miércoles, 6 de junio de 2018

Un infarto en el entretiempo

por Javier Debarnot

Dice la actual esperanza de vida al nacer que, si no ocurre nada raro, se pueden vivir como mínimo 80 años. Podemos concluir que son dos tiempos de 40 años y pico. El 6 de junio de 2017, meses después de soplar las 41 velas, yo estaba en el descanso, digamos en el vestuario, preparándome para salir a jugar la segunda parte de mi vida.

Entonces, el Barba me frenó en las escaleras del túnel y me dijo:

-No, Javi, descansá tranquilo que el segundo tiempo no lo jugás.

De repente, y cuando uno piensa que lo tiene todo controlado, pasa algo que te deja acostado mirando al techo. A los tres segundos se te empieza a nublar todo y "clac", se te apaga un rato la vida. Lo que algunos pueden definir como metáfora de aprendizaje, para mí fue una embolia pulmonar.

Eso lo iba a saber varias horas después, lo de mi diagnóstico. La embolia pulmonar, una absurda desconocida para mí, era siendo más específicos un trombo-embolismo pulmonar, y siendo más dramáticos, un infarto de pulmón. El tema es que cuando me recuperé de ese primer desmayo, tenía en primer plano las tres caras que más me importan en el mundo, mi mujer y mis hijos, que en ese momento fueron ángeles y, por suerte, me daban la bienvenida otra vez al mundo.

Nunca me había desmayado en mi vida sin razón aparente. Andre me dijo con mucha sensatez que debíamos ir al médico, y como está a unos 400 metros de casa, decidimos ir caminando. Pero algo no iba bien, o no seguía yendo bien, porque tuve que sentarme en plena vereda para no desmayarme por segunda vez en menos de una hora. Y entonces conocí un techo inédito en mi vida, el del interior de una ambulancia.

El primer destino, un centro de salud pública, fue un acto fallido que no hizo más que ahondar mi problema. En realidad, el error fue de un compatriota que estaba a cargo y que en una horita me estaba dando el alta y me mandaba de vuelta a casa por mis propios medios. Casi me desmayo otra vez y ahí fue cuando mi propia mujer le sugirió al médico cordobés que podía estar sufriendo una trombosis, al ver que mi pierna derecha estaba un poco hinchada y ardía de temperatura.

Sí, el simpático doc a punto estuvo de mandarse una gran cagada, y yo me puse en sintonía con él orinándome encima al desmayarme como Dios manda, otra vez hacia la oscuridad hecha y derecha. Al despertarme recibí esa noticia estupenda, de que al perder el conocimiento suelen aflojarse los esfínteres, así que iba a estar con el pantalón meado por unas cuantas horas. Con la dignidad por el piso, otra vez me tocó apreciar el techo de la ambulancia que me iba a depositar en el Hospital Clinic.

Pasé el resto del día y absolutamente toda la noche en una camilla que iban acomodando como una pieza de Tetris en la sala de Urgencias que se iba renovando minuto a minuto. En ese periplo me tuve que quitar la ropa, ponerme esa bata que te deja con el culo al aire y escuchar mientras tanto gritos y quejidos de toda calaña. El mundo de la sanidad pública es maravillosamente caótico, pero el personal médico y de enfermería obra el milagro de que te sientas seguro y cuidado.

Durante esa eterna vigilia me dieron el diagnóstico oficial, el trombo-embolismo que había provocado los múltiples síncopes, o dicho en cristiano, los benditos desmayos. Yo no entendía nada de todo eso, y los médicos tampoco sobre las causas que habían motivado mi ingreso a Urgencias. La patología que estaba sufriendo era típica de un paciente de vida sedentaria, fumador o protagonista reciente de un viaje que le hubiera inmovilizado las piernas por largas horas. Y yo venía nadando tres veces por semana, llevaba meses sin meterle tabaco a mis pulmones y un par de años sin subirme a un avión para cruzar el océano. ¿Por qué a mí?

La cuestión es que una vena se había obstruido en mi pierna derecha y era la culpable de todo. Esa misma noche, estando yo casi desnudo y entubado por mil lados, me presentaron a quien iba a acompañarme durante cada día por unos interminables seis meses: la señora heparina, encargada de anti-coagularme. Además de sacarme veinticinco mil muestras de sangre y pincharme por aquí y por allá hasta dejar mis brazos en modo colador, en plena madrugada me llevaron a hacerme un TAC para observar de qué manera se había desperdigado el coágulo de mi pierna derecha hacia el pulmón ocasionándome los desmayos. Había que evaluar los daños y por suerte habían sido mínimos.

