viernes, 3 de febrero de 2017

Matar a la abuelita


por Javier Debarnot

-Entiendo que sea triste que se muera la abuela de su mejor amiga... pero no es la madre, es la abuela- dijo mi viejo tirando el grado de parentesco sobre la mesa.

-Supongo que querrá acompañarla en un momento difícil -mi mamá aportó el punto de compasión necesaria.

-Sí, pero por la abuela no se justifica que Maru falte al trabajo.

Somos así. Creemos pertenecer a una sociedad tan civilizada que trasladamos las leyes laborales a la vida: si por fallecimiento de abuela de mejor amiga no corresponde faltar ni un día al trabajo, vemos como una insensatez que alguien se atreva a ausentarse de sus tareas sólo por estar junto a la nieta de la finada.

Era domingo a la noche cuando sonó el teléfono en casa, mi papá atendió y mi hermana menor le contó de la muerte de la abuela de Juli, más que nada para informarle sobre el futuro cronograma -velar a la viejita toda la noche y, antes del mediodía del lunes, ir al tortuoso entierro en un cementerio de la zona Norte-, aunque el subtitulado de esas frases era "no duermo en casa ni voy a trabajar mañana... buscate un reemplazo". Ocurre que mi papá, en aquella época, también era el jefe de mi hermana.

Maru recibió el visto bueno del viejo, desconociendo que era a regañadientes. Lo que nuestro progenitor no sabía era que, un rato antes... era domingo a la tardecita -en ese límite oscuro entre las siete y las ocho que marca la inequívoca llegada de la depresión post fin de semana- cuando mi hermana junto a Juli y Jesi, tres amigas inseparables de esos años, preferían matar el tiempo antes de que éste las incitara a suicidarse en pleno Parque Saavedra.

Había un par de chicos con ellas, y charla va, mate viene, surgió la alocada idea de viajar en ese preciso momento a Mar del Plata para ver el amanecer del lunes. ¿Y por qué no? ¿Cuál era, si no ese, el tiempo propicio para hacer esas pequeñas locuras de juventud?

Los minutos siguientes se gastaron con el entusiasmo típico que provoca el subirse a una aventura inesperada, y más que nada se consumieron en conseguir todo aquello que iban a consumir en el viaje, con escala obligada en la Villa 31 previas vueltas de Retiro a Constitución y viceversa. Con el vino, la cerveza y otras yerbas, mi hermana y sus amigas fueron bienvenidas al tren que las depositó en Mar del Plata, y allí se supieron felices por largas horas.

Antes de haber llegado a la ciudad balnearia, había pasado el momento crucial de la llamada de Maru a mis viejos. Y lo del supuesto deceso de la abuela de Juli había sido una idea de la mismísima Juli. "Vos decí que se murió mi abuela, yo que me voy a dormir a la casa de Jesi, y Jesi que se viene a la mía", lo habían planeado y todo parecía estar saliendo a la perfección.

Pero mientras mi hermana y sus amigos surfeaban en su micro-mundo de rebeldes con casa, en Buenos Aires amaneció y las madres de Juli y Jesi vieron que las camas de sus hijas estaban sin uso, ¡ay!, los primeros síntomas del síndrome del nido vacío.

-¿Cómo que Juli no está en tu casa, si me dijo que se quedaba a dormir con tu hija?

-Yo creí que era al revés -contestó la mamá de Jesi, y con esa simple llamada ya empezaron a oler algo raro, hasta que ese aroma las llevó hasta la tercera en discordia.

-Hola Marta -saludó la madre de Juli a la mía.

-Hola, siento lo de tu madre, te doy mi más sentido pésame.

El mundo se detuvo por primera vez ese lunes, pero sobreponiéndose al sudor frío que debe provocar la noticia de la muerte de un ser cercanísimo, a los pocos segundos llega la constatación de que todo es una confusión, o más bien una mentira gigante de esas con las que recomiendan no jugar.

Eran años en los que los móviles no eran muy populares, así que sólo cabía esperar. Después de la afortunada resurrección de la abuela, cualquiera de las tres involucradas tenía que dar una señal de vida.

Cuando después del mediodía sonó el teléfono en casa, atendió mi santa madre y era mi hermana, yo me dispuse a disfrutar de una jugosa charla. Era para ponerse cómodo en el sofá y comer algo dulce imaginando la escena. Desde un locutorio de Mar del Plata, Maru avisaba que había acabado el entierro, que estaban cansadas después de una larga noche y que iba a seguir acompañando a Juli unas horas más.

Y entonces olfateé que para mi vieja había llegado ese momento tan placentero, el de la estocada mortal, esa sensación que se tiene cuando se sabe que otra persona te está mintiendo con descaro y ni se imagina que uno conoce la verdad y está a punto de desenmascararla.

-Cuando vuelvas del entierro traé churros... pelotuda.

Para los desprevenidos, los churros son muy típicos de la costa argentina, y con esa frase magistral mi mamá le dijo sin decírselo "ya sé que están de joda en Mar del Plata, que no se murió la abuela de Juli y que cuando vuelvas te vas a arrepentir de la jodita que, entre otras cosas, hizo que tu padre tuviera que pagarle a un reemplazo para que trabaje en tu lugar".

Maru salió del locutorio y sólo tuvo que soltar un lapidario "ya saben todo". ¿Hubo entonces arrepentimiento, entraron en razones y abrieron su corazón por las mentiras? Mejor abrieron un par de cervezas más y decidieron acabar el viaje bien arriba, y que el problema de la vuelta a casa fuera para las Maru, Juli y Jesi del futuro.

De las tres involucradas, sólo mi hermana se quedó con un pequeño pero molesto nudo en su pecho que iba a acompañarla un tiempo más. Si los crímenes prescriben en una equis cantidad de años: ¿cuántos tendrían que pasar con la abuela de Juli viva para que Maru no se sintiera culpable de su muerte si ésta se produjera? Tardó bastante en animarse a ir a la casa de su amiga por el miedo a tener que mirar a los ojos a su madre... o a su abuela.

Por fortuna, la anciana vivió muchos años más. Lo que nunca supo mi hermana fue que, por esos caprichos del destino, el tiempo que le quedó de vida a la abuela de su amiga era la cuerda que les quedaba en el carretel a ella, a Juli y a Jesi para hacer locuras juveniles. Y a partir del día de su muerte, empezaba el tiempo de hacerse cargo, vivir... y dejar vivir sin matar a la abuelita. 




4 comentarios:

Anónimo dijo...

Jajaja, me reí mucho con la frase de la madre... Un abrazo.

Martín

Anónimo dijo...

Ha valido la pena,la espera.el gallina vuelve en su mejor version,terrenal,divertida y,contenida.si lo bueno es breve,es dos veces bueno.dijo el sabio.
Enhorabuena.rcde

Anónimo dijo...

Al fin volviste Javiii!!!!! Y volviste con todo, qué buena anécdota!!! Yo no la conocía, qué bueno habría sido estar en esas épocas... Excelente como siempre, y muy aventureras las protagonistas jaja, yo no me hubiera animado!
Mari

Cristian Perfumo dijo...

Yo sé que es casi imposible, pero en mi cabeza me imagino que la abuela que no murió es la misma que después protagoniza este cuento: http://www.javierdebarnot.com/2011/02/la-anciana-ridicula.html

¡Abrazo, genio!

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