viernes, 25 de mayo de 2018

Lazarillos

por Javier Debarnot

Aunque vivimos en una sociedad civilizada, en el fondo no somos más que perros.

Cobijados bajo el techo del consumismo, nos hacen creer que somos libres para hacer y tener lo que deseemos, ponen al alcance de los más pudientes grandes terrenos o terrenitos para los perros más callejeros, pero la realidad es que nos entretienen con huesos, pelotas y premios. A los que nos dominan les gusta que, de tanto en tanto, movamos la cola de felicidad, y que en lo posible no le mostremos los dientes a nuestros vecinos.

Saben que la mayoría de nosotros ladra de vez en cuando, pero rara vez muerde. Conocen también que, en un alto porcentaje, somos una raza noble. Y la nobleza, que nada tiene que ver con reyes ni sangre azul, nos lleva a ser animales con buenos propósitos, sin maldad. Y sobre todo, muy dispuestos a ayudar a nuestros amos.

Porque somos perros fieles.

Necesitamos a un amo para demostrar nuestra fidelidad. Para estar de forma incondicional con él. Y los amos, los que presumen de serlo o los que lo intentan, están por todos lados. Buscándonos, alzando su voz para que vayamos hacia ellos y nos echemos a sus pies. Porque nos necesitan para reafirmar su condición.

Hay amos que son superiores a otros, y tienen tanto poder que son capaces de infundirnos temor y respeto desde muy lejos, a millones de perros fieles y mansos como nosotros. No nos gustan, hasta los aborrecemos, pero dependemos de ellos, por aquello del terreno, de los huesos y los premios. Ya no nos hace gracia moverles la cola, pero no nos queda otra.

Entonces empezamos a ladrar cada vez más fuerte, y esos ladridos despiertan a otros amos. Ellos estaban entre nosotros, parecían ser parte de la jauría, y se identificaban con nuestra raza. Pero siempre fueron amos en potencia, menos poderosos que los que están allá lejos, de los que no queremos saber más nada. Con algunas palmadas que nos dan en el lomo, empiezan a convencernos. Nos echamos al suelo y nos acarician el pecho. Parecen perfectos, ellos sí.

Y entonces decidimos hacernos fieles a esos nuevos amos.

Empezamos a seguirlos a sol y sombra. Ellos demuestran ser diferentes a aquellos amos todopoderosos que pretenden dominarnos desde lejos. Tienen empatía, se agachan y escuchan nuestros quejidos. Por fin, después de tantos años, alguien se estremece con nuestros dolores de perros abandonados y traicionados.

De un día para el otro, notamos que nuestros ladridos tienen acuse de recibo en los nuevos amos y nos dan ganas de volver a mover la cola. Y aparece un motivo que nos hace recuperar nuestra esperanza y nos da motivos para unirnos y enseñar los dientes, para ir en busca de un nuevo objetivo en común.

Como todo buen amo, los nuevos nos hablan acerca del territorio.

Nos dicen que el territorio nos pertenece, que nada tienen que hacer los amos todopoderosos y lejanos si nosotros decidimos marcar nuestra tierra como propia. Es cierto: siglos atrás nuestros antepasados eran los dueños y fueron domesticados cruelmente. Además, a los amos insensatos de entonces no les gustaba nuestra forma de ladrar y nos la prohibieron. Por fortuna, han pasado los años y algunas cosas cambiaron, y una de ellas fue que pudimos volver a ladrar en nuestro propio idioma.

Pero la cuestión del territorio nunca se resolvió. Jamás volvió a ser como antes. Los amos todopoderosos, además de sordos con nuestros ladridos, tampoco tienen olfato, y dicen no sentir el aroma de la orina con la que perros de generaciones pasadas marcaron nuestra tierra, para luego sufrir el despojo y las vejaciones aun permaneciendo allí, bajo el poder de unos amos más poderosos.

Visto el panorama, los nuevos amos nos convencen para volver a marcar nuestro territorio.

Aunque nada tienen que ver con la realeza, los nuevos amos tampoco quieren ensuciarse las manos ni sudar demasiado. Para eso nos tienen a nosotros, sus perros fieles. Y nos instruyen poco a poco. Nos piden valentía, determinación y osadía, para seguir adelante con el plan por más inverosímil que éste se ponga. Nos animan a luchar contra las bestias que mandan los amos todopoderosos desde lejos, manadas de lobos salvajes que llegan muy bien adiestrados para comernos crudos.

La lucha por recuperar el territorio sale mal. Todo al revés. Algo no huele bien, pero nos cuesta advertirlo porque los nuevos amos nos han atrofiado un poco el olfato hablándonos de los inconfundibles aromas de una tierra que en realidad siempre tuvimos. Y entonces, odiando más que nunca y con razón a los amos todopoderosos que nos han molido a palos, nos damos cuenta de algo peor, que acaso duele más que las embestidas de los lobos salvajes.

Caemos en la cuenta de que el plan no era el mejor, que no estaba bien pensado, que acaso no significaba más que una jugarreta perpetrada a medianoche para quedarse con un territorio que los nuevos amos no sabrían ni cómo controlar.

Descubrimos que los nuevos amos están ciegos.

Que no sabrían qué hacer en caso de éxito, y menos cómo actuar cuando la noche cayera amenazante sobre la claridad aparente del plan. Y rota por los aires la cruzada de la independencia del territorio, las esquirlas vuelan y hasta hieren a algunos de los nuevos amos, condenándolos a prisión. Otros en cambio huyen, pero la evidencia ya ha quedado entre nosotros, los desamparados perros fieles. Estaban ciegos, no nos hubieran llevado a ningún lado, si no más bien todo lo contrario. Hubiésemos sido nosotros los encargados de guiarles.

Y entonces, despertamos y sabemos que en realidad somos perros lazarillos.

Como la fidelidad está en lo más profundo de nuestra esencia, allí seguimos, dispuestos a acompañar a los nuevos amos. A los que están en prisión, los esperamos allí afuera, y nos quedaremos echados hasta que los amos todopoderosos los liberen de una vez por todas, porque realmente no han cometido un delito que los haga merecedores de esa injusta condena. Y los otros nuevos amos, aunque ya fuera del territorio, siguen chasqueando los dedos haciendo ese llamado al que tanto nos encanta acudir.

Ellos están ciegos, ya lo sabemos, pero seguimos fieles a ellos, siguiéndoles a sol y sombra, esperando quién sabe qué. Y algunos de nosotros, redescubriéndonos como perros lazarillos, queremos hacerlo extensible al mundo para que sepan que somos lazarillos en el más amplio sentido de la palabra.

Y entonces, como buenos lazarillos, nos ponemos además lazos amarillos.





3 comentarios:

Javier Rey dijo...

Polemico post! Jugado! No dejas indiferente! Me gusta! Veo que morderte la lengua en torno al mundillo farandulezco de la selección te hace desahogar por otro lado! ;-P
Hoy es 25 de Mayo, te pusiste la escarapela celeste y blanca?

Javier Debarnot dijo...

Me puse la escarapela, me levanté escuchando el himno y voy a comer locro...
Gracias por el feed-back. Vos siempre estarás conmigo en la mesa chica ;-)

Anónimo dijo...

Una metáfora estupenda, volver a leerte así da gusto. La política a veces es rastrera, y las masas muy manipulables.
No hay peor ciego que el que no quiere ver, tal vez los amos poderosos recuperen la vista y ya no necesiten de lazarillos con lazos amarillos y se dediquen a lo que realmente tienen que hacer, gobernar y negociar a la altura de las circunstancias y con integridad.
CW

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