miércoles, 23 de mayo de 2018

¿De qué planeta viniste, paracaidista cósmico?

por Javier Debarnot

A mí me encantaría saltar en paracaídas. Algún día lo haré, en lo posible antes de morir. Pero hoy me atrevo a confesar otra cosa: no soporto a los paracaidistas que caen del cielo cada 4 años. Tengo fobia a los paracaidistas del Mundial.

Si durante tres años y diez meses te parece que el fútbol son "veintidós millonarios corriendo detrás de una pelota" -y de tu boca sale la gracia de preguntarte por qué no se compran una para cada uno, ya que son millonarios- pero hoy estás opinando sobre la lesión de Romero, quiero que lo sepas: estás entre los paracaidistas del Mundial que me gustaría que volaran por los aires.

No tolero esa invasión de decenas, cientos y miles de paracaidistas que empiezan a aterrizar cuando asoma la lista de los convocados o salen al aire las primeras publicidades conmemorativas. Y sobre esto último quiero comentar, con mucha rabia, que es muy habitual que estos anuncios estén creados para los paracaidistas. No todos, pero una parte importante busca alimentarles a ellos y a ellas esa absurda razón de ser que los hace nacer, crecer y reproducirse a medida que avanza Argentina, para morir de forma inexorable una vez acabado el Mundial.

Los problemas con esta gente, o más bien las razones para que le tenga alergia a la multitudinaria tribu, es que confunden desde el inicio la esencia de un campeonato mundial de fútbol. Está claro que el deporte no va con ellos, y así te lo hacen saber durante esos tres años y diez meses.

"¿Otra vez vas a trasnochar para ver un amistoso intrascendente de la Selección?".

"¿Cómo se puede estar triste por una Copita América?".

"¿Cómo es posible que el Pipo -sí, confunden un simple apodo- Higuaín gane más que un maestro?".

Hago una pausa para aclarar una cosa: todas las preguntas anteriores me parecen lógicas, sensatas y hasta acertadas. Respeto mucho a personas que tienen ese razonamiento claro, lúcido y fundamentado con respecto al combo fútbol, éxito, fracaso y millones. Lo aplaudo. Pero...

Pero el tema es que los paracaidistas olvidan todo eso de la noche a la mañana. Desde que les inyectan la vacuna invisible pero letal que les produce "mundialitis aguda", sufren de una metamorfosis que da miedo y sería digna de un análisis socio-antropológico. Y este comportamiento casi neurótico se enciende diez minutos antes de que empiece cada partido.

La raza paracaidista quiere que los jugadores se emocionen cantando el himno. Que exageren, que se les hinchen las venas del cuello y que se les pongan los ojos vidriosos. Lo desean y lo necesitan porque ven en el fútbol una guerra con todas las letras. Para los paracaidistas, no es deporte. Es algo que no podrían explicar con palabras. No encuentran la lucidez para soltar una frase del estilo "veintidós millonarios" etcétera, etcétera.

La raza paracaidista se pinta la cara. Ay, esas banderitas argentinas en los cachetes, qué ridículo más grande. Y fantasean con que se les escapen lágrimas de emoción o de tristeza, y que al caer esas gotas les destiñan el celeste y blanco. Un buen primer plano con un buen filtro, son cien "likes" asegurados en Instagram.

La raza paracaidista, además, hace preguntas pelotudas durante los partidos. Nunca falta el salame que quiere saber por qué no entra otro 9 cuando el equipo ya agotó los tres cambios, ni la colgada que se sorprende al darse cuenta de que hacer un gol de caño no vale doble. Tampoco existe Mundial sin el desubicado de turno al que hay que explicarle el off-side usando tres celulares y un encendedor que hace de pelota sobre la mesa ratona del living.

La raza paracaidista cree que en cada Mundial nos unimos más como argentinos. Siente que yendo a celebrar al Obelisco nos transformamos automáticamente en una sociedad mejor. Que nos abrazamos como hermanos y somos superiores a Chile porque ellos quedaron afuera. Y por el descuido de toda esta gente, los políticos aprovechan para aprobar por lo bajo medidas que los desfavorezcan, y los paracaidistas no se dan cuenta porque están distraídos cantando el himno, pintándose la cara o preguntando por la ley del off-side.

Aclaro que los futboleros que somos futboleros a tiempo completo estamos un poco más atentos a lo que pasa entre bambalinas, es decir a que nos aumenten la luz justo cuando nos metemos en semifinales, porque nos acostumbramos a compaginar el deporte con el día a día. Y sí, aunque no lo parezca, somos conscientes de que nuestra propia vida es lo que más pesa, y que el fútbol es solo la más importante de las cosas menos importantes.

Si estás leyendo esto y te reconociste como paracaidista del Mundial, espero que no te sientas ofendido, pero es probable que sí lo hagas. Y te entiendo, cómo no hacerlo, porque en esta época estás bajo moción violenta, bajo los efectos de la enfermedad, y los síntomas, y éste es mi más sincero deseo, te afectarán hasta el 15 de julio, día en que Argentina juegue y gane la final.

Sólo les pido a los paracaidistas que intenten interferir lo menos posible en el evento que, para los futboleros de siempre, es la culminación de un deporte que tiene sus cosas buenas, regulares y malas, pero que seguimos con pasión los 365 días de cada año. Sin himnos. Sin pintarnos la cara y sin patriotismo barato. Y haciéndonos una única pregunta: por qué no nos dejan ver el Mundial tranquilos.





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