Me di cuenta durante el trayecto de Urgencias a Tomografías que llevaba horas mirando los techos del Clinic, y esa sería la tónica durante los siguientes cuatro días que me quedaban de internación. Si uno es creyente y se ve en las últimas, observar hacia arriba quizás te sugiere que detrás del cielo raso se esconde tu futura morada. Pero yo no quería saber nada del Cielo, porque sentía que la tierra me estaba esperando para jugar la segunda parte de mi vida con toda la intensidad del mundo.

El problema fue cuando, ya trasladado a Helios -que era un sector del hospital que se antojaba como una especie de limbo porque era la escala entre Urgencias y las habitaciones de las especialidades-, pude recuperar mi móvil después de unas eternas 24 horas. Mal dormido, débil y sucio, la orden que mandó mi cerebro a mis dedos no fue la propicia: buscar en Google las benditas palabras "trombo-embolismo pulmonar". Que idea tan pelotuda, Javi.

Primer resultado, directo al mentón: "el 15% de los pacientes que sufren un trombo-embolismo fallece durante el primer mes de tratamiento". Okey, es obvio que yo estaba entre el 85% restante porque ahora estás leyendo esto, pero aquella mañana no fue una noticia muy alentadora que digamos. Además, la sentencia venía de una publicación seria, oficial, de España y del año anterior.
  
Andre, que iba de arriba a abajo haciendo todo por mí y por los nenes que estaban momentáneamente sin padre, muy cerca estuvo de quitarme el móvil, pero se apiadó de mí y en cambio me trajo amigos y libros. Trini, Cristian y el otro Javier fueron mis fieles laderos durante la corta estancia en el hospital. Mientras tanto, los siempre generosos Dani y Maricarmen cuidaban a mis hijos mientras mi mujer estaba conmigo.

La segunda noche, mi pesadilla fue estar imposibilitado por orden del médico para levantarme al baño, que lo tenía a dos metros, y entonces para "hacer lo segundo" no me quedaba otra que pedirle al enfermero que me alcanzara una especie de bandeja mullida. Una mierda, pero yo que soy muy pudoroso no soporté la presión y, a pesar de que lo intenté por duplicado, no pude dejar ningún regalo.

El mejor regalo me lo dieron a la mañana siguiente, y vino por partida doble. Permiso para caminar -y por ende cagar y ducharme- y el alta 24 horas después, con el inciso de que se trataba de un "alta con internación domiciliaria", es decir que no podría moverme de casa y que cada mañana vendría personal del hospital para supervisar cómo iba todo y si me aplicaba la inyección de heparina correspondiente.

Al final, la historia se extendió unas semanas más, con desfile de enfermeras incluido y algún que otro susto con nuevos amagues de desmayo, quizás la resaca del trombo que se resistía a irse sin saludar. Contando desde el día en que empezó todo, en la sanidad pública me habían dado una baja laboral de siete semanas, y yo, en una actitud para que pusieran una foto mía en cada centro de salud de España, pedí el alta voluntaria y volví a trabajar después de cuatro semanas. Regalé tres por amor al arte... ¿o por boludo?

Volví a la normalidad, al horario full-time de agencia e incluso a nadar y a practicar otros deportes como zurrar a mis hijos -broma-, pero cada mañana estuve obligado a auto-inyectarme la dosis diaria de heparina, a la derecha o izquierda del ombligo de forma alternada. Si Messi había hecho algo parecido durante años en su infancia, por qué no podía hacerlo yo durante unos ciento ochenta días.

¿Mi recompensa? No desarrollé mi físico para llenar los estadios de records y goles como la Pulga, pero simplemente pude volver al campo de juego para jugar el segundo tiempo de mi vida, aquellos cuarenta años y pico que en teoría me quedan antes del pitazo final del Barba. Y jugando con mi mujer y mis dos hijos al lado, estoy más que tranquilo de lo que pueda pasar de aquí en adelante, porque con ellos tres ya siento que voy ganando por goleada.





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