares con una bandeja o algo peor, que me hagan bailar una coreografía idiota. Ay, qué mal la pasaría. Lo peor es que estos malnacidos se dan cuenta dónde está la persona que no quiere participar y van directo a cazarlo, como tiburones olfateando los hilos de sangre que manan de la vergüenza de un tipo reservado. 

Cuando hace dos semanas, mientras tomaba mate delante de la ventana de mi casa, vi que en el parque de abajo empezaban a montar un escenario suspiré aliviado. Habría show y mis hijos querrían que los acompañara a presenciarlo y eso conllevaría el riesgo de ser tirado a los leones por un inescrupuloso artista, pero la cercanía con mi domicilio me permitiría dejarlos ir solos y vigilarlos desde el segundo piso.

El día de la función, unas doscientas almas incluyendo a las dos de mi descendencia estaban acomodadas en su sitio para ver la actuación de un payaso. En general no me caen bien los payasos, quizás desde que la película “It” me obsequió un variado catálogo de pesadillas en mi niñez, y por ello agradecí estar salvaguardado en casa, lejos de la sonrisa maliciosa de este artista. ¿Todo controlado? No, no y no. Qué tremendo error fue, justo cuando iba a empezar la obra, asomarme por la ventana para espiar lo que pasaba sin contar que el payaso se iba a fijar de pronto en mí, y señalarme desde el escenario.

-¡Tu! El chico de camiseta roja que está en la ventana tendiendo la ropa –me gritó captando definitivamente la atención de todo el público, logrando que en una sincronizada coreografía doscientos cuellos giraran hacia mí.

-¿Yo? –solo intentaba ganar tiempo.

-¡Sí! ¿Por qué no te vienes? ¿No te dejan? –dijo el payaso arrancando la primera carcajada de la grada.

-No, no me dejan –contesté siguiendo un poco la gracia, pero rogando que desde la distancia no notaran que mi cara estaba del color de mi camiseta.

-¡Quita ya esa sábana que el vecino de abajo tiene derechos judiciales a tener su ventana descubierta! –el desalmado comediante empezaba a burlarse de mí, y por detrás retumbaban las risas de mi mujer que, sabiendo lo que odio ser forzado para participar en un show, no podía creer que estuviera siendo humillado desde el salón de mi casa.

-¡Quítala ya! –me seguía insistiendo, y yo definitivamente ya no estaba disfrutando ese diálogo de “ida e ida”, y concluí que debía hacer algo ya.

Desde mi ventana, estaba en el sitio perfecto para hacer algunas gracias que causarían una buena impresión en el público, más que nada por la perspectiva. El truco del ascensor, que consistía en apretar un botón imaginario y dejarse deslizar hacia abajo como si estuviera descendiendo, y como la gente me veía sólo de la cintura hacia arriba, el efecto quedaría bien logrado. O la escalera mecánica, similar al truco anterior pero desde una posición lateral. Al final, descarté esas opciones y opté por mi número más espectacular que sería envidiado por los mejores magos del mundo: la desaparición total.

Media hora más tarde, mi mujer me pidió que fuera a buscar a los niños al parque. La obra ya había concluido pero el público y el payaso seguían deambulando por la zona. ¿Iba a quedar como un cobarde y no animarme a dar la cara? Eso jamás. Bajé como un duque y caminé con la frente alta entre la multitud y los artistas., recogí a mis hijos y regresé a mi ventana hinchado de valentía, restándole importancia a la pregunta que me hizo mi primogénito.

-¿Papá, por qué te cambiaste la camiseta y tenés un peinado nuevo?

Maldito payaso.





5 comentarios:

Andrea CWiki dijo...

Aun me estoy riendo! Jajaja...como te engancharon!

Anónimo dijo...

Coulrofobia pero bien llevada.

Martin

Anónimo dijo...

Jaja.que boludoooooooo.rcde

Cristian Perfumo dijo...

Maldito payaso!

Anónimo dijo...

Jaja, te imaginaba haciendo el truco de la escalera! Ese payaso pedorro, jaja, a quién le gustan? Son insoportables jaja!
Mari

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